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Baladas en la Alameda, de José Ángel Buesa

Osmán Avilés, 08 de noviembre de 2010

Un año de centenarios celebra la literatura cubana en este 2010, poetas que convidan a volver sobre sus textos y su vida misma. Entre ellos, el caso de José Ángel Buesa (Cruces, Cuba, 1910) continúa siendo de recurrente atractivo, pese a lo insustancial y reiterativo de sus versos, como se lee en el segundo tomo de Historia de la literatura cubana, edición del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor.

José Ángel BuesaA tono con la década del 30, el autor de Babel escribe una poesía neorromántica, cuya popularidad alcanzó mayor relieve no solo por las numerosas ediciones de sus libros, sino gracias al creciente auge de los recitadores, costumbre cuyo declive con el avance de la modernidad es de lamentar, dado que esta forma de promover la obra de un autor demanda la sensibilidad del hombre en cualquier época. Además, la aparición del coloquialismo dentro de la poesía postergó indefinidamente a la declamación, pues el supuesto de lo cotidiano requiere decir los versos y no dramatizarlos.

Sin embargo, los textos comerciales de Buesa llegan en su centenario con el mismo chispazo que, en palabras de Carilda Oliver Labra, “alumbra nuestro entendimiento sobre el subconsciente nacional que está permeado por un sentido épico y trágico del amor”.1 No es de extrañar tal definición en la autora de Al sur de mi garganta, quien ha de formar parte del cenáculo de poetisas —como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Nieves Xenes, Julia Pérez Monte de Oca, Juana Borrero, entre otras—, las cuales, cada una en su tiempo, conocieron de amores desafortunados.

Con todo, hoy continúa siendo un misterio la musa que le inspirara a Buesa el “Poema del renunciamiento”, más famoso por la contención del sentimiento que por las formalidades de las que es objeto. Pero existen otros poemas que, conocida la identidad de la mujer amada, posibilitan una interpretación del tratamiento psicológico del versificador en relación con el infortunio amoroso.

Los poemas que dedicó a la poetisa cubana Serafina Núñez, por ejemplo, son versos donde autor y sujeto lírico coinciden por la vivencia del romance que, a pesar de la corta duración del noviazgo, sirviera de inspiración al poeta. Sin duda, el instrumento de la experiencia, muy lejos de la imaginación casaliana, propició la andadura de su creación, que encontrara una lira más alta con sus Parábolas, volumen donde se aproxima a su arista filosófica por el ánimo de hacer una poesía diferente.

Serafina NúñezEn otros lugares he hecho referencia al primer noviazgo de Serafina Núñez con José Ángel Buesa. Una anécdota lo sitúa como protagonista, en los días en que compartía con el poeta Agustín Acosta, quien opinaba que aquel sería gordo. Pasados los años, Buesa continuaba delgado, pese al medicamento que había tomado contra la alergia. “Ten calma, ya engordarás”, un día le dijo Acosta. Entonces recordó al poeta Bonifacio Byrne, quien, allá por la década del 30, había escuchado que andaba en amoríos con “una sugestiva trigueña llamada Serafina”. El autor de “A mi bandera” improvisó ipso facto un díctico de tono lúdico: “¿Qué Serafina anda con Buesa? / Pues Será-fina será gruesa…”. Sin duda, se trataba de la poetisa cubana Serafina Núñez.2

También he leído algún fragmento de uno de esos versos que el autor dedicara a la Núñez. Sin negar ese regusto literario que surge de haberlos conocido por la voz de quien los inspirara, hay en ellos la naturaleza espontánea, el intimismo recreado por la energía e impulsos vitales del poeta. Desde luego, tratándose de los textos de Buesa, el lirismo percute la emoción irradiada por la exégesis del encuentro y la despedida.

En el centenario de José Ángel Buesa viene a bien citar in extenso estos versos en la alameda, que, como muchos otros, se abordan desde la trayectoria del deslumbramiento hasta la privación, perdurables por la poesía.

Balada en la Alameda

Era el silencio miel sobre seda
y era un ungüento de paz la brisa.
Yo iba del brazo con tu sonrisa
IIII por la alameda.

