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Azúcar, agentes subimperiales y el fénix cubano del imperio1. (Primera parte)

Jonathan Curry-Machado2, 08 de abril de 2011

“Escribo con apuro y muy tarde porque acabo de llegar después de una excursión de dos días... una cabalgata de 108 millas bajo un sol caliente alternando con lluvias tropicales,” escribió Charles Edmonstone desde Cuba en 1861:

Algunos de los agentes aquí afirman que ni tormenta ni sol me afectan. Estoy tan delgado pero fuerte que he ofrecido a apostar que mataría por buena fatiga a cualquier cinco caballos que me traigan sin que descanse, y uno tras otro. Hoy me encuentran en Cienfuegos, el día siguiente en Villa Clara, el próximo en Sagua y dos días después en San Juan de los Remedios3.
 
Edmonstone era un ingeniero migratorio, uno de muchos tales obreros especializados que vinieron a Cuba durante el siglo XIX para instalar, operar y mantener la maquinaría de vapor que se introducía en la industria cubana del azúcar, ayudando a convertir la isla en el mayor productor del mundo4.  A pesar de ser natural de Gran Bretaña, las actividades de Edmonstone – y de otros como él que llegaban de los centros industriales del Atlántico del Norte – revelan una independencia de los intereses nacionales estrechos de las respectivas potencias imperiales de donde venían, felizmente llenando pedidos “en los Estados Unidos, Inglaterra o doquiera que el comprador quisiera dar su preferencia”5.  Igual como los comerciantes diaspóricos a través de quienes mucho de la inversión de capital y el comercio exterior se hacía6,  estos peregrinos demuestran los procesos globalizantes, desarrollando por debajo de las fronteras de los proyectos imperiales contradictorios, que erosionaban la identidad cubana como colonia española. Sin embargo, al mismo tiempo que contribuían a la liberación de la Isla; también ayudaban a echar los cimientos de la subida de nuevas manifestaciones del control imperial.
 
A pesar de la tendencia en la historiografía cubana de focalizar en el desarrollo del proyecto nacional, generalmente esto se ha hecho dentro de un contexto implícitamente transnacional, con muchos historiadores viendo cómo la nación emergía no en aislamiento, sino en reacción a la competición de las intenciones imperiales sobre la Isla7. Otros han focalizado en los aspectos económicos, sobre todo en la dependencia azucarera de la Isla8,  y en el resultante imperialismo9.  Los análisis más fuertes han mirado por debajo de los linderos nacionales para lograr un enfoque regional10,  en que las rivalidades geopolíticas de las potencias atlánticas da un contexto para el entendimiento no solamente de Cuba, sino del Caribe Hispánico en el siglo XIX11.  En este artículo intento a llegar más lejos con tales enfoques, utilizando el caso de la importación de la tecnología de vapor en Cuba durante el mediados del siglo XIX, y la experiencia de los obreros migratorios empleados para operarla. Aquí el foco no es sobre Cuba como una entidad aislable, sino existiendo en el contexto de las redes transnacionales que involucraban a la isla en los procesos de la globalización12.  Sin embargo, en lugar de ver estos procesos como la consecuencia de los propósitos imperiales, argumento que era, desde el comienzo, una globalización ‘sub-imperial’, operando en independencia, y con la implicación de la liberación, del imperio.
 
Existen algunos usos del término ‘sub-imperial’, elementos de los cuales se pueden ver en este caso cubano. Por un lado, puede ser una descripción de la manera en que “los estados de colonos blancos adquirían más autonomía de la ‘madre patria’ y actuaban como socios en el ejercicio del poder imperial”13.  El término se aplicaba así por primera vez en los 70, por el economista brasileño Ruy Mauro Marini, para describir la manera en que Brasil aspiraba a convertirse en una potencia regional, no simplemente cediendo a los dictados imperiales (en este caso de los Estados Unidos), sino “colaborando activamente con la expansión imperialista, asumiendo en estas expansión la posición de nación clave”14.  Entre los historiadores del imperio británico, el término llegó a utilizarse en una variedad de contextos, en particular con referencia a los colonos blancos en Sudáfrica15:
 
Tales colonias articulaban sus propios intereses, que no siempre se sincronizaban con la política imperial metropolitana y que desarrollaban una relación colonial ‘interna’ con la gente indígena16.
 
