El próximo disparate de Mildre Hernández
Con solo dar una ojeada a la colección Ala y Espuela, creada el pasado 2010 por la Editorial Oriente como soporte y cauce para la literatura dedicada a niños y adolescentes, notamos, amén de la belleza de los libros y el oficio demostrado en el género por los autores que integran su catálogo ―algunos de larga y reconocida trayectoria dentro del mismo―, la representatividad geográfica de estos, quienes viven y crean a todo lo largo y ancho del territorio nacional. Merecerían por igual la atención de lectores y críticos Mi chiringolo, de Reynaldo Álvarez, Una vieja redonda, de Ivette Vian, o Cucarachas al borde de un ataque de nervios, de Eldys Baratute, por mencionar algunos del conjunto que, sin duda, honra el presupuesto martiano de que la poesía ―la literatura―, además de su lirismo intrínseco, su insoslayable cometido de elevar el espíritu insuflándole la belleza de las imágenes que la palabra dibuja, debe hurgar en el ser humano, en sus conflictos individuales y sociales, influir en su mejoramiento como persona. Sin embargo, es el poemario El próximo disparate, de la villaclareña Mildre Hernández Barrios, el motivo de las reflexiones que intento llevar hoy a los lectores.
Prefiero esta vez exponer mis ideas sobre el libro comenzando por lo que siempre dejo para el final ―y muchas veces olvido―: la belleza de las ilustraciones del artista pinareño Alberto Díaz León. No dejarán impávido a ninguno de los potenciales lectores detenidos ante un anaquel de cualquier librería del país donde se exhiba, y terminarán por atraparlo si lo toma, husmea en su interior y, junto a la página vistosa, de colorido, luminosidad y expresividad singulares, se decide por fin a leer cualesquiera de las sesenta décimas, aparentemente disparatadas, que la autora ha incluido en este, su nuevo libro.
Lo primero que salta a la vista para quienes ya conocemos la obra de Mildre, es que estamos ante una suerte de compilación o antología personal de sus décimas para niños, pues, además de los poemas inéditos, 34 de las 52 composiciones ―algunas tienen más de una décima― que lo conforman provienen de Noticias de brujas (Abril, 2004), Días de hechizo (Sed de Belleza, 2006) y Cartas de un buzón enamorado (Abril, 2009). Sin embargo, esa diversidad de fuentes, que da idea de que su gestación pudo ocurrir en épocas distintas, no redunda en incoherencia o falta de unidad; el libro, por el contrario, ostenta, de principio a fin, elementos que garantizan dicha unidad, tales como el estilo coloquial al que casi obliga el hecho de utilizar los versos como vehículo para la epístola, en sus más diversas modalidades, preferentemente mensajes de amor y desamor que no excluyen la vía electrónica y su modo sucinto, a la cual se asocian términos relacionados con la tecnología digital que la autora muy bien aprovecha en favor de la diversión y el disparate con que se ha propuesto endulzar sus a veces no tan agradables mensajes. Esto, por otro lado, lleva a que en los poemas ―en muchos casos, narrativos― se utilice la segunda persona, con el consiguiente acercamiento al lector infantil, a quien resulta entonces más fácil ponerse en el lugar del destinatario de las “cartas” y apropiarse de la obra.
Aunque hay una evidente intención de hacer prevalecer la función lúdicra de la literatura para facilitar la interacción de los textos con su destinatario preferente, un lector medianamente avezado ―y no excluyo de esta categoría a los niños― se percata enseguida de que, tras estos escarceos con palabras y situaciones, se exponen aspectos de la realidad no siempre amables, y de que los conflictos de animales, plantas, cosas o abstracciones personificados con que la autora fabula pueden ser los de cualquiera de nosotros.
Ya desde la primera parte, “Ciertos cuentos”, lo que pudiera parecer mera aproximación a los cuentos tradicionales, con el fin de atraer a los niños a la lectura ―de aquellos o de sus propios textos―, se aprovecha por la autora ―quien no reproduce o describe, como tanto se ha hecho, a los clásicos, sino que los reinterpreta― para emitir, sin asomo de didactismo, valores esenciales como la solidaridad (“Voy a quedarme otro mes / pues no tiene quien la quiera” ―“Carta a Gepeto”―), la fidelidad (“Ese aturdido ratón / me quiso fea, arruinada. / Y estoy tan enamorada / que hasta su olor me trastoca. […] Soy casada, fiel, sensata…” ―“Confesión de una cucaracha”―) y, en ese mismo poema, la sencillez (“Mi moneda nacional / basta para mi cuevita” ―una alusión ¿tangencial? a uno de los problemas actuales de nuestro contexto).
