Emilio Comas Paret: Escribir para mí es comunicarme
“Escribir es amar”.
José Martí.
Cuando le solicité al poeta, narrador y periodista, Emilio Comas Paret, funcionario de la Vicepresidencia de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que me concediera una entrevista para la sección “Diálogos” del Portal de Cubaliteraria, con motivo del décimo aniversario de su salida al ciberespacio, amablemente accedió, y luego, preguntó: “¿por qué me escogió a mí, entre tantos narradores cubanos?”.
Por dos razones fundamentales, le respondí. Porque, según la poetisa y narradora Marilyn Bobes, a quien mucho admiro y respeto, usted “es un escritor feminista… sin perder un ápice de virilidad”1, y porque cumplo con ello uno de los principios esenciales de la entrevista periodística, enunciados por el maestro Orlando Castellanos: “no es posible realizar una buena entrevista, sin antes establecer una óptima relación con el entrevistado” 2.
Comas Paret, en su juventud, desempeñó funciones docente-educativas como profesor de enseñanza secundaria básica. Fue -hasta hace muy poco tiempo- editor del Portal de la UNEAC y es columnista de Cubaliteraria y autor de los siguientes títulos, dados a la estampa, tanto en la geografía insular como en Nuestra América: Contar los dedos (Poesía, 1976), Bajo el cuartel de proa (cuentos, 1978), De Cabinda a Cunene (novela testimonio, 1983), La agonía del pez volador (novela publicada en México, en 1995, y re-editada en Colombia, en 1999), El dulce amargo de la desesperación (novela, 2007), y un texto en preparación, "Bitácora".
Ahora bien, dejemos que sea el propio entrevistado quien nos relate cómo se le inoculó, en la mente y en el alma, el “virus” poético-literario y periodístico.
A los lectores les agradaría conocer ¿cuáles fueron las motivaciones cognitivo-afectivas que lo llevaron -pluma en ristre- al ejercicio poético-literario y periodístico?
Para responder esa pregunta habría que hacer un poco de historia. Cuando era niño, muy niño, mi mamá me puso en una “escuelita privada” del barrio, con una maestra entonces octogenaria, para que aprendiera a leer y escribir, y cuando comencé a precisar las primeras letras, lo hice con la mano izquierda. Es decir, era zurdo. Y digo bien, era, porque hoy no lo soy.
A fuerza de golpes de regla, tanto en la mano, como en el lomo, me obligaron a escribir con la derecha. Ello me provocó un tartamudeo incesante, que no me dejaba nunca. Entonces en la esquina de casa habían abierto un nuevo cine, y pasaban muchas películas sobre el mar, de corsarios y piratas, de marinos que surcaban los océanos. Y a mí me encantaban. Y contaba mamá que cuando llegaba del cine, de la mano de papá, empezaba -a pesar de mi tartamudez- a querer contarle la película. Ella con paciencia me dejaba un rato y luego, dulcemente, me decía: “¿por qué no me la terminas mañana?”. Y entonces me acostaba.
Quizás por ahí empezó todo… por mi deseo de contar y no poder hacerlo por la vía oral. Aquello terminó con que me trajeron a La Habana a verme con el doctor Ricardo Cabanas Comas, único logopeda que había entonces en Cuba.
No fue hasta muy tarde, ya siendo profesor de secundaria básica, cuando un compañero me enseñó unos cuentos que había escrito, y entonces me dije: ¿y por qué yo no puedo escribir también?
El primer cuento lo redacté en la “luna de miel” de mi segundo matrimonio. Hice un plagio, un remake, de un cuento de un escritor uruguayo, cuyo nombre no recuerdo.
Con apoyo en su vasta experiencia como poeta, narrador y periodista, ¿qué es para usted escribir —en su acepción más amplia— y cuáles son las mayores satisfacciones generadas, en el intelecto y en el espíritu, por tan fructífera incursión en esos campos del saber humano?
Escribir es para mí comunicarme. Establecer vínculos con las demás personas. Hay quienes dicen que escriben para ellos mismos, yo no, yo escribo para los demás, para que los demás me lean; y no tengo mayor satisfacción que cuando alguien en el barrio o en la calle, en la guagua, en el trabajo, me dice: “oye, me leí tal cosa tuya y me parece […]” Eso es más importante que un premio, que un reconocimiento de la crítica, un diploma de la Academia, porque sé que le he llegado a esa persona, y ya eso es muy importante, la he logrado interesar, hacer reflexionar, en fin, pensar, que es alimentar la espiritualidad y ennoblecer este mundo chato e injusto, donde vivimos.
Entre los varios títulos publicados por usted, tanto en la geografía insular como fuera de ella, hay uno que -al menos para mí- resulta antológico: me refiero a la novela El dulce amargo de la desesperación, libro que reseñé -hace algún tiempo- para la sección “Incitaciones” del Portal de Cubaliteraria. Si no es un secreto “clasificado”, ¿podría explicar cómo estructuró esa obra, devenida clase magistral de educación y terapia sexuales, y cómo construyó -desde el punto de vista psicológico- el personaje que desempeña el papel protagónico?
