Los amores y desamores de Francisco Proaño
Dos cadáveres son encontrados en las aguas heladas de una laguna recóndita. Un hombre y una mujer, con sus cuerpos entrelazados, imitando acaso a aquellos amantes adolescentes de Sumpa, inhumados diez mil años atrás en semejante abrazo. Entre las pertenencias del hombre, aparecen una fotografía borrosa y una brújula empotrada en un estuche de cuero con el nombre del propietario, gracias a lo cual la policía ha conseguido determinar su identidad. El veneno hallado en los cadáveres durante la autopsia, y la nota dejada presuntamente por uno de ellos, con el reclamo de no culpar a nadie, inducen a los investigadores a manejar la hipótesis del suicidio. Con estos hechos se inicia la historia que nos cuenta el escritor ecuatoriano Francisco Proaño en su fascinante novela Tratado del amor clandestino, Premio José María Arguedas 2010, la cual circula en estos días por las principales librerías del país.
Tal comienzo podría hacernos pensar en la típica intriga detectivesca, pero he aquí la primera engañifa del autor: tras un giro repentino, nos introduce en un prolijo recuento de aire proustiano, en el que el personaje que relata los hechos se empeña en reconstruir minuciosamente su pasado y el de toda la familia, mientras se dirige hacia el remoto paraje donde se refugió su padre antes de morir. Tras los brumosos recuerdos de la infancia, asociados a la deserción del padre, asistimos a un relato opresivo, a una historia de mujeres frustradas —las hermanas Lazari y su descendencia—, resentidas, neuróticas, víctimas de las convenciones de una sociedad machista y, quizás, también de sus propios demonios.
En la narración, se van alternando otras dos voces: la del padre, quien, desde las cartas escritas al hijo y nunca enviadas —excepto una—, le cuenta el motivo por el cual abandonó a la familia veinte años atrás y su apasionada relación extraconyugal con Isadora, la mujer que lo ha acompañado en su huida y lo seguirá también en la muerte. Pero, lejos de lo que el lector posiblemente espere —otra de las trampas del autor—, no se desplegará ante sus ojos la conocida historia de amor que nos ofrecen tantos y tantos libros a través de los siglos. La relación entre ambos se convierte pronto en un ritual iniciático que intenta trascender el amor mismo, en busca de la liberación definitiva del ser. Sobre esto nos habla la propia Isadora, en esos fragmentos de su cuaderno de bitácora que a ratos van asomando entre las cartas. Más que bitácora, que diario de un viaje, es, como afirma uno de los personajes, un cuaderno ceremonial en el que ella registra, detalladamente, cada uno de los rituales a los que se somete mientras peregrinan por África y Asia en su viaje de iniciación.