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Bajo la mirada del tigre. Sobre el libro Ofelias, de Aida Bahr

Lázaro Zamora Jo, 30 de diciembre de 2010

Tuve el privilegio de leer el manuscrito de Ofelias, una de las más recientes entregas de la narradora Aida Bahr, antes de su publicación por Letras Cubanas (La Habana, 2007).

Cumplía entonces, como miembro del jurado del Premio Alejo Carpentier, la difícil tarea de elegir, junto a Zaida Capote y Alberto Ajón, el mejor libro de cuentos entre una buena cantidad de textos muy meritorios. En aquel momento me llamó la atención el cuaderno de Aida Bahr por su coherencia temática y el sostenido nivel de sus siete cuentos, y no dudé en apostar por él. Sin embargo, como desconfío de las lecturas que se hacen en el apremio de los concursos y de ese afán que uno mismo se impone por aislar los valores formales del texto, lo cual no siempre permite percibir su eficacia total, para usar la expresión de Borges, hace poco regresé al lugar del crimen. Para mi regocijo, la nueva lectura no solo reafirmó mis opiniones iniciales, sino que añadió otros interesantes hallazgos a favor del libro.

En Ofelias la autora vuelve al relato centrado en la exploración de lo cotidiano desde la subjetividad femenina, insiste en los conflictos más íntimos del ser humano a través de una mirada que no rehúye del todo el contexto social en el que se insertan esas vivencias individuales, elementos que caracterizan su obra narrativa anterior. Pero si bien el espectro temático es más o menos el mismo, las historias han adquirido ahora un tinte sombrío, a veces trágico, como la propia historia de la Ofelia de Hamlet. La deliberada intrascendencia de las situaciones presentes en Ellas, de noche y en Espejismos, por ejemplo, en torno a la vida estudiantil, a los desencuentros en las relaciones familiares y de pareja y otros ámbitos de la vida cotidiana, cede lugar aquí a una crispación mucho mayor, a conflictos de un marcado dramatismo en los que a ratos, incluso, asoman la violencia física y la muerte.

En la mayoría de estos relatos las protagonistas se ven agredidas o amenazadas por una circunstancia hostil, y el peligro proviene casi siempre, del círculo de sus allegados. En “Fugas” una niña es perseguida y hostilizada por su decrépita bisabuela, que se niega a admitirla en casa. La adolescente de “Sail away” es drogada por su propia pareja durante una fiesta nocturna en la playa, lo que parece prefigurar un desenlace aciago. En “La mirada del tigre” la amenaza principal que se cierne sobre la protagonista procede de su madre, despótica y dominante, que la odia por su debilidad —según nos hace ver el narrador—; aunque también en el espacio público en el que se mueve acechan los peligros, en sus colegas de la universidad, en el hombre que chapea la yerba y cuya expresión le recuerda la de un tigre listo a saltar.

La autora ha sido hábil en la construcción de ese universo opresivo. Cada una de las historias, resueltas con eficacia literaria por separado, se inserta coherentemente en el conjunto, para brindarnos una visión total inquietante, sombría, incluso en un cuento como “Sail away”, que con su atmósfera festiva parecía desmarcarse del resto de los relatos. Y este es, en mi opinión, uno de los aciertos del libro.

Otro de los aciertos más loables en Ofelias es el sabio manejo de la ambigüedad para crear diferentes lecturas de un mismo relato. En “Madrugada”, por ejemplo, asistimos a lo que parece ser una escena de violación, pero en el transcurso de la historia irán surgiendo elementos que nos harán preguntarnos si realmente lo es, quién será ese desconocido que antes y después de la violación se dedica a roncar tranquilamente junto a la supuesta víctima.

Y hablando de víctimas y victimarios, advierto que no estamos en presencia del típico discurso feminista, no hay aquí una explícita posición antipatriarcal, antimachista como podría pensarse a priori. Los sujetos femeninos que protagonizan las historias, no solo son víctimas de los hombres, sino también de las propias mujeres y de una vasta gama de circunstancias que nada o poco tienen que ver con la discriminación por razones de género. Sí hay, desde luego, una clara intención de aproximarse a la problemática de la mujer contemporánea, pero desde una perspectiva que evita todo reduccionismo y encasillamiento y que asume el tema en su más amplia complejidad.

Ofelias, para concluir, es un libro muy digno del Premio Alejo Carpentier y una muestra de la calidad que va alcanzando la cuentística cubana en las últimas décadas, en cual Aida Bahr ocupa un lugar destacado desde sus dos primeras publicaciones: Hay un gato en la ventana (1984) y Ellas, de noche (1989). Aida ha publicado, además, el libro de cuentos Espejismos (1998), las novelas Las voces y los ecos (2006) y A merced de mí (2009), así como dos volúmenes de ensayos sobre Rafael Soler y Soler Puig, respectivamente.

