Quién acompaña al autor en el camino del libro
Conocí a Blanca Zabala en Letras Cubanas, cuando me desempeñaba como jefe de redacción de poesía de esa editorial. Subordinado a ella, tuve la excelente oportunidad de admirar su carácter y maestría en el trabajo. El proceso era enormemente complejo, veloz, minuciosamente coordinado y exigía una vigilancia extrema en lo que ella misma explica que se denomina, en el lenguaje típico de la profesión, «movimiento del original». El movimiento autoral es también de mucha complejidad, tanto en los aspectos generales de sus obras como en los de sus personalidades.
Presiones continuas de todo tipo, peculiares de un proceso de tal envergadura, exigen comprensión y sabiduría. Se desea ofertar el mayor número posible de lo mejor de la creación intelectual del país a una masa ávida y creciente de lectores. Diversos especialistas entran en la materialización de cada título, y el colectivo ha de funcionar del mis-mo modo que el abundante equipo de una película filma bajo una sola voluntad artística. Implica en los que dirigen el proceso no sólo amplios y flexibles conocimientos, sino un gran talento para el trato con las personas de tal modo que el esfuerzo fluya eficazmente hacia la meta: la realización de un título de alta calidad. Vi a Blanca Zabala encargarse de todo con maestría y dedicación. Además de otras enseñanzas, mi breve paso por Letras Cubanas me educó en lo siguiente: los editores cubanos son especiales, y los autores del país les debemos un agasajo público. En el exterior llaman editores a los dueños de la editorial, pero el editor cubano es muchas otras cosas a la vez: lector especializado, investigador, corrector de estilo, armador de originales defectuosos, analista de todas las especialidades y lenguas, diplomático inveterado ante tantas incomprensiones, promotor, publicista, presentador de libros y letrado anónimo cuyo nombre rara vez rebasa los diez puntos de letraje. Por lo anterior, envié las siguientes preguntas a Blanca Zabala, quien me respondió gentilmente.
Editar, ¿es un oficio o una vocación?
Pienso que son ambas cosas y mucho más. Te explico: se convierte en un oficio luego de haber tenido la vocación, porque sin «oficio» tampoco se puede editar. Y si me refiero de esta manera a ese término es porque la edición no puede nacer solamente de la vocación. Yo creo que es como el signo lingüístico, que posee dos caras inseparables (significado y significante). En el caso de la edición serían, a mi juicio, creador y técnico, también como dos caras insepa-rables, en la medida en que asocio creación con vocación y técnico con oficio —entiéndase este como años de experiencia en la profesión que son los que dan las herramientas fundamentales para emprender tan entrañable labor, que comprenden, entre otros muchos aspectos, los conocimientos de la corrección, el uso correcto de los signos, de las normas tipográficas y edi-toriales, de la ortografía y la redacción. La parte creativa de nuestra función reside, en primera instancia, en el papel gestor, luego en la concepción editorial —que puede incluir no solo propuestas formales sino también de contenido que se le hacen al autor, de cambios de estructura, de título, adiciones de notas explicativas, de prólogo, anexo, en fin, de otros textos que puedan servir de apoyatura a una determinada obra—, en la redacción de la nota de con-tracubierta, en la reseña promocional y, por último, la presentación de la obra. En estos últimos aspectos, aunque puedan parecer muy obvios, el editor no sólo despliega parte de la formación educativa y cultural que posee —recordemos que tiene que ser graduado universitario— sino que pone ante los lectores también sus puntos de vista, su «lectura crítica», la primera, del texto editado, que como elevado promotor que es, aun cuando esta obra no le gus-tase, debe deshacerse de prejuicios de toda naturaleza para no dañar el bienestar de la publi-cación.
Y el «mucho más» es todo el amor y la entrega que se le pone a este trabajo, definido de la siguiente manera: «un editor es quien tiene a su cargo la responsabilidad de revisar, con crite-rios filosóficos, el texto de una obra ajena…», y pienso que es oportuno acotar que «esa obra ajena» llega a sus manos muchas veces inacabada, plagada de errores que pueden ser desde ortográficos y gramaticales hasta conceptuales y estructurales, como te dije anteriormente, y el editor, pacientemente, con el mismo amor con que cualquier partero trae al mundo a una criatura divina, le da la luz a ese texto y va perfilándolo poco a poco y lo lleva muy pegadito a él por el largo camino editorial hasta lanzarlo a los ojos del avezado lector que luego lo disfruta. Luego de esta breve explicación me pregunto: ¿será así de simple esta definición del editor?
