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Con el fabular de Diana Fernández Fernández

Fabulaciones, 28 de julio de 2010

Confieso que no me hace gracia eso de “literatura femenina”, no por las mujeres (Dios me ampare) que escriben, sino por la etiqueta; padezco de una especie de daltonismo que me hace atender a la calidad de los pergeños de un escritor antes que a su género. Es que, como dice Amir Valle (véase el prólogo a Compañía urbana en la noche, de Diana Fernández),  “la narrativa cubana escrita por mujeres (…) presenta los mismos quilates de calidad, las mismas búsquedas, iguales transformaciones en los planos estético y ético, similares riesgos…” Así que antes de literatura “femenina” —o siquiera “escrita por mujeres” (y esto es más potable, por lo de ser cortés) —, prefiero hablar de literatura, y por lo mismo, de esa misma Diana Fernández, que escribe bien.

Compañía urbana en la noche es un libro de historias aparentemente simples. Aparentemente. Anécdotas de la cotidianidad, unas; otras como fábulas sin moraleja. Historias de amores y desamores, de tedios y maravillas, de frustraciones y anhelos perseguidos, de búsquedas y desencuentros, de revelaciones. Todas narradas en tercera persona, todas desde cierta distancia, con algo de frialdad o displicencia, sin mayores recovecos en el sendero de la narración, y con un estilo limpio y preciso, comedido y sopesado… Pero no se engañe, o mejor dicho, déjese engañar por esta falta de estrépito, por ese cielo sin fuegos de artificio, porque de eso se trata y porque esa es la intención de la autora: antes que sacudirnos, quiere (y logra) desarzonarnos con los sordos y telúricos rumores sobre los cuales estamos sentados, señalándonos lo que no vemos ante nuestras narices, de puro ciegos o tercos. Diana Fernández despliega ante nosotros el Tarot de esta vida de aquí, y lo hace con la elegancia no exenta de ironía del filósofo descalzo que prefería preguntar antes que afirmar, mostrar antes que explicar: eso que siempre hemos intuido, que las cosas no son tan simples como parecen (¿o sí?)

Alejandro Álvarez Bernal

“Mutantes”

En tantas horas de espera no se había percatado del pez azuloso que iba y venía imperturbable de un extremo a otro y que a veces subía a la superficie, sutil, lento como solo lo hace un pez sin apuros de ninguna especie.

Había otros guarecidos, temerosos quizás, habitando las esquinas de la pecera. En ocasiones se movían intranquilos en un medroso paseo, pero no llamaban su atención como aquel azuloso de suave deslizar, que a través del cristal se detenía a mirarle.

No se explicaba por qué un simple pez podría atraerlo tan poderosamente. El hecho, en realidad, lejos de perturbarlo, lo satisfacía, lo rescataba del monótono salón en el que esperaba desde hacía más de tres horas, rodeado de puertas silenciosas y exquisitas marineras que ya conocía de memoria. También estaba el suave sofá colmado de cojines y peces decorativos –a punto de saltar de tan mirados– y en el cual se había zambullido con un acuático glub, después de que consecutiva y respectivamente, en las puertas 1, 2, 3 y 4, una mujer de saltones ojos y respiración braquial, un hombrecito de labios abri-cerrantes, una joven de marcados movimientos natatorios y una anciana de coleteantes pies, le sometieran a un acucioso y repetido interrogatorio sobre su preocupación por la vida marina, sus capacidades de inmersión en apnea y la fragilidad de su piel, entre otras preguntas, a las cuales respondiera sin reparos, a pesar de haber acudido a aquella oficina de protección marina, exclusivamente para una denuncia de contaminación química en las aguas de la plataforma insular.

Sumergido en el amplio y blando sofá-glub, le asaltaba de vez en vez una extraña ansiedad de mar, de experimentar la inconfundible caricia de las aguas, efecto quizás de la atmósfera creada por el pequeño acuario,  los móviles peces del sofá y las marineras al óleo, que le hacían elogiar la maestría de los artistas y el buen gusto de los decoradores.

Luego, el pez de nuevo. El pez en cuestión, ejercía fascinación sobre su persona y lo hacía olvidar la espera a que lo sometían los oficinistas-pasealaotrapuerta-espereunosminutos. Sería una pez, se dijo, rió convulsamente, casi en silencio para no llamar la atención y fijó la vista en el cristal. El pez se detuvo –pisci-magnetismo, pensó el hombre–, emprendió un breve paseo de una a otra punta y se interrumpió, esta vez para mirar desembozadamente, sin absoluto disimulo. El hombre se levantó –la mirada de este acuático ejemplar no era la simple mirada vacía y cristalina de todos los peces, este miraba con sentimiento– y  depositó su mano de plano, sobre el cristal, como queriendo agarrar el cuerpo diminuto, sentirlo palpitar dentro del puño. Le pareció que el cristal se ablandaba, cedía un poco, dejaba pasar su mano, y sintió, más aguda aún, la necesidad de nadar, como aquel pez en el agua.

