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Con el fabular de Jorge Ángel Pérez

Fabulaciones, 11 de agosto de 2010

Presentar a Jorge Ángel Pérez puede parecer un acto superfluo, y seguramente lo sea, pero es un buen pretexto para, otra vez, llamar la atención sobre este magnífico narrador —y el adjetivo está puesto con toda la intencionalidad, vehemencia y convicción posibles, pues sin importar cómo se mire el paisaje de nuestra narrativa contemporánea (páramo hirsuto o selva copiosa), su obra destaca como torreón sobre colina.

Su destreza ya se venía venir desde Lapsus calami (cuento, Premio David 1995), y se haría aún más evidente —para el que tuviera dudas— con la novela El paseante cándido (Premio Cirilo Villaverde). Desde entonces, Jorge Ángel Pérez se ha impuesto como uno de los escritores contemporáneos cubanos cuya mención es, sencillamente, insoslayable.

Jorge Ángel sabe desplegar ante nosotros las simas y las cumbres del alma humana, a través de personajes que casi siempre se mueven en una zona crepuscular —por momentos bien oscura— de desesperos y anhelos, frustraciones y empecinamientos, dolores y alegrías, fe y desesperanza, atrapados en una especie de punto de Lagrange hasta que alguna pedrada los ponga en la última deriva.

De acuerdo… sólo de por sí, lo anterior no pone donde lo pongo a Jorge Ángel, ni a nadie. Pero ocurre que a sus historias y personajes une un peculiar y bien dominado estilo que combina armónicamente procacidad y lirismo, ironía y pasión, fantasía y realismo; escritura encrespada y dinámica, fragorosa, exuberante y aún así de sobrecogedora claridad y limpieza…

De Jorge Ángel Pérez no tengo mucho más que decir, fuera que se lean su obra —o la relean. Con todo, añado, aquí en público y sin que me quede nada por dentro, que Jorge Ángel Pérez es uno de los mejores escritores que tenemos.


ALEJANDRO ÁLVAREZ BERNAL

 

Fragmento de "En La Habana no son tan elegantes", del libro homónimo de Jorge Ángel Pérez

