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Maltrato Infantil y  literatura: Dos expresiones de lo familiar desde el enfoque de género

María Antonia Miranda González, 31 de marzo de 2011

Mi sagrada familia es un libro publicado por la Editorial Oriente, casa que viene difundiendo la perspectiva de género en su Colección Mariposa, desde 1998. Al leer uno de sus impresionantes textos “Estirpe de papel” de Anna Lidia Vega Serova, vi reunidos dos temas con los cuales me siento comprometida como investigadora y donde los resultados han demostrado que el debate en torno a la familia es vital cuando de Ciencias Sociales se trata: estos son el maltrato infantil y las construcciones de género en la literatura.

Mi primera investigación sobre este tema la realice en el 2005, en un hogar para niños/as sin amparo filial. En estos momentos analizo los textos de egresados/as del Centro de Formación Literaria en el Onelio J. Cardoso. Ambas investigaciones reúnen aspectos comunes sobre la familia. En la primera porque la meta que el hogar se propone es sustituir a la misma, dar el apoyo material y espiritual que necesitan niños y niñas, en palabras de  su directora: “claramente que no siempre se puede lograr que sea la verdadera familia”; y en la segunda porque los textos analizados recrean atmósferas de convivencia familiar y retratan con elevadas dosis de realismo la problemática de la violencia hacia los niños/as.

Hay un reconocimiento por parte del Estado, Instituciones de Menores, incluso por parte de los propios niños, de la importancia de estar vinculado a una familia y poder convivir con ella, no por gusto esta  necesidad imprescindible queda recogida  en los Derechos de la Infancia.

Aunque el grado de desprotección del niño/a está en función de múltiples variables, el riesgo para su vida o el abandono no deja lugar a dudas sobre la necesidad de intervenir; pero en otros supuestos existe dificultad para determinar cuándo la separación del niño/a de su familia es una medida de protección adecuada o serán mayores los efectos negativos.

Lo anterior se explica fácilmente, desde un punto de vista sociológico, a través de la comprensión de la familia como el primer y más cercano agente de socialización. Esta otorga y desarrolla la propia subjetividad de los seres humanos mediante lazos afectivos, reforzados simbólicamente por el resto de las instituciones y agentes involucrados en los procesos de socialización; así desde la escuela se apoya la importancia de la familia, y el amor a los padres y madres, etc..

La familia es una de las pocas instituciones y/o grupo que ha logrado incorporar una práctica consecuente y un discurso social sobre la relevancia de sí misma al interior de las lógicas de funcionamiento de los demás agentes.  No solo se ha convertido en un filtro mediador de las relaciones macro, también se ha legitimado como tal, generando y atribuyéndose cada vez más el muy encumbrado rol protagónico en la formación del individuo social.

El niño/a aprende que está sujeto a una familia con la cual mantendrá un vínculo significativo durante toda su vida. Desaprender esta verdad primaria, forzado por la arbitrariedad de los acontecimientos es un proceso que genera nuevas formas de sentirse violentado/a. Por eso el trabajo inicial debe ser siempre con el menor en su contexto, ya que no es el infante el problema sino la víctima de una situación problemática. Se le puede separar del problema, pero no por eso, este quedará resuelto.

En este sentido la población atendida en los centros serán siempre aquellos niños cuya situación no pueda remediarse mediante intervenciones en su propio medio familiar.

En nuestro país el tema de la violencia intrafamiliar no ha sido estudiado ni divulgado con la profundidad que requiere, sin embargo hay una mayor apertura del tema en el campo literario y,  por supuesto, en los cuentos escritos por los narradores egresados/as del Centro Onelio para los talleres que en él se realizan, y que conformaron mi actual objeto de estudio.

Nuestras familias no escapan a la presencia de esta violencia en su interior ya que el maltrato infantil se define como: “cualquier acto realizado por individuos, instituciones o por la sociedad en su conjunto, que priven a los niños de su libertad o sus derechos correspondientes o dificulten su óptimo desarrollo”.  Para los teóricos/as los principales elementos que determinan dicho concepto son la familia como sistema y la violencia familiar.

