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UNEAC: homenaje imprescindible

Kaly Smith Llanes, 23 de agosto de 2010

“Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?”
Roberto Fernández Retamar, “El otro”

Cual Ulises, emprendo un viaje. Sólo que este éxodo no es hacia mi hogar, sino a otra casa que, de alguna manera, también es mía. Visitar la casona de H y 17, sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), después de 49 años de fundada, constituye un regocijo inmenso. Hacia esa otra casa, sin holocaustos ―bien pudieran realizarse para que me resulten favorables los dioses de la cultura que ya no están aquí―, dirijo mis pasos, en un viaje que se remonta en el tiempo: un desplazamiento complejo hacia 1961. De la UNEAC que estimula y defiende la creación intelectual y artística en el año 2010 se conoce muchísimo, pero, ¿cómo fueron los inicios de esta institución y quiénes se encargaron de su prestigiosa fundación?

Es común que, en una cruenta y difícil marcha, el viandante utilice un guía, un buen guía. El viajero se sentirá a gusto cuando el experto sepa explicar con lujo de detalles el lugar y los hechos y, por tanto, lo lleve al término del itinerario con abundantes ganancias que se conviertan en conocimientos. He sido favorecida con halagüeños augurios. Para suerte mía, en vez de uno, tengo cuatro guías fundadores, que a través de sus memorias trazarán el mapa imprescindible de mi viaje, entre anécdotas y recuerdos: Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar, y una virtuosa del diseño teatral, María Elena Molinet, quien será como el hilo de Ariadna.

Mi recorrido comienza en los acontecimientos que marcaron de manera especial nuestra historia durante el tercer año de la Revolución en el poder. La ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos el 3 de enero, la lucha contra bandidos en el Escambray, la victoria de Playa Girón el 19 de abril, la declaración del carácter socialista de la Revolución, el desarrollo de la Campaña de Alfabetización, las Palabras de Fidel a los intelectuales en junio, demuestran cuán vertiginoso fue aquel año ―como casi toda la década del 60. La reunión de Fidel con las figuras más representativas de la cultura cubana en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional, además de propiciar discusiones sobre distintos aspectos de la actividad cultural y los problemas relacionados con las posibilidades de creación, impulsó los trabajos preparatorios del Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba.

Para este congreso, efectuado en el Hotel Habana Libre en agosto del referido año, se preparó una comisión gestora integrada por Nicolás Guillén, como presidente, Alejo Carpentier y Roberto Fernández Retamar, como vicepresidentes, y Pablo Armando Fernández, como secretario. Me hallo junto a ellos, observando el majestuoso cartel que realizara René Portocarrero para el encuentro. Las sesiones, como remolinos incesantes, pasan rápidamente, llenas de vida y deseos de hacer. Y allí nace la UNEAC. Con los ojos bien abiertos la veo surgir de aquellos días de conversaciones entre nuestros intelectuales. La Unión emerge de esas ansias de levantar y dejar fijada una ruta para nuestra cultura.

Todo es grata impresión; a mi alrededor el ritmo se acelera, se escoge la primera mesa ejecutiva: presidente, Nicolás Guillén; vicepresidentes, Alicia Alonso, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, René Portocarrero, José Antonio Portuondo; secretario de organización, Roberto Fernández Retamar; secretario de actividades culturales, Lisandro Otero; secretario de actas, José A. Baragaño.

Junto a Pablo Armando, recibo de manos de Nicolás las llaves de la casona. Cruzar la entrada, justo cuando Pablo Armando la abre en 1961, me convierte en una viajera afortunada, más cuando recorro las suntuosas habitaciones con el poeta, para así tomar posesión de ella en nombre de los artistas cubanos. Ver los esplendores del inmueble me hace compararlos al lujo con que nació la Unión, lujo por la calidad de los intelectuales que integraron sus filas y por la riqueza que imprimieron a la cultura nacional. Retamar y María Elena me señalan a alguien que trabaja en un diseño: Luis Martínez Pedro, quien se ocupa en el logotipo que identificará la institución.

Soy testigo igualmente de la creación de las Secciones, madres de tres de las actuales Asociaciones. El revuelo del momento pasa a ser serenidad para emprender labores. La Sección de Literatura queda en manos de Félix Pita Rodríguez, la de Artes Plásticas es presidida por Mariano Rodríguez y la de Música conducida por Juan Blanco. Estos departamentos, que en los inicios recogen una gran diversidad de creadores en su seno, con el tiempo se irán ampliando y especializando. Los jóvenes artistas, a los que observo infatigables, irán asumiendo nuevas responsabilidades a medida que sus funciones y pretensiones se vuelvan ávidas de un quehacer mejor. Pasan por mi lado Fayad Jamís, Jaime Sarusky, Ángel Augier y Onelio Jorge Cardoso. Luego comienzan los trabajos para el establecimiento de las filiales de la Unión en las diferentes provincias. Presencio las conversaciones para el impulso de las actividades editoriales. De pronto estoy en 1962, y en la mano ya tengo el primer número de la Revista Unión, mientras Lisandro me tiende La Gaceta de Cuba. De la primera de estas publicaciones periódicas se encargarían Guillén, Carpentier, Retamar ―luego se sumarían José Rodríguez Feo y Tony Évora―; de la segunda, Guillén y Lisandro serán los gestores.

1961 no será recordado solo como un año vivaz, impetuoso; para la cultura cubana será una época de nacimientos. Mis guías me han llevado a los orígenes de la UNEAC, recorrieron conmigo el camino de sus recuerdos e impresiones de aquellos momentos, que no son tan lejanos cuando se reviven en anécdotas. Visitar la casona de H y 17, sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), constituye un regocijo inmenso después de 49 años de fundada; pero cuando se ha podido respirar allí el aire de su génesis, todo homenaje a esa institución se hace imprescindible.