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El papel de las islas

Rogelio Manuel Díaz Moreno, 01 de septiembre de 2010

Vivimos en una que fue calificada como “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto” y, ciertamente, las islas –no solo las tropicales– tienen un encanto indiscutible. La posibilidad de conocer más de estos pequeños mundos, sedes de historias y fantasías desde tiempos remotos, no es como para desaprovecharla.

Oscar Rodríguez Díaz (La Habana, 1956) sabe de lo que habla cuando hace extensivo el concepto de isla maravillosa a los territorios insulares de todo el mundo. Es Doctor en Pedagogía y además domina los campos de la didáctica y la geografía, así que le asiste una autoridad bien documentada por premios literarios y artículos en la prensa nacional. Las islas del mundo es un retablo de curiosidades acerca de estos lugares, donde no falta lo espectacular, con rasgos naturales y humanos tanto o más notables que los concurrentes en las masas continentales.
 
El también autor de Geografía de las curiosidades regresó al concurso La Edad de Oro, obteniendo el máximo galardón del año 2006 en la categoría Divulgación Científica. La propuesta de Rodríguez Díaz convenció a un jurado con figuras como José Altshuler y Alexis Schlachter, cuya vasta labor en estos géneros se refleja en docenas de meritorios trabajos, que se recuerdan con placer en estas y otras geografías. Después de esto, la editorial Gente Nueva incorporó el texto ganador a su colección Juvenil en el 2007.
 
Las Islas... demuestran que no hay que ser muy grande para desplegar altas cordilleras, volcanes impresionantes, poblaciones impetuosas y potenciales económicos con influencia internacional. De la misma manera, Rodríguez Díaz encuentra y expone los elementos más llamativos de territorios famosos como Pascua, Honshu (Japón), Java (Indonesia) y otros más modestos como San Martín, Pitcairn o Tristán de Acuña. El lector o lectora que se interna en las páginas del volumen, es conducido también por islas deshabitadas, por islas de aventuras y paraísos descubiertos por Colón, alrededor de las configuraciones insulares más extravagante, a través de las fronteras políticas que separan ciertas islas y a lo largo de puentes y túneles que unen ciertas otras. Por el camino se observan con aprensión islas-prisiones y se salta a islas situadas en el medio de grandes rios o lagos. Los anexos finales arman un coctel con las mayores islas de la tierra, las islas más pobladas y otras estadísticas y datos particulares concernientes a estos países que tienen la ¿maldición? del agua por todas partes.
 
En este tipo de viaje que se emprende desde el sitio de lectura, el autor debe desplegar suficientes habilidades para mantener la atención de la persona que hojea el volumen, y Rodríguez Díaz satisface plenamente este requerimiento. La relación de elementos naturales se combina inteligentemente con el reflejo de las huellas de la civilización, que no siempre demuestran sabiduría. En nuestro propio país, el archipiélago cubano, se efectúan frecuentes desembarcos a lo largo del texto, que acentúan un sentido de intercambio muy provechoso entre el terruño y el mundo. Numerosas ilustraciones y mapas acompañan la narración pero, como casi siempre ocurre, todas en blanco y negro, desperdiciando la oportunidad de deslumbrar también con ese recurso al adolescente lector o lectora. El precio, un poco alto para el padre o la madre que vacilan entre este texto y otra historia de Blancanieves.
 
La semilla de la intranquilidad vuelve a abonarse con las escenas de Las islas... Las evocaciones de los fantasmas de Itaca, los gigantes de Pascua, las tentaciones de las playas de Tahití o Varadero, refuerzan los estímulos para viajar y conocer tanta maravilla. Ciertamente, esto se hace difícil, pero no está nada mal el efecto de elevar la sensibilidad ante las riquezas apreciables de nuestro patio y motivar al conocimiento y la investigación después de la lectura de estas páginas.