"Madrugada"

Un ronquido. Bajo, rítmico, nítido. Inconfundible. Alguien ronca a su lado. Debería abrir los ojos, pero aprieta los párpados. Su corazón también se encoge, y durante un segundo interminable todo su cuerpo se suspende y enfría. La opresión en el pecho la obliga a respirar de nuevo, a tratar de expulsar con el aire un poco de ese miedo que la ha llenado hasta pinchar por debajo de su piel. El ronquido sigue. Interminable. Virgen bendita, piensa, aunque no cree en vírgenes. Respirar. Esforzarse en pensar, o mejor, en despertarse, porque esto tiene que ser una pesadilla. No sueña con sonidos, ¿o sí? Intenta recordar diálogos, música, en alguno de sus sueños memorables; con eso acaba de convencerse de que está despierta. Y alguien ronca a su lado. Un sudor frío ha comenzado a invadirla y el mareo amenaza con convertirse en náusea. Se concentra en permanecer inmóvil; pese a todo, un movimiento podría interrumpir el ronquido, ese alguien, que hasta ahora solo anuncia su presencia, puede despertar. Su terror es tan total que no logra traducirse en pensamientos lógicos, apenas un instinto de quedarse quieta, esperar; tal vez si espera lo suficiente llegará el amanecer. He ahí una idea, se aferra a ella. Le da el alivio y la coherencia suficientes para percatarse de su estupidez. El ronquido es absolutamente real. Continúa bajo y pausado, con la regularidad del hábito. Ese alguien existe, está ahí, a su lado, en la cama, y también despertará al amanecer. Y si despierta, ¿qué hará ella? ¿A quién pedir auxilio? No hay nadie en la casa, y las puertas y las ventanas tienen rejas, ¿cómo podrán entrar los vecinos si escuchan sus gritos? Se le escapa un sollozo perfectamente audible y el ronquido se deforma y se fractura. Muerde sus labios para retener el grito, el corazón bombea frenético y sus latidos son tan fuertes que parecen amplificarse en toda la habitación. Se encoge como un recién nacido que ansía regresar a la protección del vientre de la madre. Después de unos segundos hay un carraspeo y el ronquido se reanuda acompasado. Su cuerpo se afloja mientras lo escucha repetirse; la cabeza le da vueltas y, sin proponérselo, abre los ojos. Destellos de una luz incierta se reflejan en la caoba del armario. Es una visión acostumbrada: se despierta mucho en la noche para ir al baño. Si mira a la derecha verá el bulto de ropas colgadas del gancho en la pared, pero no se atreve a hacerlo: da la impresión de una persona de pie junto al armario; no se siente capaz de soportar esa imagen, aun sabiéndola falsa. Si se endereza un poco verá la mesita de noche, donde hay una lámpara que hace tiempo no funciona. De todas formas no intentaría encenderla. Todos sus músculos están engarrotados. Si se creyera capaz de hacer algo, se dejaría caer de la cama para arrastrarse hasta el baño, cuya puerta tiene un pestillo por dentro. Encerrada ahí podría gritar, llamar..., ¿a quién? Descubre que no puede recordar los nombres de sus vecinos, ni siquiera el suyo propio. El miedo es una mano gigante que la sofoca. Dios, Dios, es todo lo que logra pensar, pero en el fondo sabe que eso tampoco significa nada, Dios no vendrá en su ayuda. Mamá, piensa. Si fuera una de sus pesadillas de niña, la madre vendría a despertarla y abrazarla, solo que ahora su madre está muerta y ella no duerme. El ronquido se lo recuerda a intervalos sostenidos. Además, sus ojos distinguen ahora los objetos con mayor precisión. Aprecia la forma de la agarradera de la puerta del armario y el rasguño en la madera; si baja la vista puede reconocer las puntas de sus chancletas sobre las losas opacas del piso. Es su casa, su cuarto, su cama, sus sábanas…, el ronquido se interrumpe y la cama se estremece con el movimiento de un cuerpo que no es el de ella. El grito se le ahoga en la garganta; a su espalda llega, tenue pero reconocible, el aliento del extraño. Unos instantes más tarde, el ronquido se sincroniza con el soplo cuyo roce ha terminado por paralizarla. Si diera la vuelta vería su rostro; no le caben dudas de que es un hombre, y un hombre grande y corpulento. Su cara puede ser vulgar, también monstruosa; peor aún, si se arriesga a mirarlo, tal vez no pueda apartar luego la vista y, al sentirse observado, él podría abrir los ojos. Esa sola idea la hace cerrar los suyos con fuerza. Nuevamente las tinieblas, la oscuridad interior. Se esfuerza en razonar para recuperar el control de sí misma. Quienquiera que sea el que duerme a su lado tiene que haber utilizado