Jaime Bunda, agente secreto
Pepetela (Artur Pestana), Jaime Bunda, agente secreto, editorial Arte y Literatura, colección “Policíaco”, La Habana, 2010, 336 págs., glosario, notas, índice.
Circula por el planeta una mala noticia para quienes andan al margen de la legalidad: Ha nacido un nuevo defensor de la ley y el orden. ¿Un nuevo defensor he dicho? ¿Uno más? Pues dije mal: Ha nacido el mejor, el más asombroso, el súper agente cuyo solo nombre llenará de espanto a quien pretenda salirse del buen camino, un paladín de la justicia de tan preclaras cualidades como investigador que, a su lado, los conocidos hasta ahora no pasan de unos principiantes, incluidos Poirot y Holmes.
La tierra donde ha ocurrido el portento es africana y, por más señas, digamos que tierra angolana.
Jaime Bunda es el nombre del nuevo campeón de la justicia, nos lo avisa la cubierta del libro primero de sus aventuras, Jaime Bunda, agente secreto. Para quien conozca algo del habla popular angolana, ese apellido podría resultar insólito: ¿Cómo es posible para alguien ser un súper héroe, ni siquiera un humilde policía de esquina, y apellidarse… «¡Nalga!»? Sorprendente, es cierto, pero ese es el nombre del personaje: Jaime Bunda / Jaime Nalga. No hay por qué sorprenderse, son libertades que suelen tomarse los creadores, y ellos saben por qué. Y más en este caso en que nos asomamos a la obra de uno de los más sobresalientes narradores en lengua portuguesa de estos tiempos, con una extensa lista de títulos de primera línea en su haber: Artur Carlos Maurício Pestana dos Santos.
Dicho de manera más sencilla: Pepetela, el escritor angolano nacido en 1941 que ostenta el premio Camões 1997.
Ciertamente, Jaime no era Bunda al nacer; el pequeño y redondo Jaimito cargaba de niño un apellido largo, que proclamaba su procedencia de dos familias ilustres de Luanda, pero cierto día un profesor de volibol, ante su falta de habilidad o empeño (sobre todo empeño, aclaremos, pues nuestro personaje es, por principio, enemigo de cualquier esfuerzo físico), le gritó: «Jaime, salta. Salta con la bunda, ¡coño!» La frase pegó, y después de eso nadie lo llamó por otro nombre que no fuera Bunda, para desesperación de su madre, que no le encontraba la gracia.
En fin, que la bunda, o la nalga, quedó convertida en parte del nombre propio. ¡Como que le encajaba mejor que cualquier otro apellido!
Apellido que Jaime lleva con orgullo, aclaremos antes de seguir adelante. Y cómo iba a ser de otra manera, si lo describe de la forma más exacta que uno pueda imaginar. Porque, señores, como asegura el primer narrador que encontramos en la obra: «En realidad, sus nalgas exageraban.»
Por la analogía onomástica, muchos lectores han buscado similitudes con el presumido James Bond; algunos los han comparado, y han llamado a nuestro Bunda el James Bond subdesarrollado, cuando la verdad es exactamente lo opuesto: James Bond es el Jaime Bunda del mundo de la alta tecnología. Si conociera al tocayo angolano, seguramente empalidecería de envidia ante su magnética personalidad y su sin igual capacidad de observación y deducción.
Es solo comparar las aventuras de uno y otro para darse cuenta.
Sin embargo, por la extraordinaria modestia que caracteriza a nuestro héroe, y que el lector tendrá ocasión de conocer, él tiene a Bond como uno de sus héroes cinematográficos preferidos. ¡Así son los verdaderamente grandes!
Pero no perdamos tiempo con el JB de cara pálida, que en definitiva no aparece por ninguna parte en la obra que nos ocupa, y concentrémonos en nuestro JB de cabello ensortijado.
Comencemos por declarar que nuestro Jaime está obligado a vivir junto a una tía política que lo desprecia y hace todo lo posible para echarlo de casa, si no lo logra es gracias a su tío, y una prima quinceañera que es su admiradora más entusiasta. Tenía una amante, casada y mayor que él, que un mal día le deja la cara hecha una lástima. En el trabajo tiene que soportar las inquinas de un envidioso jefe inmediato, además de las burlas de sus compañeros, que no le perdonan que esté emparentado con las principales familias de Luanda, y achacan a ese parentesco (su primo es el Director Operativo de los Servicios de Investigación General, SIG) su presencia junto a ellos, no a su talento.
Por culpa de esas malquerencias, y no porque fuera un papanatas como algunos afirmaban, incluido su jefe, desde luego, Jaime se vio obligado, ¡durante más de veinte meses!, a esperar pacientemente en una silla del salón de detectives, como un eterno aprendiz, a que algún día se acordaran de él y le encargaran la solución de un caso. Como nos informa el primer narrador de la obra, «nunca le daban oportunidad de probar que era verdaderamente un as, solo lo mandaban a comprar cigarros. Como máximo, a hacer la cobertura a algún colega en una misión más arriesgada, pero siempre en papel subalterno». De tanto esperar sentado su oportunidad, «había aprendido a distinguir todas las moscas que entraban y salían por las ventanas».
