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La explosión severa *

Marcel Lueiro Reyes, 01 de marzo de 2011

¿Cómo puede influir lo que somos en lo que se escribe? Big Bang, poemario publicado en 1974, sintetiza, dentro de la elipsis kepleriana que esboza en sus poco más de cien páginas, las recurrentes inquietudes de Severo Sarduy en torno a la poesía y lo barroco (acaso los signos explosivos de su propia vida).

Libro conceptual, o divertimento de espejos gongorianos, los poemas reunidos allí dejan ver con nitidez al Severo divertido y conceptual que nunca dejó de ser a lo largo de su obra como escritor.

Flamenco, Mood Índico, Big Bang y Otros poemas son los nombres de los cuatro capítulos en los que se divide el libro, los cuales, con excepción del que le da título al volumen, ya habían sido publicados con anterioridad, y aquí son reunidos en un mismo corpus de modo misterioso. Los cuatro inician desde sus nombres un concepto, un viaje, una manera de concebir el espacio y la poesía. Sintetizan en sí mismos el universo fragmentado que vuelve, tras un largo éxodo, a los orígenes de la explosión.

Como sus poemas, Severo no dejó de viajar desde su mismo nacimiento. Llegó al mundo prácticamente ahogado, como narra en su diario, allá en su Camagüey natal, y a partir de ahí su tránsito de sobreviviente no se detuvo hasta la tarde de su muerte en París, en 1993.

Nací, pues, ahogado. Una comadrona obesa y negra, Inés María, me sacó, la pobre como pudo: salí morado y con la boca abierta, como en ese cuadro de Munch, en un grito mudo.

Discípulo de Lezama, habanero antes que parisiense, lector de Editions du Seuil, amigo de Barthes y autor de novelas como Cobra o De dónde son los cantantes, Severo pudo, sin embargo, abundar su grito, discurrirlo a lo largo de una profusa existencia dedicada al arte (en especial, a la literatura y la pintura) y la reflexión en torno a este. Toda la vitalidad de ese grito se va desgranando a lo largo de su obra, en especial desde la poesía cubanísima de sus comienzos (que nunca dejó de hacer) hasta sus incursiones en el concretismo o la poesía visual, que expanden su círculo de influencias.

En ese sentido, Big Bang representa ese punto culminante de sedimentos en el que Severo parece encarnar de una vez la esencia misma del barroco, o en sus mismas palabras:

Más que la homología con la naturaleza, más que la imagen de la naturaleza, el mestizaje de las lenguas y de las pieles es la “artificialización” de donde nace el barroco sudamericano. La lengua española, en el sentido arquitectónico del término lengua, se mezcló con otras. De ello resultó una especie de patchwork, un nuevo barroco donde vez tras vez diversas culturas —indígenas, negras, coloniales— se mezclan bajo un cuarto signo: la desmesura del espacio, la fragilidad del ser humano ante una inmensidad donde parece destinado a desaparecer.

Como la naturaleza misma (que no descarta) y el mestizaje que la subvierte, Severo absorbe y adelanta, combina y subvierte, en pleno corazón de la cultura occidental (desde su Big Bang), el todo/la nada.

Primero: en Flamenco recurre a la representación barroca, a la puesta en escena que esplende de su lenguaje, emparentado (de tintos, podría decirse) con Góngora y los maestros del Siglo de Oro. Sin embargo, sería este un poemario más menos clasificable si Severo no jugara al concretismo visual, a redimensionar un espacio poblado de metáforas e imágenes que alude a la maleabilidad de la poesía, a sus posibilidades formales, y no sólo estéticas.

