¿Cultura popular vs cultura de masas?
La primera definición de cultura la ofreció Edward Burnett Tylor, quien afirmaba que ¨Cultura o civilización tomada en su amplio sentido etnográfico, es ese complejo de conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y cualesquiera otras aptitudes y hábitos que el hombre adquiere como miembro de la sociedad¨; agregando ¨La condición de la cultura en las diversas sociedades de la humanidad, en la medida en que puede ser investigada según principios generales, constituye un tema apto para el estudio de las leyes del pensamiento y la acción humanas. De tal manera, la cultura se referirá a todos los conocimientos, capacidades, hábitos y técnicas adquiridos o heredados socialmente, es decir, no heredados biológicamente¨.
Esta definición se realizó desde la perspectiva de la teoría evolucionista y tiende a considerar la cultura como un todo continuo.
La cultura popular es entendida, generalmente, como aquella parte de la espiritualidad creada, no por profesionales, al margen de la “alta cultura”. Surge de manera espontánea y no académica entre los trabajadores y el pueblo en general, por ende, sus recursos materiales son escasos, mínimos, diría más bien.
Además, la cultura popular es auténtica; refleja la vida cotidiana del pueblo, su manera de comprender el mundo, sus venturas y desventuras, amores y sus odios, intereses y más caras aspiraciones. Pasa de una generación a otra, apoyada en las tradiciones y costumbres, lo cual no le impide estar en constante desarrollo y ser tan vital como sus portadores.
En la sociedad de nuestros días, coexisten la cultura dominante —conocida también como alta cultura— y la cultura popular con una de otro tipo, pseudocultura, la llamada cultura de masas.
La cultura de masas, a diferencia de la cultura popular, no es auténtica; de ninguna manera se origina en el seno de las amplias masas populares espontáneamente; por el contrario, es creada e impuesta verticalmente desde arriba de manera encubierta y con la ausencia de los atributos que el pueblo pudiera aportar. No estamos en presencia de algo totalmente inédito surgido en las actuales condiciones de la sociedad capitalista, encontramos sus raíces en época tan remota como la del Imperio romano, donde se produjo una oleada de copismo de las obras de los grandes maestros griegos.
La cultura de masas alcanza su apogeo con el triunfo de la burguesía y el posterior desarrollo del capitalismo. Para muchos autores, ni siquiera merece ser denominada cultura, pues es considerada como la migaja, que bajo la apariencia de cultura, ofrece la burguesía contemporánea a los seres humanos que explota; sus productos están destinados a esas personas con una preparación cultural mínima, insuficiente y nada más ajeno a sus pretensiones que contribuir a elevar su nivel.
La existencia de la cultura de masas se concreta en las más variadas formas: literatura masiva, música masiva, cinematografía masiva, plástica masiva, etc. En el mundo globalizado todo es mercancía y la cultura no es una excepción. Como tal es asumida por instituciones financieras internacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sus preferidos son los comics, las novelas policiacas y el cine del oeste, el rock and roll, los seriales y novelas televisivos, los telefilms y las películas de baja factura. Una cadena interminable de concursos televisivos de índole diversa, que pueden ser europeos o latinoamericanos, pero de formato estadounidense dan la vuelta al globo una y otra vez. Lo anterior no quiere decir, por supuesto, que toda la música rock, los telefilms o las novelas policiales deban catalogarse como productos de la cultura de masas.
En principio, este fenómeno cultural se nos presenta como pura diversión e inocente placer, sin embargo, sus temas predilectos son: el individualismo feroz, el hombre situado al margen de los problemas sociales, el horror, la obscenidad, la violencia.
La cultura de masas es esgrimida como el reflejo de lo que sucede en la sociedad de nuestros días; pero también existen valores positivos que esta “cultura” pasa por alto, mientras absolutiza y amplifica sus contrarios.
