Los fantasmas de Sade
Ernesto Pérez Chang registra el ángulo agudo de sus invenciones. Un narrador con la orgiástica tendencia a crear mundos narrativos que se mueven entre lo documental y la pura creación del demiurgo.
Esta aventura fascinante nos convierte en lectores obligados a escoger: ¿somos curiosos con ganas irreprimibles de indagar en el misterio de otras vidas o hedonistas aguijoneados por el simple y caro placer de la lectura? Usted escoge el ángulo que prefiera o mezcle los dos sin violencia.
A propósito del volumen inédito «El arte de morir a solas», este autor afirmó en una entrevista: «A todos mis personajes los guía un precepto: el ser es y no puede ser declinado. No se puede luchar contra un destino. Ellos saben que están condenados al caos y que no saldrán ilesos».
El texto que presentamos es uno de los relatos del libro que ganara el Premio Iberoamericano Julio Cortázar 2002.
Pablo Rigal
Testimonio sobre la vida neblinosa de Rose Keller
Por Marguerite Coste, Colonell Hill, 1952
La verdadera historia de Rose Keller comienza a la salida de un bar de París, exactamente durante el cruce de una plaza tan desolada como las que vemos en los cuadros de Giorgio de Chirico: una oscura explanada silenciosa la convida. Sin sentir que la han llamado, Rose Keller penetra despaciosa, ufana en nuevo laberinto derretido, y súbito sobreviene el desplome dentro de un torbellino de ocres pestilencias fermentadas. Por un río negro y subterráneo navegó la noche, la madrugada y también la mañana del día último en que despertó a la orilla de un estuario, rodeada de cangrejos ya dispuestos al asalto y carcomido el rostro por las ratas y los peces.
Inclinada sobre las aguas como un Narciso, Rose Keller se negó a aceptar que aquel rostro siniestro oculto entre las algas y el cieno era el mismo que ella gustaba de maquillar frente al espejo durante las tardes de goce pleno en que lograba la elegancia de una Rrose Selávy y entendió, con gran dolor, que ahora, convertida a fuerza de infectas dentelladas en una presencia espantosa, no le alcanzaría con apelar a un sombrero de alas empavesadas de tul sobre la frente, ni al carmín escarchado en los pómulos (de una angulosidad testos-teromenal casi imborrable) ni al perfume de violetas ni al polvo de canela ni a las sedas porque ahora la cara se le había vuelto complicada para los asuntos del travestismo con ese caldo de mordidas y otros ensañamientos que le habían propinado los demonios ocultos en las cloacas.
Su mundo habitual se había deshecho en solo unas horas miserabilísimas. A duras penas había podido emerger de las aguas a causa de los tantos huesos hechos triza durante su descenso en el vacío. Sentíase como un Cristo recién clavado en la cruz, como una hormiga bajo las patas de un diplodoco, presentía que su destino y el mundo le habían jugado sucio, que le había tocado perder, que estaba muerta en vida y que no habría resurrección posible a no ser en la venganza, en la más justa revancha que le exigía esa incertidumbre amarga que le angustiaba: ¿Por qué la habían golpeado de ese modo? ¿Quién era aquel ser tenebroso que le había tendido una trampa en las profundidades de las alcantarillas? La ingenuidad de esas dos preguntas sin respuestas se disolvía en el odio naciente. Cada vez que se inclinaba sobre el espejo de aguas para ver aquella su nueva tez deplorable, transpiraba hiel, la misma hiel, tan contagiosa, que le había inoculado algún salteador, pero, se preguntaba constantemente, ¿cómo podía vengarse de quien la había golpeado, si la oscuridad ni siquiera le permitió definir su silueta macabra? Rose Keller lloró de rabia, gritó maldiciones a los cuatro vientos pero sus lágrimas solo alcanzaron a unirse a las aguas quietas del estero.
Necesitaba aliviar la rabia que sentía. Ahora le era inevitable dejar de aborrecer ese mundo sin respuestas, silencioso, del cual comenzaba a malvivir su lado más perverso. La humanidad le pareció detestable, la humanidad se le había instalado entre ceja y ceja, también los peces eran aborrecibles, los cangrejos, las aguas del estuario, su rostro carcomido, la luz del sol...