En tu larga experiencia como editora de diferentes géneros literarios, ¿consideras que cada uno de ellos es un universo inalienable y específico, en términos editoriales?
Por supuesto, y no sólo lo son los géneros o las temáticas, sino cada libro a editar por mu-cho que conozcas al autor y su obra. No basta con eso, hay que investigar, ir un poco más allá de ese texto que tenemos ante los ojos, conocer los cambios o nuevas tendencias que preva-lezcan en su campo de acción —sean literarias, sociopolíticas, históricas, científicas, educacionales—, mantenerse al día de los diversos premios que puedan recibir los autores que tiene cerca de su égida, así como de sus publicaciones, conocer sus influencias; en fin, todo lo que pueda aportarnos elementos adicionales, porque incluso aunque estemos editando al mismo autor en un mismo género, de hecho son diferentes, específicos, incluso ese mismo autor ya superconocido por nosotros puede haberle dado un giro distinto a su estilo y sigue siendo él, pero con otras y nuevas perspectivas. Por eso los editores no podemos «confiarnos», esa es la palabra precisa ante cada libro nuevo o reeditado.
La relación con los autores en el proceso de edición es de capital importancia. ¿Qué experiencias tienes al respecto?
Esta relación es importantísima, por varios motivos. Primero: el editor es pudiéramos decir que el representante o el enlace entre el autor y la editorial, es el máximo responsable de la obra cuando ésta entra en el proceso editorial y también lo es cuando la obra es presentada, pero esta vez entre el autor y el futuro lector. Por ello, aún sin enumerar otros aspectos, reitero que es vital para el buen desempeño de este complejo proceso que es darle vida a una obra ajena. Segundo: en la misma medida en que el editor va trabajando ese libro, le va incorporando elementos que tienen que ser autorizados por el autor; me refiero exactamente a cambios de redacción, de estructura, supresiones, etcétera, en una o varias sesiones de traba-jo. Tercero: después del autor la persona que lee más veces el texto es el editor, por este motivo puede orientar al diseñador para la búsqueda de la imagen a utilizar en cubierta, la colección y otros aspectos formales que redundarían en la calidad del libro terminado.
Por todo lo anterior y otras cosas más que tal vez se me hayan escapado en esta conversación, la relación editor-autor tiene que basarse en un respeto mutuo, en una plena identificación, ser muy honesta, puesto que esta relación se retroalimenta; sin autores no hay editores, pero sin editores tal vez no existieran libros terminados exitosamente. ¿Recuerdas la frase de que detrás de un gran hombre se esconde una gran mujer? Bueno, es algo similar: detrás de un buen escritor hay siempre un buen editor.
Por suerte, en los muchos años que llevo en este oficio sólo he tenido un tropiezo al prin-ipio de abrazar esta profesión: un autor tuvo cierta reserva en nuestra primera cita debido a mi juventud de entonces. Él era una persona mayor, pero después, en los sucesivos encuen-ros que sostuvimos —era un libro muy complejo, que requirió de cotejos en la Biblioteca Nacional— se percató de que todas esas observaciones —bien sustentadas, por supuesto— que yo le hacía, a pesar de mi juventud, estaban encaminadas a «mejorar» su obra y agradeció mi trabajo. Y aunque lamentablemente no siempre es así, lo sé por otros colegas, puedo considerarme dichosa, pues he tenido la posibilidad de trabajar con autores muy profesionales y éticos, y he tenido la satisfacción de apreciar lo mucho que se agradece un elogio, pequeño o grande, cuando uno concluye esta casi anónima y a veces incomprendida labor.
La realización de un libro es una cadena compleja. En tu vida laboral has coordinado el funcionamiento de esta cadena. ¿Qué nos puedes trasmitir en este sentido?
