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Centenario de Dora Alonso.
Las puertas de un valle para soñar

Enrique Pérez Díaz, 08 de junio de 2010

Se ha dicho con toda certeza que El valle de la Pájara Pinta tal vez sea uno de los libros más laureados de toda la serie literaria para niños y jóvenes en Cuba, aunque seguramente resultaría muy controvertido especular si en realidad se trata del libro más popular de la veterana creadora de obras infantiles.

En opinión del autor, investigador y crítico Antonio Orlando Rodríguez, en una crítica publicada en 1986:

El valle de la Pájara Pinta es, hasta el presente, el mejor de los libros que Dora Alonso ha creado para los niños. Se trata de una obra henchida de colores, escrita con elegancia y mesura, pero también con divertida desfachatez; portadora de un universo donde constantemente se abren puertas a las cuales sólo nos es permitido echar un rápido vistazo, puertas que dan acceso a escenarios y personajes de múltiples, posibles aventuras.

Dora ya se encuentra en su madurez cuando, a finales de la década de los setenta escribió esta obra que ganó el Premio Casa de las Américas en 1980. Un poco tributaria de su anterior noveleta, El cochero azul —texto emblemático en Cuba, al constituir un vuelco en la literatura que se hacía por entonces y, a la vez, el ABC para muchos autores noveles—, El valle de la Pájara Pinta revela, sin embargo, cómo las mejores obras de ficción pueden nacer de la propia realidad.

Dora sucumbe en este libro al encanto de uno de los paisajes naturales más bellos de la isla: el del Valle de Viñales y sus zonas aledañas. Entorno de leyendas campesinas, el solitario lugar aflora en la obra de forma natural, realista, al llegar la pequeña Isabela hasta la casa de su abuelo Felo Puntilla, un talabartero del pueblo, quien solamente se presenta como un personaje muy pintoresco y entrañable de los campos cubanos.

El elemento mágico va surgiendo en la narración cuando la niña comienza a adjudicarle virtudes aleatorias o de levitación al caballito Pegaso, quien se encuentra pintado en la pared de la talabartería La montura de Pegaso. Luego será el propio abuelo quien la introduzca en “los misterios de la montaña”, y de ahí al viaje iniciático que Isabela emprenderá en pos de la fantasía sólo queda dar un paso.

Sin embargo, Dora no se deja seducir por el folclore, los mitos afrocubanos o la tradición, y contra lo que cualquiera podría esperar, no nos sumerge en una historia de güijes, madres de agua, cagüeiros y otros seres de esos que han pasado de boca en boca durante generaciones. Ella prefiere crear una mitología propia, que muchas veces se asienta en personajes recurrentes de su obra anterior y posterior, y que dotan a este ámbito de una magia ingenua, alegre y “formalmente disparatada”.

Así surgirá el Mago Cacafú, quien, con su voz de trueno, adquiere connotaciones de catástrofe y se me antoja un representante de las fuerzas naturales, desencadenadas sin orden ni concierto por la mediación de un conjuro; o Juan Palomo, el hombrecito negro del valle del Ancón, quien se pasea con su venado Guaney y sus perros Rompemonte y Tragamundo; hasta llegar a Garralén, un delantal que podría leerse como el orden, el concierto y el llamar a capítulo a toda fantasía que amenace con desbordarse en peligro de la realidad. Además, el benéfico Garralén enaltecerá virtudes como el trabajo, el tesón y la solidaridad entre todos los habitantes del valle.

El elemento mágico en el libro surge, pues, de una manera natural. Por eso me atrevería a calificar esta obra como portadora de las divisas creativas de un “realismo ingenuo” —aunque, para otros, se desencadena como una especie de realismo mágico—, un texto de esos que, a la manera de un paseo estival, nos conducen por el mismo camino que tantas veces recorrimos antes, mas ahora con unos espejuelos especiales que permiten ver los otros colores de esa conocida realidad.

Convicta y confesa enemiga del didactismo a pulso que lastra las más originales historias para niños, Dora no evita, sin embargo, dar alguna que otra moraleja en su obra. Así, por ejemplo, en un momento Juan Palomo asegura tener un hermano blanco y rubio, llamado Pepe Pichón, y al Isabela mostrar su asombro, el hombrecito le replica que “si las personas se respetan y ayudan pueden muy bien sentirse hermanadas, sin que importe para nada el color de la piel ni lo lejos que vivan”.

En otro momento, la autora intercala un cuento que se inspira evidentemente en la tradición clásica de las fábulas y leyendas populares, el de la Reina Mandonia, gracias al cual retoma el eterno conflicto de la lucha entre el bien y el mal y el triunfo de los débiles (unidos) contra los explotadores y poderosos.

El mismo mensaje portará el delantal Garralén, luego de su contienda con Gavilán, un invasor con pretensiones de dominio. Estas alusiones veladas demuestran que la autora siempre lleva muy dentro de sí esa cubanía de que ya hemos hablado y también la historia de la isla, como un detonante presto a explorar en el momento más propicio. Veamos, si no, una de sus piezas teatrales más conocidas, “Espantajo y los pájaros”, que aborda un tema similar.