Fue la esperanza del desquite quien le dio fuerzas para huir de las aguas que ya, al final de la tarde, habían comenzado a subir tal vez confabuladas en una conspiración universal de aniquilamiento. No se dejaría vencer ni por los hombres ni por los elementos, no ahora que clavaba las uñas en la arena para mejor reptar hasta los hierbales, en dirección a la muralla de pinos que le daría cobijo durante la convalecencia. No deseaba acudir a los auxilios hipócritas de cualquier desconocido, le invadían la desconfianza y el temor a la falsedad de un alma supuestamente compasiva, veladamente criminal, despótica, sádica.
Si, por casualidad, un bañista o un pescador se acercaba a su escondite, Rose Keller, artífice del camuflaje, recurría al mutismo, a su recién adquirida naturaleza de ostra. Si la proximidad llegaba a ser demasiada, entonces imitaba, como efectivísimos repelentes, el cascabeleo de un vipérido o el zumbido de una abeja o las resonancias ultratúmbicas de un espectro. Así logró aislarse largas jornadas de mosquitos fastidiosos, de repugnantes dietas a base de batracios, roedores e insectos; jornadas durante las cuales crecieron barbas y melenas, tufos y harapos, sarnas y piojos, granos y herpes, ronchas y llagas purulentas y, aunque no lo creas, jornadas en que recuperó la reciedumbre de los huesos y en que cicatrizaron las heridas en el rostro.
En la ciudad la habían dado por muerta y Rose Keller estaba consciente de haber sido borrada del mundo de los vivos. Hasta le entusiasmaba el hecho de saberse así, olvidada por todos, porque ausente, no prevista en los planes del gentío, podía actuar con libertades de ensueño. Mientras se recuperaba, había sopesado las ventajas y los inconvenientes de su nuevo modo de existir y aunque la idea sobre la vileza del mundo circundante y la necesidad de la venganza no variaron en lo más mínimo, concluyó, en cambio, que su tragedia, sin dejar de ser lamentable, ocultaba en sí elevados propósitos de positiva envergadura, los cuales intentaría sacar a flote. Es cierto que extrañaba sus empavonadas de talco, sus noches de maybelline y lentejuelas, que aun barbada, melenuda y piojosa, suspiraba por los vestidos de moaré y los implantes que tuvo que pagarse para dejar de ser él, que lloraba por las pelucas y los tacones que tal vez estarían bajo el polvo de un armario en cualesquiera de los camerinos del teatro donde ella, Rose Keller, actuaba en calidad de Gran Diva. Aquella mañana en que llegó a sentirse completamente recuperada de los golpes y de las mordeduras, al salir del herbazal y ver su cara reflejada en las aguas del estero, gozó feliz al comprobar que no estaba tan descompuesta como supuso el día posterior a la emboscada. Y entendió que si rebajaba solo unos centímetros su cabellera bravía, su crin hirsuta, no llegaría a ser la misma de antes pero, al menos, lograría el milagro de ser un hombre nuevo y no un monstruo de las tinieblas. Es cierto que, sin llegar a ser muy indiscreto, cualquiera divisaría a diez metros de distancias lo bien chamuscada y carcomida que estaba su faz de tarascón pero una fina labor de yeso, un buen repello y atauriques bajo una capa de látex bien aplicada, borraría las huellas de su pasado terrible.
Pero el regocijo que invadía a Rose Keller aquella mañana en que recurrió al espejo de aguas, no se lo debemos únicamente al mero hallazgo de la posibilidad de un Narciso repellado y redivivo sino a que la noche anterior a ese despertar radiante, sus oídos concurrieron a la conversación de ciertos paseantes nocturnos. Al sentir la cercanía de los pasos, Rose Keller se dispuso a aplicar el consabido repelente pero una intuición le invitó a contener los silbidos y le aconsejó que escuchara con atención. Los paseantes discutían sobre la muerte de una tal Marguerite Coste. Se peleaban sobre culpas e inocencias. Repartían acusaciones y enumeraban hipótesis sobre el paradero del asesino, un tal Henry de Sade que, acusado de cometer un abominable crimen sexual, se había dado a la fuga después de haber lanzado a su acusadora, Marguerite Coste, a la alcantarilla. Cómo era posible tanta coincidencia? ¿A quién se referían cuando hablaban de “Marguerite Coste”? ¿Acaso Henry de Sade era un asesino en serie? ¿O es que, engañado por la oscuridad de la plaza, Henry de Sade se había equivocado de víctima y en vez de arrojar a las cloacas a Marguerite Coste había echado mano al primero que pasó por el lugar, es decir, a Rose Keller? ¿Cómo podían estar seguros, aquellos dos vagabundos, de que el “muerto” era Marguerite Coste y no Rose Keller? ¿Alguien se había pronunciado oficialmente sobre el asunto? A Rose Keller le importaba poco las respuestas a todas esas preguntas (y a muchas más), sin embargo, el diálogo fortuito de los nocherniegos arrojó luz sobre el oscuro objeto de su venganza: Henry de Sade.