El pez se despegó del cristal y él regresó bruscamente al sofá-glub. Miró su reloj. Llevaba tres horas y tres cuartos en aquel sitio. La agobiante espera, el cerrado lugar, la falta de oxígeno puro, lo hicieron percibir oscilantes movimientos en las paredes, produciéndole un ligero mareo que lo indujo a adormecerse sobre el espaldar del intranquilo sofá. Una rara sensación de ingravidez lo despertó sobresaltado.

El pez lo miraba de frente, su boca se abría y cerraba incesantemente, mientras las aletas tiritaban en el agua. Sintió pena, no de este pez a salvo sino de tantos a expensas de enormes manchas de químicas contaminantes, como la que había ido a denunciar. Se sintió conmovido, se incorporó, se arrodilló y acercó –más bien pegó– el rostro. El frío del agua le llegó desde el otro lado del vidrio, refrescó su frente, sus párpados. Un efecto soporífero, acuático se apoderó de todos sus sentidos, aún guardaba en su mano la rara huella táctil del paso al otro lado. El cristal se ablandaba nuevamente, se hacía penetrable, él podía incluso hincar, además de la mano, la cabeza y respirar, permitir que el pez azul jugueteara largamente con su nariz, acariciara sus mejillas, su boca, sus orejas. La sensación subacuática aumentaba, se hacía más tolerable, y posibilitaba la cómoda introducción  del pecho, los brazos, la cintura, que antes no hubiera imaginado cupieran en aquella pecera.

El deseo de estar sumergido dentro se hizo irresistible, y el hombre, que ya no podía mantener los pies en seco, dejó de creer necesaria la previsión de no cerrar definitivamente el regreso, recogió las piernas y se zambulló en el agua donde la pez –ya estaba convencido de que lo era– lo esperaba.

Entonces comenzó a mirar el salón de espera desde el reducido estanque. Las marineras no eran más que pinturas costeras que anunciaban tierra. Las cuatro puertas de las oficinas y el vestíbulo se hicieron de cristal transparente, se plegaron, perdieron consistencia, se volvieron agua, inundaron el salón y despegaron del sofá las decenas de peces coloridos. No le extrañó en absoluto cuando los cuatro peces oficinistas nadaron hacia él, sonrientes, después de que se licuaran las paredes de la pecera  y desaparecieran las del salón. Cuando el piélago inmenso los acogió definitivamente libre, él, que no había olvidado la preocupación que lo llevara a la oficina de protección marina, experimentó cierta frustrante desazón por la sin-respuesta de los funcionarios, desazón que muy a su pesar, se fue haciendo más y más lejana, en la medida que la libertad de los otros lo invitaba a entregarse también al regalo infinito de la mar océana. Se dijo, entonces tras pensarlo un poco, que al fin y al cabo de algo tiene que morir un pez.        

“La muñeca negra

Juguemos a la muñeca negra, dijo él. Pero ella no quería recomenzar lo mismo de todos los días vencidos por el aburrimiento. El sería Don Pomposo, ella Bebé, entre algunas de las vecinitas aparecería la muñeca negra. Al final accedió. Pero las hijas de Victoria estaban en la escuela. Y él se apareció con una muñeca negra de la misma edad que ella: Sandra. Ella protestó porque era muy grande y no podría cargarla ni hacer su papel debidamente. Ya bastante le molestaba ser en la realidad su creación, como él decía, y pasar horas enteras, sujeta a su antojo. La muñeca negra preguntó si ella sería la muñeca que entierran en la arena y Bebé le explicó que no, que aquella era la muñeca sin brazos de Magdalena la mala, que aquí sólo sería la muñeca negra de Bebé. Pero como no acababan de empezar el juego, la muñeca negra se fue a una cita con Frank. Entonces, Don Pomposo dijo que ya se le ocurriría algo, y se le ocurrió jugar a ver la televisión. Bebé no quiso. A la televisión, no. No. No. No. Pero Señor Don Pomposo que era mucho Señor Don Pomposo la llevó frente a la armazón vacía, comprimió el pulgar de ella contra el falso botón y asomó su imagen sonriente detrás del cristal.