EL GANGES EN EL MAR
                ruinas de poliéster
   LA CORRIENTE ES INMÓVIL
                                         la cúpula es inflable
      LA RIVERA LA MISMA
                      estrellas de neón
          TODO ACTO ILUSORIO
                      Cordoba drug´s store
              CIRCULAR COMO EL TIEMPO
                    poster del Cordobés
                      DICE: “SOLO DIOS VENCE”

En Flamenco, cuyo nombre es ya una declaración, Severo explicita la anamorfosis como ángulo permanente de una mirada que alude la frontalidad y la complacencia del lenguaje, a la vez que perturba la visión en una búsqueda permanente de alegoría y ambigüedad, de lo complejo y misterioso de la vida. La anamorfosis, como dato de la perspectiva pictórica, obsesionó a Severo como se sabe, quien solía habitar lo barroco desde una perspectiva visual.

Sin embargo, la lectura de este libro trae más claridad de la que cabría esperar. Los espejos se tornan de una vez (Velázquez muestra lo pintado al reverso de Las Meninas), hacen reverencia, y prevalece la limpidez, la claridad de la piedra pulida bajo el agua turbia. Uno lee este poemario, y sin saber, salva la imagen barroca, instituye la belleza sobre el artificio y la síntesis como un acto de redención.

EL CORO chillón, el golpe de los bronces oxidados; arena empaña los vidrios.

Una mano se alza y entonces se oyen los sopranos, agua verde rodando
sobre latas, sobre metales cada vez más finos, entre cubos de cornetas
mohosas,
                hasta que el hilo estridente se pierde entre las manchas de musgo,
siguiendo una línea de puntos.

El siguiente cuaderno, Mood Indigo, es un paso más hacia el concretismo (el poema acotado/expandido en una hoja en blanco que hace las de universo abierto, único), pero esta vez como el pasajero que se apea de un Volkswagen en New York, vestido de jean, alpargatas, chaqueta chiapaneca, y que con una carpeta de poemas beat bajo el brazo entra a un club donde toca el saxo John Coltrane. Sus diez páginas están atiborradas de imágenes que recuerdan los contoneos del mundo beatnik con el jazz, esa verbalización extensa que persigue con la palabra el parafraseo, la inspiración divina de los metales de Charlie Parker o Miles Davis. El detalle es que Severo, precursor (recordar que estos poemas están perfectamente conectados epocalmente con la poesía Beat), abona Mood Indigo con su impronta barroca insular, lo cual da una perspectiva otra —anamorfosis mediante— a la experimentación al uso por la poesía estadounidense.

                                  con cascabeles roncos
                               con vidrios trizados
             con Cootie William a la trompeta
          y Duke al piano
       con la madera de las claves
    han dejado escrituras yorubas
las mordidas de los perros mudos

Habría que apuntar que Severo se decanta por la influencia del jazz de la old school, no así por el bebop que fuera para Allen Ginsberg la verdadera escuela armónica y melódica de su poesía, y a la postre de la estética beatnik. Prevalece quizás en la elección la conexión de Severo con los viejos soneros cubanos, la contraparte negra más tradicional que remeda una y otra vez en su música el legado africano. Antes de terminar, Severo intenta una especie de puzzle “jodedor” (otra de las múltiples condensaciones espaciales de la explosión inicial) que sitúa a esos mismos músicos en La Habana, en pleno goce de gerundios.

los dioses tomando una cristal bien fría durmiendo la siesta

El próximo paso, Big Bang, se adentra en otro experimento por los mismos cauces antes mencionados, aunque esta vez el riesgo es mayor: imbricación de la ciencia y la poesía (como las elucubraciones de un demiurgo premoderno). Severo combina pasajes estrictamente “científicos” sobre la gran explosión con versos marcadamente autobiográficos, en un espacio de contrastes. El poeta juega humildemente a Dios, y Dios juega a maravillarse con la ciencia desde una objetividad “poética”:

Las enanas blancas se caracterizan por tener una débil luminosidad y un radio muy pequeño; el radio, en realidad, es comparable al de uno de los mayores planetas, Saturno. A causa de ese radio tan pequeño, la densidad a que se aglomera la materia en el interior de una enana blanca es extremadamente elevada, tan elevada que no puede compararse a nada conocido sobre la Tierra. Una enana blanca célebre es Pup, el compañero de Sirius. La materia en su centro es tan densa que una simple caja de fósforos pesaría varias toneladas. Es evidente que las enanas blancas son estrellas que han alcanzado el final de su evolución.

