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Viejos crímenes para nuevos lectores

Lázaro Zamora Jo, 13 de marzo de 2011

Entre los libros que han comenzado a circular tras los días de feria, se encuentra Crimen en Villa Sirena, de la autoría de Leonelo Abello Mesa, cuya obra incluye varios títulos de narrativa policial y de contraespionaje, publicados a lo largo de más de treinta años de intensa labor literaria. Precisamente, para dar cuenta de esa doble pasión, la Casa Editora Abril ha recogido en el mismo volumen, junto a la referida selección, otro conjunto de relatos: Espías entrañables.

Crimen en Villa Sirena nos ofrece siete cuentos aparecidos en diferentes publicaciones, entre 1977 y 1980, según nos advierte el prólogo del escritor y ensayista Armando Cristóbal Pérez, aunque evidentemente algunos son versiones actualizadas. Pertenecen, por tanto, a una etapa temprana de la formación literaria del autor y de la narrativa policial cubana del período revolucionario, vinculada, como se sabe, al concurso nacional que desde el año 1971 organiza el MININT. De modo que el lector avezado deberá tener en cuenta tales elementos a la hora de apreciar en su justa medida estas páginas.

En “El brindis”, relato que inaugura la selección y el primero en antigüedad, contrario a lo que casi siempre sucede en la tradición policial, desde el principio sabremos, la identidad del homicida y los pormenores del asesinato, antecedentes incluidos. El interés de la narración se traslada entonces al procedimiento que permite resolver el caso, en el cual la capacidad de deducción de los investigadores será determinante.

En el siguiente, “La ratonera”, aparece por primera vez la pareja de investigadores que veremos actuar también en otros cuentos. Se trata de una historia muy apegada a los patrones usuales de la novela de enigma, con el conocido caso de la habitación cerrada, cuya solución tiene lugar, una vez más, mediante la ingeniosa habilidad para el razonamiento deductivo del investigador.

Algunas narraciones —“Unas frases oídas al azar”, especialmente— comienzan ya, en una fecha tan temprana como 1978, a dibujar los rasgos de una marginalidad que llegaría a ser parte del paisaje habitual de la realidad cubana solo una década más tarde. En el cuento mencionado, el asesinato de dos extranjeros es resuelto gracias a una conversación escuchada por casualidad.

Los demás relatos transitan por coordenadas similares, con excepción, quizás, de “El último crimen”, en el cual Abello se aparta de la trama estrictamente policial, para contarnos el encuentro entre un revolucionario y un torturador del viejo régimen, y concede a la acción y al suspenso un protagonismo superior al del resto de los cuentos.

Podrían cuestionarse algunos aspectos formales —llamémoslos así—, como la falta de naturalidad de ciertos parlamentos, y otros debidos a los lastres del realismo socialista, presentes en la literatura de aquellos años. Sin embargo, pese a ello y al tiempo transcurrido —más de tres décadas después de publicadas sus primeras versiones—, los relatos aquí reunidos siguen conservando la seducción de sus historias y seguramente despertarán el interés de los más jóvenes amantes del género, sin contacto con esa zona de la obra de Abello.

Recordemos que Leonardo Abello Mesa (La Habana, 1953) es Doctor en Ciencias Psicológicas y ha publicado los libros de cuentos El último crimen (Letras Cubanas, 1979) y Misión en Miami (Capitán San Luis, 2000); y las novelas La espera del cazador (UNIÓN, 2006), Miami, otra vez (Capitán San Luis, 2006) y Misión en Langley (Capitán San Luis, 2009). En estos momentos se encuentra trabajando en una serie de cuatro capítulos para la televisión.

“Crimen en Villa Sirena” (fragmento)

–¡Esto se trancó, caballeros!… ¡A ganar aquí!

El autor de esta frase puso sobre la mesa un doble blanco con ademán aparatoso —que hizo retemblar el resto de las fichas—, al tiempo que rompía en una estruendosa carcajada.