Tu boca dulce como un olvido
me dio sus jugos bajo el follaje,
y su chasquido
II rozó mi oído
IIIII como el plumaje
IIIIIIII de un cisne herido;
IIIIIIIIIII como un encaje
IIIIIIIIIIIIII desvanecido;
IIIIIIIIIIIIIIII como un celaje
IIIIIIIIIIIIIIIIIII loco de viaje
IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII sobre un paisaje
IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII desconocido…

Tu boca ungida de luz de trino,
bordó una sombra de frases quedas…
Tu boca tibia me supo a vino,
y en la hojarasca de las veredas
se alzó el revuelo de un remolino
IIIIIIII de áureas monedas…

Y fue el silencio como una gruta,
y la quimera fue como un río
donde bogaron tu amor y el mío…
Y fue tu boca como una fruta
humedecida por el rocío…

Como apuntando gestos sombríos
bruñó la luna su filo de hacha,
y retorciendo sus dedos fríos
IIIIIIII cruzó una racha…

Yo unté de besos tu boca roja,
tu boca dulce como un regreso,
y en cada árbol fue cada hoja
un eco verde de cada beso!

Tu boca intacta me dio sus rasos,
tu voz sin bordes me dio su seda,
y, en la delicia de los retrasos,
moría el roce de nuestros pasos
en el silencio de la alameda…

IIIIIIIIIIIIIIIII ENVÍO

La vida pasa; la vida rueda…
Quizás se aparten tu alma y la mía,
pero el recuerdo nace y se queda…
Y aunque el deseo no retroceda
y nuestra llama se apague un día,
mientras yo pueda soñar, y pueda
regar mis sueños en la vereda
IIIIIIIIII de la armonía,
tendré la dulce melancolía
de aquellas frases entre la umbría
y aquellos besos en la alameda…
3
 

Segunda balada en la Alameda

No sé por qué he venido de nuevo a la alameda.
Tú no la conocías. Yo, casi ya no la conozco.
Y, sin embargo, un día me embriagué de ternura
bajo estas frondas quietas, entre estos viejos troncos.

Hoy, que sé que jamás he de volver con ella,
con la que todavía me entristece los ojos;
hoy, que ya para siempre nos separa la vida,
vengo contigo, acaso para no venir solo…

Aquí todo ha cambiado, como yo, como ella…
Los pájaros volaron bajo el viento de otoño,
y entre las hojas secas que caen en la tarde,
el eco de sus pasos va surgiendo del polvo…

Y tú vienes conmigo… Tú que quizás me quieres,
y que quizás me olvides pronto;
con tu chaqueta gris y tus ojos alegres,
te apoyas en mi brazo, bajo el crepúsculo de oro.

Seis veces estos árboles se han quedado sin hojas,
desde la última vez… Seis veces: Es bien poco.
Y, aunque realmente acaso no haya cambiado nada,
hoy vuelvo, y me parece que es diferente todo.

Aquí, junto a esta verja, yo le di el primer beso…
Yo entonces era soñador y loco,
y entonces todavía yo sonreía sin motivo,
y mi alma era una playa frente a un océano sonoro…

Yo la quería mucho. Ella también me quiso.
Nos separó la vida… así, sin saber cómo.
Y hoy, tú, que no eres ella,
te apoyas en mi brazo, que es casi el brazo de otro…
4

Notas:
1- Jaisy Izquierdo: “El Buesa desconocido. Carilda Oliver Labra evoca sus recuerdos del popular poeta cubano”, en Juventud Rebelde, año 45, no. 311, domingo 17 de octubre de 2010, p. 13.
2- José Ángel Buesa: Autobiografía informal. Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, 1981, p. 33.
3- José Ángel Buesa: “Balada en la Alameda”, en Poesías. Una revista para los amantes del verso, año 1, no. 2, julio de 1946, p. 14.
4- José Ángel Buesa: “Segunda balada en la Alameda”, en Poesías. Una revista para los amantes del verso, año 1, no. 3, agosto-septiembre, 1946, p. 9.