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Otro aporte de la Editorial Oriente: Huellas olvidadas del cine cubano

Luciano Castillo, 04 de marzo de 2011

Quien no haya viajado a Camagüey a lo largo de los diecisiete años transcurridos desde su primera edición, celebrada en 1993, no puede imaginar siquiera la atmósfera que suscita en la población de la ciudad principeña el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Evento sin precedentes ni sucedáneos, por más que infructuosamente en Colombia trataron de reproducir su concepción, este espacio cultural único de su tipo en el país, adquiere las proporciones de un auténtico y resonante acontecimiento. Desde entonces, esos días de marzo devienen una fiesta cinematográfica abarcadora no solo de una atractiva programación en las salas de exhibición en 35mm y video —muchas veces con filmes de estreno absoluto en el país—, sino que a veces hasta en espacios abiertos han proyectado títulos en 16mm, además de aperturas de exposiciones y presentaciones de libros y revistas. No existe un cineasta, crítico, técnico o intérprete de nuestro cine que no quiera repetir la experiencia enriquecedora que significa asistir a las sesiones teóricas efectuadas.

Convocado en un inicio por el Centro Provincial del Cine de Camagüey, en un esfuerzo al cual luego se sumaron el ICAIC, la Escuela Internacional de Cine y Televisión, el Ministerio de Cultura, el Sectorial Provincial de Cultura de Camagüey y la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica —cuyo surgimiento debe no poco al impulso agramontino—, el Taller de la Crítica Cinematográfica (que no requiere la especificación de Nacional) ha contado con varias compilaciones de los textos presentados y debatidos. Gracias al aporte decisivo de Rafael Acosta de Arriba en la etapa que dirigía el Centro de Información Cinematográfica del ICAIC, vieron la luz en modestos folletos impresos en el Dpto. de Publicación y Conservación de la Biblioteca Nacional «José Martí» las memorias de las dos primeras convocatorias.

Del tercero al séptimo no se logró la publicación hasta que en el 2000 la Editorial Ácana publicó La ciudad simbólica, compilación por el crítico, historiador e investigador Juan Antonio García, principal gestor del Taller, de las incidencias de la octava edición del evento, seguidas por Regreso a la ciudad simbólica (2002), referidos al noveno y La dictadura de los críticos (2002), memorias de la décima cita y recuento obligatorio de toda una década de incuestionables logros. Con posterioridad la misma entidad editó Diez años que estremecieron la crítica, imprescindible título de referencia de Armando Pérez Padrón en su afán por «historiar la historia de los talleres de crítica cinematográfica desde una visión atinadamente cultorológica», según la Dra. Olga García Yero, quien junto al Dr. Luis Álvarez Álvarez, cinéfilos desde siempre, fueron pronto conquistados por estos paréntesis para la reflexión y han contribuido a la disposición de sus sesiones consagradas a la teoría sobre temas disímiles tanto del cine contemporáneo como de la historia del cine cubano de todos los tiempos.

La Editorial Oriente recibió el premio Cinema otorgado en Camagüey por constituir durante mucho tiempo la única del país que concediera un especial lugar en su catálogo a los libros sobre cine, ante la prolongada inercia de Ediciones ICAIC, felizmente revitalizada, y el desinterés del resto. Baste reiterar la merecidísima repercusión obtenida por dos de los libros más recientes propuestos desde Castillo Duany No. 356 sobre esta temática: Otras maneras de pensar el cine cubano, de Juan Antonio García, y Cine cubano: ese ojo que nos ve, de Reynaldo González, laureados con el Premio de la Crítica Literaria al cierre del 2010.