Finalmente, en este viaje llegaremos hasta el mítico personaje de la Pájara Pinta, quien lejos de sentarse a cantar sobre un verde limón, como indica la tradición, lo hará esta vez —con irreverencia y humor— sobre el sombrero del alocadísimo Mago Cacafú, hecho que producirá en el valle los más increíbles prodigios que pueden rondar con el disparate y el absurdo.

Uno de los personajes mejor sustentados dentro de la obra es, sin duda, Cirilina, la abuela de los pájaros, aquella especie de hada o sílfide que, como novia eterna en espera —¿de qué?, ¿tal vez el amor?—, parece regular los destinos de las bellísimas aves que pueblan el a veces mítico entorno. Aunque Isabela nunca se percate de ello —por esas ironías cómplices con las cuales los autores decidimos a cada paso jugar con el lector—, Cirilina revelará el anhelado misterio de su origen: ella regenta una escuela de enamorados, donde las avecillas fabrican sus nidos, escogen pareja y se reproducen de continuo. ¿Podrá existir secreto más hermoso y mayor —parece decirnos Dora entre líneas— que el misterio de la vida?

Se ha dicho que toda buena literatura para niños debe cumplir la divisa, esa justa exigencia, de atrapar también al mayor. En El valle de la Pájara Pinta, Dora Alonso regala un clásico libro para niños, mas, a cada paso, uno ve guiños al lector adulto, sobre todo en frases e ideas muy propias del hablar cubano, en referencias y costumbres, medios, etc., que resultan del dominio de quienes habitan la isla y que, para los foráneos, sólo quedan como elementos pintorescos, enriquecedores de esa nacionalidad que se respira en estas páginas.

Escribir libros para niños puede constituir un gran misterio. Si las obras que uno hace para ellos les agradan o no, puede resultar otro misterio más grande todavía. A veces, la tradición ha acuñado determinadas recetas o fórmulas con la idea de garantizar que una historia sea tan atractiva para ese lector tan exigente y desprejuiciado como siempre es el niño o el adolescente, pero también existe un factor —llamémosle sorpresa— que puede situar a un libro en la cumbre o arrojarlo al abismo en la preferencia de sus lectores.

Por su estructura, El valle de la Pájara Pinta es una narración lineal, sin grandes complejidades en cuanto a construcción, lenguaje o arabescos argumentales. No se apoya en conflictos que desencadenen situaciones inesperadas, ni en problemas capaces de conmover por su profundidad o alcance universal. Todo transcurre en el paseo que se cuenta, en esa especie de viaje eterno al que ya nos tiene acostumbrados Dora con sus libros de aventuras. Ocurre de una manera divertida, ingenua y natural. Y tal vez ahí radique precisamente el éxito mayor de la obra, el aprecio que ha tenido entre tantos jurados que la premiaron. Tal vez su mérito mayor sea la sencillez, respaldada, desde luego, por el largo oficio de Dora, para quien nunca la escritura tuvo secreto alguno.

El otro encanto del libro es, como ya apuntaba antes, su paisaje, elemento además recurrente en la obra de la autora. Quien haya visitado alguna vez el Valle de Viñales, al pasear por estas páginas nuevamente se sentirá transportado al paradisíaco lugar. Quien no le conozca, ya lo ha hecho —y de una manera sublime— al abrir El valle de la Pájara Pinta, pues desde la primera línea ya nos trasladamos mágicamente hacia allí.

Se ha dicho que los detalles, a veces las nimiedades, son los que hacen las cosas verdaderamente grandes en la vida; leyendo El valle de la Pájara Pinta uno se refuerza en esta opinión.

Dora Alonso legó a la infancia uno de esos textos que devienen a la vez cosecha y siembra. Cosecha si analizamos los valores del libro per se, que denotan la decantación de un estilo largamente acariciado en sus anteriores entregas. Siembra porque, con este hito —dentro de su obra y en toda la narrativa para niños en Cuba— la autora puso una pica en Flandes, bien porque la noveleta representó una meta a seguir por otros autores, bien por su repercusión internacional, casi inmediata a su publicación: Premio Gorki, Lista de Honor del Andersen, aparecer en la colección infantil-juvenil de Alfaguara de España, etc.

Con El valle de la Pájara Pinta, Dora abrió una puerta. Solo es necesario atreverse a transponer ese umbral. Entonces, gracias a este paseo, uno es capaz de recuperar su infancia, con el mismo entusiasmo que se leían los libros de Salgari, Verne, London, Exupèry.

Entrando al valle de la Pájara Pinta habremos adquirido el mismo pasaporte que cuando nos trasladamos a Nunca-Jamás, al Valle Mumín, tras el espejo de Alicia, a la Tierra Media de Tolkien, al mundo de Narnia o a Villekulla. Habremos adquirido el pasaporte más caro y difícil, aquel que a veces resulta irrecuperable y no se puede comprar con todo el dinero o el poder que en el mundo existen: el pasaporte a la fantasía.