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Alfabetización digital: más que apretar teclas

Hamlet López García, 02 de junio de 2010

Cuando hablamos de motor de arranque, gasolina, frenos y luces traseras, incluso aquellos que no poseen un automóvil tienen una idea del papel que juegan esos elementos. Reconocen que son importantes, y si son propietarios tarde o temprano comenzarán a preocuparse por la calidad de la gasolina que vierten en los tanques, el funcionamiento del motor de arranque, el nivel de aceite y cómo deben comportarse las luces traseras. Igual sucede con el televisor. Sabemos de ondas radiales, antenas, sintonización, etc. Ahora bien, ¿qué sabemos de las computadoras y de los programas informáticos que manejamos?

Al parecer es una constante: llenos de entusiasmo aprendemos para qué sirve y cómo usar una determinada tecnología, y solo después, mucho después, es que comprendemos algunos efectos indeseados. Un ejemplo me ayudará a explicarme.
En 1939 el químico suizo Paul Muller puso a punto un nuevo insecticida sumamente poderoso, el diclorodifeniltricloroetano, mejor conocido como DDT. El DDT tenía la particularidad de que atacaba el sistema nervioso de los insectos de una manera letal y masiva. Pronto fue la estrella en el combate a las plagas. En la India a mediados del siglo XX redujo la incidencia de la malaria espectacularmente e incluso se pudo observar cómo las cosechas y el ganado fumigado incrementaba sus rendimientos. Parecido éxito tuvo en todo el mundo, donde se usó en grandes cantidades. Se convirtió en un ejemplo rutilante del triunfo de la ciencia y la tecnología. Sin embargo en la década de los sesenta fueron haciéndose evidentes varios efectos colaterales negativos: El DDT no desaparecía una vez usado, sino que se incorporaba a la cadena alimenticia y se concentraba en los animales superiores, afectando sus capacidades reproductivas. Las plagas a las que se suponía debía eliminar  poco a poco fueron desarrollando nuevas cepas más resistentes, por lo que sus poblaciones crecieron vertiginosamente.
Se pasó de la ilusión al desencanto y la aplicación del DDT se prohibió en varios países.
Algo parecido pudiera mencionarse de los automóviles. Nos maravillamos con la potencia del motor, los cinturones de seguridad, etc. Pero poco a poco a ese conocimiento se le va añadiendo otro acerca de las consecuencias de la quema de combustibles fósiles. Aprendemos que alrededor del 80 % del monóxido de carbono emitido a la atmósfera es responsabilidad de los motores de combustión interna y que hay una creciente sensibilidad medioambiental, acrecentada por la urgencia que impone el cambio climático. Vemos con nuevos ojos los autos impulsados por electricidad, por pilas de hidrógeno o por metanol, opciones todas menos contaminantes.
Todo eso está muy bien. ¿Y qué hay con los programas informáticos?  ¿Acaso ellos contaminan el entorno? No exactamente. Las computadoras sí contaminan, y la gestión de los cementerios de computadoras se ha convertido en un verdadero problema medioambiental. Pero no estamos hablando de las computadoras, tampoco de la contaminación ambiental. Es importante, pero no es el punto. Nos enfocamos aquí en las consecuencias insospechadas del uso de una tecnología. La pregunta que le hago es si usted conoce todas las consecuencias que trae usar un programa informático concreto. Piense en los importantes documentos que confecciona con ellos y que espera que dentro de unos años pueda leer aún. Las informaciones que guarda en bases de datos. Los correos que envía. ¿Conoce a la compañía que está detrás? ¿Sabe qué hace con sus datos? ¿Con su computadora?
Seguramente ha escuchado el término software libre. Contrario a lo que puede pensar, el término no se refiere a programas de computadoras gratis, sino a un software cuyo código puede ser examinado libremente. Esto es, el que quiera saber exactamente qué hace un programa lo puede hacer si tiene los conocimientos apropiados. Esto tiene varios efectos positivos: Genera una comunidad de desarrolladores que perfeccionan constantemente los productos. Se estimula la creatividad. Y por otra parte, para el que quiera asegurar un tratamiento transparente de la información, no tiene más que encontrar el software que mejor se acomode a sus necesidades y estudiar su documentación. Al software libre se le opone el software propietario, que no se diferencia en calidad, sino en el acceso que usted tiene como usuario a las interioridades del programa. El software libre le garantiza a usted 100 % de acceso: usted puede levantar el capó del programa, examinar libremente el motor y de paso comprobar si los frenos se ajustan a sus demandas. El software propietario, el que distribuyen grandes compañías como Microsoft, no. Usted puede usar el programa, pero cuidadito con tratar de examinar el código fuente o modificarlo.
Una de las consecuencias del software propietario es que la comunidad de programadores, esos que con su trabajo le están dando una forma cultural inédita a nuestra época, va perdiendo el libre acceso a los conocimientos contenidos en los códigos. Pero hay otro efecto que es un poco más sórdido: Perdemos control sobre lo que hacen con nuestra información, ya que los únicos que pueden contarlo, los dueños corporativos del programa, son también los más interesados en mantener el secreto.
El 25 de febrero del 2010, el sitio web Cryptome (www.cryptome.org) daba a conocer un documento interno de Microsoft donde se describe cómo la compañía, creada por Bill Gates, almacena los datos privados de los usuarios que acceden a los distintos servicios que ofrece en línea (Xbox Live, Windows Live, Messenger, etc.) para luego cederlos a las distintas agencias de seguridad norteamericanas que lo requieran.
Ya anteriormente el mismo sitio web había publicado un artículo donde aseguraban que la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos tenía acceso a redes de computadoras que ejecutaran productos de Microsoft, mediante el uso de puertas traseras en las diversas versiones de los sistemas operativos Windows.
Como un paso más en su camino hacia la alfabetización tecnológica, pregúntele a cualquier administrador de red cuántos puertos deja abiertos un sistema Windows recién instalado. ¿Qué pudiera hacer un programa malintencionado con esos puertos a través de la red?. Y después piense en la información que guarda en la máquina.
Poco a poco aprenderemos que saber usar una computadora responsablemente no se limita a apretar botones en una interfaz gráfica, sino en saber además qué ocurre con la información que procesamos, y si podemos confiar en los autores del programa que estamos usando, en calcular los efectos indeseados de la elección de una tecnología concreta.
Una pregunta antes de terminar. Esos cursos de computación, donde se enseña qué es el teclado, el monitor, cómo apagar y encender la máquina, además del manejo de unos cuantos programas de oficina como el Word, el Power Point, etc, ¿enseñarán el manejo de las computadoras y los programas ofimáticos, o formarán usuarios fieles a los programas de una compañía?  No me refiero a Windows o Microsoft. Igual pudieran ser Open Office, Linux o Solaris. En todos los casos, y en unos más que en otros, no basta con saber para qué sirve un botón. Es necesario también hablar acerca de la historia y los intereses que están detrás del mismo. Es lo que distingue tener una cultura valedera que incorpora elementos de informática, o lo que es lo mismo, ser cultos tal y como pide la época que compartimos.