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Román Elé, un clásico de la literatura infanto-juvenil cubana

Eldys Baratute, 27 de junio de 2010

Algunos críticos marcan los finales de la década del ochenta como el punto de giro en la literatura infanto-juvenil, tanto por el amplio diapasón de temas que comienzan a ser abordados, como por la forma atrevida en que estos se tratan. Bajo los presupuestos de otro momento histórico-social, muchos esquemas que regían no solo las obras para niños y jóvenes, sino también la escrita estrictamente para los adultos, comienzan a romperse. En muchos casos pierde prioridad el narrador omnisciente, sabelotodo, de mirada absolutista, para dar paso a narradores-personajes, con sus particulares miradas de los acontecimientos.

A raíz de esto, muchas buenas obras se han escrito, y aunque aún se carece de un cuerpo crítico con una columna vertebral articulada, algunos nombres repican en el oído de los lectores. Sin embargo, aunque estoy de acuerdo con la idea de que desde finales de la década del ochenta los textos infanto-juveniles se miran de otra manera, también soy de los que piensan que:

  1. Todos estos autores cuyos nombres repican…, antes de enfrentarse a la página en blanco, fueron lectores del arsenal de textos infanto-juveniles publicados en Cuba desde La Edad de Oro hasta nuestros días.
  2. En cada momento histórico han existido obras con un marcado valor literario, al punto de que algunos han llegado a convertirse en clásicos.

Aunque, en materia de narrativa para adultos, la década del setenta fue denominada por Salvador Redonet como ¿La mala hora?,* la edición de cuatro títulos de literatura infanto-juvenil, precursores temática y estilísticamente de todo los textos que se escribirían años más tarde, convierte a estos años en una magnífica hora para los cultores de este género. Y me refiero a El cochero azul, de Dora Alonso, Caballito blanco, de Onelio Jorge Cardoso, y Cuentos de Guane y Román Elé, de Nersys Felipe.

Onelio, por su condición de Cuentero Mayor y de escritor, además, de literatura para adultos, es estudiado con sistematicidad. Dora está cumpliendo cien años en este 2010, y un grupo de escritores conspiramos para que en casi todos los eventos del país la proyección de su vida y su obra sea tema imprescindible. Pero, ¿deberíamos esperar veinticinco años más, hasta que Nersys cumpla cien, para que se hable de la importancia de su obra en la literatura cubana?

Para críticos, escritores, y hasta para los lectores resulta difícil asumir que pueda existir un clásico vivo, pero sin dudas Nersys Felipe lo es.

Como sucedió con Juan Rulfo y otros grandes autores, Nersys, amén del resto de su obra, ha logrado sentar cátedra con un par de libros. No sólo por los temas que trató en un momento tan difícil como la década del setenta, sino por la manera en que lo hizo. Hablar de la muerte y el racismo en Cuentos de Guane y Román Elé, respectivamente, como si estuviera contando de su último paseo por las tierras de Guane, sitio querido e inmortal gracias a ella, la convierte en líder de todo un movimiento literario que cobró fuerza años más tarde.

Para muchos, Cuentos de Guane es su libro más significativo, y no voy a negar que pueda serlo, pero prefiero apuntar aquí algunos aspectos de Román Elé, una novela tan vital como la anterior.

Román Elé es un canto al respeto por la diferencia. Con la sencillez que ha caracterizado su prosa desde sus primeros libros hasta hoy, Nersys recrea la vida de este niño negro en la Cuba republicana. Elé no es un esclavo porque ya para ese entonces no existía la esclavitud, pero es negro y su color lo hace inferior, por eso, y para tener un techo y comida para su abuelo Calazán, el niño sirve de criado. Sin embargo, desde la primera página del libro Nersys delata cuáles son sus intenciones y describe al niño con tanta admiración que es muy difícil no imaginárselo bello, como ella lo sueña:

Cuando un niño dice a ser hermoso, no hay nada que le gane. Y aquel lo era: alto, muy derecho, y fino; con el pelo hecho sortijas tan negras y brillantes como la piel, que parecía, por el brillo, untada en manteca de coco.
Se llamaba Román Elé. Tenía los dientes grandes y separados, las encías rosadas, los ojos como pintados, y era nieto de criados, hijo de criados y criado él también.

Por el contrario, al hablar de Crucita, la hija de los dueños, utiliza las palabras más simples, más elementales: “(…) y donde vivía también Crucita, la niña blanca llamada de verdad Cruz María de los Ángeles, hija y nieta de dueños”, invirtiendo ya, desde el inicio, la balanza. Los lectores pueden observar a Elé bello, vital como lo quiere se autora, y a la niña blanca siendo solo eso, una niña blanca, sin más atractivo físico que ese, en el caso de que algunos lo consideren tal.

