El poder sanador de escribir. Entrevista a María Antonia Borroto
María Antonia Borroto Trujillo se ha convertido en una escritora premiada. En apenas dos años, galardones tan codiciados como Dador y Calendario han ido a parar a sus vitrinas. Sin embargo, esa meteórica carrera no alcanza para justificar esta entrevista. Para mí esta esmeraldense de nacimiento merecía atención desde mucho antes, cuando apenas había ganado algún que otro lauro provincial y desde las páginas del periódico Adelante intentaba atrapar el acontecer cultural de la provincia. Estoy seguro que aquella periodista de hacer firme y callado está entera en la escritora que ahora puede dar fe del poder sanador de escribir. Puedo asegurar incluso, que ni el Calendario, ni el Razón de Ser o el Nobel si algún día llegara, podrán borrar la humildad con la que vive la literatura. Sin dudas, un poderoso motivo para encontrarnos con su palabra
En tu libro Palpitación de lo diario. Un costumbrita llamado José Martí te ocupas de las estrategias utilizadas por el Apóstol para tomarle el pulso a la sociedad estadounidense. Como sabes, y tu propia obra lo demuestra, Martí no fue el único latinoamericano que se enfrascó en este empeño. ¿Qué rasgos singularizan la visión martiana de los Estados Unidos?
Responder a esta pregunta demandaría las dimensiones de un ensayo, y quizás no tan solo de uno, sino de varios textos que sitúen la visión martiana de los Estados Unidos tanto en una perspectiva sincrónica como diacrónica. Me explico: habría que apreciar las peculiaridades de la visión martiana en su relación con otros escritores, sus contemporáneos que, a su modo, también se refirieron a ese país. Claro que el asunto se complica si asumimos el devenir mismo de la reflexión sobre la nación norteña e, incluso, el devenir de esa cultura. Espero, para bien mío, que no aspires a tanto. Además, tú sabes que no soy ni por asomo una estudiosa de los Estados Unidos.
Creo, y como ves soy muy cautelosa, que tratándose de Martí nunca debemos obviar el sentido de obligación que tuvo para él la redacción de sus crónicas y reportajes sobre los Estados Unidos. Muchas veces, muy permeados por nuestra propia idea del Apóstol, solemos ignorar todo lo que significa asumir a Martí como periodista. Y no tanto esto como el hecho mismo de que él se tuviera por tal, que aceptara ser corresponsal de importantes periódicos latinoamericanos. También soslayamos su labor como redactor en El Universal, de México, por no hablar de él en tanto fundador y director de publicaciones periódicas.
O sea, se simplifica mucho el asunto cuando vemos solo la impronta ideológica de sus textos o sus valores formales —apreciándolos como literatura—, y desdeñamos su labor como periodista o la entendemos como algo obvio, que no merece ser esclarecido. También simplificamos demasiado las cosas cuando no apreciamos sus textos en tanto periodismo que dialoga con otros textos periodísticos. Sus textos rehacen, en forma de crónicas y reportajes, el contenido de periódicos demasiado preocupados por lo factual y por la competencia en pos de los lectores, lo que es igual a decir en pos del mercado. El periodismo martiano tiene una alta referencialidad respecto a la realidad evocada, mas a diferencia de lo usual entre los reporters no se sirve de las máscaras de la información. Y creo que esa desembozada presencia suya en sus textos, los que amén de referir una realidad externa refieren también la sensibilidad de su autor, es una nota dominante en su mirada a propósito de los Estados Unidos, como lo es también la certeza a propósito de su público. Martí sabía que era su misión describirle a los hispanoamericanos una nación “que con razón les preocupa”. El periódico deviene, por tanto, sitio de entrecruzamiento entre las ideas previas que sobre los Estados Unidos tenía las elites latinoamericanas y la visión de ese paseante que era Martí. Uso la palabra paseante no solo para referir una particular experiencia urbana, sino porque su actitud, respecto a los Estados Unidos, es similar a la del buen hijo de vecino que se ha ido de viaje y nos cuenta lo visto. Se sitúa, por tanto, frente a aquello que puede provocarnos extrañeza, que marca la diferencia o, por el contrario, la comunión entre ellos y nosotros, contraposición que se reitera en sus páginas, sobre todo en cuanto a costumbres.