Sin cometer el grave error de revelar su verdadera identidad, Rose Keller abandonó el retiro y volvió a la ciudad para dar comienzo a su desquite. Ya sabía que Henry de Sade se había ocultado en un laberinto de cloacas, que la aventura de perseguirlo por aquellos recovecos era colocarse en una situación similar a la de los guerreros que acudieron a dar caza al Minotauro. Su guerra sería de maña contra fuerza pero no por ello dejaría de haber sangre. El torrente carmín, se lo había prometido a ella misma, inundaría la ciudad, abonaría el país de punta a cabo con trozos y destrozos, haría del rojo el color nacional pero no se lanzaría a verter la púrpura de los cuerpos sin haber trazado antes un plan infalible que le asegurase la total impunidad. Oculta/o en los disfraces más disímiles, vería rodar las cabezas de sus víctimas, emplearía infinitos juegos de máscaras y los noventa y nueve nombres de Dios para presentarse ante las gentes de las cuales deseaba ver el fin porque, a pesar de saber sobre quién debía vengarse, es decir, sobre Henry de Sade, intentaba extender la vendetta hacia los responsables de antiguas deudas por saldar que nada tenían que ver con su descenso a las profundidades cloacales. Juraba, por ejemplo, que descuartizaría a quienes en el auditorium le habían abucheado después de una lectura de los poemas que ella firmaba como Rrose Selávy, pues Rose Keller intentaba ser poeta y, en consecuencia con su porfiado deseo, dos noches por semana recitaba ante personas de una terquedad similar, pero resulta que sus declamaciones se tornaban cada vez más desastrosas a consecuencia de la paralexia que padecía desde niño, es decir, una “ceguera verbal” que le hacía sustituir las palabras de un texto que leía por otras desprovistas de significado y, sin darse cuenta, convertía sus discursos en un amasijo babélico, en algo menos que un engendro dadá, en un triste y desafortunado mariposeo glótico que transformaba su espectáculo en una comedia retórica, en un carnaval semántico, en una fiesta prosódica, en un aquelarre fonético. Pero estos fracasos en los recitales solo ahora despertaban velados rencores en Rose Keller porque en su momento las reacciones no pasaban de la ira pasajera que se diluía en sus otros quehaceres artísticos que le enardecían el orgullo y le disipaban la pena de ser un poeta “incomprendido”. Cuando Rose Keller hacía la pasarela disfrazada de Rrose Selávy y cantando alguna canción bohemia, los aplausos del público le bastaban para seguir viviendo en espera del próximo desfile bajo las luces tornadizas de un reflector que le realzaba el brillo a su enchapado de lentejuelas negras y doradas, que le hacía ser el centro de un teatro que fuera la única diversión en aquel París ya muerto, mojigato (a causa de la guerra), y donde comenzaba a anidar el ave de la medianía y el aburrimiento.
Ahora, frente al teatro, la nueva Rose Keller recordaba un pasado reciente y feliz, unos días de gloria y triunfo. Estuvo a punto de pedirle a los celadores que le dejaran entrar a los camerinos, deseaba ver por última vez los vestidos, los maquillajes que había dejado sobre el tocador, a las chicas con las cuales solía bailar el cancán pero comprendió que un día después de su desplome había dejado de ser Rose Keller y que Rrosé Selávy estaba muerta, oportunamente muerta y esa situación exaltaba su vileza, lo hacía derivar en la bestia más espeluznante.
Turbada por un remolino de evocaciones, Rose Keller dio media vuelta y anuló sus intentos de reconstruir el pasado. No era recuperable. Su nuevo rostro le confería una vida nueva y no resultaba prudente andar por el mundo proclamando una resurrección de la cual no obtendría ventaja alguna. Procuraría gozar de su nueva estampa, asumiría su naturaleza de ángel caído, su faz de kilicágono irregular. Ese mismo día, por la noche, Rose Keller comenzó la venganza.
