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La hora del buen Fenelo

Yoan Manuel Pico, 10 de agosto de 2010

Durante mucho tiempo el escritor Obdulio Fenelo Noda se dedicó a despotricar de la camagüeyanidad. En cuanta tertulia participaba, el autor de Quemar las naves la emprendía contra la idiosincrasia de esta suave comarca de pastores y sombreros. Un buen día el hombre desapareció. Después supimos que estaba en Florida, dedicado al honroso y nunca bien ponderado oficio de la cría de cerdos. “Es provisional”, “Para levantar un baro”, le comentaba a los que por alguna casualidad visitaban su municipio de nacimiento.

Lo cierto es que, por algo más de un año, la ciudad se quedó sin su censor absoluto, sin esa voz que le mostraba sus ángulos más insospechados. Un día, otra vez de forma súbita, Fenelo regresó y lo hizo con un extraño propósito: una peña dedicada a la sexualidad. Efectivamente, nada menos principeño que un espacio donde los escritores, estimulados por preguntas filosas e inteligentes, se vieran obligados a confesar sus opiniones sobre el sexo.

Ya la peña va por su sexta edición y María Antonia Borroto, José Rey Echenique, Jesús David Curbelo, Yunexis Novalbo, Dainier Silva, Yoandra Santana y quien est texto escribe, han sido algunas de sus víctimas. Temas como la anorgasmia, la masturbación, el matrimonio, el adulterio y hasta el archiconocido punto G, se han tratado en este singular espacio nombrado La hora del buen amor.

Lo de singular no es un adjetivo festinado. A diferencia de otros cenáculos que existen en la ciudad, La hora… no se ha especializado en ningún género literario, algo que sí han hecho La nave de los locos y La peña de Sofía, dedicadas a la poesía y a la narrativa respectivamente. En el espacio de Fenelo la estrella es el amor y el artista queda libre de escoger cómo acercársele. Así, si María Antonia, Curbelo, Dainier y Yoandra, han preferido la narrativa; Echenique, Yunexis y yo nos hemos decantado por las sutilezas de la lira. Pienso también que La hora disfruta de una especial dramaturgia, muy visible en la selección y ordenamiento de sus temas. No es casual, por ejemplo, que a la anorgasmia haya sucedido la masturbación. Las razones hay que buscarlas en la misma sexología que, para eliminar el primer padecimiento, recomienda la antiquísima práctica del placer en solitario.

La picardía no termina aquí, sino que llega hasta una cuidadosa selección del invitado. Aunque el propio Fenelo afirme lo contrario, resulta muy sospechoso que a un escritor como Curbelo, le correspondiera hablar del adulterio, y a mí, con diez años de casado y una casa sobre los hombros, me tocara el espinoso asunto del matrimonio. “Casualidades que tiene la vida”, repito una y otra vez para no enemistarme con el astuto conductor.

Bromas aparte, debo confesar que La hora tiene su aché. Es de esas raras reuniones que, concebida por literatos, se nutre de un público numeroso y variopinto. Mi esposa misma, bancaria y con poco que ver con el reino de las musas, ha invitado a sus amigas —ya estas son palabras mayores—, pues pocas actividades se prestan para convites de fin de semana. Otras cosas han influido en esta predilección que parece aumentar con el tiempo, entre ellas me parece muy destacable la amena conducción de Fenelo y la propia conformación del espacio, a partir de pequeñas secciones que se sustentan en una interacción con el público: “Aquí el que pregunta gana”, conducida por la joven Dayana Blázquez, es la más ilustrativa en este sentido. No por gusto en su estructura pesa mucho un pequeño buzón donde los asistentes pueden deslizar preguntas sobre sexo. La intervención de Dayana tiene como objetivo aclarar las dudas de los espectadores y suele transcurrir en completo silencio pues nadie quiere perderse una consulta de esta índole.

Amor y erotismo en el cine cuenta con la conducción de Lionel Valdivia. Se trata, como su nombre lo indica, de la porción dedicada al séptimo arte y no hace falta decir por qué es de las más esperadas de la noche. A pesar de las risas y comentarios que suscita la aparición de algún que otro desnudo, Valdivia se las ha arreglado para conjugar diversión y cultura. Para ello suele apoyarse en filosos comentarios que sirven de antesala a la proyección de verdaderas joyas de la cinematografía mundial.

Es conveniente señalar que ni aun en estos momentos la tertulia ha dejado de activar sus vínculos con la literatura: hasta el momento dos de las películas comentadas en esta sección (Las edades de Lulú y El imperio de los sentidos) están basadas en obras literarias. En sus comentarios, Valdivia no ha desaprovechado la magnificencia de estos vasos comunicantes. De esta forma, si el primer texto fílmico sirvió de pretexto para sumergirnos en la novela homónima de Almudena Grandes; el segundo posibilitó que el joven escritor camagüeyano nos introdujera en los misterios de la ensayística de Roland Barthes, cuyo libro El imperio de los signos, es objeto de un singular juego en el filme nipón. Nada que si Fenelo es un buen pícaro, Valdivia no se queda atrás. Dios los cría y el diablo los junta. 

El factor común es otro buen apartado. Su timonel es el escritor Geovanny García Vistorte, sobre sus hombros una labor titánica: encontrar todo cuanto exista en el ciberespacio sobre el tema de la noche y devolvérselo al público como si de un cuento se tratara. Lo de cuento no es un término para tomar a la ligera: si algo hay que agradecerle a Geovanny es su maestría para contar historias. Es el conductor que más se planifica. Todo cuanto dice forma parte de un texto fresco e impecablemente escrito. No hay que asombrarse pues este ingenioso anfitrión es el mismo que de un tiempo a esta parte viene cosechando éxitos en la literatura para niños.

La hora del buen amor no estimula únicamente el buen gusto por el cine, la sección Canciones de amor: pasado, presente y futuro, demuestra que la apreciación musical es otra de sus preocupaciones. Me parece este un punto muy descuidado en otras tertulias que no sobrepasan los predios de la novísima trova. Con La hora no resulta así, su atención se centra en esas añosas melodías que son excluidas de nuestras listas de éxitos. Conscientes de lo difícil del empeño, los cabecillas del espacio optaron por una solución salomónica: rescatar el patrimonio musical sin renunciar a las sonoridades contemporáneas. Gracias a este pragmatismo, los asistentes pueden degustar un número de Elena Burke, y acto seguido escuchar su versión en la encantadora voz de El Cigala. Intérpretes como Moraima Secada y Bebo Valdés han sido objeto de este atractivo juego. 

El capital de Fenelo no creció con los menesteres del comercio. Lo supimos en el transcurso de estas tertulias, cuando hubo que hacer poninas para alguna botella y nuevamente su contribución fue exigua y trabajosa. De cualquier forma no nos lamentemos, algo se logró con este fracaso, se conquistó un lapso de tiempo maravilloso: La hora del buen amor.