Memorias del subdesarrollo: un clásico del cine iberoamericano (III)

El editor Nelson Rodríguez recuerda la inconformidad de Titón al preferir los movimientos en largos planos secuencias y la solución práctica para transmitir la sensación de encierro y caos de un hombre que no comprende lo que ocurre. Los planos de Sergio, agobiado por la incertidumbre entre las paredes de su apartamento, fueron cortados abruptamente por los de la cámara que avanza al amanecer entre soldados y tanques, tomados de material de archivo sobre la Crisis de Octubre.
Esa constante interpolación de fragmentos documentales yuxtapuestos en una narración, para presentar una imagen más rica de la realidad, convirtió a Memorias del subdesarrollo, además, en una película brújula, faro, parteaguas, que, por fortuna, no ha envejecido en lo absoluto, todo lo contrario. El crítico brasileño Paulo Antonio Paranagua, estima que impuso la suprema libertad de la heterogeneidad. Su resonancia foránea la alcanzó gradualmente por medio de su exhibición en ciclos de cine cubano y presentaciones especiales en el extranjero, varios años después de su estreno en La Habana, efectuado en el circuito capitalino de los cines América, Radiocentro, Mónaco, Metropolitan, Tosca y City Hall.el 19 de agosto de 1968.
La conmoción suscitada por su inesperada irrupción en el ámbito estadounidense, próxima al delirio y el éxtasis, fue reflejada en Newsweek: «Ninguna película latinoamericana ha producido, en el sector de la crítica cinematográfica norteamericana, un impacto semejante al de este largometraje cubano estrenado en Nueva York en 1973». Time la calificó como «una película compleja, lúcida y totalmente carente de exhortaciones propagandísticas». Vincent Canby, al enjuiciar la fuerza contenida en la película, escribió en el New York Times: «El resultado es tremendamente eficaz y conmovedor; muy pocas películas logran alcanzar una madurez semejante».
De su repercusión en Latinoamérica, baste citar el juicio del crítico colombiano Alberto Duque, al reseñar en El Espectador de Bogotá, en 1977: «Honesta, con una sinceridad que lastima, echando mano de un humor negro y desafiante, la película puede ser mirada como uno de los análisis más lúcidos hasta ahora sobre un proceso revolucionario, en cualquier parte del mundo». Dos años después, el francés Marcel Martin, en reseña publicada por la revista Cine Cubano, enfatizó: «Es una de las películas más perfectas que se hayan realizado aquí, por toda una serie de razones: por la calidad del lenguaje cinematográfico, por la naturaleza del análisis psicológico de los personajes y por su valor alegórico. Es un filme que concierne a todos los públicos, y no solo al cubano. Plantea un caso psicológico y moral que es el de muchos intelectuales en un mundo de transformación. Y este es un tema que tiene un valor y una importancia universal».
Una y otra, y otra vez habrá que volver a Memorias del subdesarrollo para redescubrir nuevas lecturas, tantas como espectadores, críticos o estudiosos pretendan acercarse a esta obra maestra del cine iberoamericano, que figura en algunas selecciones de las mejores películas de todos los tiempos. Enriquecer la realidad, excitar la sensibilidad, perturbar la tranquilidad, fueron intereses rectores de este proyecto, que no desdeñó molestar, provocar e irritar a cierta raza especial de gente con la que hay que convivir y contar, «para nuestro disgusto cotidiano», en la construcción de la nueva sociedad. Titón, Sus dos mejores películas —para Titón— eran Memorias… y La última cena, por expresar ambas cuestiones de importancia para él, que necesitaba comunicar, mejor que el resto de sus filmes. Insuperable hasta la fecha, Memorias del subdesarrollo queda como la película en la cual Tomás Gutiérrez Alea experimentó la mayor libertad posible, no obstante las siempre presentes condiciones que el subdesarrollo les impuso.