Sabía que en medio del estuario se alzaba un palafito donde cierto pescador había construido una cabaña. El hombre era un ser ermitaño cuya muerte no preocuparía a nadie, mucho menos en aquella playa, el único lugar de la isla donde un cadáver podía pasarse días a merced de las sombras de un cocotero. La casucha, solitaria, isla dentro de una isla, era una excelente guarida para alguien que pretendiese una maniobra de exaltada perversidad. El problema –muy menor– consistiría en apropiársela. Los pescadores son gente muy diestra en el arte de blandir arpones y navajas, y un combate cuerpo a cuerpo era nada aconsejable, más bien una locura, un suicidio para un asesino inexperto y primerizo que incurriese en el descuido de atacar de frente. Ya lo había dicho, la solución estaba en oponer maña contra fuerza. Así que Rose Keller decidió acudir a la vieja táctica del caballo de Troya y, haciéndose la moribunda justo a las puertas de la cabaña, reclamó las atenciones del pescador que, víctima de su bondad, le dio entrada a la bestia y... la casa cambió de dueño solo por el irrisorio precio de unas dos o tres cuchilladas en las espaldas del ingenuo.
El próximo paso consistía en encontrar a Henry de Sade que, o bien se había marchado de la ciudad o, al igual que Rose Keller, se había transformado en un ser distinto con identidad nueva e incluso con un rostro recién estrenado, tal vez. Le tocaba ejecutar la parte más difícil de su inmenso plan de muertes pero su experiencia con el pescador le había hecho evidente la necesidad de hacer del crimen una práctica cotidiana porque no siempre las víctimas florecían tan cándidas y ufanas en cualquier esquina; las había difíciles de atrapar, escurridizas; las había, incluso, tan victimarias como su asesino, perversas, insólitas, saltarinas, líquidas, aceitosas, abrasivas, intermitentes; unos días se levantaban destripadoras y crueles y otros amanecían dóciles y repulsivamente manipuladoras y blandas como la baba de la babosa boba. En principio debía hacerse de unos cuantos instrumentos que le facilitaran el trabajo porque la muerte no siempre debía consistir en meras manufacturas: estrangulaciones, golpes en las sienes y en la nuca, patadas en el hígado. Para variar, estaban las navajas y las cuchillas de afeitar, los punzones y las agujas hipodérmicas untadas de ponzoña, también las sogas, los cristales rotos, los sables y las guadañas, las pistolas y el arcabuz, en caso de no tener a mano algo mejor como un cañón o una aplanadora.
Una deprimente escasez de recursos le obligó a conformarse con un cuchillo oxidado y un cortaplumas, suficiente para un aprendiz de carnicero. Pasó la tarde intentando darle filo a sus aperos de matanza y a la caída del sol comenzó el entrenamiento. En la playa, tan desolada, no le fue posible tropezar con un buen material de estudio, por eso prefirió colocarse al acecho en una zona intermedia entre la ciudad y la costa. Precisamente en un lugar que en sus días como Rrose Selávy ella frecuentaba casi siempre en compañía de bugarrones que se excitaban con las formas travestidas que habían visto bailar cancán sobre el escenario. Sabía Rose Keller que velaba en las coordenadas idóneas para disponer una trampa y no tuvo que esperar mucho tiempo para estrenar sus dos máquinas de muerte. De todos modos, aunque el lugar resultaba perfecto, la noche siguiente desplazó el teatro de operaciones hacia el centro de la ciudad, porque ciertamente ella no pretendía la abundancia sino la variedad pues solo allí se ocultaba el magisterio. Primero probó emboscándose en la oscuridad de un parque mas no hubo novedades, después se le ocurrió operar al amparo de la última hilera de butacas en un cine y el resultado fue una maravilla. La música, los parlamentos y la risa del público ahogaban los estertores de la víctima. Los silencios y el ir y venir de las personas, la luz de una linterna, la presencia tan próxima de un masturbador cinéfilo, le obligaban a la mesura en el obrar, a la pulcritud sigilosa, a la maniobra ofídica. El holocausto era un concierto. Unas veces el zafarrancho y otras la parsimonia. ¿Por qué no había disfrutado así, pleno de inhibiciones, con anterioridad?, pensó Rose Keller mientras circuncidaba una garganta con el filo del cortaplumas.
