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Cuentos de ahora que La Habana es grande
De carteles y otros anuncios: performance callejero

Silvia Sáez Arango, 07 de diciembre de 2010

Ahora que la Habana es grande, más pintoresca toda ella que la otrora Habana de intramuros colonial, llena de la gracia que la identifica, repleta de realidades ricas y contradictorias, con un estilo tan propio y abigarrado, desde su arquitectura hasta su historia su tiempo y su vida, al deambular por sus calles encontramos transeúntes caminando en todos los ritmos: los apurados porque se les fue la guagua del trabajo, los soñolientos, los amantes matutinos, los niños corriendo hacia sus escuelas. Todos cubriendo espacio, haciendo futuro, por calles, plazas, avenidas y parques.

En estos sitios existen “vendedores de cuanta cosa pudieron hallar los hombres”, llenos de una inventiva popular indeciblemente renovada a cada  instante.

Encontramos “La calle cubana bulliciosa y parlera, la calle cubana parlera, indiscreta, fisgona”. La calle cubana comunicativa, deseosa de poner al corriente, anunciar y facilitar datos a los que van y vienen. La encontramos, pletórica de anuncios, avisos y carteles, deseosos que el cubano pueda saciar sus necesidades de objetos materiales y espirituales.
 
Nada de particular tendría, ni nos llamarían la atención los mamarrachos de las ventas del campo, pues ningún lugar nos parece más a propósito para pintarlos, si no viésemos que, merced a nuestro atraso en el arte y poco gusto, la manía de embadurnar las paredes de las casas, aunque menos fuerte hoy, todavía cunde no solo en los pueblos, sino también en nuestra misma ciudad.


Cirilo Villaverde en Cecilia Valdés

Así hablaba Villaverde de las pinturas que adornaban las paredes de las casas en nuestra querida Habana colonial, que  marcaron el florecimiento de la pintura popular, anónima, realizada principalmente en las paredes exteriores de las casas. «La Habana fue decorada entonces por una pléyade de pintores populares que embadurnaban sus muros en la forma más alegre», como diría Guy Pérez de Cisneros. La simple lectura de estos textos nos da la certidumbre que el esparcimiento de este tipo de anuncios fue tan extraordinario que llegó a constituir una característica de los conjuntos urbanos y rurales de la época.

El reverendo Abiel Abbot, que llegara a nuestra isla —como tantos viajeros del Norte— en busca de alivio a su quebrantada salud, escribe en una de sus cartas de 1828:

Era divertido observar en los suburbios lo que ya yo había notado en Matanzas y en los pueblecitos… las paredes repelladas que bordean el camino vénse pintadas por todas partes pájaros, animales, culebras, hombres y mujeres en distintas ocupaciones o diversiones,  y algunas otras cosas e imágenes que, aunque no están estrictamente prohibidas en las tablas de la ley, no se parecen a nada que esté en el cielo, o abajo en la tierra, o en las aguas debajo de la tierra.

Sin embargo, no todas las miradas al fenómeno eran complacientes, el autor de Cecilia Valdés, más comprometido con la visión de su ciudad, criticaba:

Era cosa de ver la multitud de mamarrachos con que estaban embadurnadas las paredes, especialmente de la sala. ¿Qué pensaría el mundo de nosotros, si estas pinturas por efecto de una catástrofe semejante a la que sepultó a Pampera,  fueren  trasmitidos a la posteridad?...

Los carteles son los pregones de las paredes, las voces mudas de los muros, la crónica social que se escribe y sucede a partir de hechos particulares. «EL cartel no es más que un grito en la pared. Bandera de la vida  cotidiana.»

Es sorprendente el número de calles, callejones, esquinas y sitios urbanos que  deben esos nombres a pinturas en paredes exteriores e interiores que fueron utilizadas por todos los pobladores como puntos de referencia:

•    Calle Águila: por una que había pintada en una taberna.
•    Calle Figuras: se la dio este nombre porque allá estaba la casa del bachiller D. Vicente Segundo, llamada “casa de las figuras” por los murales subversivos en ella pintados. El nombre se hizo extensivo a la calle.
•    Esquina del Macaco: por haber allí (Crespo y Virtudes) un mono que luego fue pintado en la pared.

Esa mezcla de lo pintoresco con lo kisch que encontramos ahora en las calles habaneras del siglo XXI son el eco lejano de aquellos carteles y pinturas coloniales, que tuvieron a su vez continuidad en la propaganda comercial, alternativa durante la república.

En la actualidad las calles cubanas nos llaman con avisos, que rozan el absurdo:

•    Aquí se venden cocos y velas de humo
•    903 NO FUMAR
•    LLEGO LA CARNE DE NIÑO.

•    SANGUIECHES  los GRANDES                 SON GUAPOS
             LOS CHIQUITOS      PENCOS.

•    SE ARREGLAN UÑAS DE MANO Y SE ARREEGLAN PIE.

•    El NOCTURNAL

•    NO TRATORES.

En  lo personal creo que son una muestra de ignorancia y temeridad. Este tipo de aviso que encontramos por las calles de La Habana se estructura sobre el uso inadecuado de la ortografía en emplear vocablos, con una semántica impropia o solecismos, mal uso de la sintaxis, vicios de construcción, uso inadecuado de preposiciones, conjunciones y pronombres, o anfibologías que ocurren cuando el texto es ambiguo.

La riqueza del idioma que heredamos, el castellano, ahora tan cubano y adaptado a nuestras necesidades espirituales, debemos utilizarlo correctamente y desarrollar la autoconciencia educativa del individuo que debe legar, a las generaciones presentes y futuras, una forma culta de comunicación para elevar nuestra cultura general contribuir a la estetización de nuestro lenguaje. Sin perder la gracia que nos caracteriza, el sentido del humor o la ironía, debemos asumir el idioma desde una perspectiva creadora pero cuidándolo como algo que nos ha sido legado en patrimonio.

Los hombres deben mirar su lengua como una herencia digna de ser conservada y mejorada, en vez de degradarla haciéndola retroceder a tipos inferiores. Hay que estimar como asunto de conciencia no usar mal las palabras, y es preciso considerar del mismo modo el resistir la torpe aplicación de ellos.

Ever Spencer en Ensayos

En nuestro país se promueve a diario una gran revolución de la cultura, se realizan eventos como festivales de cine, encuentros teatrales, fiestas del libro, fiestas de la magia, Circuba, Fiart, bienales, talleres literarios, exposiciones personales y colectivas, entre otros eventos que contribuyen a enriquecer nuestra cultura general.

La satisfacción emocional que produce en nosotros el disfrute de la vida espiritual y cultural de La Habana debe revertir positivamente en el desarrollo de juicios respecto a las imágenes callejeras que afectan nuestros sentidos. Transformarnos de espectadores en sujetos críticos, activos, que en medio de una apreciación artística e intelectual contribuyera a detener  la proliferación de rótulos mal formados, combinaciones de tipos diferentes de tamaño y forma en la misma palabra o frase, disparates que, pese a la risa, nos hacen creer que retrocedimos al nacimiento de la escritura.


Citas:

Cirilo Villaverde en su Excursión a Vuelta Abajo, 1839.

Bibliografía:

Spencer, Ever: Ensayos, 1923.
Diccionario Aristos, 1975.
Guía de estudio de Arte cubano, Editorial Pueblo y Educación, 1980.
Rodríguez, Antonio Orlando: Cuentos de cuando La Habana era chiquita, Ediciones Unión, 1983.
Beltrán, Félix: Acerca del diseño, Editorial Pueblo y Educación, 1985.
Carpentier, Alejo: La ciudad de las columnas, 1986.