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La Leyenda del Dios de la Porcelana

Alina Iglesias Regueyra, 14 de diciembre de 2010

El libro Oros Viejos, del escritor y pedagogo español Herminio Almendros (Almansa, 1898 - La Habana, 1974), es una obra considerada clásica por los niños y adolescentes cubanos. Entre sus más hermosos relatos se destaca uno, rebosante de originalidad y pasión, muy recomendado por los profesores que imparten Cerámica y Escultura en nuestras escuelas de arte. Se trata de “Leyenda del Dios de la Porcelana”, basado en un conocido mito chino acerca del origen de este finísimo y a la vez arduo procedimiento.

El cuento como volumen independiente, fechado en 2007, fue sacado a la luz por la editorial Gente Nueva en su colección Tesoro, para la Biblioteca Escolar. La presente publicación, motivada por los cincuenta años de fundación de esta casa editorial, está editada por Odalys Bacallao López, y sus adecuados diseño y composición nos llegan de las manos de Ileana Fernández Alfonso. Una mención especial merecen la cubierta y las ilustraciones interiores, conformadas muy certeramente por el reconocido artista Rafael Morante Boyerizo. Morante, como se hace conocer en los predios del arte gráfico, vierte todo su conocimiento y maestría en estas imágenes que remiten, por un lado, a los dibujos animados, y por otro, al diseño más profesional y sobrio. Transparencias, tonos pasteles, líneas negras bordeando siluetas, gradaciones de color y formas muy precisas tomadas de auténticas vasijas de porcelana china, se mezclan en las páginas de este delgado libro para aquellos soñadores, capaces, desde muy temprano, de entregar su vida al arte.

El texto narra la obsesión de Pu, artesano del Lejano Oriente, empeñado en inculcarle vida real a las creaciones más bellas que se cuecen en su pobre horno de barro. Así, invocará al Dios del Fuego y le pedirá ayuda para complacer a su soberano, considerado por los antiguos chinos como Hijo del Cielo. Este, al recibir un regalo sorprendente de aquellas manos prodigiosas, le exige una obra con textura humana, susceptible de estremecimientos y ternuras.

Mas no solo es esta la historia de una obsesión y un sueño, sino de un sacrificio y un capricho que llevarán a Pu a la inmortalidad. Sin poder conseguir la temperatura extrema del horno, el orfebre se echará al mismo, y logrará la materia mágica que confiere al vidriado un sonido al tacto, similar a la onomatopeya del nombre del Dios de la Porcelana, pues en esta deidad se convierte el humilde obrero Pu.

Sin embargo, aunque pudiera parecer simple la resolución del relato, lo importante no es el qué, sino el cómo: la manera en que Almendros nos lleva de la mano, a través de un estilo emotivo y dramatúrgicamente in crescendo, para desembocar en el momento terrible y sublime a la vez en que se funde el hombre con su obra. Además de narrar, el maestro ofrece juicios positivos sobre el valor del trabajo y el sacrificio para conseguir un sueño largamente anhelado, dibujado cada vez más nítidamente a medida que recibimos los tesoros de la experiencia y la maestría en nuestra labor.

Pone en boca de otros la leyenda, con gran justicia de investigador: “Tal vez podría contárnosla alguno de esos ancianos que muelen colores todo el día en los grandes talleres de cerámica. Y nos diría que Pu era un humilde obrero chino, que fue haciéndose gran artista con incansable paciencia y gran ingenio”.

Talento y empeño es la receta. Mas quizás aquellos que no posean una fibra de artista no sientan la emoción transmitida por el autor en sus líneas ni sean capaces de profesar la más mínima empatía con la pasión creadora que se describe en su clímax:

Pu se quedó solo frente al horno en la novena noche. Se arrodilló ante el fuego y entregó su ofrenda al Genio de las Llamas:
–¡Oh, Dios del Fuego! ¡Ya comprendí el profundo sentido de tus palabras! ¡Acepta mi vida por la vida de mi obra, mi alma por su alma!
Y antes de que terminara la novena noche, Pu se arrojó al fuego vivo del horno.

Es notable el sentimiento despertado en los estudiantes de arte al compartir esta lectura: se declaran conmovidos ante la conducta supuestamente errática del artista, historia conducida por Almendros con sabios pasos, pues es apenas una leyenda. No obstante, tras el disfrute de la lectura, cuando nos encontramos en presencia de una auténtica porcelana china, no soportamos la tentación de golpear levemente con las uñas la superficie tornasolada y lisa con la esperanza de escuchar la vibrante y cristalina respuesta de Pu.