En un mes había experimentado una apoteósica transformación. De gusano arrojado a las cloacas había pasado a crisálida tenebrosa, a tétrico lepidóptero nocturno con alas de cianuro. Había adquirido la costumbre de preguntar, cuchillo en mano, a cada una de las víctimas si, ¿de casualidad usted conoce a un tal Henry de Sade? De ese modo poco a poco fue acercándose a la verdad, se aproximaba paso a paso a la presa más codiciada, a la pieza fundamental de aquel juego arriesgado. Algunas versiones le aseguraron que Henry de Sade aún permanecía encerrado en las cloacas o que se había exilado en cualesquiera de los poblachos interiores de la Francia. Muy pronto supo de la falsedad de tales revelaciones y se limitó a hurgar en los rincones de la ciudad, pero la alimaña había multiplicado sus identidades y le hacía difícil al cazador la posibilidad de un acierto. Henry de Sade dejaba a su paso un rastro confuso. Sus huellas se evaporaban; su olor era variable, unas veces nauseabundo y otras, delicado; sus siluetas inconstantes; su naturaleza gasiforme; su sombra, casi inexistente, mera transparencia espectral; más cauteloso que una sabandija funesta. Rose Keller tuvo miedo y decidió aplazar la búsqueda por un tiempo.
Encontró su oportunidad cierta noche en que una compañía de fama pueblerina se presentaba en función única. Allí estaban reunidos todos los Henry de Sade posibles, era el momento ideal para aplastarlos de una vez. Rose Keller no podía echar a un lado aquella oportunidad irrepetible de cumplir con su obra mayor: el desastre, el desvanecimiento. Cuando la platea y los palcos estuvieron repletos, cuando las luces de la sala se apagaron para que se replegara el telón, cuando todos los Henry de Sade se alistaron a roncar por el fastidio del primer acto, cuando los reflectores iluminaron la escena, entonces ocurrió la gran explosión y los palcos y el techo del edificio se vinieron abajo, las primeras filas de butacas saltaron por los aires dejando un reguero de carnes y huesos por el suelo que parecía ondular al ritmo de otras sucesivas detonaciones. Una ola de polvo y fuego cubrió las cuatro esquinas de la sala y consumió los decorados de la escena. Las personas intentaban huir pero las puertas resultaron bloqueadas. Llovían las piedras y el yeso al rojo vivo, un tropel de cuerpos encendidos corría de un lado a otro en un vano intento por apagarse, algunos caían para terminar aplastados por los hierros retorcidos y los trozos de paredes, la sangre se confundía con el rojo del fuego y con el de las cortinas y las alfombras. En apenas dos minutos el edificio estuvo en ruinas y las voces de auxilio habían cesado. Solo el crepitar de las llamas y la risa de Rose Keller dominaban el silencio.
Después del siniestro, Rose Keller se vio obligada a continuar con sus crímenes. Por alguna vía llegó a enterarse de que, para su frustración, de todos los posibles Henry de Sade que habitaban la ciudad, cuatro de ellos no habían asistido al teatro la noche del incendio. ¿Ahora qué debía quemar, la ciudad, los barrios periféricos, los poblachos miserables, la Francia en pleno, incluso Europa en su totalidad? ¿Quemar las aguas? ¿Enfrentar los elementos conjugados? Sería un mal presagio y Rose Keller era una criatura muy supersticiosa.
Consideró que la salida más fácil era dar con la verdadera identidad de Henry de Sade y no andar por París dándole candela a cuanto lugar diera cobijo al asesino. Solo debía seguir bien de cerca a los cuatro sospechosos y a lo sumo en un par de años determinaría cuál de ellos resultaba digno del sacrificio. Para lograr la cercanía al cuarteto de Henrys de Sade, Rose Keller comenzó nuevamente su vida de poeta. Aunque le disgustaba la idea de regresar a esos antiguos tiempos, debió rehabilitar sus facultades de juglar e hizo un poco de vida pública. A los pocos meses ya había ganado un nombrecillo, por supuesto que muy distante del de Rose Keller, y una vez por semana ofrecía un recital donde el público se desternillaba de la risa con la chorizada de disparates que resultaba de esa ceguera verbal que le hacía sustituir las palabras de un texto que leía por otras sin sentido.