Realmente es una cadena compleja, requiere de bastante lucidez, serenidad, sagacidad, or-ganización, dedicación, disciplina y respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Dediqué seis años de mi vida a coordinar esta cadena en Letras Cubanas. La plaza de subdirectora editorial me fue propuesta debido a la experiencia que poseo en esta labor (fui primero correctora de pruebas en una imprenta, luego correctora de estilo en la Editora Política, que fue mi gran escuela, después redactora y editora, y un poquitín investigadora y analista de propaganda) y creo que la asumí porque sentí la necesidad de poner en función de ese colectivo todos esos conocimientos. No fue fácil ni perfecto, pero sí útil, y aprendí de cada uno de los técnicos que tenía subordinados. Tuve que adentrarme en el mundo de la computación y de la plásti-ca; porque lo que sí para mí resultaba inadmisible era dirigir una esfera en la que se me que-dara algún punto débil, por ello también esto resultó una enseñanza para mí. Si te soy total-mente honesta te confieso que fue un trabajo en el que me sentí muy cómoda, pero afectaba sobremanera mi profesión —por eso y otros pequeños aspectos decidí regresar a mi puesto de editora— y aunque durante esos años también edité lo hice en menor medida, pues dirigir toda el área editorial —las redacciones, diseño y técnico productivo— era demasiado absorben-te. Tenía que ocuparme no solo de lo que nosotros llamamos «movimiento del original», sino también de la atención a autores que venían a presentar sus proyectos, tratar de solucionar todo lo que pudiera entorpecer el correcto funcionamiento de esta cadena. Lo que menos me gustaba eran las inevitables reuniones, la parte «administrativa» de esta función, los chequeos de cronogramas; pero tuve momentos muy gratificantes: revisar los libros en arte final antes de entregarlos a imprenta, leer las notas de contracubiertas para aprobarlas, guiar a los más jóvenes en sus labores, asesorar a quienes lo necesitaran, compartir largos debates técnicos enriquecedores, buscar soluciones técnicas, asumir ediciones extraplanes para no afectar el cronograma de los editores, y haber conocido y atendido a tantas personalidades nacionales de nuestra cultura, muchos de los cuales se convirtieron después en verdaderos amigos.
El reconocimiento social del editor es de mucha importancia. ¿Existe o no existe ese reconocimiento, y en qué medida?
Me parece que con esta pregunta destapaste la Caja de Pandora… Existe muy poco reco-nocimiento para este intelectual cubano, aliado del autor. Voy a poner algunos ejemplos: ofi-cialmente no se le considera intelectual ni creador, por este motivo se ha dificultado nuestra representatividad en las instituciones de creadores existentes en el país, como la UNEAC u otra asociación gremial aún no creada, al menos hasta el momento de esta conversación, aun-que me consta que se han dado importantes pasos para fundar la Asociación de Editores de Libros.
El editor, además, puede cargar con las culpas cuando se detecta algún problema en el tex-to del libro terminado, aun cuando el autor lo haya revisado y se le haya escapado en primera instancia a él —sin descontar la ingratitud de algunos autores que enfocan el problema sin te-ner en cuenta todo lo que el editor les resolvió durante las sucesivas lecturas del original—; en fin, que casi nunca cargamos con las buenas, porque si el libro quedó perfecto, pocas veces hay un elogio público para quien realizó esta labor.
En las presentaciones casi se ha hecho un hábito que los autores —no del libro en cuestión, sino otros— presenten las obras que uno edita; si tienes suerte, puedes ser «el coordina-dor de la mesa», si no, estarás en la primera fila —si no asistieran «personalidades»— o en la segunda, como si el editor fuera un lector más que tendrá en sus manos, luego de presentada, «esa obra ajena». Esto es también falta de reconocimiento.
Por eso ahora soy quien se pregunta: ¿Será que el propio editor ha ido cediendo terreno? ¿Será que desde hace algunos años nuestro papel gestor casi desapareció y, por ende, nuestra presencia pública se fue nublando y otros han asumido estas funciones? ¿Será que nos hemos vuelto más cazadores de erratas que de cultura? ¿O será que no tenemos el suficiente apoyo a la hora de participar en un evento o asistir a una feria nacional o internacional porque el pre-supuesto es «muy limitado» y solo pueden asistir autores que hablen de varios libros de nuestra propia editorial (sic)?
Por otra parte, pienso que ya nuestro país se ha convertido en un país de «editores viejos» y el Premio Nacional de Edición no llega a satisfacer «la demanda» actual de editores que lo merecen. Algunos de mis colegas hasta han fallecido sin obtenerlo. Pienso que es un buen momento para que se empiece a dar compartido. Tampoco el metálico que lo acompaña es el apropiado, pero estamos a tiempo de buscarle una solución.
Y hablando de remuneración, voy a poner el último ejemplo: cuando alguna entidad contrata el trabajo de un editor —no se sorprendan, a veces lo hacen— le paga menos que al diagramador y al diseñador. No es que el editor piense que esos otros técnicos que hacen del libro un producto terminado no merezcan recibir por ello la remuneración que actualmente se les hace; al contrario, lo que todos deseamos es que para nosotros, los editores, se haga justicia, que se le incremente la retribución a este profesional que lee unas cinco veces el libro durante su proceso de edición, que primero lo gestó y luego se lo imaginó hecho páginas, con el formato adecuado, con la cubierta precisa, con la nota atrayente, con la reseña a flor de labios...