Por otro lado existe un grupo de creencias que dificultan analizar la problemática. Los mitos más frecuentes son:

La violencia y amor no coexisten en las familias: Tendemos a pensar que el clima de violencia familiar, si existe, es mantenido.

Sin embargo, durante una de las entrevistas a una niña sin amparo filial, ella me contesta acerca del juicio que tuvo que enfrentar su madre: “Ella estuvo presa porque no hizo nada. La que me hicieron eso fueron una de las enemigas de ella, pero la cogieron a ella presa porque como ella estaba en el hospital conmigo...”

Son muchos los niños/as que, a pesar de los malos tratos recibidos, quieren a sus padres, y esta coexistencia de violencia y amor hace que el niño/a crezca aprendiendo que la violencia es aceptable. Al combinarse el maltrato con eventos más o menos felices, los niños aprenden a naturalizar la violencia, a justificarla y a sentirse merecedores o culpables de ella. Los niños y niñas maltratadas aman a sus familiares, piensan y sienten les aman, creen que el maltrato es natural porque se reproduce en la vida cotidiana. De hecho los propios perpetradores aluden amar a sus hijos e hijas, y que determinadas conductas maltratantes fueron realizadas por el bien de los mismos, a veces como imitación, como reproducción de experiencias anteriores vividas en su propia infancia.

Otro mito es precisamente la noción de la transmisión generacional del maltrato como fórmula dogmática que mantiene erróneamente que todos los niños Y niñas maltratadas serán maltratadores y al revés.

También se cree que el agresor es una persona extraña para el niño, cuando los delitos sexuales son generalmente cometidos por personas cercanas al menor, miembros de la familia, incluyendo madre y padre. Otro elemento o factor que aparece en las respuestas del Dr. Ernesto Pérez, experto en Medicina Legal, es el llamado padre sustituto: “Por ejemplo ese padrastro entre comillas, que en realidad no es padrastro, sino es pareja de la madre, que no hace papel de padre sustituto y viene a hacer un uso sexual de las mujeres de la casa incluyendo las niñas”.

Otra falsa creencia alude a que el maltrato infantil es fundamentalmente maltrato físico: una idea construida y fomentada incluso por algunos medios de comunicación, con una visión restrictiva del problema, dando una importancia preferente a los casos con lesiones físicas y abuso sexual.

Esto se puede comprobar fácilmente en el análisis de los textos de los egresados/as  del Centro Onelio: Para las niñas se trabajó, de forma general el abuso sexual, en este caso el perpetrador formaba parte de la familia más cercana, tal y como ha sido demostrado en estudios de diferentes expertos/as: “Sí me gusta que me toque con sus dedos: “mira ahora aquí y aquí, ¿ves como están creciendo?” a él no le importa perder el tiempo conmigo, como afirma papá cuando le pregunto algo importante” del cuento: “Jugando a ser Dios” de John Albeth López, narrador egresado del  curso 2000-2001.

Para los niños varones, prevalecieron las formas de maltrato físico infligido por el grupo de iguales lo cual no descarta una violencia psicológica, emocional y además simbólica. “De nuestra cama comprendemos apenas el abecé de la vida y sus relaciones de fuerza y poder” frase de “A la vencida va la tercera” del autor Yomar González, narrador egresado del Centro Onelio en el curso 1999, también escribe: “(...) Al pobre Frandy le habían robado la colcha, le tiraban zapatos, le daban tablazos en las nalgas, le ponían torniquetes de papel encendido.  Se continúa reforzando el patrón, donde al niño- hombre, se relaciona con  la violencia física, ya sea como el que la recibe y como quien es enseñado a ejercerla para cumplimentar códigos sociales inherentes a su marca del sexo-género, en correspondencia con una masculinidad hegemónica; mientras la niña-mujer es vulnerable a las formas de abuso sexual, todos los valores y características adscritas en ella favorecen la desprotección, la vulnerabilidad y la identificación con un objeto de satisfacción sexual, para lo cual, va siendo educada desde el momento en que nace.

