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Las Ciencias Sociales y Humanísticas en Cuba en los últimos 50 años

Orieta Álvarez Sandoval, 05 de noviembre de 2010

En vísperas del triunfo de la Revolución, en 1958, la situación en Cuba se caracterizaba, en lo que al progreso científico-técnico se refiere, por una débil capacidad organizativa en cuanto a ciencia-tecnología, por la inexistencia prácticamente de centros de investigación y desarrollo, así como por un déficit de investigadores en todas las ramas y en particular en las Ciencias Sociales.

Desde 1959 se había producido una bifurcación de la intelectualidad cubana y mientras unos marcharon al exilio, otro grupo importante asumió funciones organizativas estatales, a lo cual hay que añadir la avanzada edad con que ya contaban algunas figuras notables. Todo ello de conjunto provocó un debilitamiento momentáneo de la comunidad científica en el área de las Ciencias Sociales, por lo que con el triunfo revolucionario fue necesario crear las condiciones necesarias para el desarrollo de una nueva intelectualidad y una base institucional que permitiera su reproducción.[1]
 
Se requería de un gran esfuerzo que garantizara la masa de profesionales, de las más diversas ramas, necesaria para llevar adelante el desarrollo científico del país en lo adelante.
 
La Revolución triunfante desarrolló toda una política cultural que se expresó sobre todo en la creación de un Sistema Educacional basado en la gratuidad de la enseñanza y la línea de masas. La Campaña de Alfabetización, como política social más importante, ocuparía la atención de todo el país; se produjeron estudios sobre el aprendizaje de los adultos trabajadores en la búsqueda de métodos que promovieran mayor eficacia y que resultaran más pertinentes al nuevo momento que vivía el país.
 
Continuaría este empeño con los planes de superación, la creación del Plan de Becas, la fundación de las escuelas para Instructores de Arte, e Instructores Revolucionarios, la creación del Consejo Nacional de Cultura, la Universidad Popular y la reestructuración de la enseñanza universitaria.
 
La Ley para la Reforma Universitaria promulgada en enero de 1962 uniformaba los planes de estudio de estos centros a la vez que los incluía dentro del Sistema Nacional de Educación. Se perseguía con ello facilitar las condiciones para la preparación de los científicos y técnicos que los planes de desarrollo del país demandaban y para lo cual se procedió también a promover la concesión de becas en los países del campo socialista.
 
El surgimiento de las instituciones científicas para las Ciencias Sociales en los primeros años de la Revolución.
 
El proceso de reproducción del potencial humano para la investigación social tuvo un doble significado: de un lado, sentó las bases para la formación, a escala nacional, de un cuerpo de profesionales y, del otro, constituyó para sus protagonistas una vía de movilidad social ascendente que matizó, de muchas maneras, la forma y el contenido de sus roles como docentes. A diferencia de lo que históricamente había sucedido, ahora la mayoría de los nuevos profesores e investigadores eran hijos de obreros, campesinos o empleados de bajos ingresos, que compensaban el bajo nivel de instrucción de sus clases de origen con energía y una fuerte sed de conocimientos. Esto les permitió desplegar una intensa actividad y acumular conocimientos en un tiempo relativamente corto.
 
En sus rasgos más generales, el auge observado a partir de 1959 de la red de instituciones científicas y su estructura se explica por una conciencia muy temprana en Fidel Castro y Ernesto Ché Guevara, sobre la importancia de la ciencia y la técnica para el desarrollo económico-social y la necesidad de crear una base nacional para estos fines.
 