Lo que vio La Habana ese día, lo que en la Plaza de Armas sucedió, debe tenerse por notable. Que es muy común, dicen algunos, y también que así sucede a diario. Quizá tengan razón pero no vi yo antes tan señaladas figuras, tan raramente vestidas, tan liosas y exaltadas.
Y era tanta la persuasión con la que hablaba el uno como el otro, eran tan tremendos sus ímpetus, que nadie podría saber dónde se encontraba la razón y en qué lugar el delirio. Desmedidas eran también sus terquedades, cada uno seguro de poseer la verdad mejor. El gordo, inequívoco, defendiendo la certeza de que los que su amo veía furibundo en aquella plaza de La Habana como gigantes, no eran más que hombres levantados sobre zancos.
Los destruiré a todos, desgraciados, malandrines, gritaba el flaco, para dirigirse luego al gordísimo que lo seguía: ¿Acaso no entiendes? ¿Te quedaste ciego? ¿No ves en sus figuras a los hijos de Gaya con Urano? Y reía con estridencia el gordo, que muy diferente lo veía todo y no dejaba de carcajearse bullicioso. Y como no cesaba la risotada tan vivaz, optó el enorme flacundengo por convencerlo a gritos y persuadir también a todo el que se acercaba curioso en el estrépito. Entonces dijo el flaco que, teniendo esos enormes por madre a la tierra y de ella nacidos, querían ahora seguir al padre que los engendró, que para llegar a ese padre cielo, en su crecimiento, eran capaces de hacer cualquier cosa, incluso pérfida, incluso diabólica, que demonios eran. Eso aseguraba el larguirucho hablando al gordo, a los curiosos.
—Afilada espada la del señor, qué hoja tan brillante, qué certeros tajos espero, qué potencia en el corte —era el rollizo quien hablaba, sonreído y con una mano puesta en la cintura, moviendo desordenada la otra, como su acompañante—. Debe usted cuidar el golpe, señor mío, no vaya a ser que termine hiriendo la esbeltez de su caballo.
—¿De qué hablas, infiel? ¿Acaso ves un caballo?
—Es su jamelgo, señor, el rocín, la cabalgadura que lo sostiene.
— No me sostienen, siervo impío, más que mis dos pies, estos que hace mucho me acompañan. ¿De qué rocín me hablas? ¿Qué cabalgadura ves?
—¿Pretende usted negar lo que no puede? ¿Quiere que nieguen mis ojos a quien lo resiste? Es usted cruel, mi señor, no dando a cada cual lo que merece; reconozca al menos su existencia. Mírelo ahí, siéntalo bajo sus posaderas. Es Rocinante, señor.
—No puedo ver lo que no es, y no me distraigas, que me veré obligado a asenderear a estos malvados, cuando puede mi lanza, mi espada, asestar el golpe a los gigantes, allí mismo, en esa plaza, sin mucho perseguir. No me importunes ni me distraigas, que de tanto hacerlo creeré que te les unes, que te prometen tamaño grande y fortuna, si eres capaz de entretenerme. No lo hagas, pues tendré que hacer lo que no quiero, que no es otra cosa que hincar tu volumen con mi espada.
—Pues vaya usted a linchar gigantes, cabalgue en el lomo de ese rocín tan quieto por el hambre, y déjeme aquí, tranquilo, bien sosegado, esperando su vuelta, sus heridas que aplacaré. Marche, vaya usted a la batalla, yo me quedo, pues más que acometida, es mojiganga lo que espero. Y diciendo esto hizo Sancho detener el asno. Y se quedó allí, mirando a su amo que buscaba una batalla.
Qué rabioso Quijote por lo indócil de su amigo, qué furia, qué impotente el hombre tan valiente, corriendo encima de sus pies, sin Rocinante, sin cabalgadura, para llegar hasta el lugar que ocupan esos enemigos corpulentos.
¿Y es verdad que no tiene sobre quién cabalgar el amo o es delirio de escudero? ¿Será creído que son molinos y no gigantes?¿Qué será real, qué no será? ¿Acaso no estarán los dos equivocados? ¿Acaso no pueden suceder una y mil cosas increíbles en La Habana? ¿No serán gigantes de mentira? ¿No serán extravagancias de las Indias, de La Habana?
Y apeado, cabalgando, apeado, cabalgando, se acerca el Don a los gigantes, a los molinos, a las extravagancias de las Indias.
Sujeta, como nadie, empuñadura. ¡Qué destreza! ¿Inexperta? ¡Qué figura! ¿Lastimera? ¡Qué prestancia! ¿Adolorida?
—Que vaya el amo a la batalla —-dice para sí mismo el escudero—, yo me quedo reposando. Tanto andar me incomoda, tanto viaje me consume. Ya volverá maltrecho el que ahora marcha a la batalla, ya volverá y pedirá ayuda entre mucha queja. Yo me quedo tendido, durmiendo, porque más que batalla, esa farsa es mojiganga.
Qué atrevido ese Don, con tanto sol, corriendo pleno en sudor. Adarga en mano va. Y hasta parece tenido por divertimento cuando lo miran levantar la espada para hacerla zanjar el aire. Repleta la pequeña plaza: abundantísima y festiva. ¡Es La Habana! Todos palmean, aclaman al recién llegado, lo invitan a cerveza y a que pague, mas no escucha vítores el extranjero ni se entera de la bienvenida al carnaval. Él busca la guerra sin sospechar que asiste a una mojiganga.
Infortunado Quijote que ve gigantes, desdichado Sancho que no los ve. Razón tienen ambos y también locura. Aparentes son los gigantes y aparentes los molinos. No son hijos de Gaya con Urano, no son molinos, son hombrecitos levantados, volatineros. Allá están los que para el uno son gigantes, los que para el otro, molinos. Saltan, bailan, suenan altísimos tacones en la plaza.
