Durante la 19 edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el 2010, estuve en el lanzamiento de El puente y el templo (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009), de Emerio Medina (Holguín, 1966), una de las nuevas voces de la narrativa cubana. Compré el libro, motivado por la curiosidad: el autor había ganado dos de los más importantes premios literarios del país —el Julio Cortázar y el UNEAC, de cuento— y comenzaba a llamar la atención de críticos y escritores. Mi curiosidad fue mayor al descubrir, leyendo la nota de contracubierta, la vertiginosa carrera que protagonizaba Medina desde el año 2005, de la cual daban fe otros premios y publicaciones.
Me lo leí unos días después con la expectativa, siempre riesgosa, que despiertan a priori los créditos, y debo confesar que no me decepcionó. Entre sus principales virtudes —constaté entonces y sigo pensando hoy— está ese empeño en insertarse, tanto por los temas que aborda como por su tratamiento, en una zona de la literatura nacional no muy frecuentada en los últimos tiempos. Se trata de un conjunto de historias de gran riqueza imaginativa y expresiva, que van desde el relato fantástico hasta el de corte realista, donde la anécdota, aun la más trivial, con frecuencia adquiere una inesperada dignidad gracias al hechizo de la atmósfera.
En “El puente y el templo”, cuento que da título al conjunto, al referirse a sus motivaciones —probablemente las que lo llevan al doble acto de participar en la historia y, a la vez, crearla—, el propio narrador-personaje se encarga de revelarnos la clave: “una lectura, una infancia y un sueño”. De ahí quizás esa impresión de ensueño que sobreviene desde las primeras páginas, esa extrañeza que emana de la fusión de lo real y lo fantástico.
En “La ciudad vacía” la impresión onírica se crea a partir de disímiles elementos: el tempo demorado, la sinuosidad de la narración, el letargo de la ciudad y los personajes, la irrupción de lo inverosímil en una historia que se nutre de hechos y situaciones afianzados de modo enfático en la realidad cotidiana con sus referentes bien visibles. Algo similar ocurre en el relato “La Villa”, en el que un hecho bastante habitual, verificable a diario en el contexto social cubano —los ensayos de un grupo de jovencitas que se preparan a participar en un concurso de baile—, adquiere dimensión mágica precisamente a través de una atmósfera de visos surrealistas que en buena medida se apoya en el lirismo de la narración.
En varios de sus relatos, Emerio Medina insiste en la coincidencia de lo insólito con lo más común. “Encuentros cercanos” es un ejemplo bien elocuente en tal sentido. La aparición del antílope en el balcón del protagonista, a diecisiete pisos de altura, desestabiliza, como el archiconocido dinosaurio de Monterroso, la lógica del plano de realidad en que se instala el narrador —para utilizar la terminología acuñada—, realidad que en este caso se presenta ante el lector con un marcado acento en lo cotidiano:
Había gente haciendo cola en el estanquillo del periódico. Un camionero vestido de overol levantaba el capó del camión y maldecía en voz alta. Dos guardianes nocturnos discutían junto al almacén de víveres por algún asunto de turnos y horas extras. Un ómnibus lleno de gente rodó sobre la calle húmeda. Por un momento, la estela de humo negro hizo desaparecer los focos exteriores y el lumínico de la tienda.
No todos los cuentos se ajustan a tales características, desde luego. En “La gota”, un texto de corte fantástico, la historia discurre en un universo autónomo, sin la más mínima referencia geográfica o histórica, sin la más remota alusión a contexto social alguno. Otros, por el contrario, se sitúan estrictamente en las coordenadas de la literatura realista pero se distancian del relente onírico y el lirismo de los primeros cuentos. “El puente y el templo” es uno de estos. Se ubica en una realidad concreta y reconocible: La Habana de nuestros días, y aborda, a través de una mirada lúdica, irónica a veces, uno de los tópicos de la cuentística de la generación a la que pertenece el autor: la ficcionalización del proceso de la escritura.
