Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 6:47 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 326 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Todo el campo cubano en un libro

Carelsy Falcón, 07 de febrero de 2011

El imaginario popular ha llenado con cuentos de pinareños todo un dossier de historias donde el despiste y la distracción son las características que más adornan al habitante de esta zona occidental. Pinar del Río se caracteriza por muchas otras cosas de igual popularidad, como el maravilloso valle de Viñales y los mogotes típicos de la región. Pero entre quienes desandamos tras la literatura para niños, son también ya muy conocidos la poesía y los poetas que por Pinar habitan; no es casual que desde allí se realice uno de los eventos más prolíficos del país en cuanto a relación de autores, intercambio de experiencias y nacimiento de originales y gratificantes ideas dedicadas a esta literatura. Me refiero a Cuentos de Bahía Honda.

En uno de estos encuentros conocí a José Raúl Fraguela, pinareño de improbable parentela con aquel que olvidó la grúa dentro del teatro, pero sí muy cercano a toda la heredad de cantores y espinelistas del campo cubano. Fraguela comenzó su carrera literaria tardíamente, si es que para el acto creativo existe alguna edad, pero, como bien dice el refrán, no van lejos los de alante…, y él ya viene siendo un buen competidor si vemos sus libros publicados, de frecuente variedad temática: desde uno técnico, dirigido a la edición, o aquel de poemas donde se atreve a glosar a Martí, hasta una antología para regalarle a su coterránea Nersys Felipe todo lo que la crítica ha escrito sobre ella.

Pero su último libro, De mi patio al monte (Ed. Oriente, 2010), es para los niños, y si algún lector prejuiciado inicia un mutis por el foro —como se diría en buen castizo—, tengo que advertirle que son adivinanzas, y si detiene su evasión, le diría que los acertijos están versados en décimas y conforman un bestiario. Quizás con estos datos el lector me permita extenderme sin necesidad de decirle que, “aunque para niños”, Fraguela no ha acudido al simple y facilista recurso de la rima, el ritmo y la musicalidad, sino que ha optado nuevamente por el riesgo, al ir tras la tradición de aquellos bestiarios, a menudo ilustrados, donde era frecuente el uso de un simbolismo animal conformando pequeños libros que la religión cristiana llenó de unicornios y aves fénix como alegorías para la instrucción moral y religiosa y la inculcación de valores místicos sobre la vida en la tierra y en los cielos.

Sin embargo, el texto de Fraguela —que bien pudiera interpretarse como un regreso a estos orígenes— logra salir ileso ante el peligro de convertirse en un refrito de moralidades vacuas, pues su bestiario se pasea del patio al monte, que es lo mismo que decir que emana cubanía y, a la par, nostalgia por ese campo cubano que ya vamos perdiendo tras un ordenador. Otro hecho que marca la indudable distancia entre aquellos textos primigenios y el del pinareño es el mencionado modo en que conforma su poemario, a través de décimas. Con esta estructura estrófica va entretejiendo en sus versos toda la información del animal. Su mirada acuciosa se detiene en las esencias, en los detalles, a veces obviados por la cotidianidad o la marginación, de cuadrúpedos y alimañas; luego, como regalo de un inteligente oficio, nos los ofrece —metáforas mediante— convertidos en acertijos. Sus décimas se complejizan en la imagen metafórica; intenta la descripción no sólo físicamente, sino mostrando el rasgo peculiar, a veces no tan conocido, y ese es un mérito adicional de quien se atreve a hacer adivinanzas.

En estos acertijos hay toda una filosofía y una vivencia, el retrato realista se conjuga con la poesía lírica y la exposición didáctica, en ellos se trasluce el afán por comunicar sus ideas a todo tipo de destinatarios: para el niño, esa personita inquieta y autosuficiente, este libro será un reto a su imaginación: alborozado, gritará todo tipo de respuestas; para el adulto, esa persona pasiva y engreída, será un despertar de la nostalgia: después de la lectura de cada décima no se encontrará buscando la solución, se verá corriendo descalzo, chapoteando por los charcos, cazando insectos, huyendo del futuro castigo, pero será feliz, habrá vuelto a correr de su patio al monte. Sabia trastada del pinareño que, cuando hayamos vuelto, por fin, la última página, nos habrá obligado, no a dejar una grúa dentro de un teatro, sino todo el campo cubano dentro de un libro… para niños.

Enrique Pérez Díaz, 2019-12-03
Enrique Pérez Díaz, 2019-11-18
Alina Iglesias Regueyra, 2019-11-04