Me seduce mucho el esquema de Matei Calinescu a propósito de la existencia de dos modernidades: la estética y la burguesa. El periodismo martiano es un depurado resultado de la convergencia entre tales formas de asumir la modernidad, Nuestros países vivían tiempos modernizadores, mientras que Estados Unidos ya era tenido como paradigma de tal proceso. Martí, quien aun cuando no lo refiriera en esos términos sabía necesaria la modernización —revisemos, por ejemplo, sus textos en La América, en los que se aprecia con tremendísima claridad esta convergencia entre modernización y periodismo, el segundo como resultado a la vez que motor de la primera—, mas le temía a sus excesos, a la desnaturalización del ser de la tradición, opuesto, casi por definición, al ser de la modernidad. No olvidemos, y en ello Carl Jung me es de gran ayuda, que la modernidad es inseparable del asunto de la autoconciencia: somos modernos en virtud de nuestra asunción como tales.
Siguiendo la pista de tus obsesiones investigativas se perciben dos nombres que se reiteran con cierta intensidad: José Martí y Julián del Casal. ¿Consideras al igual que Cintio que ambos encarnan dos formas diferentes de asumir lo cubano? Después de ese genial ensayo titulado Lo cubano en la poesía, ¿consideras que hay algo nuevo que añadir en este sentido?
Por supuesto que sí. Yo también soy una lectora entusiasta de Cintio, mas en mí el entusiasmo casi siempre se convierte en diálogo y hasta en discusión. Porque lo creo —a Lo cubano en la poesía— un texto vivo, es que puedo pensar en la posibilidad del diálogo. Creo en la validez de un pensamiento que se asienta en pares dicotómicos, mas la riqueza de tal proceder está en la fuerza con que tales pares dialoguen y hasta se crucen. La idea no es mía: la tomo en préstamo de Rufo Caballero en su análisis sobre la modernidad de Jardín, de Dulce María Loynaz.
Tu primera pregunta encubre el misterio de Cuba, y casi me siento tentada a decir el misterio de lo humano, siempre en vértigo entre dos realidades extremas. El propio Cintio, en un texto posterior y que se cita menos, hace un análisis magnífico de la nota necrológica publicada por Martí en Patria raíz de la muerte de Casal. ¿No te dice algo, y ahora soy yo quien habla, que haya sido precisamente Martí el único de sus contemporáneos que haya comprendido a Casal? No lo logró Varona, mucho menos los críticos españolizantes, y a sus amigos debemos muchos de los equívocos que aun hoy enturbian nuestra imagen de Casal. Es tremendo, Yoan, constatar la pequeñez de las viviendas de ambos, de Martí y Casal, en La Habana. Es tremenda la nota necrológica de Martí. Los dos José Julián, como se refiere a ellos un buen amigo mío, están más unidos de lo que nuestra medianía nos permite apreciar: su unidad es la unidad y complejidad de lo cubano.
En el año 2007 obtienes el premio Calendario con el libro Imagen múltiple de la ciudad. Tres cronistas miran La Habana. En él afirmas que “estudiar la imagen que de una ciudad nos dan sus cronistas, es, por tanto, mucho más que la sola enumeración de los espacios descritos. Es, ante todo, la constatación de una subjetividad”, en que medida la subjetividad de la escritora María Antonia Borroto también se constata en estas páginas. De ser así, ¿será este un libro útil para el conocimiento de la Ciudad de La Habana?
Nuevamente voy a invertir el orden de mis respuestas: no sirve en lo absoluto para conocer La Habana. Como ves, sigo la norma antigua y hablo no de la Ciudad, sino de La Habana, como solemos decir por estos lares para referirnos a la capital. Me resulta muy interesante que los propios habaneros deslinden con ese nombre a una zona muy particular de su ciudad: esa que me parece más típica, más sabrosa, la Habana de Lezama, de Eliseo, de Fina; de Dulce María, Emilio Roig, Mañach... Y de tantos que no han podido menos que dejar constancia del especial influjo, para bien o para mal, de los aires habaneros.
Leer siempre es elegir, atribuir sentido, activar el texto desde la experiencia propia. Esa soy yo respecto a ellos, a Casal, a Mañach, a Carpentier. Esos son ellos respecto a ese texto que es la ciudad. Delimitar eso que con gran rimbombancia llamamos objeto de estudio, ¿no entraña un peculiar proceso de selección? Elegir un tema o aspecto al que dedicar una tesis de grado, por ejemplo, implica un proceso de selección de signo negativo: elegimos algo para no elegir lo otro. O sea, desestimamos los otros tantísimos e importantes temas de los que podríamos ocuparnos ¿Puede, por tanto, garantizarse la objetividad extrema, la escritura aséptica? Creo que, en las tesis y monografías, fingimos ser neutrales cuando, en realidad, ninguna experiencia estética puede ser neutral.