Todo escritor escribe sobre su propia vida, y para poder escribir sobre su vida tiene que vivirla intensamente, con sus grises y medios tonos, sus aspectos positivos y negativos. La vida es como un río que corre sin detenerse, y uno no puede más que dejarse llevar por el torrente, si logra hacerlo inteligentemente y sacar ventajas cuando se pueda […], vivirá mejor. El escritor tiene un archivo personal que son sus recuerdos, que nunca son la historia misma, sino un reflejo, matizado por los intereses de quien recuerda, y edulcorados, teñidos, modificados, en fin, cambiados según las conveniencias, y de ahí salen las historias para contar.
Lo otro es saberlo hacer, que se aprende leyendo, leyendo bueno. Y además teniendo el talento imprescindible para poder interesar, agarrar al lector por el cuello y no soltarlo hasta que no cierre el libro en su última página. Pero, ojo, a veces la realidad es más rica que la imaginación, creo que lo dijo Don Pío Baroja, y entonces hay que tratar de copiar al pie de la letra.
En El dulce… hay de todo, realidad, ficción, verdades y mentiras, medias verdades y medias mentiras. Y confieso una cosa por primera vez. Esa fue mi primera obra hecha en computadora y por determinados defectos de la máquina y otros míos propios, perdí la mitad del texto después que estaba terminada, y entonces la situación que vivía cuando la escribí de un tirón, no era la misma de cuando tuve que re-escribir la parte perdida, y ello se siente en la novela.
Empecé muy trágico, fuerte, emocional, pero con el desarrollo de la novela pensé que el personaje no era el cubano que yo quería representar, que para el cubano no cabe la tragedia, que cuando no tiene de quien burlarse se burla de él mismo, y entonces me aflojé y empecé a usar la sátira, el humor fino, y a veces negro, la burla y el choteo. También tuve que estudiar mucho, un urólogo vecino me prestó varios textos y algunas revistas de donde saqué información. Lo demás fue zurcir sin que se vieran las costuras […], y ya está.
De los géneros literarios y periodísticos que ha cultivado y en los que se desenvuelve -sin discusión alguna- como “pez en el agua”, ¿cuáles de ellos prefiere y a qué se debe esa marcada predilección?
Yo empecé queriendo ser cuentero. Me leí a los mejores. A Quiroga, a Maupassant, a los rusos Chejov, Tolstoi, y luego descubrí a Onelio [Jorge Cardoso], quien fue una revelación y me nutrí de su forma, de su estilo, porque los escritores copiamos, aprehendemos, imitamos.
Decía T.S. Elliot, que “los buenos poetas nunca son originales, originales sólo son Dios y los malos poetas”, creo que ello se puede aplicar perfectamente a los narradores.
Luego descubrí a los escritores de “la violencia”, a Jesús Díaz y sus Años duros, a Norberto Fuentes, a [Hugo y Arturo] Chinea, a [Eduardo] Heras [León]; y a partir de ellos, salió mi primer libro de cuentos: Bajo el cuartel de proa, en el que intenté experimentar con la forma, trabajar con el lenguaje, en fin, descubrir lo que ya estaba descubierto hacía mucho tiempo […], y yo no lo sabía.
Luego, con la experiencia de la guerra de Angola, adonde fui como combatiente, escribí De Cabinda…, que para mí siempre fue un libro de cuentos, pero tuve la suerte de que el editor de ese título fuera Pedro de Oraá, una persona muy experimentada, quien me convenció de que De Cabinda… era una novela, o mejor, una noveleta.
Entonces me di cuenta de que tenía aire para la novela, que es el género en el que mejor me muevo, y aunque tengo un nuevo libro de cuentos -aún inédito- y dos poemarios publicados, creo que soy -ante todo- un novelista.
¿Algún consejo o recomendación a los “pinos nuevos” que se inician en el ejercicio poético-literario y periodístico en la mayor isla antillana?
Que lean, que lean mucho, y no por el placer de leer, que es exquisito, hay que leer escudriñando, estudiando, desentrañando los ardides del autor, sus “trampas”, sus aciertos y desaciertos, ya que también se aprende de lo mal hecho.
José Soler Puig, quien fue mi amigo y me ayudó mucho cuando le leí varios capítulos de La agonía… decía que si él escribía ocho horas, leía dieciséis y ese es un buen consejo. También deben saber que conocer a fondo las técnicas literarias y las disecciones de los libros que hacen los críticos y los filólogos, quienes proponen estructuras y descubren ideas soterradas, no asegura un buen resultado creativo, porque vale conocer las técnicas, pero hay que olvidarlas cuando se escribe. Que los grandes nunca se propusieron de antemano escribir de tal o cual manera, que ello surge inconscientemente, y es parte del momento creativo, que algunos llaman inspiración o estado de gracia.
Y, además, deben gozar, hay que gozar, sentir placer cuando se escribe y reírse a carcajadas cuando es de risa y llorar a rienda suelta cuando la circunstancia lo propicie. Recordar que si usted no se emociona o se alegra escribiendo, nunca emocionará o alegrará al lector.
NOTAS
1 Bobes, Marilyn. Citada por Jesús Dueñas Becerra, en Encuentro con la narrativa cubana en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. www.uneac.org.cu (Noticias).
2 Dueñas Becerra, Jesús. Palabras grabadas (reseña). www.uneac.org.cu (Noticias).