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Otero Silva, memorias de un arroz con huevo

Leonardo Depestre Catony, 18 de marzo de 2011

Seguir la huella de Miguel Otero Silva en Cuba sería tarea adecuada para encomendar, como tesis de grado, a un aprendiz aventajado de detective. El escritor venezolano se cansó de ir y venir entre Caracas y La Habana.

Que sepamos, Miguel anduvo por vez primera por la capital cubana en 1937, cuando partía al destierro, en periplo que además abarcó a México y Estados Unidos.
 
En La Habana se movió cual un cubano más, por su preferencias, por sus amistades, por sus aficiones. El restaurante El Pacífico del Barrio Chino, el Floridita de las esquinas de Obispo y Monserrate, La Bodeguita del Medio de la calle Empedrado 207, estaban entre los sitios predilectos del corresponsal de El Nacional, de Caracas. La cocina y la bebida, la arquitectura y el clima, la idiosincrasia y el carácter, en fin, todo lo cubano, eran de su agrado. Y también en el país cultivó muchos amigos.
 
El editor Félix (Felito) Ayón, el poeta Nicolás Guillén, el periodista Enrique de la Osa, por citar tres, departieron con este hombre, en quien el humor se expresó como una faceta más de la personalidad, idónea, por cierto, para dar curso a su talento multifacético.
 
“Periodismo, humorismo y obra literaria son, en mi caso, tres ingredientes consubstanciales que se han influido mutuamente”, explicaba de sí mismo.
 
A las simpatías arraigadas por Cuba sumó el autor de Casas muertas, a partir de 1959, su solidaridad con la Revolución. Entre los días 4 y 7 de septiembre de 1981 concurrió en La Habana al Primer Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, convocado por Casa de las Américas, de cuyo comité permanente formó parte junto a otros nombres prestigiosos de la intelectualidad latinoamericana: Gabriel García Márquez, Juan Bosch, Ernesto Cardenal, Mariano Rodríguez, Julio Cortázar, Chico Buarque...
 
Otra escala de su constante transitar la realizó el 11 de enero de 1983, para asistir a la presentación de su libro Lope de Aguirre, príncipe de la libertad.
 
Por última vez visitó La Habana en mayo de 1985, en estancia de apenas 48 horas. Lo traía una razón de suma importancia: recibir la Orden Félix Varela de Primer Grado, la más alta condecoración cultural que confiere la nación, ocasión en que manifestó: “Significa para mí uno de los honores más altos que he experimentado en mi vida”.
 
Aquella noche, su última en el país, quiso deleitarse con una cena criolla. Lo acompañaba Felito Ayón. Primero se llegaron a la barra del restaurante 1830, donde brindaron. Más tarde tomaron el automóvil que les aguardaba y se dirigieron a La Habana Vieja.
 
“La Bodeguita [del Medio] estaba muy llena” —cuenta Ayón—; “muchos turistas, y entonces nos fuimos al restaurante La Mina, donde cenamos arroz blanco, huevos fritos y picadillo. Había un menú suculento, pero a Miguel le encantaba la comida bien cubana y eso del arroz con huevo no lo dejaba vivir”.
 
La despedida se diluyó en un sincero abrazo y un hasta pronto. Solo que el destino le jugó una mala pasada a aquel joven inquieto de “apenas” 77 años y el 28 de agosto de 1985 la muerte vino por él y muy a su pesar —y el de miles de lectores— lo llevó consigo.