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Entrevista con Enrique Pérez Díaz

José Manuel Espino, 17 de febrero de 2011

La 20ª Feria Internacional del Libro, Cuba 2011, se dedica al ALBA, palabra de hermosísima resonancia pensando en la infancia de América. ¿Qué sorpresas aguardan al lector de la literatura para niños y jóvenes? ¿Cuál es el compromiso de Gente Nueva, como equipo, ante los desafíos de la contemporaneidad?

El compromiso es acercarse a los tiempos que corren. Trabajamos para muchos tipos de lectores y con variedad de libros. Hacer unos 90 cada año tiene bastantes riesgos, pero permite defender líneas muy diversas para públicos heterogéneos. Uno recibe muchas sorpresas con lo que publica. En ocasiones, el título que mejor se elaboró pasa sin pena ni gloria y la gente consagra al más inesperado. El lector adulto viene con una formación atávica y tradicional del gusto, en base a lo que leyó hace años en la infancia que recuerda subliminalmente. El niño, al no tener compromisos con nada, es más liberal y desprejuiciado. Claro, una editorial de 44 años sí que tiene un público que la sigue y para el cual no puede dejar de hacer hitos de su producción que han marcado historia, como El principito, de Antoine de Saint Exupéry, La Noche, de Excilia Saldaña, o Había una vez, de Herminio Almendros. Ahora, entre lo que se podría considerar sorpresas, cito el primer libro con La colmenita, el cual rescata al popular personaje de La Cucarachita Martina junto al que todos crecimos, o Vuelve la sombrilla amarilla, de Ivette Vian, o quizás Amiguitos vamos todos a cantar, donde Alicia Elizundia cuenta la historia de las canciones de Teresita Fernández. Tenemos minilibros con los clásicos; un libro de cómo doblar el papel para hacer origamis; la colecciones Veintiuno, con lo más novedoso de la narrativa contemporánea; Primavera, con novelas de amor; Ámbar, con relatos de fantasía o policiales; Aventuras…; dos troquelados con cuentos de Dora Alonso; obras sobre la historia de Cuba y sus figuras más trascendentes; libros ecológicos o de ciencia; uno para jugar ajedrez y colorear; una veintena de libros a todo color… En fin, son tantos que sí hay dónde escoger. Y nace un proyecto del Instituto Cubano del Libro: la colección Alba-Bicentenario, a la cual nos sumamos con cinco títulos muy valiosos, para varias edades.

En una entrevista que me hicieras para el libro El fuego sagrado ―los escritores para niños se confiesan―, de la editorial El mar y la montaña, me peguntabas qué libros salvaría de un naufragio; sin embargo, me gustaría conocer cuáles echarías por la borda, con la esperanza de que no reaparecieran nunca, jamás.

Obviamente no llevo esa lista en sentido negativo. Ya he decidido que no podría salvar tantos libros como amo, pues son infinitos. Me ocurre con los libros algo curioso: muchos los puedo recordar por siempre jamás, como le ocurría al bombero de Ray Bradbury, y otros se me borran al instante de leerlos. En cambio, seguro que por la borda arrojaría aquellos que subestiman el entendimiento, restan libertad al ser humano, pretenden ser lo que no son. Los libros que no nos hacen elevar las alas no merecen vivir; aunque, paradójicamente, también tienen sus lectores: hay seres que desdeñan el riesgoso y libre albedrío de las aves que sobrevuelan las cumbres y los abismos y se conforman con vivir, por siempre, en la aparente seguridad de un gallinero.

En realidad aún nos encontramos en la ronda por los 100 años de Dora Alonso. Como coordinador de la comisión nacional por el Centenario ―presidida por la destacadísima escritora Nersys Felipe―, seguramente podrás hacer apuntes valiosos sobre el jubileo de los autores para niños en toda la Isla. ¿Compartirías algunos de sus mejores destellos y, además, nos regalarías tu retrato personal de Doralina Pérez del Corcho?