En “Dentro de 7 burbujas”, segundo grupo de poemas, la décima se dinamiza valiéndose de artilugios verbales, breves frases explicativas o enfáticas, interjecciones; se escriben elementos habitualmente no gráficos como la palabra “firma”, por ejemplo, acompañando a esta al final de una carta; y se puede llegar casi al retruécano con los datos de una fecha convertidos en una especie de trabalenguas, todo lo cual agiliza la estrofa, la hace más divertida.
Todo ello se acentúa en la tercera parte del poemario: “__@.comversación”, donde a veces la autora apela francamente al diálogo ―todo el libro lo es, pero acá asume su estructura más tradicional―, como en los poemas “Primer interrogatorio“ y “Segundo interrogatorio“(pp. 61, 62), sabroso intercambio cuyo ritmo inicial, sin embargo, se resiente en el primer verso de ambas composiciones a causa de la métrica, algo que, por su fácil solución, no me atrevería a achacar a la autora, quien ha demostrado con creces su dominio de la espinela. En otros casos juega con los signos de puntuación, , en ocasiones sustituidos por sus nombres para completar estrofas o versos; y lo mismo sucede con las letras y signos del nuevo lenguaje de la informática, sus software y hardware, cuyas notaciones invaden desde hace un tiempo nuestra rancia lengua.
Sin embargo, Mildre no se limita a esto. Con el humor que caracteriza a todo el libro, algo más de ironía, tal vez, y su habitual ingenio, lo que comienza pareciéndose mucho a la sección precedente ―considero que podrían fundirse en una― termina por analizar, cuestionar nuestro universo intelectual, en especial, lo concerniente a la creación literaria, las publicaciones y los concursos, o las relaciones entre las entidades (autor, editor, jurado) de ese micromundo que a veces tendemos a magnificar.
En “Agencia literaria de orugas”, por ejemplo, alguien aconseja a una lombriz de tierra hacer lo que digan los editores con tal de publicar y vender. ¿Concesiones comerciales, o a políticas editoriales? “Escribe lo que les guste”, le dice sencillamente. Pero, poco antes, había sentenciado: “Las grandes presentaciones / son de bichos adulones / que entre ellos se hacen la guerra”. ¿Hastío?, ¿amargura?, ¿desencanto? Puede que algo más. En “Fe de rata”, poema donde resalta la función metalingüística, además de una crítica a la figura del editor, se acota lo magro de las ganancias que el autor recibe, la mayoría de las veces, por la publicación de su obra.
Estos últimos poemas podrían ir marcando un crescendo hacia el cierre de una parte segunda y final donde se incluirían los textos de “Dentro de 7 burbujas” y “__@.comversación”, pues, a la postre, elementos de la informática presentes o no ―no me parece que sean, de cualquier modo, tema de los textos―, las cartas de amor entre tojosa y rinoceronte o entre Polilla y Alcaldesa, de esta tercera sección, tienen el mismo cariz que las contenidas en la anterior, y todo el conjunto culminaría bien arriba con “Agencia literaria de orugas”. En cuanto a la décima “¿Presentación?”, bien funcionaría como eso, como presentación, pórtico, esplendente disparate para invitar a la lectura, y con ello el volumen ganaría en cohesión, asumiría una estructura más acertada.
Otros temas y problemáticas se aprecian esbozados ―o embozados― entre estos versos para niños, pero prefiero que los lectores indaguen, interpreten, me desmientan tal vez. Sí quiero resaltar la trilogía Polilla-Alcaldesa-Polilla, donde, valiéndose de un supuesto malentendido causado por el socorrido correo electrónico, se llama la atención de manera natural y jocosa sobre la libertad del individuo para elegir pareja.
Quien se asome en fin ―niño o adulto― a El próximo disparate, quedará con certeza prendado de su verso y su espíritu, de un modo de hacer singular: el estilo indiscutible con que Mildre Hernández ha venido cautivando en la última década, lo mismo que con sus narraciones, a los niños de Cuba y otras latitudes.