–Y estas no caben. ¡La otra pareja, que esta no sirvió!

El hombre que se hallaba frente a él, mesa por medio, se hizo eco de la alegría y viró las fichas de los otros dos jugadores, quienes se quedaron inmóviles observando, como si no entendieran qué había pasado.

Uno de los derrotados —viejo, gordo, canoso—, se levantó con gesto brusco, mientras lanzaba un sinnúmero de ofensas e imprecaciones que fueron respondidas por la risa general. Su compañero, de edad semejante, pero flaco y enervado, que incluso recibió parte de las críticas, se limitó a dejar la silla con una dura expresión, mezcla de enfado y fingido desinterés. Otros dos se sentaron y el característico roce de las fichas sobre la mesa se impuso en la escena. El juego continuó.

Hacía un buen rato que el grupo se dedicaba a este entretenimiento, y escenas como la anterior eran las mismas ya conocidas desde noches atrás.

Se encontraban en el portal de la cabañita número cincuenta y ocho de Villa Sirena, centro turístico donde el juego de dominó acaparaba la atención de huéspedes y empleados, gracias a la feliz idea de uno de los excursionistas que lo habían llevado para entretenerse durante su estancia en la apartada instalación.

Esa noche eran ocho los que participaban, juntos conformaban un cuadro de disímiles características.

La pareja perdedora, formada por dos hermanos que se hospedaban en la villa con su familia, realmente era buena, pero el gordo nombrado Rogelio Arrebato, no toleraba perder tan siquiera una data, lo cual provocaba su descontrolada ira de viejo autosuficiente y cascarrabias. Salvo esos momentos, resultaba ser jovial y, al igual que su hermano Raymundo, mucho más reservado que él, era bien aceptado por el grupo.
Además, se hallaba un médico entrado en años nombrado Emilio, cuya apacible y voluminosa figura le resultaba familiar a los trabajadores del lugar, pues todos los años pasaba unos días en aquel centro turístico en compañía de su esposa; y Julián, un mulato muy alto y delgado cuyo signo distintivo era la filosófica e imperturbable serenidad con que resistía el constante asedio que le hacían sus cuatro hijos durante todo el día, para, al fin, disfrutar de las tranquilas partidas nocturnas, como decía él.

La pareja recién ganadora la constituían dos hombres de diversas edades. El mayor, un cuarentón de piel muy negra, conocido por Juan, desde el principio se destacó por sus bulliciosas expresiones y por ser dicharachero y bonachón; y el viejo Nicolás, que aprovechaba esa estancia para compartir con su hijo y nuera en Cuba, ya que ellos trabajaban desde hacía unos años en el extranjero.

Como esa noche su familia se hallaba en la capital, pues debieron viajar para un trámite en relación con su regreso a Europa, Nicolás, inveterado jugador de dominó, improvisó pareja con el negro Juan Coto.

Por último, los otros dos que participaban del juego trabajaban en la villa: Marcos, el salvavidas, joven robusto y alardoso, quien a pesar de llevar poco tiempo en aquel trabajo ya amenazaba con tomar la característica tez bronceada y el pelo amarillento de los que realizan esa actividad, y que, en realidad, durante todo el tiempo no hacía otra cosa que pasear por la playa o tomar algo en la barra, en sus ratos libres, a falta de incidentes que requirieran de su ayuda. El otro, Fernando, se desempeñaba como carpetero y, en contraste con el anterior, era pequeño y delgado, con aspecto enfermizo, aunque muy vivaz y jaranero.

El juego todavía se extendió un rato más, con los habituales momentos de animada rivalidad entre los participantes.

Motivo de especial hilaridad para el grupo lo constituyó una nueva y resonante derrota para la pareja de hermanos —quienes, sin dudas, se hallaban en un día de mala suerte poco común—, que al igual que la anterior, provocó su desmedida indignación y protestas, pero esta vez con tanto calor que el gordo Rogelio anunció que no jugaba más, lo cual ocasionó la broma general, sobre todo del viejo Nicolás, que, entusiasmado como estaba, se ensañó de lo lindo con el agraviado.