Es un ave quien preside la gigantomaquia; levantando alas muestra sus colores y acaricia la cabeza a los grandísimos; primero a uno, luego al otro, y es tan sincrónico y encadenado el meneo en los brazos del avestruz que parecen aspas de molino. También acaricia el pajarraco al grifo zancudo, hijo de loba y siboney, que lo llama Ave María, y en medio de la euforia encoge el cuerpo el ave, más tarde lo agiganta.
Sobre el Quijote viene un engendro tocando pandereta, le canta, lo invita al contubernio: «Hace calor en La Habana, mi hermano, cuéntame de Madrid.» Mas no responde el ibérico. ¿Cómo responder si hay tanto ruido? ¿Cómo hacer discurso escuchando la rumba cadenciosa que saca Polifemo de sus claves? Y van cargando timbal Gargantúa y Pantagruel: en un instante golpea el padre, al siguiente el hijo. Y entre todos los que levantan sus cuerpos sobre empinados zancos hay también sirenas y hay gigantes de inyectadas conjuntivas. Tan rojas las membranas, tan dilatadas las niñas de esos ojos, que el flaco las supone miradas fulminantes, y las evita, se escabulle detrás de la añeja adarga, y detrás de ella pronuncia:
—Viaje triste el escogido; gigantes me enfrentan, basiliscos intentan aniquilarme. ¿Qué hago yo en La Habana, qué hago? Y él mismo se responde. Soy héroe, salvador soy, y no dejaré monstruo en pie. Solitario retaré a los gigantes.
Y lo que vio La Habana ese día, lo que en aquella Plaza de Armas sucedió, no debe tenerse por notable. Común es mirar a los funámbulos y escuchar trompetas sopladas por gigantes de mentira. Raro circo que tiene como carpa el cielo. Quizá por ello nadie tomó por increíble al caballero de lanza en ristre. Y nadie tiene en cuenta su carácter atontado, no hay un alma que detenga su pensar en tanto empeño por la pendencia.
Pobre infeliz, hincando con su lanza los globos de colores guiados por gigantes en quienes supone enemistades. Paf, paf, paf, suenan rítmicos, desinflados: paf, paf, paf, y hasta les habla sobre abismo y fuego eterno. Y alza la voz el flaco, manda hacer silencio a la trompeta, y sugiere a los tambores, a las panderetas, a las pelotas deshinchadas. Espera el brote de la sangre en pierna herida, espera queja de coloso. La burla es la respuesta, el sonido sequísimo del hierro en la pierna maderada. ¡Qué superlativa es la furia del manchego! Aborda valiente a los intrusos, a los gigantes aparentes, de mentira.
¿Y habrá comido ese hombre que casi no asesta golpe? ¿Por qué dice: te di, sucio malvado? ¿Por qué se entusiasma creyendo lo que no es? ¿Por qué no atiende al requiebro de aquella mestiza cabelluda y entrenzada? La que casi muestra el pecho en medio de la plaza, la que le dice, ven, que la morena quiere más, y hasta le ofrece «el pescado», pero solo si él lo pide. Ella quiere que le pida, que reclame. El don Quijote se enreda en batalla sin saber que es mojiganga. Sancho, en lontananza, mira hacia su amo y se duerme pensando en la quietud de los molinos.
¿Por qué cantan los gigantes? ¿Por qué entonan: She wants a ticket to ride?
Qué festivos los espíritus, qué vocingleros los cuerpos. «No llegarán al cielo, malditos corpulentos», grita el delgadísimo, y el resto aplaude.
—«Qué buena fiesta. ¡Un hidalgo caballero!» —hay quien dice.
Es que esta vez no hay solo danza y parloteo. Ahora hay también un hombre delgado, extrañamente compuesto, llamándose el Salvador, y con apariencia de mejor volatinero. Hay que verlo empuñar la espada, enredarse con ella, es toda una apariencia, hasta fingir que cae, que da la vuelta y se levanta. Por eso demanda la morena, por eso asegura que debe ser salvada.
—Tú me salvas. Yo te salvo —dice la mujer: cobriza, vehemente y voluptuosa como nadie más puede ser—. Si me salvas te salvo —insiste. Y el Don arremete a los gigantes con la espada, con la lanza, y la adarga le sirve para escurrir el golpe que supone, el que nunca llega, y hasta la mirada del basilisco se estrella en la dureza del escudo.
La morena insiste en la danza y en que abandone tanto andarivel, la morena quiere que se suelte, que deje sus afectos por tanta chatarra inútil, que disfrute. ¡Qué maneras, qué movimientos! Y él entiende Dulcinea cuando ella asegura llamarse Victoria, cuando dice que es dulce, dulcísima, que si quiere puede mostrarle el ungido de su cuerpo, que lo dejará tocar. Asevera que nunca fluirán mejor sus dedos que cuando acaricie el cuerpo con miel untado. Y él no permite que blasfeme, que use el nombre que ama tanto.
She wants a ticket to ride —vuelven a entonar los colosales.
—No eres Dulcinea, no invoques el nombre que venero. Nadie va a engañarme en esta ínsula aciaga y mentirosa.
—Que no es mi nombre Dulcinea. Soy toda Victoria. Victoria —se acaricia las trenzas—. Victoria, Victoria, Victoria, es el nombre que usa la mujer para definir sus labios, sus pechos, sus entrepiernas. Victoria —dice, y se da vuelta posando ambas palmas en las nalgas que mueve, que convierte en remolino.
She wants a ticket to ride —repiten los gigantes.
—No blasfemes, maldita, no digas Dulcinea cuando debes pronunciar Aldonza.
—Perdido está de la cabeza este gallego, y además sordo, lo que es mejor, pues si escucha Dulcinea cuando digo Victoria, cuando diga flaco entenderá guapo, gallardísimo. Si espantoso digo, este sordo sentirá elogio, y por lo que vale una moneda pagará diez. Por eso insiste la morena: Tú me salvas, yo te salvo.