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José Lezama Lima y su visión calibanesca de la cultura (II)*

Roberto Fernández Retamar, 16 de diciembre de 2010

Quisiera detenerme ahora en el tema principal de esta charla. Cuando en el número 68 (septiembre-octubre de 1971) de la revista Casa de las Américas publiqué mi ensayo «Caliban» (que ahora escribo como palabra llana, pues es anagrama de «caníbal»: «Calibán» es un galicismo), le hice llegar a Lezama uno de los sobretiros de aquel con esta dedicatoria: «Para mi muy querido José Lezama Lima, perpetuo gerifalte, escándalo bizarro». Tal dedicatoria aludía, por supuesto, a un verso de Góngora, pero sobre todo a un ataque absurdo que se le había hecho poco antes al maestro de Trocadero y contribuyó a ensombrecer sus últimos años. En «Un cuarto de siglo con Lezama», al mencionar el envío de aquel sobretiro, dije: «Desde luego, en mi concepción de ese término, Lezama es un escritor indudablemente calibanesco».1 Y en ediciones posteriores de mi ensayo añadí el nombre de Lezama entre quienes encarnaban la cultura de Caliban. Me resulta curioso que en una encuesta hecha a Lezama en 19602 sobre los diez libros que trataría de salvar, él mencionara dos obras de Shakespeare: La tempestad y Sueño de una noche de verano. Lamento que, entre las muchas cosas de que hablamos, no se encontrara este tema de La tempestad, donde, como bien se sabe, aparece el personaje Caliban. Aunque sí me mencionó el valor de lo carnavalesco y lo paródico cuando aún no se había difundido la obra de Bajtín.

A raíz de ser publicado mi ensayo «Caliban», el crítico mexicano Jorge Alberto Manrique, en una reseña cordial del ensayo, escribió con razón, a propósito de unas ríspidas líneas mías sobre Borges: «Cabe recordar, según el mismo Borges lo ha dicho, que él asume, frente a […] [la] lectura de Europa, una actitud socarrona de francotirador “desde fuera”: de eso está hecho lo mejor de su obra; y en eso podría reconocerse una actitud de Caliban. Que cada cual tiene sus respuestas, y vale la pena tratar de entenderlas».3

Con cuánta más razón puede (o debe) decirse esto de Lezama.

Según lo que sé, quien más se ha ocupado de la relación entre la obra de Lezama y caníbal/Caliban es la estudiosa brasileña Irlemar Chiampi, quien abordó esa relación en su ensayo de 1985 «La expresión americana de José Lezama Lima: la dificultad y el diabolismo del caníbal»4 y en el prólogo a la edición crítica de aquel libro que publicara en español en 1993.5 En el primero de dichos textos afirmó:

La obra en verso o en prosa de J[osé] Lezama Lima ha recuperado y operado en grado máximo las virtualidades del canibalismo original como un genuino hecho americano. En el poema construido con el reelaborado barroquismo metafórico que extraña [sic] los códigos retóricos más persistentes de la tradición poética; en la narrativa figurada, elíptica, que enreda la lectura en verdaderos criptogramas de sentido; en el ensayo atestado de referencias culturales indescifrables, figuraciones conceptuales, faltas gramaticales, citas erróneas y erráticas en cualquiera de esas modalidades, Lezama Lima no ha cesado de suscitar nuestro asombro y desconcierto. Su obra ha reinventado el más fino ademán del caníbal auténtico: devoración y parodia del patrimonio de las grandes culturas, antiguas y modernas, apropiación y extrañamiento del lenguaje, por la ruina de sus constricciones [¿construcciones?] y convenciones más consagradas; ejercicio parricida de conspiración permanente contra la autoridad y la compostura del discurso. En suma: rebelión productora de la diferencia en la dificultad. Lezama es bien aquella thing of darkness que Próspero atribuyó a Caliban, y por ello mismo sus textos nos han abierto una nueva y revolucionaria experiencia estética, en el ámbito de nuestra modernidad literaria. [pp. 106-107]

Y más adelante:

A pesar de que Lezama jamás emplea el término «antropofagia» o «canibalismo», sus metáforas son análogas [sic] a las que Oswald de Andrade usó en su «Manifiesto antropófago» (1928), para reivindicar la devoración de lo extranjero como hecho legítimo del comportamiento cultural del brasileño […] Pero aun siendo menos atrevido [sic] que las formulaciones oswaldianas, el «espacio gnóstico» lezamiano –espacio de conocimiento, abierto a la «fecundación», o a la «recepción de los corpúsculos generatrices» […]– tiene el mismo sentido de incorporación orgánica. [p. 115]

En el prólogo a la mencionada edición crítica de La expresión americana, Chiampi añadió:

Lezama pinta su americano como una suerte de Caliban: irreverente, rebelde y devorador (y en esto más próximo al antropófago de Oswald de Andrade para metaforizar el modo de ser brasileño). En el Caliban demoniaco de Lezama prevalecen, a pesar de las tempestades de la historia, el deseo de conocimiento ígneo y la libertad absoluta. [p. 24]

Aunque no suscribamos todos los criterios de Chiampi, es justo tomarlos en cuenta. Por su parte, Abel Prieto, quien en su prólogo a la antología de ensayos de Lezama que llamó Confluencias (1988) insistió en el carácter descolonizador de tales ensayos, escribió:

No hay duda de que Lezama somete a una digestión [énfasis de A. P.] particular a los autores que nutren su cultura y los restituye luego, en sus textos, radicalmente transfigurados: si en definitiva –como señala agudamente un crítico borinqueño [Efraín Barradas]6– «el Chesterton de Lezama es muy distinto a cualquier otro Chesterton que nos ofrece la crítica, porque el Chesterton de Lezama es Lezama mismo», […] algo similar pasa con Claudel y con Pascal y con tantas otras fuentes de su reflexión.7

A estas observaciones canibalescas/calibanescas cabe añadir que Lezama, como es propio de todo autor, fue evolucionando a lo largo de su vida, y los rasgos mencionados por Chiampi y Prieto se fueron haciendo cada vez más visibles a medida que Lezama alcanzaba su soberana madurez. Sobre esto ha llamado la atención Cintio Vitier8 a propósito de lo que Lezama expresara a Juan Ramón Jiménez en su «Coloquio»: «nosotros los cubanos», dijo en esa ocasión Lezama, «nunca hemos hecho mucho caso de la tesis del hispanoamericanismo, y ello señala que no nos sentimos muy obligados con la problemática de una sensibilidad continental». («Coloquio», p. 46). Vitier menciona en otro texto9 el rechazo por el Lezama de entonces de «una expresión mestiza [que es] intentar un eclecticismo sanguinoso» («Coloquio», p. 53). Vitier atribuye el abandono de tales criterios de Lezama a la presencia en su obra de Martí, que era escasa en la época del «Coloquio». Tal presencia, según el autor de Ese sol del mundo moral, se hace visible en Lezama a partir de su ensayo «Las imágenes posibles» (1948). También se preguntó Vitier a propósito de Lezama: «¿demasiada Europa en los intentos iniciales?»10 A lo que podría responderse afirmativamente. Por ejemplo, los primeros números, trimestrales siempre, de Orígenes, se nombraban como las cuatro estaciones, inexistentes en Cuba. En relación con ese punto es útil recordar que la evolución de Borges lo llevó de su momento nativista inicial, que rechazó luego, a una etapa más abierta al mundo, así fuera de la manera calibanesca apuntada; mientras Lezama comenzó rechazando el nativismo («Con lo del Sol del Trópico nos quedamos a la Luna de Valencia», escribió en 1941 al frente del primer numero de Espuela de Plata), y se movió luego hacia un apoderamiento de lo más cercano. Ello se ve en La expresión americana, en «Sucesivas o las coordenadas habaneras», de Tratados en La Habana (título que no deja lugar a la duda, como le comenté en carta), en los tres tomos de su Antología de la poesía cubana (1965), en muchos textos de La cantidad hechizada e Imagen y posibilidad, y también en poemas suyos como «Pensamientos en La Habana» o «El arco invisible de Viñales».

Notas:
* Leído el 4 de octubre de 2010, en el ciclo de conferencias sobre el centenario de José Lezama Lima organizado por la Academia Cubana de la Lengua.
1- En Recuerdo a, La Habana, Unión, 1998, cit. en nota 6, p. 39.
2- Se recogió en J. L. L.: Lezama disperso, prólogo, compilación y notas [de] Ciro Bianchi Ross, La Habana, Unión, 2009, p. 97.
3- Jorge Alberto Manrique: «Ariel entre Próspero y Caliban», Revista de la Universidad de México, enero-marzo de 1972, p. [90].
4- En Escritura, Caracas, X, 19-20, enero-diciembre, 1985.
5- J. L. L.: La expresión americana, edición de Irlemar Chiampi con el texto establecido, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.
6- Efraín Barradas: «Chesterton, Lezama Lima y la función social del arte», en Unión, 1, 1983.
7- Abel E. Prieto: «Confluencias de Lezama», en José Lezama Lima: Confluencias. Selección de ensayos, selec. y prólogo de A. E. P., La Habana, Letras Cubanas, 1988, pp. xxviii-xxix.
8- En «Brevísima presentación», Martí en Lezama, compilación de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000.
9- C. V.: «La aventura de Orígenes», en Fascinación de la memoria. Textos inéditos de José Lezama Lima, redacción y prólogo de Iván González Cruz, La Habana, Letras Cubanas, 1993, p. 318.
10- Ob. cit., en nota 24, p. 9.