El libro en general se destaca por el cuidado de su prosa. Emerio Medina apela a un lenguaje bien cincelado que sabe modular convenientemente en función de las situaciones, que hace transitar sin fisuras desde la norma culta al habla popular, desde el tono solemne al irónico, desde el lirismo a la expresión coloquial. Un lenguaje esmerado, exquisito, heredero de esa vertiente de la tradición que pasa por Borges, Cortázar, Carpentier.
Sin embargo, a los lectores acostumbrados a la historia convencional, al cuento que Juan Bosch llamó en su momento el tigre de la fauna literaria, los prevengo: a menudo no encontrarán aquí nada parecido. En varios de estos relatos poco o nada sucede, el texto se regodea en digresiones para, al final, eludir el desenlace esperado por el lector. A veces, incluso es solo un ingenioso divertimento, como “Las luces”. Pero no se desalienten: déjense llevar por la lectura y podrán hallar en ellos el placer que toda buena prosa depara.
Y aquí termino. Sirvan estas notas como invitación a la lectura no solo de El puente y el templo, libro meritorio sin duda, sino también de otros títulos del autor, que seguramente estarán a la venta en la cercana Feria Internacional del Libro.
Las luces
Las luces del escenario se apagaron cuando el hombre miró a la mujer que aplaudía con las lágrimas en los ojos y gritaba bravo bravo bravo mirando hacia el otro hombre que aplaudía también y miraba a la mujer por entre las cabezas de la gente que aplaudía mirando las cortinas y el decorado con las cúpulas doradas y los canales al fondo después de la cena con el puñal que parecía de verdad y la sangre que no se veía pero estaba allí salpicando las cortinas y después que la reina o la puta mirara al rey o al cornudo con los mismos ojos que la mujer miraba a veces al hombre en la casa en la calle o en el teatro y aun después que la reina o la puta mirara al caballero que lucía muy bien en sus botas de fieltro o de tafetán con los mismos ojos de la mujer que miraba al otro hombre que aplaudía y miraba a la mujer por entre las cabezas de la gente que aplaudía de pie con la misma mirada del caballero de botas de fieltro o de tafetán que miraba a la reina o la puta después de la escena del rey o el cornudo con el caballero de botas de fieltro o de tafetán que miraba al rey o al cornudo de la misma forma que miraba el otro hombre hacia el hombre que entre las cabezas de la gente que aplaudía la escena final con decorado de hachones y cortinas y lecho nupcial salpicado por la sangre que no se veía pero estaba allí.
Las luces del teatro se apagaron después del último aplauso y quedaron oscuros los pasillos que recordaban los corredores del palacio del rey o el cornudo en la escena en que el cornudo o el rey se acercaba a la habitación o a la alcoba de la reina o la puta y la reina o la puta no quiso abrir la pesada puerta de roble igual a la mujer que no quería abrir la puerta del cuarto cuando el hombre llegaba cansado a la casa después de una reunión igual que el rey o el cornudo en la escena con escudos de armas y heráldica dorada y canales al fondo en que el cornudo o el rey terminaba cansado la audiencia con el caballero de botas de fieltro o de tafetán y se acercaba a la alcoba o a la habitación de la reina o la puta o caminaba con ella sin tomarse de la mano en la escena con decorado de tapices y alfombras en que el caballero de botas de fieltro o de tafetán seguía de cerca al rey o al cornudo y la reina o la puta igual al otro hombre que los seguía de cerca también en el pasillo oscuro del teatro cuando las luces se apagaron y el otro hombre se agachó a recoger el bolso de la mujer y los dos se miraron como en la escena de la puta o la reina con el caballero de botas de tafetán o de fieltro en el jardín con decorado de nogales y encinas y góndolas navegando en los canales del fondo en que la reina o la puta dejó caer el pañuelo más cerca del caballero con botas de fieltro o de tafetán que el rey o el cornudo que miró la escena del jardín con los mismos ojos del hombre que miró la acción en el pasillo del teatro cuando la mujer dejó caer el bolso más cerca del otro hombre que lo levantó del piso igual al caballero de botas de fieltro o de tafetán que recogió con elegancia el pañuelo de la reina o la puta bajo los nogales y las encinas y miró al rey o al cornudo con la misma mirada que el otro hombre miró al hombre cuando salieron del teatro y buscaron el automóvil del hombre como la carroza dorada del rey o el cornudo en la escena con pórticos de piedra y arcos de triunfo en que el rey o el cornudo esperaba por la reina o la puta y la puta o la reina miraba al caballero de botas de fieltro o de tafetán que se había detenido bajo los arcos de triunfo y los pórticos y miraba a la reina o la puta con la misma mirada que miraba el otro hombre a la mujer sentada en el automóvil del hombre que miraba al otro hombre con los mismos ojos que miraba el rey o el cornudo al caballero de botas de fieltro o de tafetán que se había quedado demasiado tiempo mirando a la reina o la puta cuando la puta o la reina se alejó en la carroza dorada con el rey o el cornudo igual a la mujer que se alejaba en el automóvil y dijo algo que al hombre no le gustó pero no lo dio a entender cuando el automóvil dobló demasiado rápido en el parqueo del teatro igual que en la escena con decorado de setos y camino de piedras cuando las ruedas de la carroza dorada del cornudo o el rey aplastaron a un sirviente infeliz y la gente del teatro aplaudió el buen montaje y la sangre que no se veía pero estaba allí.
