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Un banco para contar leyendas

Alina Iglesias Regueyra, 27 de enero de 2011

Entre las publicaciones recientes de la editorial Gente Nueva, incluido en 2008 en su colección Juvenil, destaca un muy simpático volumen de relatos de la autoría de Hermes Pérez Caso: El banco de las leyendas.

La edición correspondió a la experta Yolanda Borlado Vázquez, con corrección de Ivelice Echezabal Martínez; el diseño y la composición son de Caridad Sanabria de León; en tanto las ilustraciones, interiores y de cubierta (diseñada por Armando Quintana), fueron realizadas por Javier Dueñas, con toda la creatividad y la gracia demandadas por el tema tratado. Y es que este libro versa, nada más y nada menos, sobre historias de aparecidos, muertos y fantasmas; esas mismas que adora escuchar, en las noches más inspiradoras, hasta el cubano menos fantasioso. El libro nos remite, pues, al cuentero mayor de Cuba, Onelio Jorge Cardoso, y más aún por su adecuada técnica y su tono coloquial.

Una amena narración, un estilo franco y directo, la jocosidad, y ocasionales tomaduras de pelo al lector, son peculiaridades de El banco de las leyendas. El arte de contar luce todas sus galas en las palabras del protagonista adolescente que nos pasea por sus andanzas hasta el banco donde un vecino narra, cada noche, una historia. Así, lejos de tornarse aburrida o monótona, la lectura capta el interés desde un inicio y anima a continuar, como si en realidad estuviésemos escuchando las historias:

Cuando apenas tenía yo unos doce años, vivía en un pequeño poblado del centro norte de la antigua provincia de Las Villas, un misterioso lugar donde cualquier cosa podía suceder; desde la aparición de luces en las faldas de la loma, muertos escapados del cementerio, aullidos de extraños seres venidos del venero del río Sagua la Chica y hasta la aparición de un güije en la desembocadura del río Hayagán.

El libro se estructura en ocho pequeños capítulos, y cada uno narra un relato fantasioso y aterrador, típico de los pintorescos pueblos del campo cubano, donde la imaginación de sus habitantes se expande inusitadamente y es muy natural creer sin límites. Como dijera el propio Onelio: “Hay que creer en algo lindo, aunque no sea cierto”.

Las atmósferas peculiares de estos terroríficos cuentos son logradas al pulsar las cuerdas del suspenso, ralentizando el ritmo de la narración al describir el ambiente con certera habilidad, potenciando aquellas cualidades más propicias para los sorpresivos desenlaces.

Un día, cuando terminaron las clases, se fugaron y fueron hasta la barranca donde Pancho y su abuelita buscaban la madera. Si la loma era linda, más bello era el río: había peces, jicoteas y hasta un majá. Llegaron incluso hasta el Charco. Estaba un poco alejado del río. En tiempos de seca quedaba aislado, había una enorme roca, y debajo, como a unos tres metros, se encontraba el agua, quieta y negra que daba miedo.

Los títulos de las historias apuntan hacia el espeluznante tema central de cada una: “El Charco de la Vieja”, “El güije del Hayagán”, “La vieja Locarí”. En ellas están presentes los seres imaginarios que pueblan la fantasía de los lugareños: los famosos güijes; las apariciones de haitianos, indígenas y mujeres hermosas, fallecidas en la flor de su juventud; las prendas olvidadas y halladas en los cementerios; o hasta María Moñitos, el famoso personaje de la canción infantil cubana (en “El carretero del Charco Gonzalo”).

Es este un volumen ideal para disfrutar y entretener, fundamentalmente a los jóvenes, pero también para conocer sobre nuestras tradiciones campesinas y la historia nacional, como ocurre con “Al río Sagua la Chica le gusta el oro”, donde se argumenta el surgimiento de un mito, debido a la conquista y colonización de la zona por los españoles y los abusos cometidos contra los siboneyes del lugar, esclavizados por aquellos en los lavaderos de oro.

Agradable, instructiva y muy divertida lectura esta que agradecemos a Hermes Pérez Caso, escritor nacido en Villa Clara en 1937. Licenciado en Ciencias Sociales, ha publicado varios libros de cuentos infantiles.