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La vieja foto

Alina Iglesias Regueyra, 08 de noviembre de 2010

La novela La vieja foto, de Enrique Pérez Díaz, comienza con ímpetu, como una excelente representante del género. La edición es de Lina González Madlum, con diseño e ilustración de Rolando Castro Ramírez, y composición digitalizada de Darinés Entenza Figueras. El prólogo corre a cargo de Félix Pita Rodríguez, reconocido escritor, crítico y periodista cubano, fallecido hace ya veinte años. Esta presentación está fechada en agosto de 1988, aunque la edición es reciente, salida a la luz dos décadas más tarde, en el 2008, por la Editorial Oriente. Mas no interesa: igual funciona. Félix Pita nos habla de “una visión sin cristales ahumados”, y de esto trata el volumen: un conflicto adolescente de una muchacha perspicaz y sensible ante la separación de sus padres y la huella de una abuela misteriosa y desaparecida; estos hilos conductores irán guiando la lectura de todo el que quiera acercarse, pues aunque ―pienso― será disfrutada a más y mejor por la juventud, para los padres ya adultos constituye una lección para valorar más de cerca la vida de sus hijos y recordar lo que fueron ellos mismos, interesante óptica para lidiar con la prole ubicada en esas edades.

Casi al finalizar su presentación, nos dice Pita:

Tal vez sea en este texto donde [Enrique Pérez Díaz] logra con mayor clarividencia un lenguaje infantil. Nos está hablando desde el niño, no sobre el niño, y nos atreveríamos a decir que pocas veces este propósito se ha logrado tan plena y sabiamente. Sentimos que habla un niño y que lo hace con su lenguaje verdadero. La fantasía y la imaginación están, pero funcionan a través de una sensibilidad pura y sin oropeles. La autenticidad nos golpea enseguida: es así como, sin duda, hablaría un niño enfrentado a una situación determinada.

Enrique Pérez Díaz es escritor, periodista, crítico e investigador. Nació en La Habana en 1958 y se formó dentro del proceso revolucionario, despuntando como uno de los creadores más críticos y, a la vez, más certeros. Sus cuentos y novelas para niños y jóvenes fluyen en el mundo de hoy con temas muy acuciosos y actuales, aunque en la manera de escribir siempre apuesta por la ilusión y la esperanza, los sueños y la fantasía, como defensores de la niñez.

El autor inicia su escritura evocando el Papá de noche, de María Gripe, y ya con esta referencia sabremos que hay un padre involucrado en la trama: “Lo que tiene que hacer un padre no es sólo comprenderte… Lo que importa es que te quiera siempre, pase lo que pase…”

Marcados con números, se dividen los capítulos del libro. Ya desde el primero, tras el primer párrafo, salta el primer conflicto: “Cada día me entiendo menos con mi madre”. A partir de esta declaración, la muchachita comienza un discurso interior que mantendrá a lo largo de la historia, hasta un desenlace sugerido pero suficientemente esperanzador. Descubrirá, al final de la novela, los móviles que impulsan a su madre a ser como es, los motivos que han incidido en la separación de sus padres, la ausencia de la figura paterna; también le será develado el misterio de su abuela artista, y un gran amor estará abriendo sus puertas para iniciar la vida adulta.

El final se enlaza con las reflexiones iniciales, donde la joven expone su intención de relatar su vivencia adolescente, y magistralmente entonces el autor encarna en esta muchacha y habla a través de ella, en un alarde de magnífica construcción del personaje, de profundización psicológica, de explotación de recursos literarios, de sensibilidad y franqueza.

Un libro para agradecer a Enrique Pérez Díaz, porque en cualquier hogar una adolescente puede soñar con nostalgia la unión familiar perdida, presente para la eternidad en una vieja foto.