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José Lezama Lima y su visión calibanesca de la cultura (I)*

Roberto Fernández Retamar, 08 de diciembre de 2010

Se atribuye a André Malraux haber dicho que los grandes autores son campos de batalla. A ninguno de nuestros grandes autores del siglo pasado le es tan aplicable la sentencia como a José Lezama Lima. Esa condición lo acompañó casi desde sus inicios como escritor hasta sus últimos instantes. En ese campo de batalla que es su obra hubo quienes, sencillamente, no lo comprendieron, quienes lo envidiaron, quienes lo impugnaron en atención a sectarismos de diverso signo, y quienes pasaron de un bando a otro. Por fortuna, hace años que su grandeza es ampliamente admitida, y no ha habido que esperar a su siglo para que ello ocurriera, aunque de seguro su primera secularidad implicará nuevas iluminaciones sobre él. Hoy por hoy, en Cuba, puede decirse que si Lezama no es un autor popular, sí es un autor popularizado. Abundan los escritores nuestros que, habiéndolo leído o no, se sienten obligados a citar sintagmas procedentes del arsenal lezamiano, como «azar concurrente», «vivencia oblicua», «espacio gnóstico», «imago», «poiesis», «potens». Y el deseo expresado por Julio Cortázar en su memorable texto de 1967 «Para llegar a Lezama Lima», según el cual la obra de Lezama merecía ser reconocida como las de Jorge Luis Borges y Octavio Paz,1 hace tiempo es una realidad. El mexicano dio a conocer más de una vez el alto aprecio que sentía por la creación lezamiana. Borges, sin embargo, pareció ignorarla del todo (también ignoró la de Martí), mientras Lezama conocía y admiraba la del argentino. En su polémica de 1949 con Jorge Mañach, Lezama esgrimió el nombre de Borges, junto con los de Alfonso Reyes y Ezequiel Martínez Estrada, como ejemplos de escritores hispanoamericanos «rendidos al fervor de una Obra».2

Por otra parte, a veces se ha comparado a Lezama con Borges, no obstante sus marcadas diferencias, tomándose en cuenta las complejidades de sus faenas e incluso la devoción a las madres y las Baldomeras/Baldovinas respectivas. Yo mismo los acerqué en carta de agosto de 1953 en que le comenté a Lezama su Analecta del reloj:

Junto a la primera lectura de su libro [le dije entonces], hice la del de Borges [Otras inquisiciones, 1952] en que también reúne trabajos de quince años. Sobre muchas y utilísimas divergencias, gustábase en ambos […] el anhelo de una mirada que de algún modo nos perteneciera: más maliciada y equívoca –y hasta sofisticada– en el maestro argentino; más opulenta e impetuosa en Ud. Pero ávida, necesaria, siempre.3

Sobre los versos de Lezama, escribí con cierta extensión en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), que Lezama tuvo la amabilidad de pedirme que apareciera en las Ediciones Orígenes, donde lo hizo en 1954. Y en 1967, al frente de mi libro Ensayo de otro mundo, añadí:

me gustaría volver a considerar la poesía cubana anterior, como hice hace quince años, pero con la nueva óptica [la de la conciencia del tercer mundo que anima a aquel libro]. Pienso, por ejemplo, en lo que podría ser un estudio sobre Lezama Lima, no con el instrumental estilístico de que me valí entonces (o no solo con él), y desde la nueva perspectiva, como lo anunció ya, por ejemplo, Julio Cortázar en un admirable artículo.4

Para entonces, ya había dedicado a Lezama mi poema de 1965 «Lezama persona».5 Pero lo que a continuación escribí sobre él no fue el estudio mencionado, sino el texto «Un cuarto de siglo con Lezama»,6 en que evoqué nuestra amistad desde que lo conocí personalmente, en 1951, hasta el día de su muerte en 1976. Ojalá estas escuetas líneas de ahora, al mismo tiempo que referirse al conjunto de su labor, puedan ser al menos el boceto de aquel estudio.

Lezama fue, por encima de todo, poeta, un poeta enorme, tanto en sus versos como en sus ensayos, sus narraciones, su epistolario o su fabulosa conversación. Tocante a esta última, quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de ella podemos dar fe de lo certero del juicio de Virgilio Piñera cuando en 1970 afirmó: «Lezama era (sigue siéndolo) el conversador más brillante de Cuba».7 Lo que permitió a Reynaldo González considerarlo un poeta conversacional, pero no referido a una conversación banal, sino a la suya feérica.8 Hablaba como escribía, y escribía, según apuntó Juan Ramón Jiménez en el «Coloquio» (1937) entre ambos, «con su pletórica pluma», «aunque no entendamos a veces su abundante noción ni su expresión borbotante».9 Era un poeta de tiempo completo, un poeta absoluto, como lo llamé en una ocasión, del linaje de José Martí. Y no un poeta cualquiera. Tuvo razón Oscar Hurtado10 cuando lo emparentó con los poetas filósofos, como Lucrecio, Dante y el Goethe de Fausto, a quienes dedicó un notable libro George Santayana.11 No en balde Lezama se describió como «un criollo que quiere ser bueno y poeta, es decir, poeta bueno […] un hombre alucinado por la sed fáustica del conocimiento y por el deseo de esclarecer nuestra expresión y nuestro pueblo».12 Ese poeta bueno, en verdad extraordinario, vivió alucinado por la sed fáustica del conocimiento, lo que no es propio de cualquier poeta, sino de los poetas filósofos. Véase al respecto la interesantísima correspondencia entre Lezama y la filósofa española María Zambrano,13 quien dijo que Lezama se declaró «católico órfico» y llegó a escribir que en la fundación de la revista Orígenes ella, María, tuvo «parte anónima y decisivamente».14