Henry de Sade era un ser asombrosamente astuto. Por eso, cuando asistió cierta vez a uno de aquellos pandemonios fonéticos de Rose Keller, en su mente surgió la sospecha de que el humorista volandero que tenía delante no podía ser otra que la Rrose Selávy, el travestipoeta que bailaba cancán y que cierta noche, precisamente el día que él, Henry de Sade, había dado muerte a Marguerite Coste, había desaparecido de un modo misterioso. Pero sucedía que aquel no era el rostro de Rrose Selávy, mucho menos la voz ni el modo de manotear. Aun así, Henry de Sade presintió que algo raro estaba sucediendo en aquella ciudad y, por azar –iluminación tan repentina y oportuna como diabólica–, le dio por relacionar la presencia de Rose Keller con los rumores que habían llegado a sus oídos sobre asesinatos en serie y, además, comenzó a parecerle muy extraño el incendio del teatro, tan extraño como las miradas de helado verdor, disparadas por aquel nuevo poeta que padecía una paralexia similar a la de Rrose Selávy.
Henry de Sade, que hasta ese instante se había reído de aquello que inconscientemente leía Rose Keller, dejó de hacerlo y aprovechando que esta no lo observaba, se levantó de su asiento y se marchó para su casa. La ausencia de uno de los cuatro supuestos Henry de Sade se hizo notar de inmediato. Rose Keller creyó ver en esa retirada una prueba irrefutable de culpabilidad. Interrumpió la lectura, se disculpó con el auditorio y salió a perseguir a quien redoblaba los pasos para distanciarse de su rastreador. Esa noche no hubo más que persecución y vigilancia. El supuesto Henry de Sade, previendo la crítica circunstancia en que se hallaba, aseguró puertas y ventanas y se encerró en el cuarto con doble llave. Bien entrada la madrugada, y habiendo sido imposible penetrar en la casa, Rose Keller regresó al palafito del estero.
Algunos húmedos jardines parecen pedir a gritos un crimen, Rose Keller disfrutó esa idea, y no pudo pegar un ojo en toda la noche. Recordaba cómo aquel sospechoso de ser Henry de Sade se había adentrado en un bosquecillo y luego en la casa. Era un lugar apropiado para esconderse, tan apartado como el estero. Ella lo esperaría allá, oculta entre los troncos de los árboles o sobre las ramas más frondosas para, en el momento exacto, lanzarse sobre la presa y aniquilarla. No lo pensó dos veces (sino diez) y partió en busca del supuesto Henry de Sade.
La víctima dormía sobre una estera a la sombra. Se abanicaba semidesnuda, movía un brazo de un lado a otro a pesar de no estar consciente de lo que hacía. Actuaba como sonámbulo, roncaba como un cerdo (¿acaso roncan los cerdos?), se babeaba sobre la estera y los pájaros le cagaban la boca y la barriga. Rose Keller se escurrió por entre la maleza y con la habilidad de una ardilla se subió a un árbol cuyas ramas se extendían hasta la víctima. Cuando estuvo sobre ¿Henry de Sade?, dio un salto y le cayó encima del abdomen. La víctima despertó sobresaltada y casi al borde de la asfixia le preguntó con una ingenuidad casi infantil: “¿Quién eres tú? ¿Por qué has hecho eso?” A Rose Keller no le interesaba responder aquellas preguntas y se apresuró a sacar el cortaplumas: “¿Tú eres Henry de Sade?” La víctima, temblorosa y sollozante, solo atinaba a gritar ¡auxilio! e imploraba que ¡no me mates! “¿Tú eres Henry de Sade?”, volvió a preguntar Rose Keller y sin esperar respuesta le dio un tajaso en el pecho a ¿Henry de Sade? “¡No me mates! ¡Por favor, no me mates! ¡Yo no soy Henry de Sade! ¡Henry de Sade se oculta en los suburbios!” Rose Keller, furiosa, hundió la cuchilla dos y tres veces en la barriga de ¿Henry de Sade? “¡Por favor, por favor!”, gritó como un tonto, pataleó, se defendió, lloró, berreó inútilmente hasta que el desmayo (o la muerte) sobrevino.
