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Los amores y desamores de Francisco Proaño

Lázaro Zamora Jo, 01 de febrero de 2011

Dos cadáveres son encontrados en las aguas heladas de una laguna recóndita. Un hombre y una mujer, con sus cuerpos entrelazados, imitando acaso a aquellos amantes adolescentes de Sumpa, inhumados diez mil años atrás en semejante abrazo. Entre las pertenencias del hombre, aparecen una fotografía borrosa y una brújula empotrada en un estuche de cuero con el nombre del propietario, gracias a lo cual la policía ha conseguido determinar su identidad. El veneno hallado en los cadáveres durante la autopsia, y la nota dejada presuntamente por uno de ellos, con el reclamo de no culpar a nadie, inducen a los investigadores a manejar la hipótesis del suicidio. Con estos hechos se inicia la historia que nos cuenta el escritor ecuatoriano Francisco Proaño en su fascinante novela Tratado del amor clandestino, Premio José María Arguedas 2010, la cual circula en estos días por las principales librerías del país.

Tal comienzo podría hacernos pensar en la típica intriga detectivesca, pero he aquí la primera engañifa del autor: tras un giro repentino, nos introduce en un prolijo recuento de aire proustiano, en el que el personaje que relata los hechos se empeña en reconstruir minuciosamente su pasado y el de toda la familia, mientras se dirige hacia el remoto paraje donde se refugió su padre antes de morir. Tras los brumosos recuerdos de la infancia, asociados a la deserción del padre, asistimos a un relato opresivo, a una historia de mujeres frustradas —las hermanas Lazari y su descendencia—, resentidas, neuróticas, víctimas de las convenciones de una sociedad machista y, quizás, también de sus propios demonios.

En la narración, se van alternando otras dos voces: la del padre, quien, desde las cartas escritas al hijo y nunca enviadas —excepto una—, le cuenta el motivo por el cual abandonó a la familia veinte años atrás y su apasionada relación extraconyugal con Isadora, la mujer que lo ha acompañado en su huida y lo seguirá también en la muerte. Pero, lejos de lo que el lector posiblemente espere —otra de las trampas del autor—, no se desplegará ante sus ojos la conocida historia de amor que nos ofrecen tantos y tantos libros a través de los siglos. La relación entre ambos se convierte pronto en un ritual iniciático que intenta trascender el amor mismo, en busca de la liberación definitiva del ser. Sobre esto nos habla la propia Isadora, en esos fragmentos de su cuaderno de bitácora que a ratos van asomando entre las cartas. Más que bitácora, que diario de un viaje, es, como afirma uno de los personajes, un cuaderno ceremonial en el que ella registra, detalladamente, cada uno de los rituales a los que se somete mientras peregrinan por África y Asia en su viaje de iniciación.

Tratado del amor clandestino es una novela sobre la búsqueda de la libertad esencial del ser humano, sobre la liberación de las ataduras que ciertas convenciones sociales y preceptos religiosos le imponen al individuo, en nombre de un sagrado orden que no ha elegido. En tal sentido, los personajes femeninos cumplen un papel preponderante. Son ellos las víctimas de esa tiranía, pero también quienes ayudan a perpetuarla, a excepción de Isadora, quien, tras haber roto con su despótico marido y su asfixiante vida provinciana, decide llevar su afán de libertad hasta las últimas consecuencias.
A propósito, son ellas también los personajes mejor trazados, con una caracterización esmerada, en tanto los masculinos aparecen un poco a la zaga, en ocasiones intencionalmente borrosos, incluso sin nombre, como es el caso de la figura del padre fallecido. Tal vez se enfatice así su brumosa existencia, el misterio que rodea las circunstancias de su muerte, avivado por las leyendas que el hijo va escuchando durante el viaje: historias sobre el tesoro de Rumiñahui y el aciago destino que enfrentan quienes osan lanzarse en su búsqueda, a través de parajes desolados.
La novela es una obra hermosa, conmovedora, escrita con un lenguaje deslumbrante de elevado vuelo lírico. Se trata, sin duda alguna, de una de las más notables novelas extranjeras publicadas por editoriales cubanas en los últimos años. Francisco Proaño (Ecuador, 1944) ha publicado, además, Poesías (1961) y los volúmenes de cuentos Historias de disecadores (1962), Oposición a la magia (1986) e Historias del país fingido (2003). Otros títulos de su obra novelística son Antiguas caras en el espejo (1984), Del otro lado de las cosas (1993), razón y el presagio (2003) y El sabor de la condena (2009).
 
