En compañía de... Francisco Mir
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La poesía de Francisco Mir, a pesar de la brevedad de su vida, es de un extraordinario valor simbólico. Originario de Banes, donde transcurrió toda su infancia, desarrolló su itinerario creador en la Isla de la Juventud, que cantó con amorosa tenacidad, y en la que ejerció una noble influencia sobre sus creadores. El capítulo áureo de esta localidad, cuando ella era el escenario de jóvenes creadores de todas las manifestaciones artísticas del país íntegro, que acudieron allí detrás de sus utopías personales, fue escrito con las manos jóvenes y fervorosas de Francisco Mir. Apasionado y de una sensibilidad vigorosa, poesía una imaginación muy viva, que sabía convertir en imágenes fuertes todo el arca de oro de sus días germinales. La teluricidad y la vida familiar, el amor que busca ansiosamente completarse, el reconocimiento del destino de los suyos, a quienes cantó con suma lealtad, jamás faltaron en sus ricas piezas líricas. Transitó por varios modos expresivos, y en todos fue auténtico y original. Para quien escribe estas líneas, su mejor cosecha artística, pues representaba mejor su trasfondo psíquico e implicaba una coherencia mayor con su identidad profunda, es aquella en que, aunque no abandonase totalmente sus inclinaciones coloquiales, desplegaba una imaginación exuberante con la naturaleza y los movimientos sin fronteras de su rico mundo interior. Sabía crear imágenes mágicas, de fuerte calado inconsciente, donde dinamizaba toda su memoria de joven de origen campesino con profundas lecturas de la mejor poesía universal. Siempre había en sus composiciones un relente teatral que les ofrecía un aura dramatúrgica especial. Amaba la representación dramática, y rendía culto a la invención novelesca. La poesía cubana le debe aún su útil propagación y justo conocimiento.
ROBERTO MANZANO
FRANCISCO MIR MULET (Banes, 7 de mayo de 1953-Isla de la Juventud, 8 de abril de 1998). Poeta, narrador, promotor. Uno de los más importantes poetas de la poesía de la tierra. Su libro Proyecto de olvido y esperanza es uno de los fundamentales de esta tendencia expresiva de los años setenta. Publicó numerosos libros de poesía. Desarrolló una extraordinaria labor en la Isla de la Juventud en todos los órdenes de la creación. Urge la publicación de una antología de su obra, presentada adecuadamente por los conocedores de la misma con una valoración de su contribución creadora.
ISABEL SOLAMENTE
Estaba usted mirando las nubes a través del techo y mordiéndose los labios, pensando que el río esa tarde iba a llegar a la cerca y que dentro de muy poco las vacas escurrirían su tristeza sobre las pencas cortadas y secas. Estaban flotando las flores y la tierra dejaba correr sus basuritas y desechos de las guerras, baúles con muñequitos de Walt Disney que hasta el pueblo llegaron roídos por las cañas, una reja que los bueyes ya no recordaban, bolas multicolores que algún niño enterró en el jardín, una máquina de escribir con más teclas de la cuenta, bastos sudorosos de caballos y arreos que se perdieron en la frondosidad de los árboles, la foto de abuela incluso —dando saltos al llegar de un viaje—, el delirio aquel de fugarnos a las minas. Estaba usted haciéndole guiños a los palos prendidos al fuego y me pareció que era mejor abrir las ventanas y que entraran las gallinas a refugiarse en los horcones, las ganas de que el ciclón pasara y volver a echar a andar como guisazo simple en los caminos, prenderse a la piel de los vaqueros e irse con las espuelas al grito de los corrales. Pensaba que usted sufría y abrí la ventana, dejé que se mojaran los tapetes y manteles, que se humedecieran las mechas y que la oscuridad trajera la luz más fresca.
DE HINOJOS DISCUTEN EN LA PRADERA LOS AMANTES
Vendaval me están pareciendo tus antojos. Aquel velero fue blanco de papel, y ahora no sé, se sumergió en los detalles de aprendernos. Aquel árbol fue cabecera de los dos, descubrí que no estaba en el mismo lugar. Vendaval, me están sonando las noches y vuelan las semillas del cariño, pueblo de hierba a lo lejos llamándonos. La tierra llamándonos, y yo que me voy en la abertura de un hueco de miel. La alambrada rajó mi camisa y tú volcaste en los bebederos las patas de conejo, gritando que hasta aquí la suerte, que se acabó. Mentira, realidades chorrean de luz los guanos, pencas obstinadas de verde te persiguen arrebatando tu vestido. Te vienes acá y basta, te lleno de coralillos los pechos, y que los vecinos hablen hasta que revienten a todas las ranas juntas de la cañada. Vendaval, ahí está el potro amarrado a los cujes, montamos y no hay más que decir, ni leñas en la candela, ni sábanas tibias para el sueño. Vendaval para amarnos, humedéceme los ojos para ver si distingo la lluvia, que no huyan las luciérnagas, que se echen en tu refajo, que duerman y que se vayan mañana, que no nos dejen solitos con tanta noche o tendremos que hacer-nos rayo y salir volando para siempre buscando el sol, y eso quema y duele. Tráete Ada y luciérnagas, yo voy haciendo la cobija, tú apilona la tierra, alcanzaremos seguro el día que viene y el otro, con los besos tan creciditos como antes.
