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Extramuros acierta con La ciudad y el loco

Racso Pérez Morejón, 07 de marzo de 2011

Con el tentador título de La ciudad y el loco (Ediciones Extramuros, La Habana, 2010) y el desvelo editorial de Dulce María Sotolongo, la ilustración de cubierta y las portadillas de Luís Lamothe; su autor, Nelson Gudín Benitez (Granma, 1966), nos devela un poemario  impar.

Setenta y cuatro cuartillas puntean una poética de extremada alineación factual, permiten inventarnos un itinerario a golpe de contundencias que el prístino silencio labra en la voz del poeta que se libera de las restricciones metódicas para ceñirse a lo perentorio, como pre-misa donde enmarca las circunstancias, el cohabitar con lo inasible de algún tiempo trágico y convulso, deletreado casi con expresión sincrónica.

La ciudad y el loco y el poeta se simplifican, es decir, se redimensionan en un contexto en el que se entretejen resonancias de desatino singular por la palabra, sus altas paredes y magnos sigilos, dentro de la obvia arquitectura de  poemas que experimentan -más bien ensayan- a construir un andamiaje muy cercano a lo que de crónica coexiste dentro de las imágenes que dan temperatura a un discurso dinámico entretejido con el verso libre, la décima y el soneto. Los cuarenta y cuatro poemas que nos propone Nelson, diseñador mecánico, actor y guionista —perfecciones, más que profesiones— permiten abrir la ventana encontrar una ciudad que desconoces y mostrárnosla cual “centinela” desde  la osadía con que nos propone vivirla.

Así queda la infancia, la música, un parque, la libertad, la última voluntad de un desaparecido, una despedida, el teatro de nuestra realidad, el mar, el silencio, el exiliado, —y el in ciliado—, y el resto de las posibles conjeturas con que el poeta en su diálogo nos propone ¿una dicotomía? [...] ¿alguna transgresión?  de la urbe y el ido, la albura de su mirada en el majestuoso convite con que pulsamos la atmósfera sugerente de su lirismo.

Quiero dejar constancia de lo funcional del diálogo literal que ensilla con el poeta Alexander Besú: ciertamente La eternidad no es una conjetura viene a condensar La ciudad…con sus diez poemas; zona con la cual más me identifico en todos los ámbitos, pues dentro de la ciudad, crecen estos poemas nacidos a dueto, me hacen saber con certeza que mienten como todo buen poeta y ya no son más un ser fugaz, fantasmagórico.

La intensidad anida en La ciudad y el loco, oficio versus palabra se identifica hedónicamente y la existencia en sus versos de ángeles de agua nos permite asirnos a su poesía como a un espacio vital para asombrar a la mismísima utopía.

Nelson  nos deja un margen para los quebrados sitios donde la ciudad  y el loco se amparan en sortilegios para significar(nos) que la eternidad no es una conjetura, ni la perspectiva de una enjuta existencia, sino como todo verso que se respete, apuntes del caminante que se descubre en el otro, enseña el pecho, se desborda en un ser trepidante que conoce los espacios en blanco, que puede acorralar los muros de sus estrofas con la urgencia atemperante con que la poesía es trampa y refugio, cincel y madera.

Sabe Nelson  que la ciudad y el loco son asuntos y evocaciones pendientes de dilucidar, menos  trances y premuras  por resolver, poemario que transita formalmente por monólogos, diálogos, reflexiones (in-flexiones),  de la realidad, sencillos poemas profundos y esperanzadores:

Un día llegará la vergüenza […]
Los ojos pueden no estar donde se supone […]
Entonces,
Un marcado azul abriendo la maleza
Por donde definitivamente
sobrevendrá el otoño.

Creo que –“definitivamente”- más que inventarse Nelson Gudín ha encontrado una ciudad donde guardar [sus] los sueños, aunque nos deba dos conciertos, una ciudad para mi [su] muerte, una ilusión…