Pero esta ‘gente indígena’ también a veces ha llegado a actuar en tal manera ‘sub-imperial’, como en la India, donde los intereses económica y políticamente expansivos de las élites locales seguían a entrar en conflicto con los intereses de la presencia y control metropolitano de los británicos17.
 
En el caso de Cuba, el crecimiento de la producción azucarera a partir de finales del siglo XVIII facilitó la aparición de una élite criolla que buscaba el desarrollo de la Isla. Esto hacían en lo que se puede describir como una vía ‘sub-imperial’, mientras que luchaban a definirse en una manera que era distinta al español, desarrollando la industria azucarera en búsqueda de sus propios intereses, y empujando la frontera de sus actividades y control cañeros para que se extendía cada vez más ampliamente. Como con los colonos blancos en Sudáfrica, esto significaba una relación diferente, y más explotador, no con los ‘nativos’ (que antes del siglo XIX habían sido erradicados, o absorbidos, casi en su totalidad en Cuba), sino con los negros esclavos en quienes dependían para su mano de obra18.  La búsqueda para nuevas tecnologías que permitieran el mejoro de la producción de azúcar necesariamente les conducía más allá de las posibilidades restringidas del imperio español hacia los centros industriales de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.
 
Por el otro lado, ‘sub-imperialismo’ también se puede considerar como otro conjunto de procesos, en el cual los inmigrantes en las sociedades coloniales que llegaban de las potencias metropolitanas, se beneficiaban de su estadía en estas tierras, no como representativos imperiales (a pesar de si a veces mantenían posiciones oficiales formales), sino en sus propios intereses individuales o colectivos, “hasta en contra de la voluntad declarada de sus gobiernos en Europa”19.  En el caso cubano, podemos ver cómo a mediados del XIX, en sus esfuerzos para desarrollar su industria, los dueños de las plantaciones cañeras recibían la ayuda tanto de los ingenieros migratorios que acompañaban la nueva maquinaria, como por los comerciantes de naturalidad extranjera que permitían la participación de la Isla en las redes comerciales transnacionales a través de las cuales el azúcar se exportaba y las mercancías industriales se importaban. Tales tendencias hacían que el dominio español sobre Cuba estuviera cada vez más irrelevante, y ayudaban a dar leña a la aparición de una identidad independientemente cubana, y a la explosión de la lucha por la independencia después de 1868.
 
No obstante, las mismas tendencias globalizadoras  que erosionaban el imperio español también causaban que Cuba cayera en nuevas formas del dominio imperial. Ya a mediados del siglo XIX, los inmigrantes ‘sub-imperiales’ habían llegado a actuar como un conducto a través de que los plantacionistas cubanos (junto con la industria y economía de la isla) se subyugaban a nuevas fuerzas imperiales. El gasto que aumentaba de la nueva tecnología de vapor conducía a una dependencia creciente en las inversiones de bancos mercantiles metropolitanos, los cuales paulatinamente asumían el control sobre una gran parte de la producción y comercio de la Isla. A pesar de algunos esfuerzos para desarrollar una industria indígena, Cuba se mantenía dependiente en la tecnología importada. Los mismos ingenieros migratorios que habían comenzado ayudando a los plantacionistas cubanos, asumían el papel de agentes para las compañías norteamericanas y europeas de ingeniería. En lugar de contribuir a sus habilidades como un grupo más de inmigrantes en una nación formada de migraciones múltiples, los ingenieros como Charles Edmonstone solían a afirmar una identidad ‘extranjera’20,  y preservaban su posición privilegada – que significaba junto con algunas ventajas, ser identificados negativamente, señalados como chivos expiatorios convenientes, y vistos como símbolos del proceso con que Cuba se sacudía del yugo español, solamente para remplazarlo con otro21.  Como el fénix que sale renacido de las llamas que lo consumió, así mismo hizo el imperio en Cuba desde lo que en una época parecía estar apurando su fallecimiento.
 
