Poesía de…Víctor Fowler

La obra de Víctor Fowler contiene una preclara producción ensayística. Dado además a la creación poética, en ella se observan los referentes axiológicos del exégeta y la metáfora inteligente del poeta que prefiere los poemas en prosa.
En su libro La obligación de expresar1 (Premio de poesía Nicolás Guillén 2008), cuyo título pareciera contener más bien un ensayo, los poemas se encaminan hacia situaciones extremas, donde también se perfila un recuerdo, se erige lo trascendente en personajes tanto cercanos como de la humanidad misma y a través de las lecturas del autor, más que nueva dimensión del sujeto lírico, este se convierte en ese ser introspectivo que busca plantearse un juicio de cuanto le rodea.
Ofrecemos algunos de sus textos, escritos desde el privilegio de jugar con la razón, pero interpelados por lo emotivo como función poética.
Osmán Avilés
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Al hijo
La noche en la que salimos, tu madre y yo, al jardín con toda aquella carga de fotos y libros. La hoguera que hicimos en homenaje a tu respiración, en la hora más fría, cuando los cálculos aseguraban que ningún vecino estaría vigilando. Ojalá nos hubieras visto: tiesos, mudos, sin todavía creer en lo que estábamos uniendo o rompiendo para siempre. Iluminados por la escasa luna, las lenguas de fuego y las cicatrices que brillaban. Fuimos libres y únicos como sólo sucede en la ocasión primera. Mientras tú, la esperanza, dormías con aquella respiración, todavía inocente, de alérgico pertinaz.
Ruedas de San Francisco de Sales
Por el oficio de carpintero le obligaron a fabricar la que sería cruz propia, de donde horas más tarde pendería entre la sed y la sangre. Humilde, como ahora lo es este sacerdote salesiano, de verbos que recuerdan un madero nudoso. Hemos venido por Casal, triste como ninguno de los nuestros, a que su alma descanse cien años más tarde. Los misioneros hacen ruedas, serruchan, cepillan, encolan, clavan y acompañan al que siguió trabajando, en el dolor, para más alto. Buscan que el prójimo tenga consuelo en la pobreza, en la Iglesia no pensada para que el aire refresque, sino para imágenes de la herida que unas manos registran entre el agobio de arena judaica y el verano de la isla. Pedir aquí es hacer el encuentro más desesperante aún. Me agrada que se divierta con mi ceguera este Dios de bancos toscos, mareo de la resina, ventiladores pequeños que baten calor, de telas sencillas y la nuca doblada en seña de respeto. A que posea me entrego mientras pronuncian el nombre de Casal como uno más en la lista inacabable.
Arte de perder bibliotecas
La imagen de Cernuda, el poeta, quien juraba odiar las bibliotecas personales. En España subían al poder los fascistas, en Inglaterra bombardeaban los nazis, en la fría Norteamérica nunca fue más que alguien de tránsito y en México solo restaba morir. Salto de continentes y culturas, o entre habitaciones. Hay que tener fuerza y ancla extraordinarias, raíz casi única, conmovedora por la voluntad, para no ser barrido junto a la hoguera de libros. Perros de averiguar y esa rabia que borra el pesado esfuerzo de construir bibliotecas, zapateras, álbumes de sellos, roperos, vajillas, colección de insectos, manuscritos o el sobre de las fotos amadas. Con la seguridad de que un día vendrán porque se aburren, por fatalidad, porque se apuran a denunciar y defender lo que creen. Quizás sea por eso que escribes: para que ya esté hecho cuando lleguen, para curarte igual al cuero arrancado a terneros todavía vivos.
Sangre
Saca el cuchillo en el ómnibus y pide sangre. No importa de quién o el motivo, sólo que el país necesita que haya sangre, mucha sangre. A su alrededor, el miedo abre círculos, coloca luces para que el muchacho —como encima de un escenario— juegue con su delirio o ración de droga. En el silencio de los pasajeros grita que no teme a nadie, que es señor de vidas, que si alguno está en desacuerdo se atreva a contradecir. Así, monótono y sobresaltado, hasta que llega a la parada que desea y baja.