Ni un arma le facilitaba el jefe, porque opinaba que se podía lastimar con ella, tan inútil lo veía.
Ah, pero la justicia se impone más tarde o más temprano: Llegó el ansiado instante en que se oyó la voz del conserje que decía, dirigiéndose a Jaime: «El jefe te llama. Dice que corras», y unos instantes después Chiquinho Vieira, aquel mismo jefe envidioso, le informaría: «Tengo un caso importante para usted. Espero que haga lo mejor que sabe...»
Era todo lo necesario para hacer realidad el portento: En pocos días habría nacido el más prodigioso agente de la ley de todos los tiempos…
Pero no vayamos tan rápido.
Violación y asesinato de una muchacha de catorce años, he aquí el caso asignado a Jaime. Para el inspector Kinanga, encargado del asunto por parte de la policía «común», resultaba un misterio que a un servicio de investigación tan especializado como los SIG, a los cuales pertenecía Bunda, le interesara algo tan rutinario. «Siempre había oído decir que ellos solo se ocupaban de asuntos que tenían que ver con la protección del Estado, espionaje, asuntos políticos, en fin, cosas importantes. Ahora, la muerte de una muchacha que ni siquiera era hija de alguien conocido...» Pero ello no inquietaba al súper agente en potencia, que se lanzó a su esclarecimiento cual si la solución resultara vital para los destinos del país. Lo que contaba era que se le había asignado un caso importante, a él y no a ninguno de los que llevaban más tiempo en el servicio, y que con ello había puesto al fin los pies en la senda que, no lo dudaba, lo conduciría a las más altas cumbres de la investigación criminal, hasta ponerse a la par de sus admirados detectives de las novelas policiacas norteamericanas, las únicas dignas de ser leídas según su autorizada opinión, por eso las lee indiscriminadamente.
Llegados aquí, nos vemos obligados a admitir que Jaime Bunda no alcanza a descubrir al autor del crimen que le encargaron investigar, y que su principal sospechoso nada tuvo que ver con el caso (perdónenme el mal gusto de adelantarles el final…, despreocúpense, que no lo es). En cambio, gracias a la pista supuestamente equivocada que había decidido seguir, descubre una conjura internacional de proporciones incalculables.
Y ahí sí me detengo, para no robarles el placer del misterio.
Esa rara capacidad de Jaime Bunda para alcanzar el éxito y resolver los casos más complicados de la manera más extravagante tal vez haga repetir a algún lector la frase del jefe Chiquinho Vieira: «Este tipo es todavía más tonto de lo que yo creía.», pero recuérdese que Chiquinho Vieira, como se ha repetido, no es más que un envidioso, y Jaime Bunda un genio de la investigación criminal. Con abundantes y muy creativas citas de frases célebres, por cierto, como tendrán ocasión de comprobar.
Pero ya se han dado demasiadas pistas, para qué seguir abundando; mejor es dejar al lector el goce de descubrir por sí mismo al asombroso Jaime Bunda.
Solo unas pocas palabras más sobre la obra:
Jaime Bunda, agente secreto fue la primera novela policial angolana. El inmediato éxito que conoció obligó al autor a seguir escribiendo sobre este agente sui géneris, y ya son dos volúmenes los que recogen sus aventuras; un tercero tal vez se esté escribiendo en estos mismos instantes.
Pepetela echa mano a todos los recursos tradicionales del medio, y a otros de su propia cosecha, de manera que ningún aficionado a este género ha de quedar defraudado. En Jaime Bunda, agente secreto nada falta: crimen, misterio, investigación y solución; además, una hermosa bailarina de la danza del vientre, un libanés llegado ilegalmente a Luanda, un tenebroso señor T (personaje tan siniestro que el autor no se atreve a mencionar su nombre al narrador), y un curandero que en secreto atiende a las altas esferas de la sociedad. Y que aplica métodos tan novedosos que desconcertarán a más de un lector.
Sin embargo, como el propio Pepetela ha afirmado en varias ocasiones, y el lector avisado con seguridad ha de percibir de inmediato, la trama policial es apenas un pretexto para todo lo demás que contiene la obra. La denuncia satírica de los vicios y defectos de la sociedad, la crítica sagaz a los males que la corroen, la burla a las costumbres de los nuevos ricos, la descripción humorística de la realidad que lo rodea, son elementos omnipresentes a lo largo de esta novela, que se sitúa con brillo propio junto a lo mejor de la literatura de este género.
Con una ventaja nada despreciable a su favor: la presencia permanente del humor.
Porque hay que decirlo de una vez: Jaime Bunda, agente secreto es una novela policial con todas las de la ley y es una sátira social agudísima, ciertamente. Pero es también, y sobre todo, una de las novelas más simpáticas que alguien pueda leer. Una obra que se agradece.
Como solían decir mis mayores: No tiene desperdicio.
Obras de Pepetela de próxima aparición en Cuba: Las aventuras de Ngunga (editorial Gente Nueva); Jaime Bunda y la muerte del americano (editorial Arte y Literatura).