Cada uno de los versos de Big Bang parece contextualizar un diálogo sobre los enigmas abiertos de la ciencia. Eso desde la multiculturalidad del viajero (maestro astrónomo) que ha traído de sus aventuras acaso una respuesta vaga sobre su propia mortalidad. Y es ahí, en medio de ese espacio, donde aparece con mayor nitidez el erotismo como fuente capaz de superarlo todo, incluso la inmensa soledad que acoge el vacío. Para Severo, los enigmas discurren como fragmentos del cuerpo o como las historias que los animan durante los instantes ínfimos del placer. Una realidad: se hace lo erótico desde la sutileza. Y a lo largo de Big Bang, se concatenan el cuerpo y su memoria, el universo y la palabra en el sentido único del erotismo, como el vapor y los gemidos que pueblan el espacio en un baño de Tánger o Estambul.

Tras el misticismo de la analogía, Severo cierra el concepto, anamorforiza el sendero bifurcado. En "Arecibo", artículo recogido en una de sus antologías póstumas, describe sus impresiones sobre el observatorio radiorradar más grande del mundo, para luego decir:

Eso es también Arecibo, ondas que llegan para darnos una imagen, más aún que del espacio, de las distintas maquetas de los universos posibles, del tiempo, de sus cortes y repliegues o de sus múltiples densidades.

Revelador que el demiurgo pase luego, una vez más, al cubaneo. Lo que sigue, Otros poemas, es la diversidad, acaso la síncopa de los anteriores poemarios, el “mejunje” que culmina el viaje (elipsis) para pronto volver a comenzar. Otra vez el poema minimalista, el desborde barroco, la faz erótica, el trazo concreto, la concepción pictórica (Franz Kline sucede a Velázquez), junto a la décima, los soneros, el verso libre y la remembranza de la tierra natal.

Tu nombre, Elegua,
para abrir, para
cerrar la puerta.
La puerta:
esplenden las ofrendas, oro,
espacio ardiente.

Severo intenta calmar desde lo poético su inexistencia de la isla; fulgura la experiencia oblicua de Lezama para encontrarse con el maestro en un punto medio, allí donde los números prefiguran el vacío. Lezama esparce sus azules volutas de tabaco, mientras el discípulo gravita sobre su epicentro (calle Trocadero) y se cruzan las fronteras invisibles entre el Oriente y Occidente de nuestro ser. Otros poemas son el último intento —antes de detenernos a mirar el conjunto de escombros cósmicos que ha quedado de la explosión— por sintetizar desde la diversidad formal su visión diversa y misteriosa de la poesía.

Lo último: el viaje.

En sus maletas, Big Bang despliega un terreno de conciliación entre la enjundia y la síntesis, como entre el día y la noche, o como entre el bosque implosivo del barroco y el desierto no menos irradiante del concretismo (¿acaso no pudieran ser lo mismo?). Severo juega a los extremos y su división interna, marcadamente inter/cultural, corrige al extremo su propia visión de la anamorfosis. La multiplica e inunda de ángulos. O como él mismo dice: «escribo para constituir una imagen, palabra que, ante todo, debe interpretarse en el sentido plástico y visual del término, y, a continuación, en otro sentido que a mí me resulta más difícil definir: algo en que uno mismo se reconoce, que en cierto modo nos refleja, que al mismo tiempo se nos escapa y nos mira desde una oscura afinidad».

* Artículo ganador del Concurso X Aniversario de Cubaliteraria.

Leonardo Depestre Catony, 2019-11-10
Leonardo Depestre Catony, 2019-10-16