Más adelante Nersys apunta el cuidado y la higiene de Román, rompiendo con el esquema de descuido que pesaba y pesa aún sobre las personas de piel negra:

Todos los días sacudía las dos colchonetas viejas y las sacaba al sol, por los piojillos. Todos los días apilaba los granos, acomodaba los sacos y botaba las tusas, para luego barrer el piso de tierra (…) Guerreaba con las cucarachas, las odiaba. Ni una había en su casa (…) Siempre andaba Elé velando los rincones, las tablas de las paredes y el guano del techo para acabar con cuanto ratón o alacrán veía.

Lamentablemente, y aunque se ha hecho mucho para combatirlo, Cuba todavía es un país racista y, aunque de manera solapada, aún el color de la piel representa un estigma para muchas personas. Por eso, a casi veinticinco años de su Premio Casa de las Américas, Román Elé sigue vigente entre los cubanos de todas las edades. Desde unas pocas páginas, Nersys realza la figura del negro que merece tanto respeto como el blanco o el mestizo.

Otro aspecto que la autora tuvo en cuenta a la hora de dignificar la figura del niño negro es la ausencia de nombre de los dueños de la casa. Ellos simplemente son “los dueños”. Lo que evidencia una marcada intención de despersonalizarlos, hasta el punto de llevarlos a la nulidad como seres humanos. No tienen nombre ni rostro, y cuando algún niño quiera reconocer al dueño sólo se acordará de la cara de mamoncillo que le adjudica Elé. Ese mamoncillo que simboliza lo ácido, lo repulsivo muchas veces.

Ahora bien, ojo con esto: en algún momento, bajo un ataque de ira, Román quema todos los mamoncillos que hay en el patio; ¿qué mensaje nos estará dando la autora en ese momento?, ¿será el despertar en el niño de toda la rabia de sus ancestros cimarrones?, ¿esos mamoncillos quemados no representan a los dueños de la hacienda?

Atizaba la fogata sin importarle el humo, sin huir de las chispas; crepitaban y ardían los mamoncillos y la candela iba comiéndoselos.
Él nunca los quemaba; por eso, extrañada, le preguntó:
–¿Y esa quema Román? ¿Para qué?
Y el niño con una voz que ella no le conocía, sin volverse a mirarla, le respondió:
–Para que se acaben pronto. Por no verlos.

El amor es otro de los temas que aparece acentuado en esta noveleta. Evidentemente el niño ama a su abuelo Calazán, por eso aguanta el maltrato del amo. El niño deja que lo golpeen y lo humillen para que su abuelo tenga un techo y un plato de comida. Calazán es la única familia que él conoce y lo cuida como lo más importante de su vida: “Así eran los días de Elé. Días de muchas obligaciones. Para que el dueño lo dejara vivir con su abuelo en el cuarto de maíz seco; para que el viejo tuviera su desayuno, su almuerzo, su comida y alguna ropa con qué vestirse”. Aunque la familia de Dengo lo quiere y lo cuida como a un hijo, este núcleo tan cercano a él marca aún más la ausencia de la familia de Elé. Su familia verdadera no existe. Sus padres murieron y a él sólo le queda el viejo. Pero lo mejor de esto es que Nersys no dedica páginas enteras para hablar de la importancia de la familia en la formación de los niños. Eso sería demasiado contraproducente para su estilo. Ella opta por poner al niño negro con su abuelo y a una familia ¿feliz? al lado suyo. Las diferencias las notará el lector, ese mismo lector que, si no lo ha hecho antes, a partir de ese momento comenzará a valorar a su propia familia.

El amor también existe entre Crucita y él, un amor que quizás ellos, desde la inocencia de su niñez, no han advertido; pero lo autora sí lo sabe y lo maneja tan sutilmente que los lectores casi nos vamos dando cuenta a las par de ambos personajes. Sin embargo, a veces aparecen escenas tan intencionadas que convierten a Nersys en precursora del erotismo en la literatura infanto-juvenil cubana. Ese erotismo inocente, a la manera en que solo pueden expresarlo los niños, pero que evidentemente denota atracción:

Estaba la niña sentada al sol en la orilla alta, seria, porque no había podido ni mojarse los pies en las cascaditas, cuando le vio caer desde la copa del álamo, romper con las manos el espejo verdiazul del remanso y hundirse derecho como una flecha, para aparecer luego, rodeado de espuma.
Y aunque no se lo dijo, Cruz María supo que el baño en la poceta había sido para ella.

