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Carta de Rilke a Teresa Melo

 , 26 de noviembre de 2010

Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.

 

Actualmente en Worpswede, cerca de Bremen, 16 de julio

Teresa Melo, como es costumbre:

Hace cerca de diez días dejé París. Fue terrible mi estancia, olvidé algunas cosas y mi libreta de apuntes, incluso. El frío me obligó a llegar a esta ciudad, donde soy un inquilino, diría mejor, un extraño. Cerca de Bremen, la ciudad parece diferente. Aquí todo está en paz, en aparente paz, y solo llegan trenes de un lado y del otro, pero nada interrumpe mi tiempo. Nada puede ser más agotador que esos sinuosos sitios donde la ciudad vuelve a uno, como si fuera un pequeño poemario de Mallarmé donde descifro siempre los caminos.

Entonces creo tener el privilegio de saludarle, y decirle que pronto leeré su poemario. Que me alegró que una vez más un escritor de provincia lograra el Premio Nacional Nicolás Guillén. Parece que ese concurso está signado para los poetas del interior de la Isla, aunque algunos no estén tan distantes de los cenáculos que en la capital se configuran. Y eso me alegra, de cierto modo, pues conozco de sus vicisitudes y anhelos, de sus amores y de sus constantes búsquedas alrededor del verbo. Y digo del interior pues ya es un término conocido entre todos, quizás demasiado manido para este tiempo interior. Para un poeta existe más de vicisitudes que de alegrías. Creo que en el rostro de un poeta siempre encontraré la aspereza de un tiempo, quizás hasta de un tiempo venidero. Y no se preocupe por mi raro gusto, pues como recordaba Borges al referir el libro tercero de las Epístolas de Plinio el Joven, no hay libro tan malo que no tenga algo bueno.

Pronto sabrá de mi opinión sobre Las altas horas, en estas otras horas ya apacibles, donde le recuerdo y abrazo. Ojalá que lleguen mis palabras hasta ese Oriente que tanto me recuerda su nombre.

Sin otras palabras,

 

Post data:
Pensé que mi comentario tardaría más, pero la lluvia no deja hacer otra cosa que leer. Entonces diré que su poemario me pareció muy interesante. Ya conocía de su Libro de Estefanía y del texto El vino del error, con el que me dice había obtenido el Premio de la Crítica en 1999, todavía no sé qué sortilegios priman en esos concursos de la Isla, pero la crítica no es muy valiente en estos tiempos y yo no creo mucho en ella. Pero considero que eso no es mucho elogio. Ya se habla en Cuba de revitalizar el modo de otorgar estos premios siempre a los diez mejores libros publicados el año anterior, aunque se repiten nombres; pero habría que reconsiderar lo que piensan los lectores cubanos, esos a quienes no siempre se les preguntan. Pero ni los críticos se ponen de acuerdo; y al final solo el tiempo definirá esos valiosos libros. Aquí en Europa es peor: hay escritores que tienen contratos con representantes que siempre luchan por comprometer una casa editorial, y hasta en los premios más solventes se fijan ganancias, como si fuera esto una bolsa de valores o un simple negocio. Admito la valía de una obra, pero esta siempre será subjetiva e impregnada de códigos académicos o empíricos. Ya tengo hasta temor de ofrecer algún comentario, pero en verdad eso de los Premios de la Crítica que me comenta también puede ser injusto. Y la justicia, preciada Teresa, no fue conceptualizada ni por los romanos. Pero volviendo a Las altas horas le diré, como le refería al conocer su obra, que en este texto hay algunos versos excelentes, en los que creo. Se adueña usted de un arsenal que revive, sin temor a los lugares comunes, a su magra existencia. El primer poema, que titula igual que el poemario, es impresionante. Aunque yo hubiese sido más egoísta y lo hubiera dejado para el final del libro. ¡No hay por qué apresurarse! La poesía tiene que ser trampa y refugio, cincel y madera. También advierto en sus versos cierto tractus poético que se corporifica en este volumen donde rememora ciertas cosas, quizás ganancias de su espíritu que no pudiera pasar por alto. Alguien me dijo hace unos años, y es cierto, que la poesía es como abrir una puerta donde el pasado, el presente y el futuro forman en sí una trinidad temporal. Pero usted va más al pasado, que ya es hoy mismo, y me invita al mar, y más allá del mar. Juega usted con ese verso largo, con el riesgo que encierra, pero no creo que admita en su discurso otra cosa que no sea lo que piensa decir, como una pitonisa junto a un laurel o frente a un jardín de begonias. Sin embargo, le adelanto que si bien el tríptico que nos ofrece en el corpus del poemario es interesante, hay mayor fuerza en esos primeros textos, en esas páginas donde el lenguaje coloquial una vez más se pretende enraizar en la poesía cubana que se escribe, aunque en los últimos tiempos, por los libros que me llegan, he notado cierto corrimiento del lenguaje coloquial a otras zonas literarias. Quizás, el retomar la idea de la Isla que tan extraordinariamente manejó Dulce María Loynaz, o muchísimos otros poetas, fue un riesgo. Yo nunca hubiera asumido tal desafío. Soy más prudente. Lamento la empobrecida y ambigua nota que los libros siempre ofrecen al lector: “Este libro marca el paso de la vida que transcurre”, a lo que agrego: y también el paso del polvo, y de la vida que escapa en una muchacha entre su natal Santiago de Cuba y La Habana, para llegarnos con sus poemas y sus entrevistas, como un itinerario inigualable de un poeta por tales regiones aparentes. Así espero verla en la venidera Feria del Libro, siempre anda usted en los menesteres de la poesía; ojalá que esa razón sea suficiente para entender mis palabras desde una Europa que se despide y me despide como esas Altas horas que ya pertenecen a todos.

Suyo, otra vez,