Espejo de impaciencia: de las páginas a las pantallas
La llegada del cinematógrafo a Cuba, en enero de 1897, marca la introducción gradual entre los hábitos de un público inicialmente escéptico ante aquel intruso. En los títulos de las primeras películas producidas por los pioneros en este arte, sobre todo el prolífico Enrique Díaz Quesada, de cuya obra apenas sobrevive el cortometraje documental El parque de Palatino (1906), se aprecia más un interés por reflejar la realidad cotidiana al estilo de los Lumière, que por acudir a la literatura y el teatro en búsqueda de argumentos.
En el período anterior a 1960, la cinematografía cubana, a diferencia de otras del continente, sobre todo las de Argentina y México, no se caracteriza por la adaptación de obras literarias o teatrales. Mientras los cineastas de esos países realizan un auténtico saqueo en obras disímiles de autores más o menos famosos, quienes trasladan a sus respectivos paisajes o conservan en su entorno original, reproducido en estudios, los realizadores cubanos prefieren, en primer término, llamar a dramaturgos de probada eficacia en los escenarios del teatro bufo o vernáculo para que escriban los argumentos y guiones, originales en su mayoría. Entre ellos pueden citarse a Federico Villoch, “el Lope de Vega criollo”, Agustín Rodríguez y Víctor Reyes que tantos textos suministraran al teatro Alhambra en sus años de esplendor.
Ya a partir del primer largometraje sonoro cubano, La serpiente roja (1937), de Ernesto Caparrós, versión de una muy popular serie radial escrita por Félix B. Caignet, los cineastas optan por apelar al recurso infalible de las transposiciones a la pantalla de novelas radiales de autores tan fecundos como el propio Caignet o Caridad Bravo Adams. Al revisar la producción cinematográfica entre 1906 y 1959, se advierte la presencia excepcional de adaptaciones de la literatura y el teatro, hecho que le confiere cierta singularidad en el contexto del cine del área.
En los años 40, el cine cubano produce escasas películas con una base literaria, entre ellas se cita La que se murió de amor o La niña de Guatemala, recreación de pasajes de la vida de José Martí, por Jean Angelo. Aunque rodada en 1942, se estrenó en 1947 por las polémicas provocadas por su irreverencia al abordar un trágico episodio romántico del héroe nacional, reflejado en uno de sus poemas. Sin escarmentar por los contratiempos, Angelo filmaría otra pedestre versión dramatizada de otro de los famosos poemas martianos: Los zapaticos de rosa (1953).
Un cuento del español Ángel Lázaro, La veguerita, es la primera obra literaria filmada por la cinematografía cubana y, al mismo tiempo, la primera coproducción con México. Bajo el título Embrujo antillano (1945), dirigido por el húngaro Geza P. Polaty, el filme era un pretexto para el enfrentamiento en pantalla de dos auténticos símbolos sexuales de esos años: Blanquita Amaro y, sobre todo, la rumbera María Antonieta Pons, musa de turno del productor Juan Orol, a quien durante mucho tiempo se atribuyó la dirección de esta película.
Cecilia Valdés (1949), realizada por Jaime Sant-Andrews, primera adaptación fílmica de la novela homónima de Cirilo Villaverde, que desde el cine silente tantos cineastas del patio trataban de filmar, es quizás la más ambiciosa producción del período pre-revolucionario que toma la literatura como punto de partida. De esta versión apenas quedan unas pocas fotografías y las reseñas de su estreno. Como la mayor parte de los filmes de esta primera mitad del siglo xx, no sobrevivió copia alguna.
Por supuesto que estos son breves apuntes los cuales retomaremos oportunamente con mayor detalle.
Luciano Castillo