Es por eso que digo que la socialización en la familia contiene formas legitimadas de maltrato. Formas que se reproducen a través del ejercicio de una violencia simbólica, al tolerarse diferentes posiciones sociales para unos y otros; al educarse de acuerdo a asimetrías de poder donde las cuotas mayores están destinadas para quienes cumplen los roles de la masculinidad hegemónica.  

¿Cuáles son los valores sagrados de la familia? ¿No son aquellos que mantienen a las mujeres como únicas responsables de la ética del cuidado a los demás; confinadas a las tareas domésticas; con escaso manejo de recursos propios? El enfoque de género, en nuestras sagradas familias, permite deconstruir los estereotipos, comenzar a empoderar a las mujeres, admitir diversidad de géneros, y disminuir la tolerancia hacia formas larvadas de violencia como los micromachismos.

Habíamos hablado al inicio de los procesos de socialización que se desarrollan al interior de las familias. Estos son significativos ya que mediante los mismos se da la incorporación de los individuos al contexto social en el que viven y reproducen sus modos de vida; adquieren identidad individual, identidad de género e identidad grupal, incorporando normas, pautas culturales, conocimientos, roles y valores del grupo social al que pertenecen; inmersos dentro de sus funciones educativas, de internalización y de externalización social, con la carga histórica de lo que los seres humanos, hombres, mujeres y otros  han ido construyendo bajo los condicionamientos sociales.

En este sentido tanto niñas como niños sufren privaciones y censuras continuas respecto a determinados deseos y necesidades que resultan violentados mediante la propia educación diferenciada, sexista por la propia socialización de género. Al preguntarle a una de las niñas del hogar.

¿Tú ves a estos niños y en qué piensas?, mostrándole una foto donde aparecen dos niños abandonados. Enseguida me responde: “que se van a fajar”.

De manera tal que ella relaciona a los niños (de sexo masculino) que se encuentran en la calle (como espacio público) con la violencia física. Hay una asignación genérica que opera como un reflejo aprendido, su respuesta no está únicamente condicionada por la situación de violencia que experimentó en carne propia, hay un aprendizaje adquirido con anterioridad que subsiste luego de la intervención,  que además no ha sido desmontado y permanece aparentemente desconectado de su situación particular.

En los textos trabajados del Onelio, inéditos en su mayoría, también se ponen al descubierto los mecanismos de los que se vale la socialización de género a través de la autoridad paterna-patriarcal para dejar a la mujer encerrada en roles consignados. Es como un mirar por dentro y de cerca esas anécdotas que la ficción extrae de realidades anónimas. “Abuelo burlón, hiriente (…) y hecho un ogro de pronto porque te pusiste terca, y dijiste “Yo voy”. Vete si quieres, cuando vengas con la barriga vas a ser la perra del pueblo (…) terminarás en un prostíbulo, vete y ya no tienes ni casa, ni familia”. (Raquis). “Raquis”. Ana Lías. Narradora egresada del Centro Onelio, curso: 1999.

En estos textos analizados, 57 en total, se abordan las relaciones familiares que desde el parentesco o la afinidad cuestionan o justifican la autoridad. En la mayoría de los cuentos, cuando se cuestiona el poder se hace con relación a una figura masculina que lo detenta y  muy escasamente a una femenina.

Finalmente Ana Lidia Vega, en su “Estirpe de Papel” de Mi Sagrada Familia relata el vaivén de una niña entre dos entornos igualmente hostiles, aunque uno más anhelado que el otro, en este caso la casa de la abuela donde, por ratos, ella escapa de la condición de marginalidad; reflejada por el aspecto de su casa, la única cama compartida por la niña y “los padres”, la ausencia de juguetes. Intuye a través de la abuela y primas lejanas una realidad diferente que prolongará a través de una familia de papel inventada: “Su mamá de papel solo llora de felicidad”. La niña agrede físicamente a la madre cuando esta limpia el cuarto y tira a la basura los familiares de papel inventados.