En compañía de... Ana Ivis Juan Espinosa
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La poesía de Ana Ivis Juan Espinosa expresa el mundo interior de una joven de nuestro tiempo. Henchida de amor por su estirpe, siente profundamente la ilación de su espíritu con la familia, con el entorno de su ciudad, de su nación. Pero también siente con aguda sensibilidad la época dura que le ha tocado vivir, tan pletórica de dolorosas transiciones. Y su poesía, asentada sobre el eje de una autenticidad a toda prueba, da testimonio de su mirada inquisitiva y amorosa. En esta dirección expresiva alcanza plasmaciones vigorosas, que muestran la capacidad de la más reciente creación lírica cubana para refractar el interior estremecedor de lo genuinamente humano. Utilizando versículos de gran elasticidad, o dentro del movimiento apolíneo de las pautas, su escritura ofrece ya notables aciertos. El humanismo de sus versos exhibe una indudable calidad artística.
ROBERTO MANZANO
ANA IVIS JUAN ESPINOSA (Camagüey, 1985). Poeta. Miembro del Grupo de Mujeres Decimistas Décima al Filo. Ha obtenido varios premios entre los que se encuentran: Premio en el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres Decimistas Décima al Filo (2005), Primer Premio en el Concurso Nacional de Poesía Regino Pedroso (2005), Primer Premio en el Concurso Poesía de Amor (2006), Premio en el Concurso Poesía de Primavera, Juegos Florales de Ciego de Ávila (2006), Tercer Premio en el Concurso Ala Décima (2006) y Premio en los Juegos Florales de Matanzas (2006).
POEMA PARA UN PADRE
A mi papá, por su dimensión
I
Mi padre se levanta temprano en las mañanas,
endulza el café con la misma sobriedad con la que viste su traje carmelita.
Me pregunta la hora y creo verlo en una trampa
donde le ofrecen un solo de espasmos recorriendo su pecho.
A veces recuerdo aquella capacidad de amansar la negación,
pero sólo a veces.
Me pregunta la hora tirando las pupilas a mi cama,
le siembro girasoles en las uñas para adornar la ausencia.
Mi padre se levanta temprano,
se traga el café de un solo golpe
después de soportar otro girasol marchitándose en mi cuarto.
II
Un padre conversa
con fantasmas que se asemejan a su hija.
Con él se sientan a la mesa
desatándole un recuerdo que se volverá a plasmar
—inexplicablemente— en la memoria.
Intercambian motivos y discursos pero un padre,
no comprende los fantasmas que se asemejan a su hija,
les grita una espiral de culpas,
pregunta la hora,
recibe humo y siluetas imperceptibles.
III
Él baila conmigo,
me muestra el pecho o abre el puño que contiene girasoles.
Mi padre va a morir de dolor en la cintura.
Bailamos porque bailamos hace siglos
en la punta de una pirámide y yo prefería soles intermedios.
Mi padre no es Quijote
pero le construyo molinos en el uniforme carmelita.
Digo 6:40,
endulza el café con aquella lanza
cuando me doy cuenta que mi padre no se llama Daniel Defoe,
pero le regalo una isla, un silencio, una cabra.
Digo 6:44,
le presento un óleo y una oreja
en el momento que menos se parece a Van Gogh.
Digo 6:50,
y que guarde los girasoles porque ahora lo sé:
mi padre es un dios,
de esos dioses que se levantan temprano todas las mañanas
lanzando una sonrisa
aunque el café quede amargo
y no le contesten la hora.
DONDE MI MADRE DEFINE LA DISTANCIA
Ya no está el olor a carne sobria de mi madre,
no más el embiste de sus ojos
merodeando las costuras,
quizás una alucinación donde verter el duelo,
el azafrán de su pecho salpicando los muebles,
el ventanal,
la tibia desnudez de la lámpara
como la flor y el vaso que se eleva al nicho
para lanzar un culto.
Madre sin acallarnos la penumbra
deja quieto el postre que se sirve;
su tenedor merece el polvo en el armario
donde se compacta la madeja del tiempo,
golpe obligado en esta monarquía.
Es otra la casa que a los hijos queda
y seremos otros los hijos que quedaron en la casa
cuando pase el otoño repetido por el framboyán,
y llegue la madre con júbilo y lacónicas mentiras
mientras ahora nos sentamos a la mesa por coacción del cuerpo
para izar, desde los platos, su vientre,
pieza que multiplica el linaje y nos engarza.
Madre no sabe que en la isla
el dolor de un príncipe enferma al más cercano,
aún se le puede ver con el gesto a medias,
la visión fluyendo en un espumarajo de nostalgia;
no sabe qué fragmentos somos
al rasgar este discurso en la realidad finita
que tironea, devuelve la sombra de sus dedos
y tal vez en honor al crepúsculo
devoramos el pergamino traído por el apóstol.
Es lo que sabemos hacer,
es lo único que sabemos hacer,
o husmear entre hilachas de espera
la costura de una despedida que se desvanece
como tu olor, madre,
definiendo la distancia.
LOS ACRÓBATAS CONVIDAN
Vamos a sentarnos en el límite
a tantear las proporciones que el abismo nos ofrece
en la corriente de aire capaz de empujarnos a la caída
y explotar como la hoguera que encendemos.
Vamos a beber,
a tragarnos este licor silenciado tras el viaje
que se rompe en la horca después del adiós hecho de añoranzas,
de paroxísticas visiones apretadas en los puños;
a perseguir la estela sobre el nacimiento del árbol
que acaso trae la lluvia,
escoger su fruto con desnudo galanteo
nos hace discursar de literatura y ciencias cabalísticas,
de literatura y próximos augurios,
pero siempre de literatura hasta el temblor
que comienza la muerte del hombre
o lo eterniza en su bálsamo.
Nos apremia un concepto que se vuelque sobre nosotros
como la mano de Dios o el vicio,
una expansión de palabras que nos detenga en la orilla
con la duda al salto,
a castrar los siglos mientras bebemos,
a erigir la copa en honor a los corruptos,
ahora que somos el obstinado sueño de lo estéril,
los acróbatas que en una burbuja
olvidan agradecer a sus ancestros.
Vamos a llamar al coro,
a escribir nuestro futuro en un papel
para tirarlo con sus gritos y promesas desde arriba,
desde aquí
donde estamos sentados en el límite
como mansos rebaños aparentes
sin hogueras ni proporciones estúpidas,
simplemente sentados
para que el viento cante un poco en los oídos
y la literatura llegue con la salvación.