Por el momento, a pesar de que la interrelación de cualquier tipo de cultura con la cultura de masas es prácticamente incontenible, salimos airosos de la tan ansiada homogeneización que nos quieren imponer a toda costa. Los hechos lo demuestran con creces, baste mencionar la calidad e influencia social de eventos cubanos como la Feria Internacional del Libro, la Bienal de La Habana, el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, los Premios Casa de las Américas, los Festivales Internacionales de Ballet y Teatro, unidos a novedosos proyectos de instrucción y cultura como la creación de las Sedes Universitarias Municipales, Universidad para Todos, los Canales Educativos, la reapertura de las Escuelas de Instructores de Arte y la labor comunitaria de diferentes personalidades, agrupaciones e instituciones tradicionales o recientes.
Resumiendo lo planteado hasta aquí, la globalización, como proceso contemporáneo en constante movimiento y transformación, resulta difícil de definir con exactitud; similar suerte corre la cultura de masas. Ambos fenómenos iniciaron su peregrinar en épocas pasadas para asentarse definitivamente en el siglo XX y continuar su avance en el presente.
La historia contiene enseñanzas extraordinarias, ha demostrado que la destrucción de una cultura es un hecho irreversible, si sucedió antes, por qué no puede repetirse, habría que estar ciego para no percatarse de que la situación de hoy, de continuar como hasta el momento puede provocar daños irreparables.
La globalización en sus múltiples dimensiones abarca también la de índole cultural, identifíquese ésta con un término u otro, se trata de un mismo problema; y es que los productos de la cultura de masas, concebidos como una mercancía más, priorizan el beneficio económico inmediato e indisolublemente ligado a éste, la dominación de las mentes frente a los desmanes del capitalismo. Las amplias posibilidades de desarrollo del mundo actual podrían enriquecer el intelecto humano a niveles insospechados, sin embargo, para las grandes mayorías se han convertido en su contrario.
Cuba, país que siembra educación y cultura, mientras otros engendran desolación y muerte, se ve amenazado por la cultura de masas que atenta contra nuestra cultura, identidad e ideología, tratando de invadir tantas esferas de la vida como le sea posible.
Las condiciones siguen siendo adversas, sin embargo, uniendo esfuerzos, elevando el nivel educacional y cultural del pueblo, trabajando en la crítica y la divulgación consecuentes contra tales productos y su comercialización, estimulando a la vez las obras surgidas del talento artístico profesional y popular, absorbiendo todo lo valioso de la cultura internacional y dando a conocer la riqueza de la nuestra al mundo, podremos librarnos de caer en esa espiral homogeneizadora, que a pesar de sus recursos e ímpetu, aún no ha logrado imponerse absolutamente en la humanidad.
A nivel macro, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación no ofrecen seriedad en materia de blindaje identitario; por tanto, mucho menos en lo que concierne al tema del derecho de autor. Por la Internet, más que producirse trabajo, circulan ideas, productos que se recepcionan, se resemantizan y, con ello, se procede a otra clase de producción: la del hombre-masa que tanto preocupaba a C.R. Mills. La condición de autor, con mayúsculas, es un linaje perdido, “trasnochado”, para decirlo al modo de José Luis Brea. En la Red no hay marchantes, ni curadores, ni galeristas, ni museólogos que seleccionen un rasero para evitar que las prácticas “artísticas” no pongan en igualdad de condiciones tanto al pintor egresado de la academia como al apasionado y empírico debutante.
Esto nos lleva a salvaguardar las tradiciones y las identidades locales, regionales y nacionales frente a una cultura global que lo abarca todo, y que al mismo tiempo se hace cada vez se hace más individualizada y especializada, solo basta analizar el tema de los blogs y el mundo de la blogosfera.
Por eso todos aquellos a los que el camino a las autopistas de la información no se les hace expedito, debemos, a través de la cultura de la resistencia, defender y preservar lo que ya está legitimado como verdadero y válido y realizar obras en todas las manifestaciones artísticas, que estén cada vez más en consonancia con los verdaderos intereses del pueblo.