Ese fue un trabajo hermoso: el Instituto siguió la propuesta de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC y de su presidenta Magali Sánchez, con la divisa de que esa comisión no pautara nada, sino que diera cauce a la iniciativa creadora de cuantos quisieran homenajear a nuestra querida Dora. Pinar del Río, con su escultura de alambrón de la Pájara Pinta ―que alguna vez reposará en el Valle de Viñales― y sus programaciones por más de tres meses; La Habana, con foros donde a Dora se le reconoció su trayectoria; Holguín, con un evento organizado por el Pedagógico; y Matanzas ―tu tierra y la suya―, con ese periplo geográfico de tres días por los predios en los que Dora soñó y creció; todos, hicieron revivir la idea martiana de que honrar honra, y cuantos rendimos tributo a Dora nos sentimos más que felices de cuanto se desplegó. En Gente Nueva pretendemos que la colección Homenaje ―en la cual se publicaron las cinco obras por su Centenario― no muera, sino que se abra a toda su producción: ya planeamos acometer, para el 2012, unos de los libros más trascendentes en la narrativa cubana según muchos críticos: Once caballos. Creo que las jornadas, exposiciones, encuentros en bibliotecas, la tarja donde estuvo su casa natal en Máximo Gómez (Recreo), la Cantata de Teatro de las Estaciones, la cancelación de un sello con su rostro y las cubiertas de sus libros, las obras publicadas de (y sobre) ella, devolvieron la imagen de una grande de nuestras letras, una mujer que amó y sufrió mucho y supo vivir con y para su tiempo. Dora es un ejemplo ante nosotros: para escribir mejor, primero hay que sentir, amar, sufrir por ello mismo y convivir con nuestras circunstancias, ser capaces de trascenderlas en la vida y el papel, como siempre hizo ella.

En un poema impar, Jorge Luis Borges penetra en la misteriosa relación del autor consigo mismo. ¿Cómo es la convivencia entre Enrique Perez Díaz, director de la casa editorial más importante del país dedicada a la escritura para los niños, y el otro Enrique Pérez Díaz, el promotor inquieto, antologador infatigable y escritor por excelencia?

Todos somos una y muchas personas. Hay un Enrique soñador, ilusionado, cuya mente vuela a parajes impensables que ni él mismo se confiesa. Hay otro que debe ocuparse de cuentas por cobrar o pagar, presupuestos, procesos de los libros, cronogramas que corren el riesgo de no cumplirse, materiales de construcción e inversionistas. Los dos se unen en una persona de casi 53 años, según muchos con apariencia de duende. Hay un Enrique alegre, jocoso, algo travieso. Otro, nostálgico y de aire cansado. Uno, suave y complaciente; otro, un poco borrascoso y rebelde. A ambos les gusta la justicia, cuidar de su tiempo y del ajeno ―el Tiempo es el más preciado bien de la especie―, y, sobre todo, tratar de entenderse con los demás. Ambos viven a la velocidad de la luz, despliegan muchas tareas a la vez y deben estar regresando de un lugar cuando aún no han ido a varios más. Siempre trato de que un Enrique no aniquile al otro. Somos seres muy sociales y aventureros estos dos Enriques, con mucho aire y fuego en sus velas que siempre miran más allá, mucho más allá del barco, del océano incluso…

Con la certeza de que escondes muchos libros debajo de la manga, quisiera que nuestro hasta luego fuese precisamente con algunos haikus de un poemario, "A-la–mar", que aún no ha salido a flote, pero aguardado ya con impaciencia por tus más cercanos admiradores.

De los libros escondidos no me gusta hablar, no por los concursos, que ya dejé atrás hace tiempo, sino porque creo que un libro no lo es hasta que no se publica. Los manuscritos, los originales, son solo eso; nuestras confesiones a la página en blanco. El libro es fruto de muchos y no solo del escritor. Lo entiendo así cada vez más. El manuscrito que mencionas nació en una circunstancia crítica de mi vida. Ha habido muchas crisis, pero esa fue efectivamente difícil y, sin embargo, arrojó tremenda paz e infinito amor sobre mi hogar y dejó esos versos que significan un diálogo infinito con el mar ―mi elemento natural, diría; más que la tierra. He estado reacio a publicarlo, todavía no sé bien por qué. Ahora mismo ando haciendo poemas en agendas, recibos, papelitos sueltos. Suelo ser muy cauteloso con la poesía porque en ella soy más yo que en la narrativa ―y bien sabes que mi narrativa tiene mucho de vivencial. En fin, por complacerte, me arriesgo a compartir dos de ellos. Uno es como una carta de presentación. El segundo, un posible epitafio, para cuando me aleje, espuma, viento, ola y sueño, hacia el mar...


Yo seré como el mar, uno y a la vez mil, amanecido
y ocaso, capaz del sueño, del amor y de la muerte.
Siempre igual y nunca el mismo. Eternidad e instante.

 Pasó un mar de tristezas sobre mí, mi vida entera y yo escribí, sin aliento,
con fatiga, escribí del mar y de mi vida. Y al partir fugaz cual una ola,
quedaron en cambio mis palabras siempre eternas, infinitas, como el mar.
 

Enrique Pérez Díaz, 2019-12-03
Enrique Pérez Díaz, 2019-11-18
Alina Iglesias Regueyra, 2019-11-04
José Manuel Espino, 2011-02-21
José Manuel Espino, 2011-02-20