El azúcar y los adelantos tecnológicos
 
A pesar de que el azúcar empezó a producirse en Cuba en el siglo XVI, seguía en escala pequeña hasta los últimos años del siglo XVIII, cuando Cuba se encontraba en una buena posición para beneficiarse del vacío dejado en el mercado mundial de azúcar como resultado de la revolución en la isla vecina, Saint Domingue22.  Ocurriendo en una época de creciente demanda mundial, en que llegaba a ser un elemento paulatinamente más importante de la dieta proletaria en Europa y América del Norte23,  los precios de azúcar se subían rápidamente, haciendo particularmente atractivo para los terratenientes cubanos una expansión en los cañaverales, cuando antes habían dedicado una gran parte de su tierra al café24.  El aumento en la producción cubana fue ayudado después por la crisis en las Antillas Británicas como resultado de la emancipación de los esclavos25,  en momentos cuando a pesar de la prohibición de la trata el uso de esclavos en Cuba se intensificaba26.
 
Como un resultado, a mediados del siglo XIX Cuba llegó a ser el mayor productor en el mundo de azúcar, produciendo más que el 40% de todo el azúcar de caña27;  y la importancia de la isla se veía no solamente en la cantidad sino también en la calidad del azúcar, “siendo de un grano seco y firme [y] por eso siempre se vende con facilidad y a buenos precios”28.  A mediados del siglo XIX se veía el establecimiento de grandes números de nuevas plantaciones e ingenios, con la frontera de la caña extendiéndose inexorablemente por la Isla29.  La escala de la producción también se aumentó, con el producto promedio por ingenio creciendo de solamente 72 toneladas en 1830 a 316 toneladas en 186030,  con el más grande produciendo hasta 3,000 toneladas por zafra31.  El azúcar no solamente llegó a dominar la utilización de la tierra, sino también el comercio cubano. Entre 1827 y 1846, el azúcar y sus derivativos representaban casi dos-tercios de las exportaciones de la Isla32,  trayendo bastante afluencia a los que estaban en una posición a beneficiar. Aunque excluidos del poder político por los españoles, familias prominentes cubanas, con fortunas acumuladas de sus plantaciones azucareras expansivas, dominaban no solamente la sociedad rural33,  sino la vida nacional en general. Esta nueva élite económica era instrumental en la apariencia de organizaciones liberales y modernizadoras, en particular el Real Consulado y la Sociedad Económica de Amigos del País, a través de las cuales las influencias de la ilustración y los adelantos científicos de Europa y América del Norte encontraban una entrada en Cuba.
 
También hacían todo lo posible para facilitar la introducción de los últimos adelantos en la tecnología de vapor y la maquinaría de ingenio, originalmente desarrolladas en Gran Bretaña para la manufactura del algodón en el siglo XVIII, pero luego adaptado para las demandas de otras industrias y paulatinamente extendidas por otros países en gran parte a través de la migración de ingenieros34.  Esto permitía una intensificación en la producción y procesamiento, junto con una mejora notable en el transporte global de las mercancías35.  El azúcar, por todo que fuera un producto agrícola, era – gracias a la necesidad que tenía por pasar por algún proceso industrial para convertirse en un producto utilizable y vendible – particularmente apropiado para la aplicación de tales adelantos tecnológicos. La alta rentabilidad de la producción azucarera en el siglo XIX también brindó a esta industria la capacidad para auspiciar mejoras adicionales36.  En Cuba, el uso más temprano de una máquina de vapor conectada a un trapiche no era hasta los 179037.  Joaquín de Santa Cruz compró una máquina de Londres para su ingenio ‘Ceibabo’ en 179638,  y a pesar de que no parece de haber tenido mucho éxito, el interés en explorar la aplicación de la tecnología de vapor en los ingenios cubanos no se detuvo39.  Ya para 1819, Pedro Diago podía procesar toda una zafra utilizando un ingenio de vapor40,  y su ejemplo alentaba a otros azucareros prominentes, muchos de los cuales también habían instalado máquinas de vapor en los 183041.
 
