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La inversión de los confines (invertere confinis): Una jugada ineluctable

Racso Pérez Morejón, 06 de abril de 2011

Inversión: Del  latín invetere.
-    Cambiar la posición, el sentido, la dirección o el orden de una cosa.
-    Usar el capital en una empresa…
-    Usar una cantidad determinada de una cosa en una actividad.
-     Ocupar el tiempo en hacer algo.

Confín: del latín confinis (contiguo)
-    Que confina o limita con otro.
-    Límite o frontera entre dos territorios.
-    Lugar más lejano a que alcanza la vista o de un lugar que se tome como referencia.


Siempre que buscamos un libro para leer ocurre dentro de nuestro intelecto una premonición. Una conjetura se entreteje con el sentido y la frontera desde donde parten nuestras in-solvencias; saber qué, cuál, por qué escogemos uno y no otro texto, precisamente a partir de ese ángulo de sombra en el cual nos situamos para consumirlo.

Pero, cuando  “los confines” de la selección son otros, cuando las márgenes por las líquidas llanuras  de nuestras inquietudes y propósitos marcan terceros rumbos a la travesía, se produce entonces “la inversión” de lo que estamos nombrando como premonición y en este traslado, en este tropos del vector intención nos a-sumimos por descubrir filiaciones que, más o menos, inciden sobre los bastiones corporales que detienen nuestras hipotecas estéticas.

Luego, y aún así en todo sitio recobramos el itinerario certidumbre, apostamos por nuestra andadura a la hora de leer con el cerebro aquello preferido que genera aciertos  -o desaciertos- del supremo vértigo que nos impone la lectura de un libro de poesía. La simple certidumbre de que el convite en versos, imágenes, alegorías, símbolos y el resto del inventario de figuras traslativas con que se  nos muda la poesía, alimentan nuestra elocuencia.

Desde la Posición dialógica,  trato de confabularme con el sujeto lírico más que con el autor, ello me ha procurado la alegría de re-velar matices y aristas que, en ocasiones, los propios poetas ignoran, algo así como niveles de lectura que hacemos lo mismo a distancia que a mansalva —¿"de los años"?—, aunque siempre ponga delante el disfrute estético con acendrado afán de aprehender(me) la dinámica de cada título, ya por asociaciones, apropiaciones, intromisiones…

Las inversiones de los confines de Rafael Díaz Pérez (Holguín, 1955), que resultara Premio Luís Rogelio Nogueras 2008 en el género poesía, al cuidado de Ediciones Extramuros en 2009,  fue el poemario que escogí para verificar-me la autenticidad de esta dinámica y porque realmente me atrajo la sugerente voluta, acaso subversiva, de su título. Dos palabras en las que con originaria pequeñez se desarrollan crecimientos, dos que por sí solas transfieren a la merca como doctrina del espejo, donde nuestra intemperie queda salvada en el diálogo del sujeto lírico con el lector, como una estocada para el vaticinio inherente a las quebraduras propias de la lectura de poemas, sobre todo si se admite, además,  que cada lectura de poemas implica el presagio de todas las partidas hacia esa cognición de uno mismo a partir de la gnosis del  otro, tal vez aquello que el propio Rafael recrea como la unidad de orden infinito. Sendero por el que todos se marchan aún desconociendo anexas conjeturas de las migraciones. 

De modo que el viaje queda propuesto, páramo lírico por delante, hacia esas esferas de las in-congruencias de la luz y el camino del verbo, lindes donde operan infernales in-versiones de la secreta realidad que el individuo procrea en su estrecho margen de tiempo, en su ancho costado de circunstancias. Porque esta entrega de Rafael Díaz se realiza desde un tema esencial para nuestros días, la insuficiencia del individuo ante “los confines” que se le enciman, aunque ello no implique para el poeta un carril de distanciamiento con su marea de circunstancias, sino que al rigor del mundo pro-porciona el rigor de sus inversiones comportando un significativo “entonces” que sustenta su sensibilidad. Fe domeñada en un juicio coherente, heredad de la asimilación de esa  tradición apostada como sabiduría milenaria en tramitables migraciones de luz y de esa disputa del tiempo por conservar un sitio en la memoria del hombre desde donde tejer los códices referenciales que se asoman a las ventanas discursivas de la (su) poesía.