En 1967, en el centenario del nacimiento de Rubén Darío, Lezama apuntó que «[s]u prodigioso dominio de la métrica ha dejado de interesarnos, pues el verso libre de las teogonías, de las profecías y de las grandes lamentaciones se ha impuesto totalmente».15 Como es de suponer, Lezama pensaba en su propio verso libre, que para él era el de las teogonías, las profecías y las grandes lamentaciones. Junto a dicho verso, Lezama se valió también, ocasionalmente, de sonetos y décimas infieles o irregulares. Pero sin duda fue el anterior el predominante en sus mejores piezas en verso.

En sus ensayos ejerció con pasión y agudeza su deseo de esclarecer nuestra expresión y nuestro pueblo. Tales ensayos también fueron invadidos por su poesía. Ya he contado16 que al recibir su texto sobre la poesía y la pintura cubanas de los siglos XVIII y XIX para ser publicado en la revista Casa de las Américas, dudé entre incluirlo en la sección «Hechos/Ideas», de ensayos, o en la sección «Letras», dado su carácter poemático. Al fin decidí crear para él la sección «Paralelos», solución que a Lezama pareció complacerle, pues en lo adelante se valió de ese vocablo, «Paralelos», para encabezar el título de su ensayo. Y en verdad sus versos conocieron vida paralela a la de sus ensayos. Incluso la poesía en conjunto fue el tema central de muchos de estos últimos. Tales fueron los casos, entre otros, de «Las imágenes posibles», en Analecta del reloj (1953); «Introducción a un sistema poético» y «La dignidad de la poesía», en Tratados en La Habana (1958); «A partir de la poesía», en La cantidad hechizada (1970); o «Sobre poesía», en Imagen y posibilidad (1981); además de numerosos textos referidos a escritores y pintores. Me referiré más tarde a su libro orgánico La expresión americana (1957).

Las narraciones de Lezama fueron también manifestaciones de su poesía. Varios de sus relatos aparecieron en libros suyos de versos, lo que es elocuente; y su obra mayor en este orden, Paradiso (1966), es reconocida como una novela poemática, o como un vasto poema novelado.

Notas:
* Leído el 4 de octubre de 2010, en el ciclo de conferencias sobre el centenario de José Lezama Lima organizado por la Academia Cubana de la Lengua.
1- Julio Cortázar: «Para llegar a Lezama Lima», La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo Veintiuno, 1967, p. 137.
2- J. L. L.: «Respuesta y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach» (1949), en J. L. L.: Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Letras Cubanas, 1981, p. 189.
3- En Recopilación de textos sobre José Lezama Lima, La Habana, Serie Valoración múltiple, Casa de las Américas, selección y notas de Pedro Simón, 1970, p. 314.
4- En Ensayo de otro mundo, La Habana, Instituto del Libro, 1967, p. 12.
5- En Poesía reunida 1948-1965, La Habana, Unión, 1966, pp. 261-263.
6- En Recuerdo a, La Habana, Unión, 1998.
7- Virgilio Piñera: «Opciones de Lezama», en Recopilación de textos…, cit. en nota 3, p. 297.
8- Reynaldo González: Lezama revisitado, La Habana, Letras Cubanas, 2009, p. 101.
9- J. L. L.: «Coloquio con Juan Ramón Jiménez» (1937), Analecta del reloj, La Habana, Orígenes, 1953, pp. 40 y 61.
10- Oscar Hurtado: «Sobre ruiseñores», en Recopilación de textos…, cit. en nota 3.
11- George Santayana: Tres poetas filósofos. Lucrecio, Dante, Goethe, trad. por José Ferrater Mora, Buenos Aires, Losada, 1943.
12- Cit. por Reynaldo González en ob. cit. en nota 8, p. 181.
13- V. Javier Fornieles (ed.): Correspondencia José Lezama Lima-María Zambrano, María Zambrano-María Luisa Bautista, Andalucía, Junta de Andalucía, Consejería de Cultura, 2006.
14- María Zambrano: «Liminar», en José Lezama Lima: Paradiso, edición crítica, coordinador: CintioVitier, Madrid, Colección Archivos, 1988, pp. xvii y xvi.
15- En «Rubén Darío», L/L. Boletín del Instituto de Literatura y Lingüística, año 1, núm. 2, abril-dic. de 1967, p. 79.
16- En «Sobre la revista Casa de las Américas», Casa de las Américas, núm. 258, ene.-marzo 2010, p. 6, primera columna.