Era rápidamente evidente cuan irrelevante España se había puesto para el desarrollo de la Isla. Por ejemplo, en 1851 las autoridades hicieron algunos intentos de facilitar la compra de una máquina de vapor de primera clase hecha en España, con un deseo de estimular la industria española en lugar de extranjera42,  ya que noticias les había llegado de que las máquinas que allí se hacían eran tan buenas y sólidas que las de otros países. Sin embargo, cuando las indagaciones se hicieron, lo mejor que lograron encontrar era una fábrica que se jactaba de que podría construir cualquier trapiche, siempre que recibieran los detalles de la máquina de vapor que se iba a usar – con la implicación de que sería imposible para ellos hacerla43.  La realidad era que las máquinas de vapor, y casi toda la otra maquinaria para el azúcar, tenían que ser adquirida de los centros industriales de Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia. Nueva York, Glasgow, Liverpool y Le Havre, las ciudades portuarias que juntas formaban el nexo del comercio atlántico del siglo XIX, también eran los centros principales para la industria de la ingeniería, y la fuente de la mayoría de las máquinas de vapor y otra maquinaría importada a Cuba44.
 
Los primeros trapiches movidos por el vapor introducidos en Cuba venían de tales compañías de ingeniería como Fawcett Preston de Liverpool45;  y hasta a mediados del siglo XIX, a pesar de la competencia de otros países, se hacía alarde de que:
 
Debiéramos creer aún de que los ingenieros ingleses realizarán la mayoría de las grandes obras de mejoras en todos los países donde el talento para la ingeniería no sea indígena46.
 
Hasta en los 1870, más que el 90% de los trapiches de caña comprados en Puerto Rico venían de Gran Bretaña, con solamente 15 de un total de 294 comprados en los Estados Unidos47.  Sin embargo, ya en los 1830 y 40, las compañías de ingeniería norteamericanas hacían innovaciones en la tecnología, tomando direcciones diferentes a las de los británicos48,  sobre todo con el desarrollo de máquinas de más alta presión. Las fundiciones de Nueva York, como el Novelty Iron Works y el Matteawan Works, se hacían los más importantes productores de máquinas de vapor estacionarias del tipo que se podía aplicar a los ingenios49,  y a partir de finales de los 1830 la West Point Foundry estableció su reputación entre los plantacionistas más inclinados a mirar hacia el norte que Europa50.  Como resultado, a pesar de que la ingeniería británica seguía con influencia en Cuba, ya en los 1840 los Estados Unidos se establecían como el proveedor principal de la maquinaria azucarera51.
 
Luis Martínez-Fernández ha argumentado que el desarrollo en Cuba durante este período podría definirse por las presiones e influencias ejercidas por las potencias imperiales rivales que competían para la hegemonía regional52.  No obstante, aunque la maquinaria que se adquiría en el desarrollo de la industria azucarera cubana venía de las fábricas de las potencias rivales, el impulso inicial para su introducción en Cuba venía no de los intentos de estas potencias a retar el control español sobre el país, sino de la misma sacarocracia cubana buscando cómo satisfacer las necesidades de desarrollo de Cuba a través de los últimos adelantos tecnológicos. Terratenientes prominentes se convirtieron en estudiantes de tecnología de molienda y refinería, con ansia de aprender acerca de tales desarrollos y explorando cómo aplicarlos a su propia industria – no en un esfuerzo rígido de imitar las ideas y prácticas de los europeos y norte-americanos, sino porque en esto reconocían tanto la posibilidad de adelantar sus propios intereses individuales, como sacar colectivamente a la isla del pasado feudal y proteccionista del dominio español, para alcanzar la edad moderna de la producción industrial y el comercio globalizador. Por ejemplo, en 1849, Joaquín de Ayestarán se hizo el primer azucarero que instalara centrífugas en un ingenio cubano53,  apenas cinco años después de la primera demostración del uso de un centrífuga para separar los cristales de azúcar, en Alemania54.  En 1850, viajó a Europa, visitando Liverpool, Birmingham y Paris, y regresando a Cuba con los materiales y máquinas que necesitaba para modernizar su ingenio Amistad55.
 
