¿Boleto al paraíso o al infierno?
El arte refleja la realidad, pero crea ‘otra’ realidad en
la mente y el alma del artista, el público y el crítico.
José O. Suárez Tajonera
Boleto al paraíso, largometraje de Gerardo Chijona, es el filme cubano de estreno, que se ha exhibido recientemente en los principales cines de nuestra geografía insular.
La trama principal y las sub-tramas de dicho largometraje, concebido por el genio y el ingenio de su sagaz realizador, y llevado a la pantalla grande desde una concepción estético-artística por excelencia, están basadas —fundamentalmente— en las conmovedoras historias relatadas por el doctor Jorge Pérez Ávila, ex director del sanatorio Los Cocos, en su libro Confesiones a un médico.
Texto que tuve el privilegio de reseñar para CubaLiteraria, y que no vacilé en calificar como juramento hipocrático de la medicina revolucionaria por la lección magistral de ética, humanismo y espiritualidad impartida al lector a través de sus páginas.
Una de esas desgarradoras historias, narradas por el actual sub-director de asistencia médica del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kouri, le sirvió de inspiración a Chijona para llevar a imágenes fílmicas la azarosa vida de un grupo de adolescentes roqueros (friquis), despreciados o abandonados a su suerte por la familia (¿?) o acosados sexualmente por el padre biológico de una de ellas.
Ante esa frustrante realidad, decidieron dejarse inocular el letal VIH-SIDA para ingresar al sanatorio Los Cocos, donde pudieran vivir, comer y disponer de “comodidades” de las que carecían en sus respectivos contextos socio-familiares.
El elenco artístico estuvo integrado por la carismática actriz Mirielys Cejas (Lisanka), quien interpretara el papel de Eunice, la joven asediada sexualmente por el progenitor, y que decidió huir del hogar paterno, y los bisoños Héctor Medina (Alejandro), Dunia Matos, Saray Vargas, Fabián Mora y Ariadna Núñez, cuya conducta psicosocial era casi delincuencial y su vocabulario mediatizado por la marginalidad. Jerga incomprensible para cualquier hispanohablante, pero que —en honor a la verdad— solo era utilizada cuando las circunstancias dramatúrgicas así lo exigían.
Esos jóvenes fueron muy bien secundados por actores y actrices de la talla excepcional de Luis Alberto García (el potencial violador), Blanca Rosa Blanco, Jorge Perugorría, Enrique Molina, Albertico Pujols, Osvaldo Doimeadiós, Paula Alí, Rafael Lahera, Mario Limonta y Jorge Ryan, entre otros no menos relevantes, cuya participación en el desarrollo de la trama fue efímera, pero puntual (¿cuándo no?).
No obstante las reprobables actitudes de esos chicos, eran —ante todo— seres humanos dignos más de compasión que de desprecio por tener que convivir en el seno de familias fracturadas o disfuncionales, y por ende, formar parte de estructuras socio-culturales y educacionales, que en vez de darles amor y comprensión los rechazaban por indeseables, groseros, mal hablados, sexualmente promiscuos, etc.
Denominaciones excluyentes, que evocan en mi memoria sensible una frase antológica de José Martí: «todo lo que divide a los hombres, […] aparta o acorrala es un crimen contra la humanidad».
No cabe duda alguna de que las actuaciones de esos jóvenes (solo Mirielys posee experiencia profesional en el set de filmación) estuvieron signadas —en todo momento— por la sinceridad, la entrega, la naturalidad con que les prestaron piel y alma a los personajes que interpretaran en esa cinta, donde ficción y realidad se funden en doloroso abrazo.
Al final, solo dos contrajeron el VIH Alejandro y Eunice, quien para salvar la vida de su novio —que pensaba suicidarse cuando cayó en la cuenta de que el sanatorio era la antesala del infierno y no el soñado paraíso— tuvo relaciones sexuales desprotegidas con él y no sólo se contaminó, sino también quedó embarazada.
En la última escena, Alejandro ya había fallecido, al igual que la muchacha que lo había infectado con el VIH, y Eunice estaba recluida en el sanatorio, en espera del bebé, a quien le pondría el nombre de su difunto padre, y al que estoy seguro Dios y la vida le depararían una existencia terrenal muy diferente a la de sus progenitores. ¡Estoy convencido de que así será!
Si cuando concluyó el filme Boleto… algún espectador sintió cierto escozor, mezclado con una frase interior negativa que le perturbara la mente y el alma, no debe preocuparse en lo más mínimo, y consecuentemente, evocar las sabias palabras del ilustre poeta y escritor Regino Pedroso:
Creemos en la bondad [del séptimo arte] como manifestación suprema de la belleza, pero solo comprendemos y justificamos su utilidad y su razón de ser, cuando tiende a reflejar e interpretar virtudes, defectos, debilidades, necesidades, contradicciones, tristezas, angustias […], sueños, anhelos e inquietudes de grandes conjuntos humanos» (sin excluir —desde luego— a los marginados socialmente que van por la vida en busca de un falso boleto al paraíso).