HOMBRE Y MUJER EN UNA PRADERA ABIERTA A LOS ÁRBOLES Y A LOS AIRES
HOMBRE: En los campos los corceles pacen un dolor de culebras retorcidas. De la hierba el olor del zumo de las ruedas. Las carretas han ido cavando un surco en el que cae la lluvia y hace pozos de agua. El zarcillo, las madreselvas, el espartillo, las madrevivas enredadas a las piernas dibujan hilillos de sangre, parece que el bosque comienza a lamernos los albores. Pero no se puede pensar mucho debajo de los cielos estrellados. No se puede renunciar fácilmente a los caracoles y a los ríos, a los pájaros que pasan contando de sus alegres nidos en las extremidades del follaje.
MUJER: A la luz no se pueden cerrar los ojos. No se pueden confundir las esperanzas. No se pueden equivocar los arroyuelos. No se puede creer en la distancia. En las arenas la tuna vive sus savias en arisco estremecimiento de las espinas. Miren también la tragedia de las nubes a estas horas, se aprietan como maderas recién cortadas. Con esas nubes podemos construir la ventana que se abra a los recodos del mundo. Se necesita de lágrimas para la rosa. Se necesita del lodo, para podernos sentir humanos y no poseer sobre el galope pasajero de los días la imagen blanca, sólo blanca.
HOMBRE: Rueden las rocas y hagan alud sobre los brazos cansados, y que en su lugar los perfectos minerales reverdezcan los músculos con la fuerza de las plantas, cuando rompen la tierra y asoman sus tímidas raíces. Óigase bien, de todos los humanos es conocida la fruta prohibida, pero hay que tomarla, porque sin ella la boca se seca y se pudren las esperanzas. Es necesario procrear la razón y los sublimes principios.
MUJER: Toma de mí el líquido de los pechos y enjuaga los purpúreos deseos, de allí se despiden las algas, líquenes, las hierbas para el potro hambriento. En mi vientre se funda la razón y se pulen los aceros.
LOS NOVIOS DE SAN AGUSTÍN DE AGUARÁ
La novia, en quitrín, con ramo de perfumadas mariposas
mostrando a la tarde su costumbre de paseo,
su vestido vaporoso, donde el sol acomoda los rizos, encajes rosas en el pecho.
El novio, jinete de pantalón de cuadros,
galopa las horas de la merienda, muy cerca de las verjas de la amada.
Es él quien tiene más alcance con el lazo,
el que más veloz tumba y amarra al novillo en carrera.
Cuando los dos se juntan el llano flota sobre los jagüeyes.
Van al parque y a la avenida, los faroles los ven llegar,
estallan en mil destellos empotrándolos a la noche.
Siempre que llueve, el parque se llena de granizos
como de gente que viene a ver las carreras de caballos,
los juegos de cintas, los guateques que cada vez toman más carácter de retreta.
Todo el pueblo se coloca según la familia o la destreza del vaquero:
mamá bordadora de tapetes,
niña de pechos carnosos, con la sombra del laurel y detalle de nomeolvides,
hijo mayor luciendo músculos y piernas, maestría sobre el caballo
y saltos de barreras, seguidamente la prole de muchachos
sonando pitos con hojitas de laurel, o chiflando papel y peine con el discurso.
Por entonces llegó el tifus, y con él Los Infante.
La avenida se anudó en su centro, a los novios
les fue faltando desde el quitrín hasta los sombreros.
El pueblo se dividió en dos bandos: conservadores y liberales.
El monte parió gente sin apellidos que llenaron los corredores.
Tenían sed y los ríos estaban llenos de agua,
querían un conuco y a los potreros se les podría la savia,
querían noche y avenida pero se habían acabado
los faroles, las retretas, los juegos, las carreras.
De la ciudad por ocasión llegaron notas:
Constitución del Caimito, Decretos de la Vianda, Reformas del Tifus.
Se alquiló el tiempo a un tal señor de La Habana.
Los novios se fueron. Con los novios, el pueblo.