En la primera presentación del libro, Francisco López Sacha situó mi mirada a propósito de Casal muy cerca no de los investigadores y ensayistas que han escrito sobre él, sino junto a poetas y narradores que lo han tenido como motivo. Y eso, créeme, me dio una alegría enorme, pues me parece que implica, al menos en ese ensayo, una labor de creación con una suerte de autonomía, respecto al propio Casal y a La Habana, y hasta respecto a mí misma, que me complace mucho. Tú también advertiste procedimientos muy emparentados con los textos analizados, una suerte de homenaje a esa forma de asumir el periodismo y la vida en la ciudad.
Tu más reciente proyecto investigativo se centra en la prosa modernista. En el ensayo que debe concluir el libro analizas cómo ciertas dinámicas de finales del siglo XIX, llevadas a los extremos, definen las características que tendrían los medios hasta hoy. Afirmas, según los presupuestos de Edgar Morin, que asistimos a una espectacularización y ficcionalización de la noticia. Tal afirmación me conduce al atentado terrorista del 11 de septiembre. Se trata a mi modo de ver, de un hecho espectacular en sí mismo. ¿Hasta qué punto ese proceso al que te refieres es una consecuencia natural de un desarrollo tecnológico que permite presenciar las peripecias de la historia que antes escapaban a nuestros ojos?
Que califiques de espectaculares los sucesos del 11 de septiembre ya demuestra una perspectiva de análisis muy emparentada con los medios. Espectacular es un adjetivo que se utiliza en virtud no de las repercusiones éticas de un hecho, ni siquiera de su belleza, sino que entraña otros criterios, los que ni siquiera tienen que ver con nuestra idea de lo sublime, una de las categorías estéticas de la que apenas se habla hoy. Habría que ver hasta qué punto nuestra pequeñez ha sustituido lo sublime por lo espectacular.
No creo que los medios existan en una suerte de vacío metafísico, y que nuestra comprensión sobre ellos deba reducirse a los propios medios. Lo mismo puede decirse del desarrollo tecnológico. Cada nueva tecnología modifica nuestra forma de relación y de aprehensión del mundo. Mas afirmar esto no debe llevarnos a un causalismo estrecho y antidialéctico: nosotros también le exigimos cada vez más a los medios. Desde la modernidad, las ansias humanas de conquistar un espacio, de desentrañar el Universo y dominarlo, exigieron el perfeccionamiento tanto de los medios técnicos para la exploración del entorno como de los soportes en que asentar la comunicación humana, imprescindible en sociedades cada vez más complejas e interconectadas. El desarrollo de los medios no puede verse, por tanto, desligado de otros cambios en la estructura profunda de las sociedades.
Si bien a ratos parece que el sueño dorado de McLuhan se hace realidad no podemos ignorar la impostura de los medios: ¿es cierto que la historia sucede ante nuestros ojos? ¿Ya no se seleccionan las imágenes que serán transmitidas? ¿Ya no se estudia con cuidado el emplazamiento de la cámara? ¿Ya las redacciones informativas y la estructura de los medios no establece per se qué concebir como la realidad y, en consecuencia, qué concebir como noticiable? ¿Lo que muestran los medios es la realidad, o para decirlo con tus palabras, las peripecias de la historia o una construcción, en gran medida mitológica, sobre la realidad? Lo más curioso —fíjate que evito otro tipo de calificativo—, es que no podemos escapar de los medios. Nuestra vida está marcada, en buena medida, por esas aparentes extensiones de nuestros sentidos. No puede concebirse el fenómeno que llamamos postmodernidad sin las implicaciones de los medios: el proceso modernizador entrañó el desarrollo de lo que hoy conocemos como medios de comunicación. Ya lo dijo Eco, una de las personas junto a Jean Baudrillard, que más respeto por sus reflexiones sobre la sociedad contemporánea: nadie escapa a los medios, menos aún el virtuoso que indignado lanza su protesta a través de los medios mismos.
Durante mucho tiempo se ha hablado de las ventajas que le reporta a un escritor tener una formación como periodista. Háblame ahora de las desventajas, si es que las hay.
Me adapté a pensar en no más de tres cuartillas. Hablo de unas ochenta líneas, a veces menos, pues la información no debe rebasar las veinte líneas. No sé si es o no una desventaja, como tampoco sé si esta impaciencia, este guardar apenas lo escrito antes de publicarlo, lo sea. Esta especie de infidelidad con lo que escribo, que apenas termino algo y ya tengo otra cosa en mente, ¿es una virtud? Supongo que una determinada forma de ser es lo que nos mueve a elegir una profesión, la que a su vez sustenta esos rasgos del carácter. Muy parecido a la paradoja del huevo y la gallina. Estoy tan inmersa en el asunto que no puedo guardar la distancia necesaria para responder.