Durante el mediados del siglo XIX el uso del vapor en los ingenios cubanos se generalizó56,  con el 70% utilizando máquinas de vapor en 1860, subiendo de solamente el 20% en 184657.  Adelantos se introdujeron en todos los aspectos de la producción del azúcar, así permitiendo las mejoras en la calidad por las cuales el azúcar cubano se hizo famoso58.  La acelerada producción azucarera también necesitaba un transporte mejorado, y esto condujo al desarrollo (también utilizando sobre todo la tecnología británica y norteamericana) de una extensa red ferrocarrilera – la sexta del mundo en construirse, varios años antes de la del mismo España59 –  y rutas de barcos de vapor. Aunque conducía a la importación de grandes cantidades de maquinaria, lejos de originar en un proceso de la penetración imperial en el mercado cubano por productores extranjeros, el impulso inicial para esto venía de la misma Cuba, a través de las redes establecidas personalmente. No solamente permitía el desarrollo de la producción azucarera cubana y la infraestructura por su inclusión en la distribución globalizadora de las nuevas tecnologías; sino también permitía que las mismas compañías de ingeniería pudieran extender el alcance de sus productos, mucho más allá de los linderos de sus respectivos imperios nacionales.
 
En los años iniciales, esto se ocurría no a través del intercambio desigual característico del imperialismo económico, sino a través del intercambio igual entre plantacionistas cubanos y los fabricantes extranjeros de las máquinas, en un proceso que marginalizaba el control imperial español sobre la Cuba.
 
Citas:

1-Una traducción de un artículo publicado en el Journal of Global History, 4:1 (2009). Agradezco el apoyo del Instituto Cubano de Investigación Cultural Cubana Juan Marinello, La Habana, en el trabajo investigativo en que se basa. 

2-Actualmente un investigador con el Grupo de Tecnología y Desarrollo en la Universidad de Wageningen, Países Bajos, y el Instituto para Estudio de las Américas, Universidad de Londres – donde coordina el proyecto colaborativo ‘Commodities of Empire’. Vivía en La Habana entre 1992 y 1999, cuando era muy activo en proyectos culturales en Alamar, La Habana del Este. Como poeta, sigue como miembro en diáspora del grupo Omni-Zona Franca. 

3-Museo de la Ciudad, Havana (MC), Fondo Moreno Fraginals (MF), 234/28/5.

4-Jonathan Curry-Machado, Cuban Sugar Industry: Transnational Networks and Engineering Migrants in Mid-Nineteenth Century Cuba, New York: Palgrave Macmillan, 2011.

5-MC, MF 234/27/1.

6-Roland T. Ely, Comerciantes cubanos del siglo XIX, Havana, 1961; Philip D. Curtin, Cross-cultural Trade in World History, Cambridge: Cambridge University Press, 1984.

7-Herminio Portell Vilá, Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, 4 tomos, Havana: Jesús Montero, 1938-41; Jorge Ibarra, Nación y cultura nacional, Havana: Editorial Letras Cubanas, 1981; Manuel Moreno Fraginals, Cuba/España; España/Cuba, Barcelona: Crítica, 1995; Christopher Schmidt-Nowara, Empire and Antislavery: Spain, Cuba, and Puerto Rico, 1833-1874, Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1999.

8-Ramiro Guerra y Sánchez, Azúcar y población en las Antillas, Havana: Editorial de Ciencias Sociales, 1970 [1927].

9-Oscar Zanetti, et al., United Fruit Company. Un caso de dominio imperialista, Havana: Editorial de Ciencias Sociales, 1977.

10-José Benítez, Las Antillas: colonización, azúcar e imperialismo, Havana: Casa de las Américas, 1977.

11-Luis Martínez-Fernández, Torn Between Empires: Economy, Society and Patterns of Political Thought in the Hispanic Caribbean, 1840-1878, Athens & London: University of Georgia Press, 1994.

12-Jonathan Curry-Machado, ‘Sin azúcar no hay país: the transnational counterpoint of sugar and nation in nineteenth century Cuba’, Bulletin of Hispanic Studies (84:1), 2007.
 
13-Barbara Bush, Imperialism and Postcolonialism, London: Pearson Eduction, 2006, p.45.

14-Ruy Mauro Marini, ‘Brazilian ‘interdependence’ and imperialist integration’, Monthly Review 17:7 (1965), p.21. Parece ser que Marini era el primero en utilizar el término ‘sub-imperial’ para describir tales procesos en ‘Brazilian sub-imperialism’, Monthly Review, 23:9 (Feb. 1972), pp.14-24. Más recientemente el término se resuscitó, mientras que la economía brasileña se crecía junto con su influencia regional (Daniel Zirker, ‘Brazilian Foreign Policy and Subimperialism during the Political Transition of the 1980s: a review and reapplication of Marini’s theory’, Latin American Perspectives, 21:1 (Winter 1994), pp.115-31; Matthew Flynn, ‘Between subimperialism and globalization: a case study in the internationalization of Brazilian capital’, Latin American Perspectives, 34:6 (2007), pp.9-27).