Es demasiado fuerte como para no reunir a la familia y contarlo apenas llegar a casa; repetir al día siguiente, la historia en el trabajo; a los amigos en una charla telefónica. Aunque pudo, también, haber sucedido de otro modo: donde el muchacho es rodeado por ojos de mirada fija y bocas excitadas. Muerden, arrancan trozos de carne, gozan, mientras, en el centro del círculo, el muchacho gime y llama a Dios, a algún dios.
Baudrillard est mort
Con la saliva de un vino barato escribes sobre el suelo: Baudrillard est mort en esa lengua que llena el cuerpo como una revelación. De las conversaciones que hubiesen sostenido y con la cual, imaginas, te sería dado reunir el fragmento de una antigua amistad. Lo mismo que observar el rostro en un espejo astillado en el centro o compartir una jarra. Que en otra parte del mundo, como relojes ajustados, manos escriben líneas idénticas a estas tuyas, pero también sabes que no es cierto, que nadie ayudará a recoger trozos del vidrio y menos a tratar de juntar, con la cabeza puesta en la almohada, libros que no hay ya con quien compartir.Vaciado, en el lugar donde te olvidaron, tambaleándote y es la idiotez de un vino de escaso ardor.
Filtración
Me despertaste en la madrugada para hablar del pasado y las pérdidas, de lo que daña y el techo agujereado de nuestras vidas. Lo habías callado demasiado tiempo y el aguacero hizo que brotara. Todo lo que hubieras deseado de otro modo, que dejaste escapar o heriste para que sangrara todavía más. Yo miraba hacia las rajaduras del techo, a las gotas que dentro de poco comenzarían a mojarnos y no quería estar allí.
La obligación de expresar
No podrías haber nacido en mejor época que esta,
en que todo se ha perdido.
SIMONE WEIL, «La gravedad y la gracia».
Ella quiere decir, la sensación de que bombardearon mientras dormías.
Partes cañas delgadas y tratas de extraer una enseñanza:
quedaron adentro las puntas.
Con la sensación de que llegué a otro planeta o terminó la realidad.
La voz suena como agua llamando al agua de un pozo cegado.
En ocasiones, traen florecimiento de yemas y otras derraman barro.
Es todo: se bebe savia del abandono y con el abandono se conversa.
Dentro de semejante trama de equívocos enloquece caminar.
He pensado mucho sobre esto o, si me propongo ser sincero,
no pienso en otra cosa. Los días se me van tratando
de acomodarlo, igual que bultos en un tren atestado
y ese tren es el tiempo que traquetea.
Mi gesto estuvo allí: deseoso de ser consumido.
Moldeé el acero hirviente de las preguntas.
Blancas cabezas que ayer miré pasar: con las cicatrices del obrero.
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Víctor Fowler Calzada (La Habana, 1960). Es licenciado en Educación. Tiene publicados los poemarios El próximo que venga (1986), Estudios de cerámica griega (1991), Confesionario (1993), Descensional (autoedición, 1994), Visitas (1996), Caminos de piedra (2001), Malecón Tao (2001), El extraño tejido (2003) y El maquinista de Auschwits (2005, Premio UNEAC 2004). Es coautor de la antología Retrato de grupo (1990). Compiló y prologó la antología de jóvenes poetas habaneras Donde termina el cuerpo (1998). Tiene en su haber, asimismo, los volúmenes de ensayo La maldición: una historia de placer como conquista (1998, Premio de la Crítica 1998), Rupturas y homenajes (1998, Premio UNEAC 1997) e Historias del cuerpo (2001, Premio de la Crítica 2002). Obtuvo el Premio Razón de Ser en 1999 con el proyecto de investigación La Habana de los literatos. Colabora asiduamente en publicaciones culturales dentro y fuera del país.
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1 Víctor Fowler: La obligación de expresar. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.