Las luces del automóvil se apagaron cuando el hombre y la mujer llegaron a la casa después que la mujer habló del otro hombre que recogió el bolso con elegancia en el pasillo del teatro y al hombre no le gustó la acción pero no lo dio a entender igual al cornudo o al rey en la escena con la puta o la reina en que la reina o la puta hablaba delante del rey o el cornudo sobre la gentileza del caballero de botas de fieltro o de tafetán que recogió el pañuelo en el jardín y el rey o el cornudo miró a la reina o la puta con los mismos ojos que miraba el hombre a la mujer que subía las escalera con los mismos pasos de reina o la puta en la escena en que la reina o la puta subía las escaleras y decía me duele la cabeza me voy a acostar y miró al cornudo o al rey con los mismos ojos de la mujer que subía las escaleras también y decía me duele la cabeza me voy a acostar y miraba al hombre con los mismos ojos de la reina o la puta que miró al cornudo o al rey cuando la gente aplaudía la escena del duelo entre el cornudo o el rey y el caballero de botas de fieltro o de tafetán con decorado de patio de armas y cañones y soldados mirando y aplaudiendo el momento en que el cornudo o el rey hirió en el pecho al caballero de botas de fieltro o de tafetán y la gente aplaudió la buena actuación y la sangre que no se veía pero estaba allí.
Las luces de la casa se apagaron y quedó todo oscuro como en la escena del palacio del cornudo o el rey con el decorado de balcones y la ciudad cenicienta detrás cuando las luces del patio se apagaron y quedó todo oscuro y el rey o el cornudo se asomó al balcón del palacio y miraba el jardín y la ciudad cercana y la noche con los mismos ojos del hombre que salió al balcón a mirar el jardín y la noche y la ciudad oscura y se cubrió la cara con las manos igual que el cornudo o el rey cuando volvió a su alcoba o a su habitación de cornudo o de rey y se acostó en su lecho sin la reina o la puta igual al hombre que se tiró en la cama sin la mujer y suspiraba como el cornudo o el rey que suspiraba solo en su alcoba o habitación y miraba al techo con decorado de rasos y hachones y tomó el puñal que parecía de verdad como hizo el hombre que suspiró también y tomó el puñal que sí era de verdad y se acercó a la puerta de la mujer como en la escena del cornudo o el rey cuando el cornudo o el rey empujó la pesada puerta de roble de la alcoba o la habitación de la reina o la puta que fingía dormir y la hirió de muerte en el escenario junto a las cortinas y las cúpulas doradas y los canales al fondo y corrió la sangre que no se veía pero estaba allí salpicando las cortinas y las alfombras del piso y los canales al fondo y sonaron los aplausos en la escena final cuando el rey o el cornudo se quedó llorando sobre el cuerpo de la reina o la puta con los mismos ojos del hombre que hundió el puñal en el pecho de la mujer que dormía o moría y escondió el rostro entre las manos y mezcló las lágrimas con la sangre que no se veía, pero estaba allí.