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Del éxtasis al dolor

Lourdes Fernández Rius, 19 de mayo de 2010

Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por  vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos –desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones.

Las sociedades patriarcales –aún prevalecientes– se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólica, sociocultural, que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

Lo femenino se asocia al hecho de engendrar y a una maternidad sacrificial, que articula con una idea de sexo como procreación mucho más que como placer. Deriva de aquí lo femenino en vinculación con la dulzura, la delicadeza, el cuidado que, asignado predominantemente a las mujeres, se condensa en el “mandato cultural”, de cumplir el rol de madres-esposas-amas de casa, vivir en pareja heterosexual, liderar una familia y ser su pilar emocional. Esto es el núcleo del “cautiverio de las mujeres" que refiere M. Lagarde y que obstaculiza la autonomía, la condición de sujetos a la vez que promueve dependencia económica, social, jurídica y afectiva.

Lo masculino se articula alrededor de la virilidad. Los genitales se asocian inconscientemente con la idea de poder para subrayar fuerza, ímpetu, decisión, dominación. La excelencia, el éxito, la razón, la condición para emprender, dominar, competir, la fuerza y la agresividad física y psíquica, son atributos psicológicos masculinos que se expresan en roles instrumentales, asignados predominantemente a los hombres.

Los valores y roles de género no tienen el mismo reconocimiento social. Se trata de una construcción cultural que pretende, apoyándose en tales diferencias, establecer una jerarquía dicotómica que acentúa la supremacía de lo masculino como valor, un orden de poder de género y una desigualdad asociada a las asignaciones culturales según la condición sexuada. Algo es lo legítimo y superior: “lo masculino”. Algo aflora como poco legítimo e inferior: “lo femenino”.

El dominio sexual se erigió entonces, desde hace mucho tiempo, como pieza significativa de la injusticia humana y la desigualdad. Esto se expresa en la perpetuidad de un espacio “privado” sin valor ni prestigio, reservado a las mujeres, que refuerza su sometimiento.

Por otra parte, la socialización sexista de niñas y niños, va conformando subjetividades y habilidades distintas: relacionales, emocionales, de cuidado para ellas e instrumentales ellos. Se crean en la familia las bases para la aceptación y reproducción de relaciones de género de dominio –sumisión,  del sexismo  y del poder, que se ejerce , fundamentalmente , en contra de las mujeres como parte de la vida cotidiana.     

La palabra "poder" posee dos significados: uno es el poder personal de decidir, autoafirmarse lo cual  requiere de una valoración social. Otro es la posibilidad de control y dominio sobre la vida o actividades de otras personas, básicamente para lograr obediencia y sus derivaciones. Supone tener recursos como bienes o afectos que aquella persona que se quiera controlar valore y no posea así como  medios para sancionar y premiar a quien obedece. 

La pareja constituye un espacio particular de poder. En ella se desarrollan aspiraciones personales, sexuales, de trabajo, de creación y en la cotidianidad cada cual intentará ejercer sus poderes sobre la vida de la otra persona: controlar, intervenir, prohibir, decidir, defenderse, cobrar deudas, vengarse y hacer justicia. Se trata de un androcentrismo cultural, de una situación de discriminación, de explotación, de dominación que reedita las relaciones de poder social a lo interno de la vida familiar, fractura los más elementales derechos y valores humanos, y  constituye la esencia de la violencia de género.

Las situaciones de poder, más desfavorables a las mujeres, suelen ser invisibilizadas para acentuar la creencia de que hoy en día en la vida amorosa se desarrollan prácticas recíprocamente igualitarias. Por otra parte, este tema del poder en los vínculos amorosos se vive como asuntos de “marido y mujer donde nadie se debe meter”.

Sin embargo, estamos ante la violencia  de género entendida como amenaza o control que se ejerza contra las mujeres en cualquier esfera, que puede ocasionarles daño físico, emocional, sexual, intelectual o patrimonial, mantenerlas subordinadas y negarles su dignidad humana. La  violencia psicológica se torna invisible, queda enmarcada dentro una familiaridad acrítica por lo cual se reproduce fácilmente a través de la cultura. Su desmontaje resulta mucho más difícil y aparece mucho más extendida y habitual de lo que pudiéramos imaginar.

Si examinamos detenidamente algunos elementos en la noción patriarcal de feminidad podremos identificar diversos elementos alrededor de los cuales puede tejerse la violencia de género en el espacio de los vínculos amorosos.

El cuerpo de la mujer como objeto de deseo es uno de ellos. La autoimagen corporal sigue ocupando un lugar esencial en la identidad personal y en la autovaloración de las mujeres; y se manifiesta de modo especial en la vida sexual y amorosa. El tiempo, la edad, la belleza, la salud y el cuerpo son ejes vitales en la identidad femenina. Esto es uno de los factores generadores de violencia, una sexualidad erótica y reproductora en un cuerpo para otras personas o servidumbre erótica de las mujeres. A su vez, las mismas son partícipes y viven este interjuego de deseo y ser deseada como criterio de autoestima y amor propio.

Otro elemento: la sexualidad en función de la procreación y no del placer; lo cual subsiste hoy, a pesar de los discursos innovadores de libertad y modernidad. Esto es un acto violento desde la cultura, que impide el pleno desarrollo individual de las mujeres. El placer sexual aparece aquí asociado al pecado, a lo desagradable,  a lo penalizado, provoca culpas, miedo, castigo y autocastigo.

En este sentido, no menos importante es el vínculo, más o menos inconsciente, que muchas mujeres hacen entre la genitalidad masculina y el poder, como una presunción eterna de vulnerabilidad imaginada y a veces, lamentablemente, real. A ello las mujeres responden con rechazo, lo cual subyace en no pocos de los problemas sexuales femeninos que se vinculan al hecho de no permitirse el disfrute, en el temor hacia el autoerotismo o al sentimiento de empoderamiento de la otra persona con respecto a sí misma. La construcción cultural de la erótica “pasiva” en las mujeres es un mito, e instala en ellas la creencia de una única forma de placer: la heterosexualidad exigida, la familia monogámica y la fidelidad  femenina versus infidelidad masculina. Es por eso que algunas mujeres temen desafiar en el sexo, demostrar mucho conocimiento o el que se poseen, perder la aceptación de “buena mujer” en el sentido de la “madresposa”, lo cual resulta de especial importancia en la sexualidad e identidad femenina.