Esta circunstancia llegó a provocar hasta un altercado, cuando Rogelio, fuera de sí, encaró a Nicolás y le gritó que si no se callaba le iba a partir la cara, «pa’ que después me venga a reclamar el hijito tuyo ese que está pasando el Período Especial afuera y nos viene a restregar en la cara su nivel de vida».

Por suerte, los otros intervinieron, y Nicolás, hombre digno y noble, calmó sus ánimos. Rogelio abandonó el grupo rezongando.

–Caballeros, no le hagan caso –justificó su hermano–. Cuando él coge un berrinche le dura horas y no sabe lo que dice.

–Pues que se dé un baño para que se refresque –se limitó a decir Nicolás.

–Ni eso lo alivia. Si se mete en el agua le da un infarto.

Con la evidente intención de dejar zanjado el incidente, Juan Cotó sentenció:

–Entonces no hay lío. Si se muere, lo enterramos frente a esta cabaña y organizamos un campeonato Rogelio Pérez in memoriam.

Tras las risas de todos, Raymundo aseguró que al otro día Rogelio estaría arrepentido por su reacción.

–Nicolás, debías haber sacado la camarita de tu hijo para tirarle una foto y habérsela enseñado por la mañana–respondió Julián al comentario.

–Ojalá, pero mi hijo la dejó bajo llave en el closet con los otros equipos, porque dice que soy un descuidado y que me la roban.

Ni las amenazas proferidas por Rogelio ni las alusiones a robos y muerte tuvieron esa vez su usual connotación dramática, sino que eran expresiones del típico choteo cubano, sin saber la significación premonitoria que tendrían apenas unas horas después.

Al fin, el juego terminó. Marcos y Fernando se ocuparon de guardar todo en la cabaña hasta el día siguiente. Fernando, quien debía entrar a cubrir su turno de la madrugada se mostró preocupado por la situación de Nicolás.

–¿No le preocupa quedarse solo, mi viejo?

–Eso nada más es por esta noche, pero no hay miedo. En cuanto ponga la cabeza en la almohada duermo como un tronco hasta el amanecer. Voy a caminar un poco por la orilla para que me entre sueño. Al menos podré dormir hasta la tarde, porque con mi hijo aquí no se puede.

Marcos cerró la puerta con cuidado y se fueron cada uno por su lado.

Mientras caminaba por la arena —que crujía bajo sus zapatos en el silencio de la noche—, Nicolás sintió con agrado sobre su rostro la brisa marina que refrescaba en algo el calor reinante. Se adentraba en una vejez feliz, y después del reciente anuncio de su hijo de que un nieto venía en camino, esperaba nuevas alegrías que llenaran el vacío dejado por el fallecimiento cercano de su esposa. No tardaría mucho en regresar a su cabaña, pues el sueño ya lo rondaba. Confiaba en que dormiría a pierna suelta, mucho, mucho tiempo.

Al amanecer, los tenues rayos del sol naciente y la espesa niebla suspendida en derredor a baja altura anunciaban, de nuevo, un día de intenso calor.
La empleada que atendía la limpieza comenzó un poco más tarde su labor, cuando ya en torno a ella veía pasar animados vacacionistas prestos para las más diversas actividades, por eso se apresuraba ahora en el arreglo de las cabañas.

Al llegar a la número cincuenta y ocho tocó a la puerta, y como no recibió respuesta, al conocer los hábitos madrugadores de sus ocupantes, abrió con su llave maestra. Todavía demoró un momento en recoger los útiles de limpieza que había dejado a un lado del portal, y tras esto, entró decidida.

Apenas un instante después, se escuchó desde el interior de la cabaña un alarmante grito, que se repitió una y otra vez, desgarrador, desesperado, en demanda de auxilio urgente. Se había cometido un crimen.