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Centenario de Dora Alonso.
Ponolani: ¿el libro más suyo?

Enrique Pérez Díaz, 22 de abril de 2010

Yo sé de un dolor profundo
entre las penas sin nombre.
La esclavitud de los hombres
es la gran pena del mundo.

José Martí

También una narradora como Dora Alonso, eternamente preocupada por el ser humano y sus valores, por el altruismo, el amor, la libertad y la solidaridad, pensó en lo ignominioso de este “dolor profundo entre las penas sin nombre”, y como parte de su rica obra narrativa nos legó un libro sencillo y hermoso como pocos, pero trascendente en el sentido de abordar el tema más árido y desolador con un lirismo y un candor inusuales para un narrador de obras para la infancia.

Yo no creo que Dora Alonso haya escrito un libro más suyo que este. Ya sé que se me puede preguntar cuál es el libro que no es de uno, después de escrito por uno mismo. Diré que no sólo es el libro en cuyo final aparece nuestra firma, sino sobre todo aquel que se tiene ya profundamente arraigado, desde antes del primer capítulo, y cuyo libro tiene por sí menor influencia de lecturas y mayor poder de vivencias acumuladas. Este es el caso limpio de Ponolani. Por eso suena más a sí misma, a todo lo suyo y a su isla, este libro de Dora donde la poesía tiene en su suave voz de evocada ternura, una acusación profunda por el crimen de la trata cometido (…) Por eso y porque lo creemos el libro más vivamente sentido y comunicado de Dora Alonso, nos alegramos de que al fin se haya publicado.

Estas palabras de ese otro grande de las letras cubanas que fue el Cuentero Mayor, Onelio Jorge Cardoso, sirven de pretexto para introducirnos nuevamente en uno de los libros más peculiares escritos por Dora Alonso, como parte de su obra “sin edad” y que, sin embargo, deviene lectura entrañable, evocadora y de crecimiento para la infancia cubana.

Ponolani es una obra tan complicada y llena de sorpresas, hallazgos e incertidumbres, como esas cuatro esquinas de las cuales se habla en uno de sus memorables cuentos casi autobiográficos.

En realidad, el leit motiv de la obra es los relatos de infancia que a la autora le hacía Namuní, su nunca olvidada nana negra. Sin embargo, este emotivo y evocador recuento de un tiempo ido va mucho más allá pues, al margen de que regala al lector todo el rico caudal del folclore afrocubano —tantas veces tratado en obras y autores que surgieron después y que, cuando Dora escribe este libro, ya había sido explorado por investigadores como Fernando Ortiz, Lidia Cabrera y Ramón Guirao—, Ponolani deviene, sobre todo, en rico testimonio de una época que indeleblemente la autora alcanzó, hasta el punto de ser marcada por ella.

En cada viñeta se van dando al lector pinceladas sobre Ponolani, quien es arrancada a la viva fuerza de las selvas africanas, queda mutilada espiritual y físicamente, y luego se convierte en la esclava Florentina, en un trueque de identidad muy frecuente para todos los africanos que fueron traídos como bestias a lo largo del océano Atlántico durante décadas de ominosa esclavitud.

Pero este original libro también se vuelve una suerte de crónica colectiva que va revelando las costumbres de una época y todos los horrores y lacras —a veces casi intangibles, por su carácter psicológico— que a su paso por América dejó la esclavitud.

Así, como esos atardeceres de cuentos desgranados cerca de un fogón o mientras hervía la colada de su infancia, Dora va intercalando hermosos cuentos recogidos de la tradición oral, relatos que ostentan toda una filosofía del mundo, sabia filosofía, picaresca filosofía, mediante la cual los negros esclavos trataban de mitigar su dolor ante una pérdida tan grande como puede ser la terrible pérdida de la libertad; de ese modo buscaban el rescate de su lejana tierra ancestral, en donde habían quedado costumbres, mitos, leyendas, todo su mundo de ayer miserablemente borrado por una institución indigna como la trata de esclavos.

Por eso es que costumbres, religión, mitos van aflorando en cada cuento de estos para formar como un mapa de la psicología del esclavo y su muy particular visión del mundo, mapa en el cual no faltan los diablos y las princesas, los pícaros y los burlados, los seres bondadosos y los malignos, aquellos que siguen el orden establecido en el mundo y quienes, por el contrario, son capaces de subvertirlo con sus imprevisibles y, a veces, caóticas acciones.

Así, en cuentos como “La Mona”, “El Perro”, “Los cochinos”, “El hijo del Diablo”, “El marido bonito”, “Don Quine bailador” o “Juanillo el jugador”, la autora brinda una cosmovisión fantasiosa muy particular que ostensiblemente contrasta con esa otra que narra a partir del hilo de sus vivencias y recuerdos de Namuní o la propia Ponolani y sus otros hijos.

Si un libro hay que aborde a conciencia el desgarramiento telúrico que para una raza significó el problema de la esclavitud de los negros africanos, instituida décadas después del descubrimiento al agotarse la fuerza de trabajo indígena y de los despiadados procesos de conquista y colonización de América, es Ponolani, en el cual, sin dejar de lado a la cronista inquisidora y sagaz que siempre fue en sus reportes para los diarios y revistas cubanas, Dora Alonso cala, sin embargo, con fina sensibilidad lírica y agudeza de estilo y visión, en esta lacra de nuestra historia.

Como tantos otros volúmenes de la autora, Ponolani resulta, por tanto, un libro irrepetible, pleno de imágenes casi fantasmales y de otras más entrañables y, precisamente por ello, con la garra suficiente para permanecer indeleblemente marcadas en el recuerdo de todo lector que se aventure entre sus páginas.

Refiriéndonos ya a la ubicación espacio-temporal de este libro en el conjunto de la obra de Dora Alonso, vale decir que guarda una estrecha relación con el resto de su narrativa; que en él se ratifican sus constantes de cubanía y compromiso social y, por supuesto, sus dotes para acercar a la infancia a un tema en verdad duro mas, por su acertado tratamiento, hermoso como realidad literaria.