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Centenario de Dora Alonso.
Variedad y riqueza en los cuentos para niños

Enrique Pérez Díaz, 12 de mayo de 2010

Si algo caracterizó siempre la narrativa de Dora Alonso para niños y jóvenes fue precisamente su diversidad y riqueza, no solo argumental sino estilística.

Haciendo un recorrido por varios de sus libros, enseguida se puede advertir, en todos y cada uno, las constantes del humorismo, la cubanía, la recurrencia al folclore y las tradiciones más cubanas y, por supuesto, la asunción de la realidad cotidiana, pero no de modo chato y chocante, sino recreándola desde su muy particular visión de las gentes y los hechos.

En sus libros para niños, Dora jamás se propuso ser realista; precisamente todo lo contrario: luchaba por tejer historias lo más imaginativas posible. Por eso nunca pudo entender lo que en su época todavía se consideraba experimental y hoy se erige como una literatura para niños que, dedicada no solo a ellos sino a un lector más general, se asienta en la más pura realidad.

En los libros de Dora el realismo es ingenuo, no se buscan motivos complicados, y si algún conflicto surge, es resuelto con armonía y creatividad en el nudo o al final de la historia. Sus personajes, colmados de virtudes o defectos, salen a la palestra gracias a la magia que en todo encuentran y a su voluntad de ser mejores y andar por un mundo nuevo. Edificante como pocas, su literatura está cargada de una didáctica sana y de mensajes altruistas y promisorios de que, con nuestro esfuerzo, algún día todo podrá ser mucho mejor.

En estos apuntes proponemos un somero paseo por algunos libros de narrativa de la autora que, de alguna manera, marcaron un hito en su ejercicio literario y en el gusto de los muchos lectores que la siguieron por espacio de varias décadas. Hemos organizado estos comentarios cronológicamente para que se aprecie la evolución temática y estilística que se va produciendo en la creadora, quien, partiendo desde el periodismo —más que evidente en una obra testimonial como El año 61—, se va abriendo cada vez más a la fantasía cotidiana y a lo mágico, pero desde la premisa de no abandonar nunca el entorno nacional, la voz cuasi coloquial —más que un medio, un estilo en ella— y los personajes y situaciones bien típicas.

El caballito enano
Cronológicamente hablando, El caballito enano es el libro-disco que en 1968 publica Dora para los niños. Innovadora siempre, la autora rescata un viejo asunto, el de la identidad y la autovaloración, para entregar una sencilla y sentida fábula en esta historia para niños de las primeras edades.

Mediante una fábula breve, vuelve a retomar una constante eterna en la historia de la literatura y en la propia historia de los libros para niños. Se trata del penar de los seres disminuidos por una u otra razón, pero que son capaces de crecerse por su esfuerzo personal o entereza para hacerle frente a las adversidades de la vida.

La trayectoria del pequeño caballito que vence sus timideces y complejos cuando se convierte en un famoso artista de circo, es tema antiguo en la literatura, mas en el acento tan especial de Dora, adquiere ternura y candor renovados.

Pese a ser un cuento tan breve, narrado con economía de medios —más bien un relato para las primeras edades con hondas lecturas para cualquier lector—, este caballito enano no desmerece ni un ápice a su autora, quien incluso en su vasta obra narrativa para adultos con frecuencia recurre a los animales como personajes centrales.

Recordemos, si no, los relatos de Once caballos —que, según Eduardo Heras León, “más que un libro de cuentos, para los narradores de mi generación, aquel texto, fue una lección de madurez. Lo leímos tan entusiasmados que a partir de entonces se convirtió en uno de mis libros de cabecera”—, o quizás numerosos cuentos sueltos como “La Gallina”.

El caballito enano guarda, además, cierta similitud argumental con el cuento “Este era un gato”, incluido años después en El libro de Camilín. Un gato, inconforme con su suerte, decide ir probando en todos los oficios hasta que, gracias a su empuje, constancia y fe en sí mismo, se convierte —al igual que el caballito enano— en un aclamado artista de circo.

El libro de Camilín
El libro de Camilín, publicado al fin en 1979 tras doce largos años de espera en una editorial, es sin lugar a dudas uno de los textos menos favorecidos de Dora Alonso. El hecho mismo de que sea resultado de un experimento formal de la autora: el escribir esta veintena de cuentos a partir de los dibujos de un niño que le era muy entrañable, produce en conjunto un grupo de cuentos con muy disímil inspiración y, a veces, algo inconexos entre sí, que por momentos evidencian desiguales niveles de realización y, por supuesto, relativa fortuna para trascender en el lector.

Si bien, mirado de conjunto, el volumen no es de los más felices —y, de hecho, creo que apenas existen acercamientos de la crítica a este libro—, hay que reconocer, sin embargo, que dentro de él sí que se encuentran verdaderas joyitas de un humor criollo muy elaborado, propósitos educativos y éticos bastante definidos y valores inherentes a toda la narrativa y la poética para niños de la consagrada autora.

Pienso en textos como “El león leonero”, “Las botas de don Cuadrado”, “Tilín tilón mal trabajador”, “La jirafa inconforme”, “Los dos conejos”, “Este era un gato” y “Sesohueco”, que asumen el tono de fábulas morales, mientras aportan al niño una visión menos prejuiciada y conservadora del mundo de los animales, en franca comparación con los más comunes defectos de la sociedad humana.

