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Narrativa de… Pedro de Jesús

Lauros, 13 de octubre de 2010

 

 

Sinuosas turbulencias concurren en las narraciones de Pedro de Jesús, todas centradas en el tratamiento psicológico de sus personajes, quienes rozan el límite del gozo en apariencia trunco, pero persistente en sus deseos. 

En La sobrevida[1] (Premio Alejo Carpentier 2006), las historias se superponen como hacen las razones sobre los instintos para perfilar ese universo donde las máscaras se bifurcan y el lector descubre la verdadera imagen de sus protagonistas. 

Ofrecemos uno de sus cuentos, donde el tratamiento homoerótico se trasluce en preterida circunstancia de un personaje tácitamente antagónico.

 

Osmán Avilés

 

El cuento menos apropiado 

Martín ha dicho al joven montero que vende un par de estribos. Finge buscarlos en el rancho de tejas, y a viva voz maldice a Emérita por cambiar todas las cosas de sitio. Roldán se reclina muelle, el codo contra la banqueta y un pie sobre la reja que bordea la terraza donde almuerzan los jornaleros. 

Cuando Martín sale, algo como un susto retiene el escupitajo en la punta de su lengua. Queda parado, oprimiendo el tabaco entre los dientes mientras contempla a Roldán, que se ha abierto la camisa y abanica el pecho con el sombrero. Acaba por tragar la saliva. 

—Habrá que registrar en la casa o esperar a que Emérita venga —dice, aunque sabe que la esposa tarda—. Mira lo que hallé —ufano y circunspecto a la vez, extiende la revista de carátula brillosa. 

—Un pellejo —balbuce Roldán, cariacontecido.

—De relajo les decían en mi tiempo —repone Martín y bota el puro, que una horda de gallinas se apresura erróneamente a picotear. 

Con autoridad de señor que pisa en sus dominios, se adentra en la casa. Abre y cierra puertas, escaparates, armarios. Arrastra la mesita de noche. Zarandea y entrechoca objetos para crear la impresión de una búsqueda mediante el fragor. Al cabo, grita que ni rastro de los dichosos estribos, y el otro no contesta. Martín piensa que es el momento de volver a la terraza.

 —Usté… —murmura Roldán, encubriendo con la propia revista la erección.

—¿No te da pena? —Martín sabe que mostrarse adusto, fraguar una tensión y luego desvanecerla, resulta eficaz la mayoría de las veces. 

Roldán mantiene gacha la vista, el anguloso mentón casi hundido en el relieve pectoral. Martín apenas resiste los impulsos de quitarse la cadena del cuello, hacer que el oro acaricie, magnifique la tersura que emerge por la brecha en la camisa del montero. 

—Usté se manda mal, caballo. No hay mujer que aguante eso una noche entera —la ruda mano palmea el hombro en señal de pésame y consuelo. Viendo que el apocamiento del joven persiste, Martín toma asiento a su diestra:

 —Deje la pena, que usté es como un hijo. Le voy a hacer un cuento. 

Los cuentos de Martín varían según la naturaleza del oyente y la atmósfera previa a la narración. Esta tarde elige relatar lo que sucedió entre el Chévere y el aguacatero, modificando a conveniencia el sexo del protagonista. 

Es por eso que en la casa a medio construir donde ocurre la historia no está el Chévere, sino una mujer. Bellísima, por supuesto, y «así» (Martín mueve los brazos para esbozar la consabida guitarra en el aire). Ella se asoma a la ventana del cuarto justo mientras el hombre trepa a la mata de aguacate del patio colindante. Lo mira y vuelve a mirar, se le antoja apetecible. 

—Por cierto, ahora que detallo bien, el tipo se da un aire a ti. 

Roldán no repara demasiado en la frase; alivia su pudor aprestándose a la seducción de la anécdota para encontrar en ella un cobijo. Lo importante no es el hombre sino la mujer; ni siquiera la mujer, sino el momento en que los ojos de ambos se entrecrucen. 

En la indiferencia del montero hacia la comparación, Martín reconoce la ansiedad propia de los oyentes que exigen al narrador ir al grano. Toda sutileza constituye para ellos un obstáculo que salvan desechándolo, y el trabajo de Martín —que es, en rigor, un crescendo de visualizaciones, forzado a pormenores y analogías—, se torna más difícil entonces.