15-Robert Ross, Adam Kok's Griquas: A Study in the Development of Stratification in South Africa, Cambridge: Cambridge University Press, 1976; P. R. Warhurst, ‘Smuts and Africa: a study in sub-imperialism’, South African Historical Journal, 16 (1984), pp.82-100; Timothy Keegan, ‘The Making of the Orange Free State, 1846-1854: sub-imperialism, primitive accumulation and state formation’, Journal of Imperial and Commonwealth History, 17:1 (1988), pp.26-54; Hew Strachan, The First World War in Africa, Oxford: Oxford University Press, 2004. Más recientemente Patrick Bond ha demostrado como el término puede aplicarse también a Sud Africa después del apartheid: ‘The ANC’s left turn and South African sub-imperialism’,
Review of African Political Economy, 31:102 (2004), pp.599-616; ‘Bankrupt Africa: imperialism, sub-imperialism and financial politics’, Historical Materialism, 12:4 (2004).

16-Barbara Bush, Imperialism and Postcolonialism, p.45.

17-Robert J. Blyth, The Empire of the Raj: India, Eastern Africa and the Middle East, 1858-1947, Houndmills: Palgrave Macmillan, 2003.
 
18-Véase, por ejemplo, Christopher Schmidt-Nowara, The Conquest of History: Spanish Colonialism and National Histories in the Nineteenth Century, Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 2006.
 
19-Trutz von Trotha, ‘Colonialism’, en Stefan Berger (ed.), A Companion to Nineteenth-century Europe, 1789-1914, Oxford: Blackwell, 2006, p.439.
20-Curry-Machado, Cuban Sugar Industry, pp.102-10.

21-Jonathan Curry-Machado, ‘Privileged Scapegoats: The Manipulation of Migrant Engineering Workers in Mid-Nineteenth Century Cuba’, Caribbean Studies, 35:1 (2007), pp.207-45.
 
22- Benítez, Las Antillas, pp.136-8; Julio Le Riverend, Historia Económica de Cuba, Havana: Editorial de Ciencias Sociales, 1967: 161; Sherry Johnson, Social Transformation of Eighteenth Century Cuba, Gainsville: University Press of Florida, 2001.

23-Sidney W. Mintz, Sweetness and Power: the Place of Sugar in Modern History, New York: Penguin, 1985, pp. 74-150.

24-Louis A. Pérez Jr., Cuba: Between Reform and Revolution, 2nd Edition, New York & Oxford: Oxford University Press, 1995, pp.71-4.

25-Michelle Harrison, King Sugar: Jamaica, the Caribbean and the World Sugar Economy, London: Latin America Bureau, 2001, p.107; William A. Green, British Slave Emancipation: the Sugar Colonies and the Great Experiment, 1830-1865, Oxford: Clarendon Press, 1976.

26-Ramiro Guerra y Sánchez, et al., Historia de la nación cubana, Havana, 1952, p.78; Franklin W. Knight, Slave Society in Cuba during the Nineteenth Century, Madison: University of Wisconsin Press, 1970, p.24.

27-Moreno Fraginals, Manuel, El Ingenio, Tomo 3, Havana: Editorial de Ciencias Sociales, 1978, pp.35-7; Alan Dye, Cuban Sugar in the Age of Mass Production: Technology and the Economics of the Sugar Central, 1899-1929, Stanford: Stanford University Press, 1998, p.27.

28- Richard McCulloh, Reports from Secretary of the Treasury of Scientific Investigations in Relation to Sugar and Hydrometers, Washington, 1848.
 
29-Marrero, Levi, Cuba: economía y sociedad, Tomo 10, Madrid, 1973-86, p.278; Moreno Fraginals, El Ingenio.

30-Pérez, Cuba, p.75.

31-Benítez, Las Antillas, p.200.

32-Marrero, Cuba, Tomo 12, p.115.

