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Con dos que se quieran, basta

Eldys Baratute, 06 de marzo de 2011

Imagino que, después de conquistar tres de los premios más importantes del país —La Edad de Oro, La Rosa Blanca, y el tan codiciado Premio de la Crítica— con su libro Cuentos del buen y el mal amor (Gente Nueva, 2008, 2010), Nelson Simón ya esté etiquetado como un escritor dedicado en cuerpo y alma a las historias del corazón, tanto a las reales como a las de ficción, que casi siempre toman de patrón a las primeras. Será por eso que el amor, como si fuera un personaje kafkiano, adquiere cuerpo y se convierte en el protagonista del tríptico que, bajo el título de Cajita para dos, presentara Ediciones La Luz, uno de los cinco sellos editoriales de la Asociación Hermanos Saíz.

Como todos los buenos libros, este tendrá varios grupos de lectores, mas con el pretexto de no hacer demasiado extensas mis palabras, prefiero detenerme en solo dos de ellos. El primero incluye a aquellos que disfrutarán de estas páginas mientras, sentados en una comadrita en el portal de sus casas, se recrean con una taza de té recordando un amor de días, meses o años atrás, a la vez que se deleitan con las imágenes y el diseño de la joven holguinera Tahimí Ocampo. Si tuviera que escoger, me quedaría con este agradable grupo al que denominaré “el de los lectores”, lectores a secas. Pero como en la vida uno no tiene todo lo que desea, me ha tocado integrar la nómina del segundo grupo, el de los lectores compulsivos, en el cual se encuentran quienes, después de hacer todo lo que hace el primero —me refiero a la comadrita, al té, a la añoranza por los amores antiguos y al disfrute de las ilustraciones—, intentan descifrar todos los códigos que esconde esta Cajita para dos.

Ya desde el título, Nelson Simón nos ubica en lo que podemos encontrar en las historias. El dos, por aquello del ying y el yang, es el número del equilibrio y, a la vez, representa la lucha de contrarios; simboliza, además, la concepción —excepto Jesucristo, todos los demás seres del planeta han nacido de dos personas: una padre y una madre—, pero, sobre todo, el dos es el número del amor, del amor verdadero, ese que mueve montañas, provoca guerras, suicidios y enfrentamientos. Para que exista, tiene que haber un otro, ese que, contigo, conforma la pareja. La cajita alude a un espacio pequeño; nunca estuvo mejor usado el diminutivo: en él, sólo estas dos personas tienen cabida.

Comenzar el cuaderno con el texto “Valentina y Valentín” es uno de sus mayores aciertos. En este caso no hablamos de los besos de los niños debajo de la cama, de la pasión sin frenos de los adolescentes o del amor que se construye con lo cotidiano del hogar, la familia, la costumbre. ¿Existe el amor en la tercera edad, ese que aparece cuando ya nos hemos casado una y otra vez, cuando quizás hayamos perdido al padre o a la madre de nuestros hijos, cuando los nietos te exigen todo tu tiempo? Esa es la pregunta que nos hace el autor; pregunta que es, a la vez, una invitación para que cada quien construya su historia, pues sólo nos acerca a los aislamientos de estas dos personas: Valentina y Valentín, ambos con sus casas grises amuralladas, con toda la corrosión que provoca la soledad. Cada uno vive en un extremo de la ciudad, sin sospechar que sus dos soledades podrían unirse. Y aclaro: podrían, porque esa es la oportunidad que le darán o no los lectores. El autor sólo los lleva a conocerse, a saber que en la tercera edad también existe EL OTRO.

“Pietro y Carmina”, la segunda de las historias, esboza otra de las aristas del amor: la pasión desenfrenada, sin límites, al estilo shakesperiano. Pietro está locamente enamorado de Carmina y hará lo que sea para conquistarla, aunque ella no se fije en él y prefiera a sus compañeros de aula con más swing. Es importante detenerse en la realidad familiar de la protagonista: “(…) La madre de Carmina es cantante y siempre anda de gira o hablando por la televisión (…) del padre oyó decir que no lo conocía porque era un chino de China (…) Carmina siempre ha vivido con sus abuelos, quizás por eso es tan consentida y vanidosa (…)”. Esta es una advertencia sobre la necesidad de los padres para la formación de los adolescentes. Sin embargo, a pesar de lo superficial que es la niña, al final del cuento se nos muestra sensible y hasta arrepentida, lo que evidencia, una vez más, lo matizadas que pueden ser las conductas humanas.

Estas dos historias tienen, además, motivos que las emparientan. Primero, la presencia constante de las plantas —helechos, culantrillos, begonias, margaritas y buganvillas—, adornando cada escena; luego, ambas están precedidas por citas de poetas españoles —Joan Manuel Serrat también lo es—, lo cual nos avisa que son herederas del estilo poético de la generación lorquiana, y de ahí lo justificado de las plantas.

Por el contrario, “Lilo y Nanana” es, de los tres, el cuento cubano; el de las calles empedradas, la negra, los buñuelos, el trovador, los orishas. Es el cuento donde el autor grita a voz de cuello que es cubano y pinareño. Si esta historia hubiera sido escrita en el siglo XIX, muy bien podría estar firmada por Cirilo Villaverde. De él heredó el caminar de Nanana, su sonrisa pícara y hasta su pregón. Si a esta herencia le sumamos los temas de Miguel Matamoros y otros exponentes de la música tradicional, entonces se convierte en un exponente de nuestra identidad. Además, es el cuento de la eternidad, del amor más allá de todo, de la felicidad y la constancia: “(…) Una noche, el trovador ya no pudo cantarle, era como si la voz se le hubiera ido quedando en el camino (…) Entonces ella cantó. Nanana cantó bajito, y sólo para Lilo, las canciones que él fue ofreciéndole durante toda la vida (…)”.

Sin dudas, estamos frente al que se convertirá en un libro de cabecera para muchos. Si, con Silvio Rodríguez, coincidimos en que “sólo el amor engendra la maravilla”, entonces hoy estamos acompañando, en sus primeros pasos, a una de las maravillas de la literatura infanto-juvenil cubana.