Ahora acaba de presentar en la 20a Feria Internacional del Libro en su colección «Diálogo» el título Huellas olvidadas del cine cubano, compilación por Armando Pérez Padrón, otro de los máximos promotores de esta reunión anual, de las Memorias del XV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Entre los días 13 y 18 de marzo de 2007 la Oficina del Historiador de Camagüey brindó todo su calor a los festejos en torno al 110 aniversario de la primera exhibición pública del Cinematógrafo Lumière en Cuba, el centenario del natalicio de Ernesto Caparrós, uno de los pioneros del cine nacional y las siete décadas transcurridas desde que este realizara La serpiente roja (1937), el primer largometraje sonoro de producción criolla.

Con la edición de Lina González Madlum, el volumen reúne el conjunto de ponencias mostradas en aquellas memorables mañanas que todos habrían deseado que se prolongaran por el interés de los asuntos. Fueron nutridos con las gozosas intervenciones de algunos protagonistas en el devenir del cine criollo, entre ellos el legendario escenógrafo y técnico en efectos especiales Roberto Miqueli. Los títulos de los textos expuestos ilustran la diversidad de enfoques acerca de la producción fílmica del período pre-revolucionario por una legión de soñadores, como los calificara Arturo Agramonte, su desaparecido historiador y testigo de primera fila. Ese cine tan nuestro fue preterido y forzosamente relegado por la discutible política impuesta por Alfredo Guevara desde la constitución del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) el 24 de marzo de 1959. Partir de cero, borrar todo el cine precedente, cerrar las puertas a los pioneros deseosos de brindar tantos años de experiencias a los noveles sucesores y formar a los técnicos del nuevo cine sin solicitar nada a cambio, provocó la pérdida irreparable de incontables películas por no interesar su preservación para las generaciones venideras y con ese celuloide condenado al síndrome del vinagre y luego al basurero, desaparecieron para siempre incontables imágenes que registraban a no pocas figuras de nuestro quehacer cultural.

La herencia de esos «adelantados del cine cubano» —título original de este libro que habría preferido al actual por subrayar la condición de esos predecesores— fue abordada en cinco ponencias: «Algunas provocaciones en torno al cine cubano: Nacionalidad, nacionalismo y cubanía», de Juan Antonio García Borrero fiel a su espíritu iconoclasta; «Picturesque!: La filmación de películas norteamericanas en el período silente», reveladora contribución del riguroso estudioso francés Emmanuel Vincenot, invitado especial del Taller, quien iluminó una zona desconocida; «Los actores del cine cubano prerrevolucionario», mirada panorámica por el veterano Mario Naito de tantos intérpretes animadores de esa etapa; «Pagar la entrada con Chan Li Po», preciosista acercamiento por el ensayista y crítico Reynaldo González a la génesis de la serie radial concebida por el santiaguero Félix B. Caignet que originó la primera película sonora cubana, y «Cine e Iglesia católica en Cuba (1934-1950)», exhaustiva aproximación por el no menos cuidadoso investigador Alberto Ramos a otra vertiente apenas entrevista de los vínculos entre esa institución y el séptimo arte en la isla.

Las transcripciones de las mesas redondas desarrolladas en estos intensos días terminan por conformar esta desde ya ineludible publicación de Editorial Oriente: «Vida y obra de Ernesto Caparrós», «Adaptaciones literarias en el cine cubano» y «Las llamadas coproducciones en nuestro cine». Sus participantes dialogan, discrepan o tributan sus disímiles miradas y puntos de vista alrededor de esos puntos de partida que en el caso de las versiones fílmicas de obras de la literatura o las coproducciones ameritan mayor dedicación en venideras ediciones de ese fructífero espacio.

Huellas olvidadas del cine cubano provoca innumerables preguntas sin adelantar respuestas al lector. Recorrer sus páginas es rememorar a esos adelantados que cámara en mano, muchas veces sin un centavo en el bolsillo y la incertidumbre en cuanto al destino de lo que filmaban, nos legaron todo un caudal de imágenes que integran el patrimonio cultural cubano de igual modo que un poema de Guillén, una obra plástica de Amelia Peláez, una canción de Lecuona o una pieza bufa de Villoch, tan presentes en ese cine que nadie puede ignorar.