Meses transcurrieron. Rose Kéller no podía continuar de ese modo, viajando de la ciudad a los suburbios, de los suburbios a la ciudad y de la ciudad al estuario. Si atrapaba a una víctima en París y le preguntaba por el paradero de Henry de Sade, entonces le respondían que estaba en algún poblacho bretón; si la víctima era del poblacho, daba por seguro que Henry de Sade se ocultaba en París. Rose Keller estuvo a punto de echarse a llorar, hasta quiso abandonar la aventura de atrapar a De Sade para dedicarse por completo a la poesía. Solo el hecho de haber reducido el número de sospechosos de cuatro a tres la estimulaba a continuar su terrible proyecto.
Al día siguiente volvió a recitar. Había la misma concurrencia de siempre, incluso asistieron los sospechosos, entre ellos aquel al cual había dado de cuchilladas y que milagrosamente no había muerto. De seguro las heridas habían sido poco profundas y allí estaba, como si nada hubiese ocurrido; es más, ni siquiera sospechaba del poeta disfrazado, y hasta aplaudía aquellos versos disparatados por la paralexia. Rose Keller supo que se había equivocado, sin embargo, se dio cuenta de que el acuchillado no era el mismo que había salido huyendo la otra noche. El verdadero Henry de Sade estaba sentado como si nada al lado del falso Henry de Sade aunque, tal vez por eso, se cubría el rostro con una revista. Nuevamente Rose Keller interrumpió la lectura y salió a perseguir a Henry de Sade, corrió tras él a través de calles, callejuelas y callejones, rebuscó en pasillos y ruinas, en hierbales y baños públicos. Siguió a cuanta persona llevaba una revista o un periódico en las manos, revisó alcantarillas y depósitos de basura y, finalmente, no encontró nada. Henry de Sade se había evaporado otra vez.
Y fueron los días, los meses, los años y Rose Keller continuó interrumpiendo sus lecturas cada vez que Henry de Sade resolvía fugarse. ¿Por qué Rose Keller no anunciaba una lectura falsa y atrapaba a Henry de Sade en la entrada del auditorium? ¿Por qué había decidido extender ese juego durante todo ese tiempo? Estaba cansada, ya no le encontraba sentido a vivir persiguiendo Henrys de Sade por todo París. ¿Así de pronto? Tenía miedo. Había comprendido que Henry de Sade era un ser mudable, una esencia de todos los males y no bastaban la maña y la fuerza para destruirlo. Henry de Sade, como Rose Keller, era un ser que mudaba de disfraz constantemente y se tornaba inaprehensible.
Daría un último recital. Ese día la ciudad permanecía bajo las sombras, las nubes se imponían sobre la ciudad. Rose Keller dispuso los papeles sobre la mesa, el sonido de la lluvia era favorable a los versos que deseaba leer como despedida. Estaba resuelta a abandonar los crímenes, al menos a menguarlos, a vivir como una ermitaña en la cabaña del estuario o, mejor, abandonaría París, se marcharía a las Bahamas. El cansancio se había hecho evidente en la voz casi apagada. A media lectura, Henry de Sade hizo mutis por el fondo pero Rose Keller no interrumpió la lectura, continuó provocando la carcajada de su público. Ya casi terminaba. A un paso de encaracolarse en un abismo líquido, bajo la lluvia y los truenos, Rose Keller dejó correr los chorros de una verbosidad gasiforme. Al concluir el último poema se levantó sin esperar los aplausos, cabizbaja avanzó por uno de los laterales de la sala, buscó la salida. En el público crecían los aplausos y las ovaciones. Rose Keller salió a la calle. Caminó lento bajo un paraguas. Desde una esquina Henry de Sade le hizo señas para que le siguiera. Rose Keller no quiso volver a las persecuciones, ciertamente estaba cansada, muy cansada, tal vez porque sintió en lo más profundo de sí que su entorno era puro tejido de infamias y significantes en bruto y, de ser así, entonces su nueva existencia resultaba torpe e inútil, obsoleta. Y se marchó, bajo la lluvia, inconsolable y sola, a buscar, en el agua turbia del estuario, el alivio de la muerte.
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Ernesto Pérez Chang nació en La Habana en 1971. Narrador y editor. Ha publicado Últimas fotos de mamá desnuda, Historias de Seda, Los fantasmas de Sade y Variaciones para ágrafos. Ha recibido, entre otros lauros, el Premio David 1999, Premio IIberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2002 y el Premio Alejo Carpentier 2011.