Si, como conjunto, el libro se resiente un tanto, al hacerse reiterativo y de desigual nivel —al margen de la poco atractiva edición que entre nosotros se le hizo—, como cuentos aislados, de rescatarse en sencillas publicaciones, sí que funcionarían muy bien en el lector, los relatos antes mencionados y otros como “Cangurín”, “Golosito”, “Periquín sin cabeza”, “Cocorioco”, “Un turista del cosmos”, “El rey de los caramelos”, “Cambiacasaca”, “Casilda y Rufino”, “Monono”, “La paloma blanca y el grillo cantor”.

Todos y cada uno de ellos transmiten al niño lector de las primeras edades un simpático entorno de aventuras cotidianas, un aire de justicia y, por supuesto, la certeza de que Dora siempre fue Dora, es decir, la creadora de gran aliento poético e inspiración, al margen de que una selección más cuidada de los materiales que integrarían el volumen hubiera dado un libro mejor elaborado, como todos los anteriores y posteriores.

Gente de mar
Gente de mar (1977), en la cual aborda la cruda realidad de los pescadores cubanos, puede emparentarse, por la mezcla géneros empleados y aunque no se parezcan en nada, con Agua pasada —ya analizada en esta columna. Por su tono realista, casi documental, el libro deviene veraz testimonio, útil de conocer para las nuevas generaciones.

Mediante sentidas viñetas, Gente de mar va relatando la dura vida de los pescadores que Dora conoció muy bien y amó como ella amaba todo lo auténticamente cubano. Este libro desmitifica cualquier posible estereotipo que pudiera tener el lector sobre el a veces idealizado universo que nace, crece y muere en torno a las costas del archipiélago cubano.

Excelente lección de lo que algunos dan en llamar periodismo literario y que puede considerarse, por tanto, alto periodismo y alta literatura, este libro, también aislado dentro del conjunto de obras de la autora, descuella no solo por su calidad, sino en virtud de su garra para acercarse y llegar hasta el lector.

Tres lechuzas en un cuento
Este singular y pequeño volumen, publicado en 1993 y escrito en 1991, se conecta indisolublemente a toda la narrativa anterior y posterior de la destacada autora. En primer lugar cabría destacar el acierto de reunir en un libro, exquisitamente ilustrado y bien editado, tres piezas tan diferentes entre sí como “La gata de María Ramos”, “Tres lechuzas en un cuento” e “Historias de Juan Palomo”.

La primera de ellas nos retrotrae a un personaje del folclore: la famosa gata que tira la piedra y esconde la mano. Con gran soltura y acierto narrativo, como si bordara sobre un tapiz, Dora entreteje la historia de la gata arrabalera y su dueña y nos va dando elementos humorísticos sobre la convivencia de ambas. La historia, más que un cuento, casi parece un fresco totalmente visible, de un particular mundo hogareño que, no por cotidiano, realista y hasta tradicional, pierde su exotismo y el poder de cautivarnos con su ternura y candor.

En “Tres lechuzas en un cuento” la autora retoma el tono de fábula para establecer una crítica mordaz sobre los deberes educativos de los padres para con sus hijos y el poder devastador que la televisión tiene sobre las conductas humanas (o animales).

Con humorismo fino y cáustico, cuenta las aventuras de una pobre lechuza que una noche, en viaje de cacería, descubre un televisor y, desde entonces, queda cautivada por la magia de la pequeña pantalla. A tal punto llegará su fascinación por este medio y su desmedida pasión por las telenovelas, que en un mundo donde cada animal lleva su nombre, de muy simbólico significado en su vida, la original y trastocada lechuza se lo cambiará (y también a sus tres hijas) cada semana, hasta perder su identidad al llamarse, una vez, doña Teresa de Guzmán, y en otras ocasiones, Porcina.

En tal singular relato, Dora vuelve a un punto antes tratado —y yo diría que toda una constante— en su creación: el tema de la cubanía y del cómo la gente la asume o desdeña, el valor de la identidad como salvaguarda del ser humano en relación con su entorno.

En el tercer cuento, “Historias de Juan Palomo”, la autora rescata de nuevo a uno de los personajes más carismáticos de El valle de la Pájara Pinta, ese montero negro que, a lomo de su venado Guaney y en compañía de sus perros Rompemonte y Tragamundo, recorre el monte y da pie a todo tipo de originales y atractivas leyendas.

Para nadie es secreto que, en ocasiones, los personajes secundarios de un libro, sus figuras apenas entrevistas durante un instante por su autor, luego, repentinamente, vuelven a aflorar con esa magia imprevisible de la imaginación.

Sin que constituya todo un relato pormenorizado de sus aventuras, este cuento funciona como un iceberg, dejándonos apenas entrever la sugestiva personalidad de este Juan Palomo, que mientras más se parece a otros personajes de la autora en cuanto a su carisma y elevada factura literaria o carácter popular, a la vez viene a resultar tan diferente.

Su obra para niños demuestra con creces hasta qué punto esta autora consiguió, como pocos en el momento en que se da a conocer su creación literaria, entretejer historias que de alguna manera lograron trascender cuanto hasta entonces se había hecho en este terreno.

Ajena a toda didáctica, a prédicas moralizantes, a teques o dogmas —en una época en la que lamentablemente eso imperaba y se exigía a la literatura para niños—, y sin abandonar sus bastiones de cubanía, Dora consiguió, con una prosa y una poética sencillas, apostar por valores trascendentes y eternos.