 —A ver, Roldán, a que no adivinas lo que hace ella…

—No sé… Llamarlo, buscar conversación.

Qué va, muchacho, no le pusieron al Chévere ese nombre por gusto. Se aventuró a algo más sorprendente, digno de un cuento.

—Qué va, compadre, la jeba fue más dura: se encueró, y así encuerita se tendió a cantar, patiabierta en la cama. 

La cama está frente a la ventana, y la ventana frente al aguacate. Martín ve todo sin cerrar los ojos: la sábana rutila y el cuerpo del Chévere se enciende. Mientras entona la melodía, impaciente mueve un pie y se contempla, gustoso de tanto fulgor. Martín ve también la trama de grietas en la corteza del árbol, la grisura del liquen, los curujeyes. Y al hombre. Sobre todo al hombre que busca la voz que canta, equilibrándose en el ramaje con las piernas atentas, el pecho al aire.

 El Chévere nunca revela la identidad de sus personajes y Martín debe inventarlas. Hoy, simplemente, suplanta: Roldán será el aguacatero. 

—A ver, a ver, a que no adivinas lo que hace ella cuando se da cuenta de que el tipo la está enfocando…

—Ahora sí lo llama, le hace una seña.

Qué va, Roldán, el Chévere es más exquisito; por eso a Martín le fascinan sus cuentos, y siempre acaba reproduciéndolos.

—Qué va, compadre, aquel tronco de hembra empezó a manosearse… 

Martín distingue la mano nervuda deslizarse por entre los muslos, proporcional la delicadeza a la intensidad, a semejanza de quien bruñera un espejo. Observa al Chévere acomodarse al borde de la cama y subir las piernas. La excesiva blancura de las nalgas y la verruga minúscula. Los círculos, arabescos de la palma ensalivada contra ese otro espejo. La trayectoria del dedo por el costurón perineal hasta el anillo. 

—Y la jeba ahí y ahí, dándose jan, y el tipo, ya tú sabes, muerto en vida.

—¿Y qué más? 

Martín no advierte el tono cauteloso del joven ni su cara repentinamente descompuesta. Incapaz de sofrenar la avalancha de imágenes, atisba al aguacatero sacándosela de los pantalones —es enorme, y resplandece al sol como la cáscara del fruto que oscila contra su antebrazo, al compás del movimiento que la vehemencia de Roldán le imprime. 

Ya no divisa al Chévere; es él mismo quien tiembla sobre la sábana, los dedos hundidos. Son de Martín los ojos, y de Roldán el surtidor espeso que miran brotar, precipitarse, colgar un instante de las hojas antes de caer a tierra. 

—¿Qué más tiene que decirme, Martín? —tan serio, casi iracundo, que el excitado narrador no comprende.

—Que el tipo le cogió el gusto a treparse a la mata y… —vibrantes la voz y la mano, Martín hace por coger la revista, aún en el regazo del montero.

—Yo soy un hombre, Martín —Roldán se para y la deja caer—. Y eso es mentira del Chévere.

—¿El Chévere? ¿De qué tú hablas, muchacho?

—Que fue una sola vez. Esa vez. Después no fue más. 

Atónito Martín, sigue con la vista a Roldán hasta que monta en el caballo. 

*** 

Pedro de Jesús (Fomento, Cuba, octubre de 1970). Narrador y ensayista contemporáneo. Licenciado en Lenguas y Literaturas Clásicas, por la Universidad de La Habana. Tiene publicados los libros de cuentos: Cuentos frígidos (Editorial Letras Cubanas, y Editorial Olalla) y La sobrevida (Premio Alejo Carpentier 2006), y una novela Sibilas en mercaderes (Letras Cubanas y Editorial Océano de México). En 1999, la editorial City Lights Books, de Estados Unidos, publicó la traducción de su primer libro de cuentos, Frigid Tales. Otros textos suyos han aparecido en diversas antologías, así como en revistas y otras publicaciones periódicas, cubanas y extranjeras. 



[1] Pedro de Jesús: La sobrevida. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006.