El poeta desmenuza, adereza la substancia con que transita por las figuraciones poéticas y, en ese arte de apetencias cotidianas, escancia sus desvelos, hace del lenguaje y del andamiaje que lo sostiene, del instrumental con el cual se expresa, una pinza de presión con lo que sujetar (se) las referencias polícromas que re-crean sus andares líricos al servicio siempre evocativo de aquellos silencios, en fin,  que modulan la voz íntimamente plural de su poética.

Un cierto vislumbre espectral subsiste, pues,  desde  la seducción de la memoria, desde el murmullo angustioso y apacible en el sacrosanto oficio de cruzar la sombra majestuosa del ser que, en su solemne fijación, se inscribe con mayúscula siempre en la vehemente búsqueda del otro, un trance en que se arriesga la piel se tensa la voz, el arco, el vacío, sus perfiles circundantes, la propia vocación que inculpa y moraliza en la a veces recurrente y estéril estera de la mímesis atávica e infundada de ¿cierta? poesía que se imprime hoy.

De tal modo, su obra se esgrime memoriosa ante el deterioro migratorio de “lo poético” de nuestros tiempos, porque más que nada Rafael Díaz no vadea ni coquetea con la palabra, sus recursos tentativos y otras exigencias lícitas de la lengua, sino que por  encima del “polvo que no forma paredes con la demasiada luz”,  la suya es una poesía que transita el terco afán de los individuos, quienes se condensan en luminosos carbones de la  responsabilidad con su  circunstancia, con el abroquelado de los ideologemas que atesoran resonancias de un pensamiento que madura con la perspectiva que a posteriori re-torna como reflexión cuestionadora desde el alma cálidamente responsable con su reminiscencia, signo de empuje o intensidad de sus señales, imágenes o  preceptos líricos donde el discurso concluye como mausoleo de la vida. Y en esa partida con la angustia que el poeta se atreve a desentramar y –por qué no- a desentrañar en desprejuiciada complicidad con el lector, desnuda toda posibilidad de ver su poesía como inicuo subterfugio de palabras usadas a modo de mero capital que cruza por nuestro espacio en un tiempo inconsecuentemente calculado. De ahí que sus fibras líricas están  en el acontecer del propio poeta en pos de una praxis comprometida en función de aquella cohesión que se orea como manta cósmica […] toques de alerta y perplejidad, donde sus temas y ansiedades, los rasgos apetecibles de su conceptualización, los pasadizos de preguntas y respuestas y el contexto civil de sus palabras y señales se prefieren como cómplice esencia que integra texturas empeñadas en “cambiar la posición, el sentido, la dirección o el orden de una cosa” conexo y discrepante al unísono a manera de canto íntimo del ser en su drama transformador, sobre todo de sus propios y referenciales límites de realidades “que confina o limita con otro”.

Sintetiza historia(s) y sueño(s) sin tablado teológico, como fronteras entre dos territorios que irrumpen con fuerza portentosa, sobreabundante de ese coloquio del ser Poeta con el Ser poeta. Su in-conforme y vigorosa creatividad frente a su propia y vital certidumbre.

A esto estamos convocados por el poeta, a cubrir ese sendero  con la claridad  hincada desde el pozo de nuestra sed,  acaso  el velamen detrás del cual sea lúcido incorporar La inversión de los confines a los polvorientos títulos que ya atesoramos en casa, en la memoria y en la densidad somática  que nos define como lectores que viajan de sí mismos a la resonancia expresiva, a la imagen de coherencia incitadora en la que se desplazan los perfiles y recursos prosopoéticos que absorben hoy nuestra atención. Allí, donde la inversión de los confines es una jugada ineluctable para seguir apostando por la poesía.