una llave para entrar a la casa, porque forzar las rejas y la madera habría hecho ruido; además, ¿quién va a entrar por la fuerza en una casa para luego acostarse a dormir a pierna suelta junto a la dueña? De modo que tiene una llave; o se introdujo en la casa durante el día, mientras ella iba al mercado o conversaba en la puerta con una vecina. Eso, entró por el patio y esperó la noche escondido en algún lugar, quizás en el cuarto de la madre, que permanece cerrado excepto en los días de limpieza general. Pensar que podía haber pasado horas siendo observada, espiada incluso en el baño, a través de las hendijas de la puerta, termina por enloquecerla. Está cubierta de un sudor frío y pegajoso, la cabeza le da vueltas y los oídos le zumban como si un enjambre de abejas la rodease. ¿Por qué está pasando esto? ¿Qué quiere este intruso que en vez de robar lo poco de valor que hay en la casa se acuesta a dormir a su lado? El ronquido cesa abruptamente. Un brazo cae pesado sobre su cuerpo, y una mano enorme ciñe su cintura y la hala hacia atrás. Ha sido tan repentino que ni siquiera atinó a gritar. Su espalda está ahora pegada a un pecho caliente y velludo, siente la dureza incómoda de las rodillas del hombre encajadas en sus piernas, pero sobre todo siente el hincón duro y amenazante contra sus nalgas. La mano se mantiene apretando su cintura, y medio se desliza al bajo vientre para obligarla a iniciar un movimiento de rotación de las caderas, mientras la otra mano se enreda en su pelo y le alza la cabeza lo suficiente como para colocar el brazo abultado debajo de su cuello. Se le escapa un sollozo, y con una voz ronca y desfigurada, que no reconoce como suya, logra decir: No, por favor. El aliento que roza su espalda se ha posesionado de su oído y una voz espantosamente desconocida susurra: Vamos, nena, no seas bobita. La mano de arriba manosea sus pechos, la de abajo trata de subirle el ropón y bajarle el blúmer. Se escucha a sí misma repetir: por favor, por favor, entre los jadeos del hombre que cada vez se excita más, que ahora hunde sus dedos entre los labios de la vulva y frota, un roce que le resulta áspero y doloroso. Me duele, me está lastimando, murmura ahogada por la presión del brazo cruzado contra su garganta. Vamos, mi niña rica, ponte suavecita, vamos a gozar los dos, anda. Ella clava sus uñas en el colchón, se muerde los labios para aguantar el ardor, más que dolor, que la penetra. Las manos del hombre se mueven hacia arriba y hacia abajo. Los huesos del hombre la pinchan y magullan por todas partes, las rodillas metidas entre sus piernas, el codo encajado contra su hombro. Le duelen los pechos amasados con ferocidad, la oreja que el hombre muerde y chupa cada vez con más ansias, pero sobre todo  la quema y desgarra ese punzón violento clavado en su interior. Él se estremece y la hunde contra sí con más fuerza mientras balbucea: Así, así, eso. Ella siente que va a desmayarse, una nube la envuelve y la aleja, su cuerpo queda abandonado en la cama, flojo, inerte. El hombre se sale sin más ceremonias y ella lo siente halar la sábana de taparse, que en el forcejeo se ha hecho un rollo a los pies de la cama; cuando él vuelve a desplegarla, ella percibe contra su pierna una zona húmeda y pegajosa. Casi le sorprende la minuciosidad de sus sensaciones: está consciente de cada centímetro de su piel, pero a la vez, su cuerpo parece estar muy distante. El semen gotea lento y viscoso por su muslo, y el ardor en su interior se ha aminorado hasta convertirse en un dolor sordo y difuso. Ya no tiene ganas de llorar. Ni siquiera tiene miedo, apenas un cansancio muy grande, un vacío que es mucho peor. Junto a ella el hombre da vueltas sin lograr acomodarse, carraspea, patea la sábana. No parece tener intenciones de irse ahora que ha conseguido violarla. Descubre que eso no la sorprende ni le importa. Ha dejado de ser ella para convertirse en un cuerpo que un desconocido puede usar. Cuando el ronquido se reanuda comprende que nunca estuvo tan sola. Los minutos van pasando lentos, indetenibles. No espera, no hay nada que pueda esperar. Sus ojos están fijos en el bulto de sombras proyectado por la ropa colgada del gancho en la pared. Cuando la claridad gris que se filtra entre las persianas le permite distinguir la camisa de cuadros y el pantalón enfangado, sus únicos sentimientos son la ira y el agobio por el esfuerzo que tendrá que hacer para lavarlos.

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-13