El 15 de enero de 1961, Fidel Castro Ruz aseguraba ante los miembros de la Sociedad Espeleológica de Cuba, reunidos en el Paraninfo de la sede de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana que:
 
“El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, tiene que ser un futuro de hombres de pensamiento, porque precisamente es lo que estamos sembrando; lo que estamos sembrando son oportunidades a la inteligencia, ya que una parte considerabilísima de nuestro pueblo no tenía acceso a la cultura, ni a la ciencia”. [2]
 
A dos años de promulgada la Reforma Universitaria de 1962, Fidel Castro continuaba desarrollando la tarea de crear conciencia acerca de la función social y pertinente de la ciencia, en este caso también desde la universidad, cuando expresa en 1964 que:
 
“/.../ el concepto de Universidad tiene que entrañar la investigación; pero no la investigación que se hace solamente en un aula o laboratorio, sino la investigación que hay que realizar a lo largo y ancho de la Isla, la investigación que hay que hacer en la calle”.[3] 
 
Como se observa, el intenso vínculo de la Universidad con la práctica social determinaría la participación, a partir de la década de 1960, de sus estudiantes y profesores en múltiples investigaciones de marcado carácter social, que trataron de ofrecer soluciones a problemáticas de entonces.
 
En lo referido a la vinculación de las universidades a las investigaciones, Fidel abogó porque la universidad saliera de sus muros y realizara estudios sociales acorde con las necesidades del país.[4] Fue así que durante esos años se acometieron una serie de trabajos investigativos en la región oriental, particularmente en ciudades como Bayamo, Santiago de Cuba y Guantánamo.
 
Fueron realizadas por especialistas de diferentes áreas de las Ciencias Sociales, como los de Historia, Filosofía, Psicología, Economía, Ciencias Políticas y de la Escuela de Letras.
 
Como parte importante de la obra de institucionalización del trabajo científico, el Consejo de Ministros del Gobierno aprobó por la Ley 1011 de fecha 20 de febrero de 1962 la creación de la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de la República de Cuba, basándose entre otras razones, en la necesidad de concentrar los recursos disponibles y los que creare la Revolución "en una institución en la que estén representadas las diversas ramas de las ciencias, tanto naturales como sociales".
 
La Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) quedó integrada por un grupo de importantes científicos e intelectuales, presidida por el Dr. Antonio Núñez Jiménez como antes se indicó. Inicialmente integraron dicha comisión figuras entonces destacadas de las Ciencias Sociales, como los doctores Julio Le Riverend Brusonne, José López Sánchez, Juan Marinello Vidaurreta, Salvador Massip Valdés, Fernando Ortiz Fernández y Emilio Roig de Leuchsenring.
 
En diciembre de 1963 señalaba el Dr. Antonio Núñez Jiménez, entonces Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba. la validez de esta ley a la vez que se refería a la necesidad de lograr la interrelación entre las diferentes ciencias.
 
A partir de la fundación de la Academia de Ciencias se observó un período de acelerada institucionalización en el seno de la misma y en el país en general. Se promovía un relativamente rápido proceso de creación y reestructuración de unidades de ciencia y técnica, que serían conocidas en el futuro por las siglas UCT y dedicadas a la investigación de la ciencia en general. Fueron creados fundamentalmente en la capital, departamentos o grupos en las llamadas ciencias exactas y naturales, al igual que en las ciencias sociales, agrícolas y técnicas. Se trabajaba bajo la divisa de lograr la unidad del progreso científico-técnico con el social.
 
Con respecto a las Ciencias Sociales, ya desde inicios de los años 60 comenzaron a crearse nuevas instituciones para la realización de investigaciones en este campo, en las que se trataba de combinar el desarrollo de un trabajo científico profundo con la difusión de los resultados entre la población. Como uno de los primeros pasos de este proceso, surgiría en el radio de acción del Consejo de Cultura, un proyecto para la realización de estudios científicos del folklore. En diciembre de 1961 por ley 994 del Consejo de Ministros se creó el Instituto Nacional de Etnología y Folklore como organismo adscrito al Consejo Nacional de Cultura.
 
Para esta misma fecha el entonces Presidente de la Academia Capitán Antonio Núñez Jiménez[5] refería a la existencia ya, de un Departamento de Antropología (luego Instituto de Arquelogía) donde un grupo de especialistas destacados realizaba la catalogación de piezas de nuestras culturas aborígenes y de América Latina.
 