Sí puedo asegurarte que uno llega a asustarse con ciertos textos en los que prima más la fórmula que la forma. Hablo incluso de fórmulas propias, las que llegan a ser tan terribles como las que, según ciertas teorías, caracterizan eso que se denomina estilo periodístico. Mas, ¿qué hacer cuando se deben escribir casi trescientos textos al año? La cifra no es exagerada: la redacción para las versiones digitales de los periódicos obliga a un ritmo más intenso que el del diarismo; yo cubrí acontecimientos en tiempo real. Eso, además de una grandísima carga de adrenalina, la que a veces extraño, implica una total anulación de la distancia respecto a tales textos. Como dice Ramonet, el periodista es ahora, en buena medida, un instantaneísta. Súmale a esto que mis inicios fueron en la radio, experiencia que agradezco infinitamente. Yo menos que nadie puede negar que hacer redacción de mesa, preparar boletines informativos, hacer entrevistas en vivo en revistas culturales e informativas, reportar vía telefónica y hasta preparar la edición de un noticiero, constituyen el mejor entrenamiento.
Otro problema, al menos en las páginas culturales de los periódicos provinciales, es que tales espacios son asumidos casi siempre por un solo redactor. Antes existía un cuerpo de colaboradores, lo que se perdió como estilo de trabajo. Esas páginas tienen el nombre muy mal puesto y, encima de eso, suponen graves conflictos entre las necesidades informativas de las instituciones y otras apetencias de los lectores, entre el periodismo informativo y el de opinión, dilemas a los que se une el de la persona, que eso a fin de cuentas es un periodista, con sus gustos, prejuicios y expectativas.
El sentido de especialización, si es que de veras existe, es solo temático. No se concibe tener a un periodista en una redacción para que se encargue de crónicas o comentarios, al menos no es lo usual en los periódicos provinciales. Así que uno debe asumir los más variados registros en temas a veces ingratos. Súmale las tantas reuniones en las que suele convertirse el trabajo y lo aniquilador que es escribir sobre lo que no gusta o gusta menos. Ser reportero obliga a vivir hacia afuera: a concentrarse demasiado en los hechos, de los que apenas se tienen algunos elementos: bastan los necesarios para redactar un buen lead. Y vivir así, en esa suerte de cuerda floja, llega a ser agotador. Por eso me refugié en ciertos comentarios y crónicas, y sobre todo en entrevistas que propiciaran una conversación más reposada y agradable. El libro Lectura en dos orillas es en buena medida la búsqueda de un equilibrio entre ambos mundos, no solo el de la literatura y el periodismo, sino el de la exterioridad —el mundo de los otros—, y las preocupaciones más personales. Alguien que ahora es mi amigo pero que en ese entonces era un simple conocido hizo un experimento muy simpático: logró hacer mi retrato a partir de las preguntas formuladas a mis entrevistados.
Sin embargo, cada día estoy más segura de que soy periodista. Le agradezco a mis diez años de ejercicio un conocimiento de varios universos que creo imposible en otras profesiones, cierta facilidad en el trato que logré superponer a mi timidez congénita y, sobre todo, saber que los problemas y hasta las enfermedades no impiden escribir.
Hace unos días me dijiste que ya ningún libro cambia el mundo. Como sabemos no es una conclusión nueva, el propio Martí escribió que “asistimos como a una descentralización de la inteligencia donde lo bello ha entrado a ser patrimonio de todos”. Sin embargo ya no se trata ni siquiera de eso, sino de la neurosis de la vida contemporánea donde todo es “fast food, fast life”, como dice un amigo tuyo y mío. Teniendo en cuenta todo esto, ¿crees que todavía valga la pena escribir?
Claro que sí. Y por escribir entiendo solo eso, el puro y simple gesto de hacerse de una rutina desde la cual reinventar la rutina del mundo. No los otros pasos del “proceso”: publicar, concursar, ir a ferias y tertulias y hasta dar entrevistas. No, eso puede ser o no ser. Por supuesto que se produce un intercambio entre la exterioridad de tales momentos y la intimidad del acto de escritura, un intercambio que es, a fin de cuentas, la vida y al que no es prudente renunciar. Pero yo, y no temo ser enfática y absoluta, puedo dar fe del poder sanador de escribir, del júbilo de una cuartilla terminada, de esa sabrosa desazón que se siente cuando un proyecto no avanza... Suena idílico, pero en mí funciona de esa forma.