 Fragmento de la novela Tratado del amor clandestino
 
Para mí, el tiempo de mi existencia se detiene y se reanuda, sin solución de continuidad, a las diez de una noche precisa, aunque no puedo determinar la fecha: veinte años son un lapso bastante largo y yo era un niño.
Lo recuerdo con exactitud. Estaba acostado en mi cuarto, leyendo. La lámpara sobre el velador proyectaba una luz oblicua que no alcanzaba a iluminar toda la habitación y el libro era la Historia Antigua, de Seignobos, Librería de la Vda. De Ch. Bouret, Paris-México, y la edición podía ser de 1902. Herencia de tu padre, me imagino. Yo, más que leer, miraba los preciosos grabados: viñetas de El libro de los muertos, una calle de Pompeya o una escena escolar donde, entre unas columnatas, un maestro de la antigüedad azota a su discípulo.
La puerta que daba al corredor estaba entreabierta, lo que me dejaba escuchar, en un rumor apagado, el desconocido trajín de mamá, en su propio cuarto, el de ustedes. De la enredadera del patio, o del floripondio, llegaba hasta mí un perfume espeso, envolvente. Rememoro incluso, en el fondo, las entrecortadas voces de una radio, con seguridad la radio de mamá, su vieja Grunding, en el velador, y podría apostar con certeza que se trataba de la radionovela de las diez. Es decir, todo parecía muy normal, dada la hora, pero lo parecía, nada más. Días antes se había producido el incidente del desván, yo estaba decidido a guardar el secreto y nada era ya realmente normal u ordinario, no podía serlo, era absurdo.
Entonces, algo llamó mi atención: el rumor, que había escuchado con claridad, de unos pasos acercándose a mi puerta. Casi ya en el umbral, se detuvieron. Alguien respiraba allí mismo, o jadeaba más bien, como si llegara hasta allí exhausto, o presa de angustia. La situación pudo prolongarse por un minuto o dos, pero no alcanzaba a ver nada: el círculo de luz de la lámpara solo abarcaba la mitad del cuarto y el resto se sumergía, de un modo gradual, en la penumbra. Yo, en cambio, sí podía ser visto, atisbado, ¿por quién? No lo supe nunca, aunque he tentado diversas explicaciones. Sin embargo, entre todas estas, hay una hipótesis que recién ahora parece cobrar verosimilitud, asidero. Lo que sí recuerdo es ese instante irreal: yo en mi lecho, expectante, y en algún lugar, casi en el vano de la puerta, esa presencia, esa respiración agitada. Puedo todavía revivir la multiplicidad de planos que enmarcan y singularizan el hecho: en el fondo, el ajetreo de mamá en su cuarto —escucho sus pasos, el ruido que hacen los cajones de la cómoda al cerrarlos o abrirlos—; en un plano intermedio, las voces de la radio urdiendo un nexo inasequible entre el hosco silencio de la casa y la difusa extensión de la ciudad; y en primer término, allí, en la puerta, los pasos de aquella no identificada presencia y, por encima de todo, ese agitarse, ese acezar doloroso, entrecortado, apremiante. Luego, por unos segundos, sólo el silencio. Un silencio absoluto. Y, al final, un nuevo rumor de pasos, esta vez rápidos, precipitados, como el toc-toc de un trompo de madera lanzado al piso con torpeza y que se aleja en la oscuridad, en la distancia indescifrable de la casa.
Me quedé quieto, perplejo, sin atreverme a verificar lo ocurrido. Al cabo de unos instantes, la puerta se abrió del todo y entró mamá. ¿Oíste unos pasos?, preguntó, y en aquel ámbito sonó confiable su voz, como si a su conjuro la realidad se hiciera presente de nuevo, entrando con todos sus esplendores a mi cuarto. No te preocupes, era yo, dijo, arropándome y apagando la lámpara, recomponiendo las cosas en sus límites conocidos o usuales. Había encendido la luz en el corredor, pero pronto cerró la puerta y la oscuridad se instaló, inflexible.
Días más tarde, sin embargo, ella misma confesaría casi despiadadamente la verdad:
–Oí unos pasos–dijo, como sobrecogida–, pero no había nada, ni nadie, sólo él, Miguel Ángel. Lo encontré acurrucado en la cama, los ojos bien abiertos, tuve que tranquilizarlo pues también los había escuchado. Es más, me contó que el alma se había detenido junto a la puerta respirando profundamente, como cansada…
–¿El alma? –preguntamos todos.
–El alma del señor Paz –aclaró resueltamente mamá–. El primer dueño de la casa. El que la construyó, mejor dicho. No es la única vez que esto ha sucedido.
El episodio quedó registrado entre otros muchos que, a partir de entonces y sin mayores contemplaciones, fueron atribuidos invariablemente al alma en pena del señor Paz. Con el tiempo, no obstante, determinados indicios me harían dudar de aquello. La fecha correspondiente a la noche en que presuntamente escuché esos pasos y esa respiración inexplicables, coincide extrañamente con la que, después, sería reconocida entre nosotros como la de tu desaparición. Esa coincidencia cobró para mí —único testigo cabal de lo sucedido u oído esa noche, único oyente— una dimensión mucho más inquietante que si hubiese sido de un orden ajeno a este mundo, como intenta hacernos creer la hipótesis de mamá. Contrariamente a esta, ¿fueron acaso tus pasos los que escuché junto a mi puerta? Lo que oí, ¿fue tu fatiga, tu dolor, el hálito angustiado de una despedida?
Quisiera haber seguido hasta hoy en la oscuridad en que me dejó mamá, acunado por ella. En contraste, la extraña luz de estas montañas se adivina hostil y estoy solo. Nadie transita en el cuarto contiguo. No hay, no existe ese cuarto. No hay pasos conocidos, ni el rumor familiar de la radionovela. Sólo el viento que ruge, su amenaza latente.
Y no habría venido, si no fuese porque alguien —¿fue un mensajero tuyo?— me hizo llegar, hoy hace tres meses, la primera de tus cartas, la única que alcanzaste a enviarme en el curso de todos estos años: las demás permanecen aquí, sobre esta mesa, bajo el ventanuco por el cual atisbo una vaga sucesión de colinas y un valle al fondo. Desde donde me encuentro, el valle y el río que lo forma descienden llenos de sosiego, iluminados por un sol infrecuente. Puedo atestiguar que todo ello es engañoso: parte de la ruta que me ha conducido hasta aquí cruza por aquellas quebradas, y ella es inhóspita, intrincada, abrupta. Allí la única realidad es el fango, la lluvia incesante, la niebla, la ceguedad, el miedo, el extravío, el desánimo. Quizás lo que miro no es cierto. Pronto lo real, es decir, su extrema hostilidad, su cerco implacable, llegarán hasta aquí, acosándome, persiguiéndome.