33-Laird W. Bergad, Cuban Rural Society in the Nineteenth Century: the social and economic history of monoculture in Matanzas, Princeton: Princeton University Press, 1990.

34-David J. Jeremy, Transatlantic Industrial Revolution: the diffusion of textile technologies between Britain and America, 1790-1830, Cambridge, Mass.: MIT Press, 1981.

35-Véase, por ejemplo, Richard L. Hills, Power from Steam: A History of the Stationary Steam Engine, Cambridge: Cambridge University Press, 1993; y Joel Mokyr, Lever of Riches: Technological Creativity and Economic Progress, New York: Oxford University Press, 1990.
 
36-Sobre el desarrollo general de la industria azucarera, véase Noel Deerr, The history of sugar, 2 tomos, London: Chapman & Hall, 1949-50; y J. H. Galloway, The sugar cane industry: an historical geography from its origins to 1914, Cambridge: Cambridge University Press, 1989.

37-‘Proyecto sobre mejorar la máquina de exprimir caña’, Biblioteca Nacional ‘José Martí, La Habana (BNJM), C.M.Sociedad Económica 15/21.
 
38-BNJM, C.M.Pérez Beato, Legajo 12; Marrero, Cuba, Tomo X, pp.158-9.

39-Moreno Fraginals, El Ingenio, Tomo 1, p.87.

40-Portell Vilá, Historia de Cuba, Tomo 1, p.199.

41-Jacobo de la Pezuela y Lobo, Diccionario Geográfico, Estadístico, Histórico de la Isla de Cuba, Tomo 1, Madrid: Imprenta del Establecimiento de Mellado, 1863, p.58.

42-Anales de las Reales Junta de Fomento y Sociedad Económica de la Habana, Tomo IV (1851), p.247.

43-Archivo Nacional de Cuba (ANC), Gobierno Superior Civil (GSC), 372/14200.

44-Paul Butel, The Atlantic, London & New York: Routledge, 1999, pp.223-33.
 
45-A. A. Ramos Mattei, ‘The role of Scottish sugar machinery manufacturers in the Puerto Rican plantation system, 1842-1909’, Scottish Industrial History, 8:1 (1985), p.21; Moreno Fraginals, El Ingenio, Tomo 1, pp.207-8).

46-The Engineer, 12 noviembre 1858, p.376.

47-Ramos Mattei, ‘Role of Scottish Sugar Machinery’, p.20.

48-David J. Jeremy, ‘Innovation in American Textile Technology during the early 19th Century’, Technology and Culture, 14:1 (January 1973), pp.40-76; David J. Jeremy & Darwin H. Stapleton, ‘Transfers between culturally-related nations: the movement of textile and railroad technologies between Britain and the United States, 1780-1840’, en David J. Jeremy (ed.), International Technology Transfer: Europe, Japan and the USA, 1700-1914, Aldershot & Brookfield: Edward Elgar, 1991, pp.31-48.

49-Carroll W. Pursell, Early Stationary Steam-Engines in America: a study in the migration of a technology, Washington DC: Smithsonian Institution Press, 1969; Louis C. Hunter, A History of Industrial Power in the United States, 1780-1930, Vol. 2: Steam Power, Charlottesville: University Press of Virginia, 1985.

50-Ramos Mattei, ‘The Role of Scottish Sugar Machinery’, p.21.

51-Martínez-Fernández, ‘Torn Between Empires’, p.84.

52-Martínez-Fernández, Torn Between Empires.

53-Manuel Moreno Fraginals, The Sugarmill: the socio-economic complex of sugar in Cuba, 1760-1860, New York & London: Monthly Review Press, 1976, p.117.

54-Geoffrey Fairrie, Sugar, Liverpool: Fairrie & Co., 1925, p.168.

55-BNJM, Lobo 108, 3/ 2.

56-Martínez-Fernández, Torn Between Empires, p.98; Bergad, Cuban Rural Society, p.90.

57-Marrero, Cuba, Tomo 10, p.159.

58-Moreno Fraginals, El Ingenio; Dye, Cuban Sugar; Curry-Machado, Cuban Sugar Industry.

59-Oscar Zanetti & Alejandro García, Caminos para el azúcar, Havana: Editorial de Ciencias Sociales, 1987.