De igual manera se planteaba la creación del Instituto de Literatura y Lingüística, que surgió desde sus inicios (1965) sobre muy sólidas bases, tanto por su dirección a cargo del Dr. José Antonio Portuondo, como por la labor de sus integrantes, que tempranamente comenzaron a desarrollar importantes investigaciones y publicaciones.
 
Específicamente en el campo de la historia, la organización de las investigaciones en el marco de la ACC, inicialmente bajo la dirección del Dr. Julio Le Riverend, atravesó diferentes momentos. Un centro creado (a principios de los años 60) en el marco del Archivo Nacional, que más tarde funcionaría como Instituto de Historia hacia 1970, pasaría en 1973 a integrarse como un departamento del Instituto de Ciencias Sociales (ICSO) de la ACC lo que se prolongaría hasta 1986.
 
También en 1962, sobre la base del edificio y la biblioteca científica que habían pertenecido a la antigua Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana, como homenaje al trabajo de los científicos que desarrollaron su labor durante cien años en el seno de la misma, y particularmente como tributo a la memoria del Doctor Carlos J. Finlay, la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba creó en 1962 el Museo Histórico de las Ciencias Médicas Carlos J. Finlay.
 
La Filosofía como disciplina, recibió una especial atención y en 1964 se creaba un grupo para su estudio dirigido por el Dr. Mariano Rodríguez Solveira y coordinado por el Dr. Julio Le Riverend. Este colectivo publicaría un boletín que ofrecería información filosófica acerca del desarrollo científico, especialmente útil para los cuadros y directores de los Institutos, incluyendo los de las Ciencias Sociales, y organizaba seminarios -como herramienta de trabajo- para los especialistas y cuadros de todas las disciplinas y que tenían como objetivo principal el conocimiento del marxismo.[6]
 
Surgieron así colectivos de investigación en Filosofía, Etnología, Historia, Arqueología y Lingüística, bajo la dirección de prestigiosos especialistas en las diferentes disciplinas y tomaban fuerza estudios, algunos de los cuales no habían contado hasta entonces con un desarrollo notable en nuestro país y que comenzaron a obtener resultados.
 
A partir de la labor de estas instituciones y de otras similares creadas por estos años en el seno de otros organismos e instancias del país, comenzaría el despegue de las investigaciones en temas fundamentales para las Ciencias Sociales, en esos años iniciales de la Revolución que Cuba vivía. Sería el punto de partida para el desarrollo posterior de estas disciplinas y los  logros alcanzados a lo largo de estos 50 años.


[1] Martin, Juan Luis “La investigación social en Cuba”. Revista Temas No.16-17, oct. 1998-junio de 1999. pp. 143-153.
[2] Núñez Jiménez, Antonio. "Informe al pueblo. Comparecencia por televisión en la Universidad Popular, La Habana 9 de marzo de 1962. En: Academia de Ciencias de Cuba: nacimiento y forja. La Habana, 1972. Pág. 11.
[3] Castro, Fidel, Discurso, 1964.
[4] Discurso el 13 de marzo de 1964, en la Escalinata de la Universidad de La Habana (UH).
[5] Debe recordarse que el Dr. Antonio Núñez Jiménez era un espeleólogo de experiencia que había desarrollado una notable labor en la Sociedad de esta especialidad en Cuba. Además sus trabajos y su accionar dan muestras de una clara concepción acerca de cómo organizar el desarrollo de la ciencia en el país.
[6] Como resultado de la reorganización de la actividad filosófica en el país y de la formación de profesionales de esta disciplina, en 1966 se crea el Departamento de Filosofía adscrito a la Academia de Ciencias de Cuba, que en 1968 pasa a ser Centro de Investigaciones Filosóficas.
                                                                      
 

Este trabajo fue realizado en coautoría con Alfredo Fernández Rodríguez y Mariely Girón Alexander.