Aunque Nersys ha confesado en varias ocasiones que no tenía un conocimiento vasto de recursos y técnicas literarias, Román Elé bien pudiera ser considerado como un “Manual de técnicas para escritores”, primero que todo por el acertado uso de un narrador omnisciente. Aunque a inicios de este texto decía que dicho narrador suele ser absolutista, en este caso ningún personaje podría haber narrado esta novela con la precisión necesaria. Lo más importante para la autora era contar, sin tomar partido ―o al menos no directamente, porque de cierta forma fue induciendo a los lectores a fraternizar con unos personajes y con otros no, lo que evidencia, aun si ella lo negase, una intencionalidad marcada.

En algunos capítulos se aprecia un diálogo con clásicos de la literatura infantil: “Los libros vinieron después: Belén quiso el del gato ensombrerado, calzado con botas más lustrosas que las del dueño; Loreto, el de la niña que, ¡pobrecita!, en vez de piernas tenía cola de pescado”, lo que nunca es gratuito porque obliga a los niños a revisitar estos cuentos o a leerlos por vez primera.

Existe un dato escondido que mantiene en expectativa a los lectores hasta el final. Nunca se menciona el nombre del libro que le regalan:

Hasta tarde (…) estuvo Elé mirando el libro de Crucita (…)
Por fuera era azul, y sobre su azul relucían letras como soles. Por dentro tenía páginas que no parecían de papel sino de seda, y láminas pintadas en colores.

Quizás esa fue la manera en que Nersys soñó ver editada su novela, o quizás este libro de tapas azules y letras doradas marcó un momento importante en su vida y ella, sutilmente, como todo lo que hace, se desnuda ante los lectores y evoca su infancia.

Otros dos elementos técnicos de importancia destacan en el texto. El primero, la selección tan precisa de las palabras que la autora usa en las descripciones del paisaje, siempre sustantivos o adjetivos que marquen la identidad, el folclor cubano: el río, las piedras, el álamo. Todo lo que ella describe podemos verlo como un mapa, pero no de Pinar del Río, sino de cualquier punto de nuestro país. Y lo segundo, también importante, es la musicalidad del texto, manifiesta desde que empieza la lectura hasta la última página. Es imposible hacer oídos sordos al sonido de las claves, las maracas, los bongoes. Nersys habla de un niño negro y no se olvida de sus raíces, de su África musical, y tampoco se olvida de la tradición musical cubana, desde los sonidos onomatopéyicos, cráchiqui, cráchiqui, cráchiqui, que recuerdan a los ritmos africanos, las oraciones cortas, muchas veces octosilábicas, que provocan aumento del ritmo, hasta los guateques donde se improvisan décimas y se cantan canciones infantiles y temas tradicionales. Toda la novela es una fiesta que te invita a la lectura y al baile. Incuso la manera más indicada que la autora encuentra para demostrar la rebeldía del niño es mediante la música. Elé le cambia la letra a la canción que el abuelo le había enseñado, y convierte un canto de queja en uno de rebeldía, de reclamo.

Como en Cuentos de Guane, en Román Elé la autora encara el tema de la muerte. No para recargar el texto de dramatismo y escenas terribles, sino como excusa para hurgar en los sentimientos de las personas, para explotar las emociones que bajo otras circunstancias no pudieran sentirse. Calazán muere y el niño se queda solo. Se crea un momento de tensión en la historia, que Nersys resuelve magistralmente: En el capítulo siguiente, nombrado “Las flores”, en vez de concentrarse en el sufrimiento de los dolientes, gira el lente hacia las flores que acompañan al anciano muerto. De esta forma, aunque se sepa que estamos en un velorio, también se disfruta de la belleza del ambiente que ella crea:

Aquel martes, la casa de Román Elé se llenó de flores.
Y al encontrárselo florecido; al ver las hortensias, los príncipes negros, las rosas radiantes; al recordar que en su casa no había ni una flor, le dijo a Dengo:
–Tus flores son mis flores, tráeme algunas.

Después de la muerte de su abuelo, Elé recupera la ilusión de su vida con otro de los elementos puntuales en el texto: los cocuyos. Los cocuyos que representan la fusión de la oscuridad y la luz, la unión de lo blanco y de lo negro. Esta es la manera más indicada que la autora encuentra para señalar que Román y Crucita estarán juntos para siempre y que así mismo deberían estar todas las personas sin importarles el color.

Sin embargo, llama la atención la manera en que deja abierto el final de la novela: Elé se va al pueblo a trabajar a una tabaquería y la niña lo espera en la hacienda. ¿Qué pasará con ellos dos? Quizás la autora mantiene la esperanza de retomar su novela años más tarde. Ojalá Crucita y Elé se conviertan en adolescentes, jóvenes y adultos, para que los lectores de cualquier edad podamos seguir siendo parte de sus vidas.

Nota:
* Redonet, Salvador: “Narrativa infantil(ista) e infanticida y la narrativa para niños y adolescentes en Cuba”. En En julio como en enero, No. 8, 1989.