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Colección Veintiuno: buena literatura para todas las edades

Eldys Baratute, 14 de junio de 2010

Aunque para muchos, las colecciones editoriales significan una camisa de fuerza en cuanto a género, formato y diseño interior y de cubierta, es innegable que gracias a ellas los lectores pueden orientarse a la hora de adquirir el libro de su preferencia. En un país como el nuestro, donde establecer una política de mercado no es lo fundamental en la producción literaria, si queremos formar lectores inteligentes, capaces de elegir no solo lo que más les gusta sino también lo que más les aporta, es necesario que cada libro tenga una identidad propia y también de grupo, un sello conjunto en donde aparezcan títulos afines entre sí.

En el caso de la literatura para niños y jóvenes, si tenemos en cuenta que en nuestro país los autores no escribimos para edades determinadas, las colecciones vienen siendo una especie de guía, tanto para los pequeños como para los padres. El lector, tenga la edad que tenga, agradecerá la información que se le brinde sobre el libro antes de leerlo. Así se evitará cerrar sus páginas, decepcionado, algo lamentable en la batalla por ganar nuevos amantes de la lectura.

Precisamente, con el espíritu de ganar estos amantes, nace en el año 2007 la colección Veintiuno de la Editorial Gente Nueva, en la que confluyen textos de narradores cubanos y extranjeros con una premisa fundamental: el respeto a la infancia. Se trata de cuentos o novelas en los que no se escatiman temáticas o variantes estilísticas a la hora de narrar. No importa si las historias son fantásticas o realistas, breves o largas, lo que caracteriza a sus libros es la vitalidad que transpiran.

Cada uno de los veintiséis títulos publicados hasta el año 2009, más que divertir, busca sensibilizar, informar, mostrar. En ellos no hay temor por los antes considerados temas tabúes o las maneras de narrar demasiado osadas. Para muchos lectores será difícil olvidar a Calvina, la niña-niño de Carlo Frabetti; a Parvana, la protagonista de Débora Ellis; a Lavinia, el ocurrente personaje de Bianca Pitzorno; las dudas de Constantina en el texto de Alki Zei; a la princesa de Luis Cabrera Delgado; o a Marcel, el haitiano que emigra de Francia junto a su familia, en la historia de Ariel Ribeaux.

En muchos de estos casos, se aborda una realidad bastante alejada a la de los cubanos. Pero, ¿no es importante enseñarles a nuestros pequeños que en el mundo existen otras costumbres, otra educación, otra cultura, y similares problemas de adaptación o convivencia? Para que sean hombres de bien, es necesario que primero sean instruidos. Y esa responsabilidad no sólo es de los padres y los maestros, también de los escritores, editores, diseñadores y de todas las personas que trabajamos para formarlos. Ese es el primer y más grande mérito de la colección Veintiuno: su aporte en la formación de lectores, en muchos casos adolescentes, un público bastante olvidado.

El segundo mérito es lograr que algunos de los autores más representativos de las letras para niños y jóvenes comenzaran a editar sus obras para los cubanos, y que otros, más conocidos acá, hayan aumentado considerablemente la lista de sus títulos ―los seguidores de Carlo Frabetti habrán descubierto que, en los últimos tres años, Gente Nueva ha publicado cinco libros suyos, de ellos, cuatro dentro de esta colección.

Y el tercero de los méritos es que ya se comienzan a reeditar libros de autores cubanos que son importantes en la historia de nuestra literatura, sobre todo por la manera desenfada en que son tratadas las problemáticas del niño en nuestro medio. Lo que sabe Alejandro (2008), de Andrés Pi Andreu; María Virginia, mi amor (2009), de Gumersindo Pacheco; ¿Dónde está la princesa? (2009), de Luis Cabrera Delgado; y, en este 2010, se espera la próxima reedición de Fangoso, de Enid Vian. Libros y autores que apuestan por una ruptura con los esquemas tradicionales y convencionalistas. Una literatura que impulsa a visitar los libros una y otra vez y, en cada ocasión, ir descubriendo nuevas historias.

Imagino que para los creadores de la colección ―Enrique Pérez Díaz como editor guía y María Elena Cicard en el diseño de la maqueta de la serie― no haya sido muy difícil pensar en un nombre. No podía ser otro que el del siglo en curso. Esto significa estar a tono con las exigencias de los niños, ser conscientes del desafío al que se enfrenta la literatura en un mundo en el cual los adelantos tecnológicos constituyen su primer atractivo.

Por ahora sólo me queda desearle mucha salud a la Veintiuno. Confieso que soy un lector empedernido de la literatura infanto-juvenil que se publica en Cuba, no sólo por las editoriales nacionales sino por las de cada provincia, y en los últimos tres años los mejores libros que me he leído pertenecen a esta familia. Después de conocer La increíble historia de Lavinia, de Bianca Pitzorno; El pan de guerra, de Débora Ellis; Constantina y las telerañas, de Alki Zei; ¿Dónde estás Susana?, de Jose A. Linares; La cámara oculta, de Silvia Schujer; Noche de luna en el Estrecho, de Jordi Serra i Fabra; y Terreno de nadie, de Ariel Ribeaux, respeto y admiro mucho más a mis colegas, por demostrar que la buena literatura no conoce geografías determinadas y es capaz de conquistar a todas las edades.