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Yo escribo como lector. Entrevista a Noël Castillo

Julio Mitjans, 04 de marzo de 2011

Si llegamos a Santa Clara, y preguntamos por algún escritor de seguro, entre sus palabras se escurrirá un nombre: Noël Castillo, el mismo que siempre está al borde, en medio de las esencias, el que, a su decir, no acepta sorpresas y sin embargo nos sorprende en cada entrega, ese hombre de la literatura cubana, que vive alejado de todos y en el mundo, sus respuestas  y mis preguntas no persiguen más que acercarnos a un esbozo de lo que pudiera ser un rostro literario.  

Tu irrupción en la vida literaria fue por todo lo alto, el cuento “Dónde estará Celeste Kindelán”,  fue antologado en cuanto muestrario de cuentística finisecular cubana se confeccionó en el tormentoso fin del siglo veinte. En lo formal, eres un empedernido desvelado;  pero la condición humana de tus personajes, sus historias, están en ese registro donde lo humano se devela como vigía de sus derroteros. ¿Pudiera Noël Castillo, contarnos como ha aprovechado esos recursos expresivos, cómo los hace vehículos de la condición humana? 

Ante todo: no soy un «empedernido desvelado» desde el punto de vista formal. Siempre me he considerado algo chapucero, en toda variante creativa, por mi intempestividad y por mi modus operandi. Precisamente por eso, cuando voy a vaciar el contenido este debe estar ya a punto, en el tono que procede, con las aspiraciones que le competen, sin estridencias ni extrema voluntad formal; quizás ello de una tónica humana, casi orgánica y redunde en la impresión de humanismo que te merecen esos personajes. No escribo –en narrativa– tramas, no entretejo conflictos, no ordeno estructuras. Fluyen porque brotan de un estado catártico, para apañar a los personajes. Hablo de los personajes, los pongo a vivir absurdamente, pero no urdo para ellos envolturas. Existe un conjunto de recursos expresivos que los apuntalan, claro, pero no son pensados... sería muy aburrido para mí.   

Tu labor, más allá de la soledad del creador, también ha tenido soledades más benignas, has antologado poetisas, mujeres que para muchos no existían, escritoras que hoy reconocemos también gracias a tu lectura del cuerpo literario cubano.  ¿Para que una antología te resulte interesante qué debe sustentarla? 

El solo hecho de aunar voces distintas, como si se tratase de una colmena, ya es suficiente para motivarme. Me gustan mucho la polifonía, los choques chisporroteantes de estilos, las oposiciones estéticas; me emociona ver a los artistas unidos por extraños lazos que habitualmente no los sustentan (lo mismo me ocurre con los dúos ocasionales en la música... siempre recuerdo a Omara Portuondo y Miguel Ángel Céspedes o a Elton John y Kiki Dead). Eso, repito, es ya suficiente. Cierto es también que ese simple deseo exotista no basta. Las antologías de las que he participado estaban marcadas también por la necesidad, por lo utilitario.  

Tu labor al frente del Taller Literario de la Casa de Cultura Juan Marinello en Santa Clara, a decir de muchos, le salvó la campana a la antología Cuerpo, sobre cuerpo, sobre cuerpo. ¿Qué importancia tiene el Taller Literario como núcleo en el que confluyen intereses tan diversos como pueden ser el avisoramiento de caminos estéticos que en un futuro serán obra o no?    
 
Su importancia es real, su necesidad también. Nunca dejará de existir el taller literario, en cualquiera de sus variantes: oficial, underground, dirigido, espontáneo. Los textos –imperfectos siempre –, como humanos que somos, así lo ameritan; el creador –supuestamente humilde como todo el que intenta adivinar–, también. Las crisis que han asaetado su condición oficial se suceden cíclicamente, tienen mucho que ver con la imagen del creador, con la decadencia vivencial o con cuestiones organizativas y falta de talento para nuclear. Pero no se ha dejado de trabajar en esos hijos imperfectos de los más imperfectos: los escritores. Siempre se ha dado taller.    
 
La poesía es una condición para ti, en varias ocasiones te he escuchado decir: no estoy poeta. ¿Tiene esto que ver con la violencia cotidiana o con cierta sensibilidad imprescindible para el poeta, cierto reconocimiento íntimo que devela este doloso florecer del alma o son los fantasmas de la historia literaria que acosan y no cesan? 

Mi condición poética, mi status lírico (hoy realmente ausente del todo) no ha tenido que ver con el entorno social ni con autoprotecciones. Cuando creí necesario poner a prueba mi sentido traslaticio de las emociones, lo hice. Cuando debí callarme, también. Pero la poesía está en mí, de eso estoy seguro. He leído la poesía desde ese estado intermedio y esa condición supratemporal que le da cuerpo. No participo de la plasmación de este meollo en palabras pero sí de su alimento raigal. No me acosan fantasmas, ni antecesores, ni sucesores. Respeto, disiento, me veo reflejado o no. No tengo deudas porque no pedí prestado... tampoco di mucho desde el punto de vista conceptual. Eso te hace poco peligroso y te permite estar tranquilo. Pero eso, también, impide que me pasen gato por liebre.  
 
Esta pregunta se la he hecho a dos escritores más, fue pensada para ti ¿Por qué la literatura para niños y jóvenes, por la infancia vivida, por el género o por la necesidad de dialogar con un lector más sincero,  menos contaminado?  

Primero debo aclarar que solo he escrito dos textos «para niños». No creo que ello me otorgue suficiente jerarquía para determinar líneas o sentar métodos o explicar siquiera causales. Pero los textos están, han sido premiados o avalados por la comunidad interpretativa... y debo responder. Supongo que esta elección, entre las tantas de mi vida, se haya debido al estro, a mi condición y forma de ser, de ver las cosas y a la voluntad de un estilo lúdrico. No pienso nunca en el lector cuando escribo, porque yo escribo como lector, yo plasmo lo que me gustaría leer... como soy un lector tan sincero, tan niño si se quiere, por ahí podría venir la cosa. No lo he hecho por facilismo, por ligereza o por un filón mediático.  

Una buena décima, un estremecedor libro de poesía, una historia sin previo aviso, así como es el amor, qué te merecen en tu opinión.   

Una décima, una estrofa cualquiera, me remite al sentido prístino de la poesía, a su tensión emotiva, a su estado per se. Lo mismo me ocurre con un poemario, con un poema o con tres versos. Todos los días bajan volando a mis labios versos que leí, recuerdo poemas enteros mientras orino o gasto mis sandalias contra el asfalto. Son vida pues, son la cotidianidad, me alimentan. Las historias sin previo aviso me desequilibran. He debido apelar, por mi carácter y emotividades extremas, a una organización mental que no admite las sorpresas. «De amor no hablemos –como dirían Clara y Mario –, no viene al caso». Fíjate que de él se nutrió en un 80 % mi poesía cuando la escribía. Si ya no escribo poesía, entonces... es evidente. El rey ha muerto; viva el rey.